GUATEMALA: SEGUNDA PARTE

CONFESIONES

Teníamos dos días en la granja, nuestra gentil amiga Joyce se asomaba de vez en cuando a revisar los trabajos que hacíamos, se quedaba platicando con nosotros, eso era muy agradable; sin embargo, casi no veíamos seguido a su esposo, ella decía que era porque su trabajo en la ciudad lo mantenía muy ocupado; una tarde, casi cayendo la noche, cuando me retiraba a la casa de huéspedes, se me acercó, caminó junto conmigo un breve tramo, de repente bajó la voz y luego calló, se puso triste, tensa, lo cual me sorprendió, la detuve suavemente preguntando qué le pasaba, me dijo que estaba muy triste porque había descubierto que su esposo la estaba engañando, y que se sentía terrible. Yo, ya le había confesado que teníamos lo del asunto doctrinario en común; como en las otras ocasiones que me tocó enfrentar, ella se había asegurado de que en verdad yo era lo que afirmaba ser preguntándome temas que yo debía saber, y eso la había confortado.

En cuanto a lo de su esposo y la sospecha del engaño, sólo atiné a decirle que para poder hacer una acusación en ese sentido, debía estar segura y hablar con él frontalmente; asintió, me agradeció y se fue; cuando tomé la dirección hacia la casa donde estaban mis compañeros, sentí que me miraba, me di la vuelta y ella estaba parada en la puerta de la casa principal mirando hacia donde yo estaba; me hizo de la mano como volviendo a dar las gracias, le devolví la despedida y entré; no hablé nada con mis amigos, tomé una ducha y me acosté.

Al siguiente día, cuando llamaron a desayunar estaba ella, radiante, con Laura sirvieron una canasta común de tortillas que las combinamos con frejoles, acompañando esa delicia con café negro; cuando terminamos, nos dirigimos a la puerta para ir a nuestras labores, Joyce pidió que me quedara para que la ayude en la casa principal moviendo unos muebles. Envió a Laura a dejar el desayuno a la abuela que vivía en uno de los cuartos grandes en la casa principal; luego fuimos con ella a la sala de estar, me pidió que cambiara de posición dos muebles, eso fue todo.

Terminando la pequeña mudanza me dijo que quería preguntarme algo que le producía un poco de vergüenza pero que yo le parecía confiable y por eso se atrevía a hacer la pregunta; le dije que la escuchaba y me preguntó con rubor en sus mejillas si me parecía bonita, me pidió que le sea honesto; le contesté afirmativamente, añadí que no entendía por qué su esposo hacía lo que hacía ya que yo había observado que ella tenía características especiales como la de ser una mujer trabajadora, dedicada a su hogar además de ser una hermosa mujer; pero ella misma se respondió cuando dijo que probablemente era porque no le había dado hijos; callé porque entendí que esa podía ser una causa poderosa, no le dije nada, tomé sus manos y le dije que entendía su situación, me levanté, le pedí permiso para salir y me fui a trabajar. La mañana estuvo normal, la hora de almuerzo igual y volvimos a trabajar después del mediodía.

La tarde estaba calurosa, usaba una camiseta fresca, me había cambiado de pantalón, me quité el de mezclilla y usaba la pantaloneta que me quedaba un poco corta; Laura era quien salía a servirnos jugos de frutas o a veces simplemente agua, pero esta ocasión vimos que se acercaba la dueña, mientras caminaba hacia nosotros, iba su mirada de un lado para otro, buscando a mis compañeros, los ubicaba, les daba de beber, luego caminaba hacia donde yo estaba y desde lejos mientras se acercaba con la bandeja, su mirada escrutadora se clavaba en mis muslos (en mi país lo llamamos “masaje visual”), cuando yo miraba a sus ojos ella desviaba la mirada aunque no era la primera vez que lo hacía, me halagaba sobre manera, yo no atinaba qué hacer ni qué decir además de gracias por la bebida; pero en esta ocasión cuando se retiraba ya empezando a caminar, las gracias más significativas se las di adicionando una palmadita suave en su trasero, no dijo nada, se dio la vuelta, me sonrió y se fue; solo ella y yo estuvimos inmersos en esa acción.

Cuando entramos en la casa de huéspedes, después del trabajo, estuve pensando toda la noche en lo que había pasado, esperaba que al otro día me pidiera que me marche de la granja, pero no fue así. De ese modo, la palmadita en el trasero llegó a ser una especie de comunicación entre ella y yo en la mayoría de los días; me di cuenta que no le disgustaba ese contacto; al contrario me pareció que le gustaba, y mucho.

Joyce se me había revelado como una mujer con un grado alto de erotismo. Su vestuario era revelador, de repente asomaba con una blusa muy abierta, o solo de tiras que permitían ver sus hermosos hombros, otras veces circulaba entre nosotros y se notaba que no usaba sostén, lo más difícil para soportar era cuando se acercaba a hacerme alguna observación, yo veía las reacciones que el viento provocaba en su cuerpo; vestía batas largas apretadas que mostraban lo esbelta que era; en otras ocasiones, se ponía pantalones ajustados que dejaban apreciar su grande y hermoso “derriere”. Era espectacular verla caminar, se movía voluptuosamente, mis compañeros también disfrutaban de esa hermosa visión ¡Inolvidable Joyce!

“INTRÍNGULIS”

Una tarde, en la segunda semana de estadía, Joyce nos dijo que su esposo iba a llegar a la granja y que debíamos estar listos para cualquier cosa que pudiera darse, ella se estaba refiriendo a que podía venir a dejar materiales o víveres, disimuladamente también nos advirtió que podía llegar borracho, lo cual efectivamente se dio; trajo lo de la granja y vino borracho, con un amigo.

Cuando llegaron, era ya cerca del anochecer, ayudamos a desembarcar las cosas, las acomodamos y nos retiramos a nuestro lugar de descanso; el esposo de Joyce fue con su amigo bajaron botellas de licor y una guitarra de la camioneta, entraron a la sala, a seguir bebiendo en su propia fiesta. Joyce estaba en su cuarto, nunca salió de allí, estaba avergonzada por la actitud de su esposo, ni siquiera había salido a recibirlo porque adivinaba cómo estaba, solo la empleada quedó atendiendo las necesidades del señor; y fue ella quien le dijo a su patrón que entre los empleados de la señora había uno que tocaba guitarra. No demoró mucho el que ella misma me fuera a llamar diciendo que el señor quería vernos en la sala.

No sabía por qué nos había llamado el esposo de Joyce, asumí que era por trabajo de la granja; cuando estuvimos frente a él, pidió que nos sentáramos y preguntó si era verdad lo de la guitarra, le conteste que sí, que no era un virtuoso pero que podía tocar y cantar a la vez; entonces puso el instrumento en mis manos y pidió que tocara algo; le pregunté si quería escuchar alguna canción en especial y me dijo que cualquiera de Miguel Aceves Mejía, le contesté que no, que no estaba en mi repertorio; luego me pidió que tocara música de Javier Solís, le dije que tampoco lo tenía en agenda; ya cansado y un poco disgustado me solicitó en un tono más fuerte que tocara canciones de Vicente Fernández, y allí si se armó la gran batahola que estaba demorada en llegar porque mi respuesta fue que no conocía su música (aunque sí pero no me sentía bien divirtiéndolo a él); mis amigos se estaban preocupando por lo que les podía pasar a ellos, el hombre me miró con deseos de matar y solo atiné a decirle que sabía algunas canciones rancheras; con eso se calmó y lo primero que hice fue cantar El Rey, de José A. Jiménez, porque sabía que le iba a gustar, después de eso ya cantaban ellos conmigo, así iban pasando las horas, ellos bebiendo y yo evitando hacerlo.

Seguí cantando incluyendo baladas, boleros que ellos afortunadamente conocían, pero cuando canté “Señora Bonita” del compositor Adolfo Domínguez Salas, vi que Joyce asomaba su cabecita en la puerta de su cuarto que estaba entreabierta, se quedó hasta la parte del coro y se metió nuevamente, pero dejó la puerta junta sin cerrarla totalmente; pasado bastante tiempo de tocar y cantar, creo que dos horas desde que llegamos, apenas terminé la última de las canciones entregué la guitarra al amigo del esposo de Joyce y dije que iba al baño.

Me levanté, el amigo empezó a hacer su parte musical y se iban a entretener un buen rato, el baño quedaba al fondo del pasillo, pasando por la puerta del cuarto de Joyce, iba caminando lentamente, al llegar a la puerta miré hacia adentro, la luz central estaba apagada, pero había una luz tenue que salía de una lámpara que estaba en el velador a un costado de la cama, ella estaba durmiendo, entré sin hacer ruido, quería verla, me acerqué lentamente hasta llegar a su lado, y la miré extasiado, solo tenía puesto un camisón transparente que le cubría los senos, pero a partir de su cintura estaba cubierta solamente por el aire que la circundaba, quedé absorto, su figura se mostraba con la espectacular esbeltez que ocultaba su vestido cuando paseaba por los huertos; mi mano empezó a levantar el protector de su intimidad pectoral hasta levantarlo completamente, mientras miraba extasiado la obra maestra de la creación representada en esta hermosa mujer.

Yo, no respiraba por no hacer ruido, ella no se movía, no pude contenerme, me agaché, besé sus rodillas, sus muslos, ella emitió un suspiro, me detuve en seco, pero no despertó o me sintió y no dijo nada; subí atrevidamente por su geografía hasta sus montes y los besé también; entonces sentí sus manos tomando mi cabeza y pidió que me detuviera; su mirada era la misma que cuando la dedicaba a mis muslos, su sonrisa me invitaba a besarla, pero su voz me decía que no continuara, que no era el momento; tomé su rostro entre mis manos, le di un beso en la frente, ella ya no hablaba, solo me miraba dulcemente, tomó mis manos entre las suyas, me agaché hasta su oído y le pregunté si me quería, ella respondió que sí; el mundo dejó de dar vueltas, se detuvo esos instantes; embelesados, con nuestras manos entrelazadas me fui acercando para besarla, sus labios estaban preparados, estuve a milímetros de ese beso apasionado que esperaba nacer cuando de pronto escuchamos que alguien intentaba abrir la puerta y empezaba a abrirse.

De un salto me coloqué detrás de la hoja que se estaba abriendo y esperé que entraran; primero pensé que era la empleada que venía a ver cómo estaba su patrona, pero cuando entró supe que era el esposo que entraba borracho y se sentó en el mismo sitio donde yo había estado; aproveché ese lapso entre la entrada y el sentarse del tipo para salir del cuarto dejando la puerta abierta, llegué a la sala, me senté a escuchar las canciones del amigo del patrón, no había pasado mucho tiempo cuando vimos que el salía enojado del cuarto de Joyce y se sentó con nosotros en la sala, no miraba a nadie, tomó una botella de tequila, vertió un poco en un vaso, preparó la sal y el limón para beberlo de un solo envión; tomó dos copas más y nos miró con una expresión bastante amigable, se nos acercó, se colocó entre Max y yo, nos abrazó y nos dijo - Los quiero muchachos, por valientes, porque han llegado hasta aquí, y eso le digo a este amigo mío, a quien estimo mucho, porque me cuida, se da tiempo para viajar conmigo aunque es policía, pero ustedes no se preocupen que no es de migración -

Cuando pronunció la palabra “policía”, quedamos petrificados, nos miramos disimuladamente para tratar de ver por donde salir, Max dijo que tenía que ir al baño, pero que iba al de la casa que nos hospedaba y se fue; el patrón entonces abrazó a Walter y lo empezó a molestar porque era chaparro, le hacía bromas, pero se reían ambos, aunque Walter miraba desesperado la puerta para salir.

Mientras eso pasaba, el policía empezó a preguntar sobre cómo habíamos llegado: le resumí la situación del nicaragüense guiando a los dos ecuatorianos y quedó satisfecho aparentemente, aproveché para decirle que teníamos bastante trabajo al día siguiente y que deseaba retirarme, cantamos tres canciones más y Walter se fue de segundo, corriendo raudo y veloz como una flecha; yo, me despedí inmediatamente del policía y del patrón, salí rápido mirando hacia atrás, llegué a la casa de huéspedes; entré, no dije nada, me acosté, pensando en que había salvado mi pellejo solo por unos segundos, en el cuarto de Joyce. Estaba a punto de cerrar los ojos cuando escuché el ruido de la camioneta saliendo apresuradamente de la granja.

Al día siguiente, Joyce me dijo que su esposo había intentado acostarse con ella, pero lo rechazó y se fue enojado de la granja, me dedicó una mirada de “en serio, no sucedió nada”, nos separamos y fuimos a nuestras respectivas labores. La abuela Eugenia, de noventa años escuchó lo que dijo Joyce, me miró sonriendo y agitó su mano despidiéndose.

EL BOSQUE

Por la tarde, me pidió que la acompañara a revisar unas vallas en la parte norte de la granja, nos avisaron que se habían caído; fuimos en la camioneta, ella conducía, yo iba a su lado, cuando llegamos al sitio vimos que cerca de doce metros de valla estaban caídos, bajamos para ver su estado y cuántos hombres necesitaríamos para el trabajo además de qué herramientas traer; como no llevé flexómetro caminamos los doce metros para intentar medirlos con pasos y cuando regresábamos ella venía delante de mí, avanzamos un poco más para revisar también allá; el suelo estaba un poco mojado, le di mi mano y ella la tomó para mantener el equilibrio,

Caminamos así por bastante rato (tomados de la mano); la tierra que pisábamos estaba bastante húmeda, había charquitos por varias partes que teníamos que sortear, pero no dejaba de apretar mi mano; llegamos a un punto seco donde tuvimos que soltarnos, ella empezó a caminar delante de mí, eso me regaló bastante tiempo para admirar su hermosa figura, el pantalón que usaba se ajustaba a su cuerpo a la perfección; el sol estaba tan fuerte que Joyce sudaba y yo veía que la blusa, en su espalda se estaba mojando, noté que se sentía incómoda, le dije que se detuviera un momento, que se quedara quietecita por un instante; sin decirle ninguna otra palabra, halé la parte de atrás de la blusa y pasé suavemente mi mano desnuda por su espalda…secándosela; se quedó sembrada por la sorpresa, pero había detenido totalmente su caminar permitiéndome ese hermoso detalle, no me miraba pero sentía mi proximidad, mientras la acariciaba sentí varios estremecimientos leves, me detuve, la abracé delicadamente por detrás dirigiendo mis manos hacia adelante para rozar sus senos...no nos dijimos una sola palabra, no fue necesario, sólo lo vivimos.

Después de ese afortunado incidente, seguimos la caminata, volvimos a tomarnos de la mano; a la distancia, más o menos a 600 metros, se alcanzaba a divisar un gran conjunto de árboles que limitaban su tierra con la del vecino, tomamos la decisión de avanzar hacia allá, porque como no existía vallado alguno en ese sector podríamos conocer mejor esa parte de su propiedad, ya que ella nunca había avanzado hasta ese bosque (según sus propias palabras); las vallas no eran necesarias, porque los árboles hacían un límite natural. Soltó su mano de la mía, se aferró a mi brazo izquierdo con su brazo derecho, regalándome una hermosa sonrisa que me hizo sentir muy bien porque era como si estuviera buscando protección y la hubiera encontrado conmigo; con cada paso que dábamos nos sentíamos más compenetrados, ya no solo era empatía, había algo más que se había generado.

Cuando llegamos cerca del bosque, nos detuvimos para revisar nuestra vestimenta, especialmente los zapatos; ambos calzábamos los de lona, que no se habían enlodado, su camiseta volvió a humedecerse, hice la intención de secarla nuevamente con las manos, pero me dijo que mejor lo hiciera dentro del bosque, para evitar algún inesperado testigo que malinterpretara la cosa, aunque no se veía un alma.

Entramos, los árboles eran grandes y frondosos, casi pegados unos con otros, dejaban pequeños espacios para caminar, la hojarasca crepitaba con nuestras pisadas, los rayos del sol se filtraban difícilmente entre las ramas y el entorno se convirtió en una hermosa fiesta de luces y sombras que se fusionaban con el canto de los pájaros que vivían en ese hermoso y virginal hábitat.

Vimos un gran tronco caído al pie de uno de los árboles, nos detuvimos un momento a descansar, ella se sentó en él y yo me quedé arrimado al árbol, entonces dirigió su mirada hacia donde estaba y dijo: - “Ahora si me puedes ayudar con lo de la camiseta húmeda” – le respondí que iba a usar la camisa que llevaba en la bolsa y me contestó que estaba bien, que de ese modo su espalda se secaría más rápido. Con la camisa ya en la mano, me senté nervioso junto a ella primero y después me coloqué detrás, le subí la camiseta y comencé a secar su humedecida piel lentamente; al levantar la tira de su sostén, para poder pasar la camisa en esa parte de su espalda, por mi nerviosismo provoqué una tensión que aflojó el seguro del sostén y se abrió totalmente, quedando liberados sus encantos.

Ella no se inmutó, ni siquiera hizo el intento de cubrirse con las manos, solo sonrió y dijo que si había sucedido accidentalmente la secara también por el frente de una buena vez, haciendo que mi cerebro corriera el riesgo de explotar con lo que estaba pasando; mis manos temblaban, aunque suponía que algo de experiencia me quedaba en este arte, ahora quien sudaba era yo; empecé a secarla con la camisa, al frente, tal como me lo había pedido pero me dijo que preferiría que lo hiciera con las manos porque la camisa ya estaba húmeda y no serviría de mucho, así que dejándola a un lado obedecí su dulce orden.

Mientras ejecutaba las acciones del “secado” sus ojos taladraban los míos, tratando de adivinar mis pensamientos; bruscamente se levantó, me llevó con ella, porque yo estaba inclinado y tuve que ponerme de pie también; ya frente a frente, abrió sus brazos, con sus manos tomó mi cabeza, me la bajó hasta juntar su frente con la mía, seguía sonriendo, separó su cabeza, me miró dulcemente con arrobamiento y sucumbí totalmente a sus encantos.

Sin esperar aprobación alguna me incliné y la besé con ternura, solté la camisa con la que secaba su frontis, la camisa cayó al suelo, entonces la abracé, rodeó mi cintura con sus brazos, me atrajo hacia ella, nuestros pechos se juntaron, se tocaron a través de las telas, un rayo de luz cayó en su rostro iluminándola, volvimos a fundirnos en un abrazo infinito, mis labios buscaron su cuello, ella empezó a gemir suavemente con las caricias que en momentos subían de tono pidiendo que no me detuviera, sus labios se abrieron para decirme con un gran suspiro –“¡A los tiempos!”- confirmando que todo lo que ella me dijo era digno de ser creído y que la corta sesión de amor que tuvimos en su dormitorio la noche de la guitarreada en la sala de su casa había empezado algo que no terminó bien realmente; hoy estábamos totalmente libres para que nuestros pensamientos se manifiesten sin ataduras de ninguna clase.

Nos besamos apasionadamente durante segundos que parecieron horas, y en ese instante le susurré en el oído si me permitiría pasear en su jardín, ella entendió perfectamente mi pedido y contestó que sí; que estaba esperando que se lo propusiera, que hacía mucho tiempo que nadie paseaba en él, que ni siquiera se acordaba cuándo fue la última vez, que no sabía cómo iba a comportarse; ambos reímos por sus respuestas; le dije que no se preocupara, que entraría caminando despacio, paso a paso, para no dañar ninguna de sus flores; me respondió que confiaba en mí y me entregó la llave de la puerta de su jardín..

Para ese entonces una tenue neblina cubría nuestros cuerpos, ambos movimos nuestros brazos para deshacernos de ella; luchamos por segundos con la desesperación de sentirnos libres hasta que ya liberados de todo lo que nos molestaba, fuimos a dar sobre la camisa caída y el resto de la neblina que se había escurrido hasta el suelo; las mismas hojas sirvieron como base para la más sublime demostración de cariño que se daba en ese hermoso sitio.

Los pájaros seguían cantando, la neblina ahora cubría mi espalda y las hojas secas acariciaban la espalda de Joyce; mis manos se encontraron con dos firmes columnas de mármol de estilo dórico, las admiré cuanto pude, aunque sentí que el tiempo se había detenido; me dirigí hacia la entrada principal del jardín, pasando con mucho cuidado por el centro de las columnas que estaban a los costados; avanzaba lentamente en ese maravilloso mundo que estaba descubriendo, escuchando suaves sonidos de aprobación; sus hermosas montañas blancas me obnubilaron, el majestuoso río que bajaba mojando todo a su paso me mojó la cara, el estremecimiento de la tierra con las explosiones de su impetuoso volcán que con sus enormes emisiones de lava retenida arrasaba con todas sus tristeza y dolores antiguos.

Había momentos en que me pedía que acelerara el paso, que le gustaría que corriera si fuera posible, para que pudiera conocer todo en ese mismo día, porque quizás ya no íbamos a tener una oportunidad como ésta; entonces yo caminaba más rápido, en ocasiones corría, con lo cual ella se sentía contenta y reía colmada de felicidad.

Fui derrotado en esa caminata, quedé exhausto y cuando intenté salir, las columnas de mármol apretaban tanto que se hizo casi imposible abandonar ese hermoso jardín; escuché su suave murmullo pidiéndome que no saliera, que aprovecháramos el momento por si acaso no nos viéramos más… ¡y obedecí! Pero ella tenía razón, yo pertenecía a una planificación de viaje, mis compañeros confiaban en la responsabilidad que había adquirido con las familias de mis compañeros de viaje, porque ellas me los encargaron, si no lo hacía, quebrantaba mi palabra dada a las hermanas de Max, pero sobre todo a mí mismo, no podía echarme atrás. Con una mezcla rara de sentimientos, una vez terminado ese inolvidable paseo con Joyce, nos abrazamos como intentando vanamente de no separarnos, pero no había razón para alargar esa pena. Me dijo – “Me vas a hacer llorar” – contesté – “No lo hagas, me romperías el corazón, porque no puedo evitar lo que va a suceder, no depende sólo de mi” –

Salimos del bosque entre alegres y tristes, nos habíamos convertidos en uno solo, lo platónico dejó de serlo; seguimos tomados de las manos por la tierra que pisábamos de regreso, no hablamos mucho en ese lapso, ambos sabíamos lo que nos esperaba cuando llegáramos a la casa. Fuimos donde habíamos previsto revisar el problema de la cerca. constatamos que no había daños por ese lado y regresamos a la camioneta; yo iba adelante, cuando de pronto sentí que se lanzaba sobre mi espalda, diciéndome que se había asustado porque vio una serpiente; le pregunté dónde la había visto y me contestó que estaba del otro lado de la valla; la abracé, ella hizo lo mismo, me abrazó fuertemente; intenté calmarla, le di un beso en la frente y seguí caminando hacia la camioneta para regresar a la casa y traer el personal para arreglar el pedazo de valla dañada.