GUATEMALA: TERCERA PARTE

De regreso, venía pensando que su actitud me tomó desprevenido, sabía que congeniábamos bastante, pero no que ella estaba intentando acercarse de ese modo; de regreso no hablamos mucho; le pedí que me permitiera conducir la camioneta, para que ella descanse y me lo concedió; tomamos asiento, aseguramos las puertas, empecé a conducir; sin decirle nada, tomé su mano izquierda con mi mano derecha, se la apreté, la puse sobre mi muslo derecho y ella la dejó allí todo el tiempo hasta llegar a la casa.

Programamos el trabajo a realizar en las vallas para el siguiente día, llevando personal y material; nos retiramos a asearnos para regresar a la cena. Treinta minutos después estábamos reunidos en el comedor, luego de que Joyce y Laura sirvieran la comida, ella se sentó a mi lado izquierdo; hizo una breve alocución sobre nuestra pronta partida, agradeciéndonos el trabajo desarrollado en la granja; y deseándonos lo mejor para los días venideros empezó a servir.

Mis amigos y yo empezamos a comer con ganas dado que podríamos pasar por una larga temporada de vacas flacas; estaba en mi momento íntimo con el plato y la cuchara cuando sentí una mano urgente que caminaba por mi muslo izquierdo, pero fue solo como aviso, porque no se movió más; miré a la dueña de la mano traviesa y sonrió pícaramente; entonces, mientras comía con mi mano derecha, bajé mi mano izquierda y apreté levemente su mano haciéndole notar que me había encantado ese detalle ya que me recordaba lo que habíamos vivido en la caminata en el bosque.

Al tomar su mano me di cuenta que llevaba puesta una falda corta, no fue difícil encontrar su rodilla, se la empecé a acariciar, luego dirigí mis esfuerzos hacia la parte interna del muslo, sentí como sus músculos se tensaron, me dejó en completa libertad y las caricias empezaron a hacerla entrar en calor, sabía que eso le gustaba porque sentía que movía sus piernas y me miraba con ardor; en el momento más crítico, cuando estaba a punto de recorrer el norte de esa geografía la abuela miró en nuestra dirección y dijo:

_Ustedes están muy callados: ¿Les sucede algo?_

_No, abuela_ contestó Joyce _No pasa nada_

Nos ruborizamos ambos, pero fue ella quien se levantó y fue en dirección a la cocina, mientras yo, subía mi mano y continuaba comiendo como si el asunto no hubiera sido conmigo. Terminamos de cenar, dimos las gracias y nos retiramos a descansar.

LA ÚLTIMA NOCHE

Era el penúltimo día de la tercera semana que pasábamos en la granja, ya mis compañeros se estaban preocupando porque yo los estaba demorando, ellos tenían urgencia de llegar a su destino, incluso Max le había pedido a Joyce que le haga el favor de retirar un giro que le enviaba su hermano, ella accedió de no muy buena gana, pero, fue a la ciudad con Laura y regresaron con el dinero; no venía muy alegre porque sabía que esa era la primera señal fuerte de nuestra partida.

Ya se había dado cuenta de las actitudes de Max y Walter cuando conversaban conmigo, entonces ella sacaba conclusiones sobre nuestras intenciones, porque casi siempre en los descansos nos encontraba planificando estrategias para seguir avanzando en nuestro recorrido y eso no le gustaba mucho.

En esas tres semanas Joyce y yo habíamos llegado a tener momentos especiales que solo ella y yo entendíamos; cada vez que nos encontrábamos de frente nos abrazábamos; yo iniciaba los abrazos, ella se dejaba, la apretaba contra mi pecho y la besaba en el cuello, en la nuca, la tenía acostumbrada a esas caricias, sé que eso le agradaba; cuando nos separábamos le daba la consabida palmadita en los bajos de la espalda, jamás rehusó tales caricias, solo sonreía y seguía caminando.

Recuerdo que en una ocasión anterior, era casi de noche, regresábamos con los muchachos de cerrar las portezuelas de las vallas del huerto principal, veníamos hablando en alta voz, justamente sobre el día de la partida, cuando nos dimos cuenta de que ella estaba de pie en la puerta de la casa de la abuela, bajamos el tono del diálogo, la saludamos y me pidió que me acercara donde ella, los muchachos siguieron caminando, despidiéndose, entonces me acerqué, la tomé de la mano, y nos fuimos a conversar debajo de un árbol, ella se sentó en la única silla que encontramos, yo quedé de pie, frente a frente; oscurecía, me miró profundamente, ya estaba alertada sobre la partida por eso me preguntó directamente que para cuando estaba fijada, le dije que en la misma semana, ya que Max tenía el dinero; su siguiente pregunta fue si me gustaría quedarme para siempre en la granja; le dije que no podía, que tenía planes previstos pero que me iba triste, que me iría con un huequito en el corazón, entonces me preguntó con una mirada llena de tristeza _“¿Sólo un huequito?”_

Eso me tomó de sorpresa y le dije con toda honestidad que lo que me llevaría era un enorme hueco en el corazón, eso la alegró un poco, por lo menos la hice sonreír; que por todo ello le dije que era engreída y me dijo que sí; su franqueza me impactó porque yo sentía que nos gustábamos mucho, ambos sabíamos que éramos compatibles en casi todo; me lo había demostrado con muchas de sus actitudes, desde el principio, aunque podía haberme confundido por el contundente apoyo que nos brindó sabiendo que éramos viajeros ilegales, pero no…había ciertas cosas que sólo podían darse por un interés muy personal.

Nos abrazamos, le pedí un beso, ella sonrió y se acercó a mi mejilla, en el momento en que iba a depositar su beso, viré mi cara y nos besamos fugazmente en los labios, sentí su estremecimiento, le prometí que nunca la olvidaría, que lo que había sucedido esta noche era un cúmulo de sensaciones que tenía guardadas para ella, que quería expresarlas para que supiera que había calado hondo en mi ser, que le agradecía todo lo que había hecho por nosotros; se puso de pie, empezó a caminar en dirección a su casa, avanzamos tomados de la mano hasta la bifurcación de los senderos, la abracé por detrás, acaricié sus brazos, besé su cuello, se dio la vuelta, nos besamos tiernamente primero, luego con intensidad, pero empezó a llorar, me detuve en seco, esperé a que se calmara, le di un beso en la frente, la empujé suavemente para dirigir sus pasos en dirección a su casa…empezó a caminar lentamente y nos retiramos a descansar.

La mañana siguiente fue todo normal, trabajamos en el campo, en los jardines como todos los días; almorzamos, descansamos, volvimos a laborar, cuando terminó la jornada de labores nos retiramos a la casa de huéspedes, para asearnos y prepararnos para cenar temprano en la noche como era costumbre; ésta iba a ser nuestra última cena. Fuimos a la hora prevista al comedor, nos sentamos, esperamos a que nos sirvieran, comimos en profundo silencio; cuando terminamos nos levantamos, nos dirigimos a nuestros aposentos, conversé un rato con los muchachos. Luego salí a respirar un poco de aire en el corredor, para elaborar la agenda del día siguiente; la idea primaria era regresar a la residencial y tratar de encontrar a Luis, el coyote; mi objetivo esa noche era encontrar a Joyce, para despedirme apropiadamente.

Estaba sumido en estos pensamientos cuando vi movimiento en la casa principal, vi a Joyce dirigiéndose al cuarto de la abuela, tenía la bonita costumbre de sostener conversaciones nocturnas con ella con el propósito de aminorarle un poco su soledad. Avancé hasta la mitad del patio, ella llevaba un vestido de color verde no muy largo que dejaba ver sus hermosas y torneadas piernas, usaba sandalias; la luz de la entrada estaba encendida, por lo cual pudo verme desde adentro; la puerta estaba abierta, me invitó a pasar, se lo agradecí; me dijo que se dirigía a ver a la abuela, que si quería la podía acompañar para que me despidiera de ella de una vez…y eso fue lo que hice.

El cuarto era cómodo, la cama de la abuela estaba debajo de una gran ventana con un bonito cortinaje, había un sofá en el lado izquierdo; las demás cosas se veían ordenadas, se notaba el orden que mantenía Laura con las cosas de la abuela; la luz era tenue, suave, el televisor estaba encendido el volumen bajo, el programa que se veía era de videos de canciones antiguas, boleros específicamente; Joyce se sentó en el lado izquierdo del sofá, pero se corrió un poco más como dejando espacio para que me sentara, porque yo estaba de pie, así que le dije gracias y me senté, como no era muy grande el mueble nuestros cuerpos se tocaban; como ya estábamos listos para retirarnos a dormir, yo estaba usando una pantaloneta de color habano que ella me había regalado, camiseta negra y zapatillas.

La abuela estaba cansada, más dormida que despierta, pero todavía intentaba contestar algunas cosas, Joyce le preguntaba cómo había pasado el día, que si Laura la había atendido bien, inquiría por sus medicinas, por su salud; yo estaba a su lado escuchándola embelesado, no creía estar con ella casi a solas, parecía un sueño; mientras seguía hablando, puse mi mano izquierda sobre su mano derecha, se la apreté despacito, no rechazó la caricia; atraje su mano hacia mi muslo izquierdo, se había iniciado una sesión que no iba a olvidar jamás.

Su mano no generaba ningún movimiento, solo algunas veces apretaba mi muslo, pero no la quitó nunca; llevé mi mano izquierda a su nuca, empecé a acariciarla lentamente, esperando alguna reacción negativa de su parte, avancé hasta los pabellones de sus orejas, solo escuchaba un suave gemido que empezaba a emitir; mi mano se movía sobre sus hombros, rozaba su espalda, lateralmente, verticalmente, la acariciaba toda, llegué a rozar su brazo izquierdo y parte de su cintura, lo que la hacía suspirar más, levanté su vestido dejando su muslo derecho a la vista y empecé a acariciárselo lentamente con mi mano derecha, sentí que eso le gustaba, pasamos bastante tiempo así, mis manos seguían acariciando a Joyce, ella suspiraba, escuchaba su respiración agitada; de repente, se puso en pie bruscamente y dijo tengo que irme.

En su cara noté turbación cuando habló con un leve temblor en su voz _ Esto no puede estar pasando Augusto, lo siento _ le pedí que se quedara un poco más, le hice notar que la abuela se había dormido, que estábamos solos, sonrió y se volvió a sentar, la besé en la mejilla, luego en el cuello dando vuelta hacia su nuca, en ese momento sentí que un calorcito la invadía, pero empezó a sollozar, me detuve preguntándole si había hecho algo mal, asintió, pero que no era mi culpa; agregó que lo peor que le pudo haber pasado es haber dejado que sucediera lo del bosque; le pregunté si se arrepentía, me dijo que no, que solo estaba confundida.

Súbitamente me abrazó muy fuerte, volvimos a entregarnos en un apasionado beso, tanto, que perdimos la cordura, el ambiente se tornó cálido en extremo, pero estábamos incómodos por lo estrecho del sofá:

_ No podemos hacer nada aquí, me preocupa que se vaya a despertar la abuela _ dijo Joyce, mirándome con ojos de buscar comprensión.

_ Está bien Joyce, no te preocupes, trataré de controlarme, te lo prometo _ fue mi respuesta con sabor de pena, pero con una pequeña carga de desilusión, que también esperaba ser comprendida; entonces hice el ademán de retirarme.

_ ¡Espera Augusto! No te vayas todavía, yo también estoy apenada, solo un momento, por favor, deja revisar que la abuela quede sin ningún problema _ fue a la cama, comprobó que todo estuviera bien, la abrigó con la frazada, le acomodó la almohada, le dio un beso en la frente despidiéndose de ella, apagó la luz de cuarto, luego me miró y dijo: _ ¡Ven, salgamos de aquí!_ con eso sentí que estaba devolviéndome las ilusiones que tenía de despedirme apropiadamente de ella, casi atreviéndome a quebrantar mi promesa de seguir y quedarme a vivir con ella en Guatemala; aunque estas palabras no salieron de mi boca, pero las estaba comenzando a pensar.

Llegamos a la puerta del dormitorio de la abuela, salimos al corredor, la cerró, me tomó suavemente de la mano y mirándome con ternura me pidió que la acompañara a su cuarto; su requerimiento había sido tan esperado que la sola pronunciación de sus palabras me estremeció, se me erizó la piel; no era para menos, iba a ser la última vez que estaríamos juntos, sin que nadie interfiriera.

Caminamos tomados de la mano, nos detuvimos un momento para darnos un beso furtivo, pero me dijo que Laura podría estar en esta casa todavía, por lo tanto apresuramos nuestros pasos; llegamos a su cuarto, abrió la puerta, ella entró primero, encendió la luz, yo entraba cuando vi que se dirigía hacia la ventana, para asegurarse que no hubiera nadie merodeando por fuera y cerraba las cortinas; avancé hasta donde estaba ella, la abracé por detrás, así estuvimos largo rato, sin ninguna otra demostración de afecto, solo nos abrazamos.

En el dormitorio, además de la cama, había un sillón, un escritorio con su silla; al frente, cubriendo la pared entera, un mueble multiuso que le servía de closet, biblioteca y para colocar su televisor, que, por coincidencia estaba encendido en el mismo programa que había estado viendo la abuela, el de los boleros; en ese preciso instante empezaba el video de una canción compuesta y cantada por Alberto Cortez, que expresaba justamente la temática de la despedida, la cual nos puso triste a ambos; yo trataba de ser fuerte pero Joyce lloraba inconsolablemente, y no era para menos, porque desde el primer verso ese canto es tremendo: _“En un rincón del alma, donde tengo la pena que me dejó tu adiós, etc…” _ No, estimado Alberto, eso no se le hace a nadie; por lo tanto, fuimos al borde de la cama, nos recostamos en el espaldar para terminar de ver todo el video.

Sin parar de llorar, Joyce me miró tiernamente y empezó a hablar:

_ Augusto, no me siento bien con esto que hacemos, estoy siendo infiel, no solamente a mi esposo, sino a la fe que hasta ahora he creído tener; tú y yo sabemos que nuestros cuerpos son considerados templos, que somos solo guardianes, mayordomos de los mismos, que no debemos mancillarlos con este tipo de acciones _ dicho esto se detuvo un momento, probablemente para ver mi reacción, luego continuó con su monólogo:

_ Es verdad que estoy separada de mi esposo, que no tenemos nada que ver físicamente, pero no estamos divorciados legalmente; lo que accedí a hacer contigo no me ha hecho sentir realmente feliz, solo he sentido que me he convertido en frívola, mundana, y ya no quiero volverlo a hacer, perdóname. Debo admitir que me deje llevar de mis sentimientos, que no me pude controlar, muchas veces, cuando te veía frente o cerca de mí, me descontrolaba, me hiciste sentir cosas que no había sentido desde hace mucho tiempo_ sus palabras taladraban mi cerebro, poco a poco iban minando el deseo que minutos antes había florecido; pero, yo sentía que era su corazón junto a la razón quienes le daban la fuerza necesaria para hablar de la forma en cómo lo estaba haciendo, dejándome congelado, sin poder articular ninguna palabra, ni siquiera un leve sonido.

_ Has provocado que me olvide de mi promesa de ayudar al necesitado sin esperar recompensa alguna, porque la mayoría de las veces que te encontraba frente a frente, cuando se cruzaban nuestras miradas, me avergonzaba debido a que siempre me pillabas mirándote con lujuria; yo sabía que te dabas cuenta, me gustaba provocarte eso…pero pasaba el momento, lo analizaba en frío, me retractaba de lo que sentía y me daba más vergüenza, porque no quería que me sucediera _ estaba desahogándose, era una despedida especial, no podía interrumpirla, dejé que hablara todo lo que quisiera…no iba a haber otra oportunidad…nos estábamos despidiendo…eso estaba muy claro.

_ Tranquila, no debes preocuparte, lo entiendo todo perfectamente; no habrá drama, es correcta tu decisión, te la respeto. Lo que me has dicho respecto a la figura del templo forma parte de lo que creemos, es verdad; no me cabe la menor duda y estoy completamente de acuerdo, te agradezco la enorme ayuda que nos brindaste; y, por lo otro, igual…también agradezco el que hayas formado parte de mis recuerdos bonitos _ fue lo que pude expresar en ese momento.

Me besó, me dio las gracias con lágrimas en los ojos, salimos, caminó hacia la sala, me abrazó y me dijo –“ tú te vas, yo me quedo, no tengo ningún futuro contigo y sé que tampoco puedo obligarte a que te quedes”-

La besé en su frente, le dije que comprendía plenamente, abrí la puerta principal y salí. No les conté nada de lo sucedido a mis compañeros, no lo iban a entender. Me duché, me acosté, pensé en el plan del siguiente día y me dormí. Fue la última noche que pasé con Joyce y en la cabeza me daba vuelta esa hermosa canción de Los Panchos, “La “Ultima Noche”. La mañana siguiente, día de la partida, despertamos, tomamos nuestras cosas, las mismas con las que llegamos; nos dirigimos hacia el comedor diario que estaba en la cocina, todo estaba preparado, no comimos todo Max y Walter guardaron algo para el camino de regreso a Ciudad Guatemala. Joyce estaba en la puerta con la llave de la camioneta en la mano, nos dijo que iría a dejarnos allá.

Nos despedimos de la abuela y de Laura, cuando llegué a la puerta la abuela me dijo –“Qué pena que te vayas, con todo el bullicio de anoche, estuve esperanzada en que te quedaras” – mientras sonreía pícaramente, me guiñó un ojo.

Subimos a la camioneta, Max y Walter iban en el balde, yo viajaba con Joyce en la cabina; en el camino ella me pidió que perdonara lo que había pasado la noche anterior, le dije que no recordaba nada, que para mí había sido solo un sueño, me dio las gracias y empezó a hacer preguntas sobre el itinerario que seguiríamos, le dije que eso solo lo sabía Dios, porque no teníamos ningún plan trazado de antemano, que todo lo hacíamos en base a análisis en el preciso momento, que por ahora llegaríamos a Ciudad Guatemala para buscar a un coyotero llamado Luis; luego me pidió que buscara debajo del asiento, que había una sorpresa para mí, la que resultó ser un par de botas de cuero, había calculado bien la talla, pero más, la necesidad; en ese mismo instante, cambié de calzado y me coloqué su regalo que sería con lo que iniciaría esta parte del viaje. Bajé de la camioneta para despedirnos apropiadamente.

Max y Walter fueron los primeros en despedirse efusivamente de Joyce, agradecieron por todo lo que nos había ayudado, por el refugio en su casa y por la enorme confianza que nos había otorgado; cuando fue mi turno, le di un beso en la mejilla, los muchachos fueron testigos de un abrazo eterno, de lágrimas furtivas, de una despedida sin promesas, como difuminándose desde ese momento.

Al soltarnos, lo único que se me ocurrió decir era que leyera la obra “El amor en los tiempos del Cólera” de Gabriel G. Márquez, remarcando que ojalá podamos reunirnos en otra vida, bajo otras circunstancias y que siempre la tendría en mi mente. A las puertas del mismo restaurante en que nos conocimos, nos despedimos y apenas se fue, fuimos a la residencial.

Nunca más supe de Joyce.

HUEHUETENANGO

Esa misma mañana, Luis había estado esperando dando vueltas por allí, porque sabía que no habíamos salido de Guatemala y que regresaríamos a la residencial que ya conocíamos; quería decirnos que había contactado con alguien en Huehuetenango, ciudad que quedaba al norte del país y que nos quería invitar a unas “chelas” (cervezas) en un bar cercano, allí conoceríamos a uno de los coyotes que nos llevaría a la ciudad antes mencionada. Al final, este Luis resultó ser ni más ni menos que otro Fernando (el de la isla San Andrés), solo era el encargado de embarcarnos y dejarnos listos o preparados para el encuentro con el siguiente coyote. De todos modos, fuimos al bar, estuvimos con ellos escuchando cantar a los músicos, luego hicimos nuestra propia “peña”, pedimos prestada una guitarra y empezamos a cantar también.

Para no desentonar, desempolvé nuevamente todo mi repertorio ranchero, cantamos bastante, hasta que el dueño del bar nos invitó a salir porque tenía que cerrar. Una de las canciones que escuché a los músicos esa noche me gustó mucho, no supe el título de la misma, pero la cantaba Vicente Fernández y decía algo como “yo te di las llaves de mi alma, puedes hacer lo que quieras conmigo...etc.” Bonita melodía y letra que me recordó lo vivido con Joyce; después de esa noche, nunca más la escuché completa y no me la aprendí jamás...pero me gustó mucho.

Entre melodía y melodía, esa noche, los coyotes prepararon nuestro recorrido, ya sabíamos a ciencia cierta que Huehuetenango era nuestro destino, que teníamos que llegar a un pueblo denominado Santa Rosa, que debíamos encontrar a un contacto allá, en un determinado punto. Suponíamos que Luis nos acompañaría, eso era casi seguro. Después de esa conversación, regresamos a la residencial y nos acostamos a descansar.

Al despertar la mañana siguiente, Max nos dijo que tendría que contactar con su hermano en Newark (New Jersey), para comunicarle nuestra posición y situación, pero que eso sería en la noche, cuando su hermano estuviera en casa. Eso hicimos, esperamos...la mañana y la tarde estuvimos hablando, descansando, porque tendríamos que salir al siguiente día, la policía de migración no había vuelto y eso era un alivio; solo salimos a comer algo y volvimos a la residencial.

Cuando se hizo de noche, como a las 7 p.m., nos dirigimos a la empresa de teléfonos. Max hizo contacto con su hermano, le dijo que nos tocaba cruzar a México, que esta podría ser la parte más difícil, pero que hasta ahora todo nos iba saliendo bien, que ya estábamos listos para partir, que lo haríamos por la mañana y le indicó más o menos la ruta que seguiríamos.

Apenas Max terminó de hablar, me preguntó si quería comunicarme con alguien, que me pagaría la llamada, le contesté que podría intentar llamar a mi compadre Mike en New York y así lo hice. Mi compadre, después de dudar un poco, me preguntó por el número de teléfono de la residencial, que me llamaría allá después, para que yo no gastara mucho dinero en la llamada (era cierto, pero no era menos cierto que con ello certificaría que yo estaba en Guatemala). Se lo di, y regresamos a la residencial, a los pocos minutos de estar allí, me llamó y pudimos hablar un poco más. Hablamos del viaje, de la situación actual y de lo que podríamos hacer si yo llegaba a los Estados Unidos. En resumen, ya Mike estaba convencido de que yo estaba en viaje y debo suponer que se comunicaría con mi familia para certificarlo (algo sucedió después que me hizo saber que no se lo creyeron tampoco).

La mañana siguiente, nos levantamos muy temprano, para esperar a Luis, quien había dicho que nos recogería en la residencial, para dirigirnos al terminal de buses...No aparecía, así que tuvimos que recoger nuestras cosas y salir de allí por nuestra propia cuenta. Tampoco apareció en el terminal...nos embarcamos, todavía teníamos la esperanza de que llegara en el último momento, pero fue en vano. Al subir al autobús miré para todos lados, pero no lo vi, nos dirigimos hacia el fondo, a los últimos asientos. Max, Walter y yo, preocupados; Luis, sin aparecer.

Me tomó tiempo el darme cuenta de que no vendría, abrigaba cierta esperanza, por lo que habíamos pasado juntos, en franca camaradería; nunca cruzó por mi mente el que nos engañara. Aún hoy, sigo pensando que fue porque supo que ya no podía sacarnos dinero, entonces le resultaba inútil hacer algún esfuerzo por sacarnos de Guatemala (lo entendimos). El autobús se puso en marcha, reiniciábamos el trayecto. Nuestro objetivo ahora era Huehuetenango; cuando el bus tomó velocidad miré hacia atrás, por la ventana posterior y no vi a nadie correr tras de nosotros...adiós ciudad Guatemala.

El viaje fue tranquilo pero largo. Cuando llegamos a Santa Rosa, el carro empezó a aminorar la velocidad. Desde donde estábamos (la parte de atrás del vehículo el cual estaba todavía en marcha) me acomodé un poco para ver por la ventana del frente lo que estaba sucediendo, y lo que vi hizo que se me erizaran los pelos - había una patrulla militar deteniendo el tráfico vehicular, para revisión.

- ¿Qué haremos? – pensé. Una vez más se ponía a prueba nuestro magro talento de improvisación. El carro estaba casi lleno. Habíamos muchos pasajeros. Era solo cuestión de segundos que se subieran los militares para revisarnos. No teníamos, en ese momento capacidad para pensar, ni siquiera reaccionábamos, estábamos en choque. Era seguro que en esta vez nos capturarían.

Se subió solo uno de ellos, gritó que bajáramos todos, sin excepción. La patrulla esperaba al costado derecho-delantero del bus, como bajé primero, a medida que descendía por las escalinatas de la entrada del bus, me di cuenta que desde el centro del bus, hacia atrás, no había guardia...hacia allá me dirigí. Max y Walter hicieron lo propio. Nos formamos en la parte de atrás, cerca de la parte posterior del carro, nos fuimos moviendo lentamente hasta casi ocultarnos allí. Los militares y los pasajeros estaban confundidos en la parte de adelante, empecé a cruzar lentamente la carretera, por el lado de atrás del bus, mis compañeros me siguieron. Milagrosamente, los soldados no se dieron cuenta de esta maniobra y caminamos en forma paralela, por el otro lado.

Había otros carros que nos cubrían además de alguna otra gente con la que nos pudimos confundir. Así sucedió. Fuimos a dar como a 200 metros de donde estaba la patrulla, y empezamos a subir una cuesta para encontrar a la persona que nos había recomendado Luis, para que nos ayudara a cruzar esta nueva línea fronteriza. Preguntamos por este hombre y nos señalaron el camino: la casa del coyote quedaba en la parte superior de una loma, era muy pequeña, de un solo ambiente, con piso de tierra. Al saludarnos, exteriorizó su carácter de cristiano (como tarjeta de presentación) lo que me hizo dudar inmediatamente.

No teníamos otras alternativas, con temor y todo entramos, empezamos a preguntarle cómo era el asunto del paso, nos dijo que tenía otros contactos, que era cuestión de esperar hasta que vinieran porque había enviado a buscarlos; supuestamente eran varios, pero sólo asomó uno, pero nos daba lo mismo si eran cien o el único…siempre era así…dejábamos a Dios el trabajo de revisar todo lo que se nos ofrecía, porque sabíamos que podíamos contar con Él en cualquier momento, ya nos había dado muestras de su generosidad cuando nos protegió en varias ocasiones.

Estábamos listos para la nueva caminata, esta vez no iba a ser diferente de las otras, debíamos adentrarnos en la montaña, lo cual dábamos por descontado. Una caminata es igual a otra, la diferencia es el miedo al coyote porque los escenarios son casi parecidos entre los pueblos centroamericanos. Sin embargo, esta vez nos llevaríamos un chasco.

Llevábamos ya largo trecho, casi dos horas desde que habíamos dejado Santa Rosa cuando nos encontramos con una casita de campo, muy singular; su construcción era basada en los materiales del lugar, no había cemento por ninguna parte, su tejado era algo parecido al bijao o cade de mi país; había dos personas en ese lugar, ni siquiera se preocuparon de ver tanta gente a su alrededor, siguieron haciendo sus cosas como si no estuviéramos presentes. Nos ofrecieron de comer, claro…tortillas de maíz y jugo de limón.

Allí estuvimos por espacio de media hora; agradecimos, dejando algo de dinero a cambio y seguimos caminando hasta llegar a un recodo del camino, donde nos esperaba un camión con la parte de atrás de madera; nos subimos para enseguida buscar un punto denominado “La Mesilla”. Aquí tratamos de localizar una casa donde supuestamente nos estaban esperando otras personas, llegamos casi por la noche, nos apeamos cuando la encontramos. En medio de un conjunto de casas todas parecidas, veíamos a través de las ventanas de madera una luz tenue, no era electricidad, eran cirios (velas). El coyote y sus amigos planificaron el siguiente movimiento: al siguiente día, por la tarde tendríamos que avanzar hacia un punto llamado “Rizo de Oro”, también debíamos encontrar una casa apartada de las demás…la mayoría de ellas se encontraban en ranchitos, por lo tanto, era más fácil esconder gente para pasar la frontera. La encontramos, su fachada era como tomada de un paisaje dibujado en acuarela; en la parte de atrás de la casita se veía un espacio precioso, de color amarillo mezclado con ladrillo, claro que el sol se estaba poniendo y eso le daba los colores maravillosos que adornaban este cuadro, yo estaba mirando la casa extasiado. Saludamos con la gente de la casa y nos sentamos donde pudimos…a esperar que se tomaran las decisiones que modificarían el transcurso de nuestros días.

Por lo pronto, como a doscientos metros de lo que podría llamarse la terraza posterior de la casa, se divisaba la orilla de un lago o laguna, que nos conduciría a un río, el cual nos llevaría casi directamente a Tuxtla Gutiérrez, en el estado de Chiapas territorio mexicano, donde se estaba gestando la secuela de la Revolución de Emiliano Zapata: el nuevo Ejército Zapatista al mando del Subcomandante Marcos…ésa era nuestra siguiente parada.