FRONTERA GUATEMALA-MÉXICO

Estábamos sentados, mirando la caída del sol en la “terraza” posterior con piso de tierra del ranchito donde nos había llevado el coyote que contactamos en la frontera con Guatemala, después del raro incidente con el personaje “evangélico” en Santa Rosa. Todos mirábamos al astro “eterno”, descendiendo lentamente hacia su diario descanso cediendo el turno a la reina de la noche, era una imagen imponente, sus últimos rayos caían sobre la tierra iluminando la campiña que se extendía hacia el horizonte, veíamos también la orilla del lago que cruzaríamos al día siguiente, no veíamos el afluente que lo llenaba y que era por donde teníamos que subir.

Hasta aquí mi bitácora mental anotaba ganancia, el resumen diario iba bien, pero seguía pensando acerca de lo que me depararía la próxima mañana. ¡Era todo un reto! Todavía no conseguía dar crédito a lo que había logrado hasta ahora, a estar donde estaba. Mis compañeros Max y Walter tenían recursos monetarios, los míos consistían sólo los que me proporcionaban Dios y mi mente cada minuto, día a día. Claro que los muchachos se portaron maravillosamente durante casi toda la jornada, Max…siempre; Walter tuvo varios exabruptos y los expresó, pero algo le había quedado de la lección que aprendió en la isla San Andrés y de los 500 dólares que le salvé en el episodio de “la noche negra”; por lo tanto, la mayoría de las veces se remordía los labios, guardándose para si sus agrios comentarios.

Para entonces, ya había logrado plantar otra estrategia que me estaba funcionando de maravilla. Esta ocasión me hice pasar como coyote nicaragüense que llevaba dos “pollos” ecuatorianos hacia el Norte. La mentira me sirvió, pero en este caso sólo para hacerme un pequeño “descuento” por parte del coyote mexicano (ahora mi colega), lo que significaba que tenía que pagar de todas formas. Le dije que no había problema, que tenía la “situación” bajo control, dado que me habían contratado desde su entrada por Rama, y venían conmigo desde allí, todo Nicaragua, Honduras, hasta este momento en Guatemala; le aseguré que los muchachos se comunicaban frecuentemente con su gente en Ecuador y Estados Unidos, habiendo recibido dinero en Managua uno de ellos, en Ciudad Guatemala el otro.

Le estaba proporcionando la seguridad que quería escuchar; le dije que ésta era la forma en cómo nos estábamos moviendo con ellos, con lo que se garantizaba el pago de todos; el coyote mexicano accedió un poco más seguro, ya no miraba a Max y Walter con suspicacia ni tampoco me miraba con la desconfianza de los primeros días; pero el trato conmigo incluía que debía redoblar mi vigilancia sobre mis “clientes”, para evitar cualquier contratiempo; por supuesto, le aseguré que iba a estar sobre ellos en todo, que me convertiría en su sombra, porque tampoco quería perder mi dinero. Cuando el mayor de ellos dijo: _ ¡Tá güeno ya! ¡Así quedamos hombre! Formalito, formalito, porque si no… ¡Me los quebro y ya!_ ése era el momento en que dábamos por sentado que quedaba cerrado el trato y de retirarse a descansar.

Cada vez que pasábamos por esos trances, pensaba en la forma en cómo me había metido en este mega viaje; ¡era inaudito! Bien cierto era el cariño que le tenía a las caminatas cuando fui Boy Scout, pero esto pasaba de la raya; las marchas escultistas eran programadas, planificadas, en grupos organizados con sus escuadras y dirigentes, pero esto de acá era completamente distinto: lo anterior era por diversión aunado al aprendizaje educativo-pragmático; esto le dice que lo que estaba aprendiendo le iba a servir en la vida, conmigo estaba bien aplicado ese concepto.

Los sueños recurrentes taladraban mi cerebro: hasta el momento más eran los de tipo exitoso y pocos, muy pocos los sueños negativos como la noche de cárcel en San Andrés por el tema del dinero de Walter y los policías que intentaron robarle su dinero; por eso prefería sacar provecho con las experiencias positivas: el tremendo apoyo de los adventistas en todos lados, César E. R., el hondureño que nos salvó de ir a la frontera equivocada, Joyce y el tiempo transcurrido en la granja en Guatemala; había tanto en qué pensar para analizar e ir tomando apuntes de esas experiencias…de las buenas y de las malas.

Como nuestros gallos costeños, que empiezan a cantar muy por la mañana, ¡los gallos en la frontera Guatemala-México no se quisieron quedar atrás y nos despertaron con su cántico mañanero! Era temprano todavía, fuimos desperezándonos de a poco hasta sabernos bien despiertos para salir a “asearnos” (esta palabra tomó un nuevo concepto para mi); ya levantados, notablemente aseados, fuimos a devorar el desayuno compuesto de tortillas y frijoles, menú al que ya nos habíamos acostumbrado; de hecho, ahora mismo que escribo estos párrafos estoy comiendo tortillas rellenas con fríjoles, para que vean cuánto poder tienen esas exquisitas tortillas de maíz (me gustan más que las de harina blanca, son más sanas).

Terminado el desayuno y de regresar al baño, sólo por las cochinas dudas (valga la redundancia) nos encaminamos hacia la orilla del lago, donde estaba esperando un bote grande, todavía en buenas condiciones, era manejado por dos personas que resultaron ser “coyoteros”, así que ahora eran tres guardianes; nos dieron la señal para subirnos, lo hicimos los tres, luego el coyote que estaba con nosotros, con Walter y Max no hablábamos absolutamente nada delante de esa gente, pero con los ojos nos decíamos todo; teníamos que estar en guardia, felizmente el coyote que estuvo en el ranchito sabe la forma en cómo se conseguía el dinero; por lo tanto, tenían que esperar a llegar hasta donde nos llevaran para tratar de comunicarnos con las familias de los muchachos y poder pagarles su dinero; en eso estábamos claros, no temíamos que pasara algo turbio, entonces nos preparamos para empezar una nueva aventura sobre agua.

El bote avanzaba lentamente, como paseando, tan despacio que aquí sí parecíamos turistas; por momentos me desesperaba pensando en que los policías nos podían cazar fácilmente, pero quienes lo maniobraban sabían lo que estaban haciendo, conocían muy bien la zona; además, los coyotes que estaban a cargo de nosotros tenían mucho tiempo haciendo este “trabajo” y conocían por donde nos llevaban. Esta vez, los coyotes eran dos realmente el otro era el lanchero, teníamos que llegar a una casa en Tuxtla-Gutiérrez; allí nos esperaba la esposa de uno de ellos, así que me tranquilicé porque sabía que esta gente estaba comprometida (por lo menos) en llegar a su propio destino.

La zona era casi abandonada, no se veía un alma en las orillas, parecía que no teníamos de qué preocuparnos. Por otro lado, las fuerzas revolucionarias del Ejército Zapatista comandadas por el Subcomandante Marcos deben haber estado en ciernes, o al menos cimentando bien sus bases; de esto, sabíamos muy poco o casi nada en aquel entonces. A mí, personalmente me gustaba la temática, había entendido desde mi tierra que eran los nativos indígenas que se habían levantado guiados por un ideólogo enmascarado, que la gente del gobierno pensaba que era un politiquero más de pacotilla, sin saber que cuando empiezan a presionar a una población hasta hacerle explotar el cogote, no hay gobierno que resista el embate de una fuerza formada en aguantar tanta injusticia de siglos. La poetisa-compositora Amparo Ochoa y su magnífica obra “La Maldición de Malinche” tuvieron que ver considerablemente con mi posición en la integración a la cultura de la Resistencia Pacífica para luchar por la justicia, contra los estamentos injustos, el quebrantamiento de los derechos constitucionales de los pueblos y la solidaridad con los pueblos oprimidos.

TUXTLA-GUTIÉRREZ

Estado de Chiapas, México. Fue una entrada increíble…el lago, el río, el silencio en el bote, teníamos casi las mismas sensaciones que en Nicaragua (Rama) cuando ingresamos por Bluefields, solo que con un poco más de temor, debido a los malos comentarios que habíamos escuchado acerca de la policía de migración mexicana. Lo que más recuerdo era el consejo de bajarnos de los camiones (buses) antes de llegar a cualquier terminal, con lo cual no les dábamos ninguna oportunidad de que los policías que pululaban por estos estratégicos sitios nos atrapen fácilmente. Esta es una regla que se debe seguir al pie de la letra; casi siempre se sale bien librado de estos momentos de peligro, salvo el caso de que el camión sea interceptado en la carretera y pidan los documentos, lo que ya es otro negocio o asunto.

Llegamos a un pequeño pueblito llamado San Pedro Agua Azul, donde desembarcamos y fuimos conminados a subir en la parte posterior de un camión de carga, el que compartimos con una docena de “pasajeros” entre hombres, mujeres y niños; en ese momento, vinieron a mi memoria recuerdos de cuando fuimos con mis hermanos del Taller de Música, al pueblo natal del padre de uno de ellos; el pueblo llamado San José, quedaba en la parte alta de mi país (la Sierra) y aquella vez nos tocó hacer el viaje de la misma forma, solo que con algunos animalitos como variación para la postal.

Nuestras poblaciones hermanas tienen casi el mismo diseño de viviendas, un mismo sello, casas bajas cercas unas de otras, casi pegadas, con una estrecha vereda al frente de ellas para que el viandante camine seguro.

Si hablara del pueblo del padre de mi amigo, estaría hablando exactamente de un pueblo cualquiera de la sierra de cualquier pueblo de Centroamérica o del mismo México. Las personas también tienen los rasgos parecidos, sus costumbres, sus fiestas, su gastronomía, hasta las leyendas parecen ser las mismas, como si las hubieran trasladado y se hayan reproducido en los países hermanos: uno de los ejemplos más visibles es el caso de la Leyenda de la Llorona, que es bien conocida en México, pero también se la conoce en Ecuador, Bolivia, Perú etc. Me encontraba viajando exactamente como en aquel día, el de mi recuerdo camino a San José con mis amigos, los instrumentos, los indígenas, los borreguitos, ese momento se mezclaron nostalgia con Déjà-vu y me hicieron pasar un mal rato.

Despertando de ese ensimismamiento, me di cuenta de que estábamos llegando a Tuxtla-Gutiérrez, casi invisibles, sin pasar por controles ni nada que se le parezca porque pasamos por carreteras de tercer orden; al menos, en lo que concernía a esa parte del viaje, porque no sabíamos del paso que debíamos enfrentar por la famosa y “terrible” Ventosa.

Los coyoteros pagaron un dinero extra al conductor del camión para que nos llevaran hasta la misma dirección de la casa, esperamos a que desembarcaran todos los pasajeros, en el lugar donde supuestamente era una especie de estación o terminal, entonces nos pidieron quedarnos donde estábamos porque faltaba un tramo más que viajar, pero ya era dentro de la ciudad.

Cuando llegamos a la dirección mencionada por los coyoteros al chofer del camión, fue una sorpresa agradable para nosotros, porque la casa era moderna, estaba ubicada en un barrio de clase media-acomodada: de dos plantas, construcción de hormigón armado, con pisos de baldosas (cerámica), notable diseño arquitectónico. Fuimos ubicados en un cuarto grande en la planta baja, cerca de la cocina; de hecho la casa era nueva, estaban terminando de darle los acabados.

Los mexicanos tenían todo preparado, habían colocado colchones en el suelo, sin sábanas ni cobijas pero como estaba templado y no hacía mal tiempo, no reclamamos; además, este cambio para nosotros era un bonito espacio de descanso obligado. La esposa del coyote había preparado comida, así que fuimos a refrescarnos primero, a gozar de una buena ducha en un baño decente. Cuando salimos, nos invitaron gentilmente ir al comedor, esperamos a que ella haga los honores, pero pidió que nos sentáramos porque ella y su esposo iban a servir, pusieron bandejas comunes para que nos sirvamos lo que quisiéramos comer, cogió cada uno su plato y empezamos a servirnos lo que veíamos; sólo pregunté si en alguna de las bandejas había carne de cerdo (para evitarla) así que opté por el pollo que era fácil distinguirlo, un gran plato de ensalada, cuatro tortillas, pasamos a la acción…empezamos a comer casi con desesperación lo que pusimos en los platos.

Entre los coyotes se entabló una conversación respecto a lo que se escuchaba por las calles respecto a las acciones del Ejército Zapatista; dijeron estar de acuerdo en algunos planteamientos, pero que esperaban que no fuera a resultar como uno más de esos líderes políticos que se burlan de sus adeptos para llegar al poder, olvidarse de los verdaderos objetivos y empezar a robar sin compasión los dineros del pueblo. Estaban de acuerdo con Marcos, con sus ideas de redención social, uno de ellos dijo que pronto tomaría una decisión de reunirse con el ejército zapatista porque había sufrido una decepción con un reclamo legal que hizo en el municipio por una tierra que estaba peleando y que se habían vendido por dinero con la otra parte.

El Subcomandante Marcos era un ser que no aparecía en mi agenda; pero en 1.990 sus bases estaban ya asentadas y el Ejército de Liberación Zapatista empezaba su florecimiento. Dos años después (en 1.992), los Quinientos años del írrito “Descubrimiento” iban a ser “celebrados” por los antiguos conquistadores e invasores, y la resistencia indígena, en todo el continente se estaba preparando para rechazar la conmemoración de esta fecha fatídica; por lo tanto, no podía la comunidad de Chiapas, sustraerse al llamado de sus hermanos en todos los países que fueron “descubiertos” por los invasores.

¿Cómo puede llamarse “descubrimiento” a lo que sucedió en 1.492? ¿Cómo puede “descubrirse” algo que ya existía? A la llegada de los invasores, ya poblaban en este continente grandes civilizaciones, con desarrollo social y cultural extraordinarios: Los Aztecas, los Mayas, en el Norte y Centro; los Incas en el Sur. ¿No son éstos los mismos que tenían un calendario solar que solo difiere en milésimas de segundo con el que tenemos ahora? ¿No son éstos los mismos que construyeron magníficos templos y extraordinarias pirámides?

Entonces: ¿Cómo puede llamarse “descubrimiento” a una tierra que de por si se llamaba “Tierra en Continuo Florecimiento” (ABYA YALÁ, en lengua Aymara)?

Se ha demostrado que los Incas, en el Sur viajaban a otras tierras haciendo intercambio de mercaderías, el noruego Thor Heyerdahl lo demostró en 1947 cuando hizo un viaje de siete mil kilómetros con su balsa Kon Tiki, a través del Océano Pacífico, desde las costas del Perú hasta la Polinesia, este enorme esfuerzo duró ciento un días. Se ha demostrado también que antes del arribo de los españoles, ya habían contactado los Vikingos y los fenicios con los nativos de este continente. ¿De qué descubrimiento hablamos? ¡No se puede “descubrir” lo que ya existe!

Todos los nativos de este continente, en 1.992, recordaríamos con unción, con amor a los hermanos que ofrendaron sus vidas en las luchas por la liberación de este continente cobardemente agredido por sus invasores. Lo que se estaba preparando era un recordatorio de los 500 Años de la Resistencia Nativa, porque “indio” me parece inapropiado (nosotros no somos indios, no venimos de la India); el almirante genovés, en su fiebre de conquista y gloria, creyó haber llegado a las Indias, y así fuimos mal conocidos. San Cristóbal de las Casas y todo el estado de Chiapas estaban en ebullición para el momento de nuestra llegada, y yo no lo sabía, ni siquiera lo intuía; pasé, sin pena ni gloria, por ese histórico momento.

¡Tuxtla-Gutiérrez! ¡Ya estábamos aquí!; lo importante es que avanzábamos sin muchos problemas, los coyotes nos trajeron a esta bonita casa, y nos mantenían, como prisioneros, en uno de los dormitorios de la planta baja. Como Max había dejado bien en claro que tenía que pedir el dinero vía telefónica, la única manera de salir a hacer esa llamada era a través de mi intervención como el coyote nicaragüense que estaba a cargo de ellos. Max me dio el número de teléfono de su hermano en Newark, New Jersey.

Salí a realizar la llamada, fui solo, no le permitieron salir; me dirigí a una cabina telefónica que estaba cerca de la casa, hice una llamada por cobrar; pedí a la operadora que me comunicara con ese número telefónico, me hizo esperar un momento y respondió aceptando la llamada el hermano de Max; preguntó cómo estaba su hermano, que por qué estaba llamando yo, le expliqué en resumen cómo era el asunto, terminé diciéndole que la próxima vez que lo llamarían serían los coyotes para asegurar el dinero que pedían, si el daba su aval, nos moverían, de lo contrario...hasta aquí habíamos llegado.

Todo esto le dije, previniéndole que dijera a todo que sí, que aceptara cualquier cosa que le propusieran, que nosotros estábamos enganchados en nuestros propios planes, que ya después veríamos; lo más importante era salir del embrollo por el momento. Regresé a la casa, les comuniqué a los coyotes sobre la cuestión de haberme comunicado con Newark, y quedaron satisfechos. Luego hablé con Max...y le dije que su hermano estaba de acuerdo con nuestro plan.

La siguiente vez, el contacto lo harían ellos mismos, para llegar a un acuerdo monetario con el hermano de Max directamente; a nosotros ya nos habían dicho que el negocio se cerraría en tres mil dólares, y nos dejaban del “otro lado”. No sabíamos si eso significaba que pasaríamos por donde nosotros habíamos previsto secretamente o ellos tenían otra ruta a seguir; tampoco estábamos seguros hasta que me confiaron que el paso iba a ser por Reinosa, que estaba muy cerca de Matamoros, en el mismo estado de Tamaulipas.

La mañana siguiente, los dos coyotes se alistaron para ir a hacer la llamada, pero desistieron de ir los dos, porque la mujer quedaría sola con nosotros y era mejor evitar cualquier sorpresa; entonces decidieron que uno solo fuera, el cual me pidió que lo acompañara; Max y Walter se quedaron con los esposos esperando nuestro regreso. Como dije antes la cabina telefónica quedaba muy cerca de la casa; por lo tanto, no demoramos mucho en llegar hasta allí; hablaron con el hermano de Max y, como habíamos acordado, asintió a todos los requerimientos que le hacía el coyotero: el trato era de que nos pasaban la frontera; nos dejarían en Houston, donde las familias se encargarían del traslado de ellos a New Jersey; el tipo quedó satisfecho y regresamos; en el camino me dijo que había hecho un buen trabajo, que todo marchaba a pedir de boca, que pronto iríamos a Ciudad México.

Cuando llegamos a la casa, transmitió exactamente lo mismo a sus cómplices, se pusieron contentos, y como el hermano de Max les había dicho que llegando a Ciudad México enviaría una primera parte del dinero, con eso quedaron tranquilos. Ahora, tenían que pasarnos primero a través de uno de los puestos de vigilancia más difíciles en el Sur del país llamado La Ventosa; a mí me daba igual y estaba seguro de que a mis amigos también, ya que cada minuto era un problema a ser resuelto. Estuvimos dos días más en esta casa; el día de la partida nos movilizamos en un auto pequeño, de color rojo; como siempre, los tres íbamos juntos, en el asiento posterior del vehículo, los coyotes iban adelante, controlando la situación, el que iba de copiloto llevaba siempre un arma escondida.

Salimos de Tuxtla-Gutiérrez y nos dirigimos con rumbo Noroeste, hasta un pueblo pequeño llamado La Venta, donde nos detuvimos en una casa grande, de una planta, a un costado de ella se encontraba una especie de garaje-bodega con piso de tierra, donde había bidones grandes que contenían gasolina, entramos en esa bodega para esperar nuevas instrucciones. No había nadie en ese momento, pero los coyotes entraron sin ningún problema, como si fuera su casa, probablemente lo era, bajaron del carro, hicimos lo propio.

Nos hicieron esperar alrededor de dos horas mientras preparaban otro vehículo: una camioneta blanca, grande, donde acomodaron varios de los bidones pero vacíos; no llenaron el balde, solo querían justificar que llevaban mercadería y tres ayudantes. Estoy completamente seguro (ahora) de que la camioneta y su propietario eran ampliamente conocidos como vecinos del lugar, porque cuando pasamos el tan mentado control de la Ventosa, los policías ni siquiera nos detuvieron; el conductor, sin aminorar la velocidad del vehículo pasó la línea, haciendo ademán de saludo a los guardias.

En un intento de hacerme el gracioso, ya cuando habíamos pasado el control, también agité mi mano como saludo y despedida a la vez (a los policías), ellos me contestaron de la misma forma. Desde allí, pasando por Oaxaca, hasta llegar a la Capital, hicimos un solo recorrido, no nos molestó absolutamente nadie.

Al arribar a Ciudad México, fuimos derechitos a un vecindario con características parecidas a la del “Chavo del Ocho”, solo que un poquito menos maltratado. Con patio central de forma rectangular y las puertas de los “departamentos” desembocando en él. Entramos por una de ellas, habíamos llegado a una de nuestras “residencias temporales”.