GUATEMALA: PRIMERA PARTE

CHIQUIMULA

Desde que dejamos Honduras y toda la confusión de nuestra estadía allí, teníamos un mejor ánimo, ya estábamos en Guatemala, pero todavía nos seguíamos preguntando...“¿y ahora qué hacemos?” porque cada paso nuestro era un mar de dudas e interrogantes; avanzábamos, era verdad, pero no estábamos seguros del cómo, hasta ese momento todo nos estaba saliendo bien, y la única idea que tenía en mente, era de que un ser superior nos estaba protegiendo.

La primera ciudad grande de Guatemala, a la que llegamos fue Chiquimula, era pleno día cuando el camión en que nos embarcó Jorge llegó hasta allí. Los comercios estaban abiertos, el terminal de buses estaba abarrotado, había mucha gente; se movilizaban en grandes cantidades y creo que era por una agitación política que luego nos tocó vivir en la capital, el hecho era que toda Guatemala vivía en plena campaña presidencial. Subimos a uno de los camiones que viajaban al corazón de la república y empecé a pensar en la estrategia que tomaríamos al llegar. Como siempre, mi idea de acudir a las iglesias estaba presente, esa era la primera opción; habíamos aprendido en el camino que las residenciales tenían que declarar los nombres de las personas que llegaban a registrarse en ellas, y nosotros ya estábamos fuera de la ley, teníamos que evitarlas a toda costa.

CIUDAD GUATEMALA

Guatemala es más que una ciudad, es historia, es gente linda, generosa (en su mayoría). Llegamos a ella por la noche, felizmente para nosotros no encontramos policías de migración, pero si sus némesis, entes muy relacionado con ellos; de hecho, con estos hay que tener más cuidado que con la misma migra, porque no se sabe de qué lado se pondrán estos embriones de coyoteros. Apenas pusimos pie en tierra, nos cercaron una decena de ellos que nos ofrecían sus experiencias para burlar la migración; les importó un bledo que dijéramos que no buscábamos ese tipo de servicio, que éramos turistas legales, etc. Estos tipos se las sabían de todas, todas. Conocían a ciencia cierta quiénes éramos...nos olían.

Caminamos rápidamente, tratando de escabullirnos; algunos fueron quedando rezagados, pero otros fueron tremendamente persistentes y nos persiguieron hasta casi sacarnos de quicio. Como no los podíamos amenazar con llamar a la policía, para que se alejen, ellos aprovecharon tal circunstancia; sin embargo, como entre sus funciones de “guías turísticos” estaba la de ofrecernos una cómoda estancia para descansar, hubo uno, cuyo nombre era Luis quien, tras larga lucha y dubitación nuestra, logró convencernos de tomar esa alternativa. Este era de complexión robusta, pequeño de estatura, a lo sumo medía 1.58 m., su expresión era el de una persona que no le gustaba hacer daño (podíamos equivocarnos por lo del dicho “caras vemos, corazones no sabemos”) no lucía malo a primera vista y no lo fue en segunda, o no lo pudimos saber concretamente, en definitiva, no se portó mal; gustaba de la música ranchera, clásico de la mayoría de centroamericanos, algunas veces, en el corto tiempo que pasamos en Guatemala nos llevó a un bar donde gustaba libar y escuchar su música preferida.

Luis enfiló sus pasos hacia una residencial que después vimos quedaba cerca de la universidad. Pero le dijimos que no queríamos ir allí por el asunto del registro, nos calmó diciendo que no iba a suceder nada malo, que hablaría con la dueña del local y que obviaría la anotación de nombres (la policía de migración recoge cada día, la nómina de las personas que se han inscrito como huéspedes en las residenciales y así es como se enteran del paso de los turistas legales e ilegales). El nombre de la residencial es lo más aproximado a la realidad, para que no se den gusto los policías de migración yendo a cerrar todos los lugares que nombro, solo diré que se llama algo así como “Residencial Rosa del Loro”, lo cual es lo más cerca de lo que puedo decir.

Fue aquí donde arribamos con nuestros hatos y garabatos, porque lo único que yo cargaba desde Nicaragua era una bolsa con una camiseta dentro, ni siquiera documentos tenía. Mis amigos todavía conservaban sus mochilas y demás cosas. Luis habló con la dueña, nos alquiló la habitación para tres, sin cumplir los requisitos que temíamos y se quedó tranquila (supuestamente) porque éramos “clientes” de Luis, aunque ya sabíamos que éramos “pollos”. El cuarto era grande, cabíamos bien los tres, nuestro nuevo “amigo” se quedó un rato más con nosotros asegurándose de que todo estaba correcto y se marchó. Fuimos a ducharnos, el baño no estaba en el cuarto, tuvimos que salir al pasillo, donde había uno general y nos tocaría hacer turnos, pero eso era ya lo de menos...en realidad era mucha la comodidad después de haber pasado por todo lo que nos había sucedido anteriormente; después de asearnos, conversamos un poco más para analizar la situación, concordamos en que no debíamos confiarnos mucho de Luis ni de la dueña de la residencial, por lo que ya nos había sucedido con Fernando en la isla San Andrés y también en el pueblo de Rama (Nicaragua).

En todo caso, de lo que se trataba era que debíamos tener mucho más cuidado en cada nueva situación en que nos viéramos involucrados, lo cual no estaba demás. Todos hacíamos las veces de abogados del diablo, tratando de encontrar cualquier error en nuestros movimientos. Dormimos, el camino que nos esperaba era el más fuerte (según nos dijo Luis), porque los guatemaltecos cuidan mucho más las fronteras que los mejicanos. Los “primos” de los norteamericanos como se hacen llamar los mejicanos son fieles guardianes de las fronteras (excepto con ellos mismos), por ese motivo, todo “mojado” tiene que pasar millón penalidades en las fronteras, nada es fácil. La misma actitud han asumido los guatemaltecos con respecto a cuidar las suyas con los mejicanos, así que era meritorio descansar lo más que se pudiera, y eso hicimos. Dediqué mis pensamientos a mis hijos, a mi desaparecida madre en forma especial y empecé a caer en el letargo de la muerte pequeña.

La mañana siguiente fui despertado por sonidos musicales cadenciosos que venían de lo que se consideraba una sala de estar; las puertas de los cuartos estaban todas en esa área. Walter se había levantado antes que nosotros y estaba haciendo gimnasia aeróbica...y no estaba solo. Mientras el continuaba con su rutina, nos asomamos a la puerta, para ver con quien estaba. Su compañera (?) era lo que parecía ser una mujer...bastante delgada por cierto (flaca, decimos nosotros), su rostro estaba pintarrajeado exageradamente y Walter disfrutaba de su compañía sin saber de quién se trataba (¿o sí sabía?). Se veía que estaban acompasados, habían llegado a establecer una composición artística de movimientos gimnástico-musicales de regular calidad, pero no era eso lo que realmente me llamaba la atención.

Mientras Walter bailaba, danzaba o se ejercitaba, yo dirigía mi mirada más atentamente a la mujer delgada. Se veían sus brazos un poco musculosos como para ser de mujer; y, aunque ya sabía de mujeres que hacían físico-culturismo, que se dejaban crecer músculos, a ésta particularmente no le quedaban bien. Una mirada más detallada nos reveló una gran verdad...era gay, y Walter estaba en una salsa increíble, nadie lo podía sacar de su ensimismamiento. Volvimos a acostarnos, a esperar que la jornada aeróbica termine, salir a desayunar y molestar a Walter por su nueva “conquista”.

EL CANDIDATO PRESIDENCIAL Y SU COMITIVA

Luis llegó temprano esa mañana, se dirigió a nuestro cuarto, encontró a Walter ya descansando de su rutina gimnástica, y se sumó a la caravana para ir a desayunar. Salimos de la residencial, caminamos tres o cuatro cuadras hasta encontrarnos con una gran avenida, y desde donde alcanzábamos a ver la universidad.

Entramos a un restaurante pequeño, pedimos desayunos y nos sirvieron café con leche (a los tiempos), dos panes para cada uno, lo cual era ya un gasto exagerado. Disfrutábamos de tales manjares (para nosotros eso eran) cuando escuchamos ruidos y gritos que provenían de la calle, no descifrábamos todavía sus significados, pero se parecían a los ruidos que hacían los políticos de nuestro propio país cuando están en campaña. Casi lo mismo, y según la Ley de Murphy...eso mismo fue.

Un gran grupo de personas acompañados de bellas mujeres guatemaltecas en sus treintas y cuarentas, irrumpió en el restaurante gritando consignas a favor de uno de los candidatos (Jorge Antonio Serrano Elías), el presidente en esa época era Vinicio Cerezo A., vimos cómo el grupo se nos acercó confundiéndonos con sus paisanos, para entregarnos unos calendarios de bolsillo (todavía lo tengo, adjunto copia); pero cuando dimos las gracias, en el turno de Walter nos identificaron como extranjeros y sólo acerté a decir (para desviar un poco su atención de la burrada) que “¡con semejante grupo de apoyo...cómo no iba a ganar ese candidato!” ¡Qué tal! La cosa nos resultó bien, las damas sonrieron, una de ellas me miró fijamente cuando lo hacía, sus ojos brillaban; en ese momento entró su líder a saludar a los comensales (votos) incluyéndonos (no votos).

Dio la vuelta por el local dando la mano y abrazando a todos; iban saliendo cuando la chica que me había sonreído regresó con una amiga a la mesita donde estábamos, y dirigiéndose directamente hacia mí, mirándome amigablemente me pidió que la acompañara un momento afuera, que quería decirme algo, me levanté, caminando despacio, con mucha cautela me dirigí a la puerta de salida, regresé a ver a mis compañeros y salí.

JOYCE

Cuando estuvimos en la vereda, me dijo que su nombre era Joyce, me presentó a la amiga que la acompañaba en ese momento, luego me dijo que había notado nuestra forma de expresarnos y también el extraño acento de Walter, con lo cual tenía la certeza de que éramos forasteros, que estábamos de paso y que probablemente seguiríamos rumbo norte; yo, no contestaba nada, solo escuchaba, ella era la única que hablaba, se notaba muy inteligente y para su edad tenía una apariencia de joven; su tez era blanca, de mediana estatura, bonita figura, cabello largo, castaño, ojos color café.

Ahondando en su monólogo, me dijo que pertenecía a una organización religiosa que daba asistencia a personas en necesidad; mi cerebro se conmocionó e iluminado le pregunté por su posición doctrinaria, me dijo que era adventista. Entonces, a pesar de que esa revelación me impactó, mantuve la calma y le pregunté por la dirección de la “mencionada organización”, me indicó que era cerca de donde estábamos, apenas cinco cuadras.

Terminó de darnos detalles y dijo que a las 7 de la noche se reunirían, que ella expondría nuestro caso ante la feligresía. Le agradecí, me despedí de ella y de su amiga que se llamaba Laura cuyo aspecto era diferente, trigueña, pequeña, también de apariencia joven, y siempre se paraba detrás de Joyce; mis compañeros y yo le aseguramos que estaríamos en el lugar y hora mencionados.

REGRESO A LA RESIDENCIAL

Max pagó la cuenta del restaurante y salimos como almas que lleva el diablo, para evitar cualquier problema. Paseamos un rato más, avanzamos hasta la catedral, y estar allí fue como estar en cualquier ciudad de la sierra ecuatoriana, quedamos en visitarla de noche, porque Luis nos había dicho que la veríamos preciosa y regresamos a la residencial.

En ella, fuimos recibidos muy atentamente por dos oficiales de migración que exigieron ver nuestros documentos. No sabemos cómo llegaron allí, pero recordé el episodio en Rama (Nicaragua) y comparé el asunto; hablé con uno de ellos en el cuarto, no se mostraron agresivos y llegamos a un acuerdo (lograr acuerdos con alguien que tiene la ley de su parte y una ametralladora en sus manos, no es cualquier cosa).

Le dije a Max que pedían 80 dólares para dejarnos libres. Max accedió y le entregó el dinero. Los policías de migración se retiraron y me propuse en ese mismo instante buscar una iglesia que nos ayudara con el hospedaje, porque mi confianza en la residencial había llegado a su triste divorcio, aunque ya estaba demás eso (una vez que los policías cobraron su parte ya no molestaron más) pero siempre queda la duda de que pueden enviar a otros a sacar otra tajada; por eso nuestro apuro de salir de allí.

Era más o menos las seis y treinta de la tarde cuando volvimos a salir para encontrarnos con Joyce y su amiga; llegamos a una iglesia muy moderna, de mi misma fe, a cinco cuadras de la residencial; como llegamos un poco temprano estuvimos esperando afuera hasta que ellas llegaran, nos dieron las siete y diez y no llegaron; entonces buscamos a alguien que tuviera cara de autoridad y poder de decisión; cuando pudimos hablar con una persona, nos pidió que regresáramos al siguiente día (sería miércoles) a la misma hora, pero nos atenderían después de un programa que tendrían.

Regresamos a la residencial, y en el camino volvimos a pasar por la catedral, la cual se veía en todo su esplendor, de verdad que era bella. Cientos de personas caminaban por todos lados, dándole apariencia de mercadillo; es más, había puestos de ventas de estampitas, cirios, rosarios y demás. Lo dicho, parecía una de nuestras ciudades serranas. Nos demoramos un poco en ese “paseo”, fue desestresante, no habíamos tenido momentos de esparcimiento de esa naturaleza.

Al fin llegamos a la residencial, casi sin miedo, dábamos por descontado que los oficiales de migración no regresarían, al menos esa noche. Nos estábamos preparando para acostarnos, justo en los menesteres previos, Max y Walter dentro del cuarto, yo, venía del baño y vi al gay metiendo su cabeza por la puerta, la cual había quedado entreabierta, no se dio cuenta de mi presencia hasta que estuve muy cerca y le pregunté qué quería, me respondió que había venido a buscar a Walter para hacer aeróbicos (¡por la noche!).

Llamé a Walter y le dije que lo estaban esperando en la puerta, que se cuidara y que lo mandara a dormir, que no se metiera en problemas. Así lo hizo, en contados minutos regresó, planificamos lo que haríamos al siguiente día y nos acostamos a descansar.

Nuestro encuentro con la gente que nos podía ayudar se llevaría a cabo en la noche, por lo tanto, caminamos sin ton ni son, había tanto que ver en Ciudad Guatemala que el tiempo no nos alcanzaría, pero la amarga realidad era que no podíamos disfrutar ni un ápice de cada una de las ciudades que recorríamos porque tratamos de pasar lo más desapercibidos posible para evitar que algún policía nos pidiera documentos; sin embargo, sin darnos cuenta caminamos por el centro de la ciudad, por una de sus calles más concurridas, una estación de policía quedaba en nuestras narices.

Al anochecer, avanzamos nuevamente a la iglesia, entramos, nos sentamos y esperamos a que apareciera la persona con la cual habíamos hablado la noche anterior; se presentó a los pocos minutos, nos reconoció y se acercó hasta donde estábamos, dijo que se llamaba Charlie y nos comunicaba que la decisión que había tomado la junta de su organización era de que se nos negara toda clase de ayuda, la razón que nos expuso era de que ellos respetaban las leyes de su país y nosotros resultábamos estar en “contra de la ley”; de nada valieron mis peroratas al respecto: los derechos humanos, la misericordia, la solidaridad, amor al prójimo, etc.; tampoco sirvió comentarle lo duro de nuestra travesía y de cómo habíamos llegado hasta allí.

Regresamos apenados, yo más, porque estaba quedando mal con mis amigos, pero trataba de hallar explicación a lo que nos habían dicho, para que no se haga tan evidente la falta de apoyo de esta gente. Apesadumbrados, salimos a la vereda y cuando nos alejábamos, se nos acercó una camioneta blanca, en ella venían Joyce y Laura; mientras la primera conducía, la otra nos hacía de la mano pidiendo que nos detuviéramos; así lo hicimos, ambas se bajaron y se dirigieron hasta donde nosotros. Joyce se disculpó por no haber asistido la noche anterior, pero explicó que había hablado con alguien, que ya sabía que no nos podían ayudar, pero que de todos modos lo consultarían con otros miembros; como no llegaron a ningún acuerdo, decidieron negarnos la posibilidad de ayuda, eso hizo que Joyce se sintiera mal y no se reuniera con nosotros como habíamos quedado, pero que había madurado un plan y nos lo expondría ese momento; les agradecimos por ello, agradecí especialmente a Laura por haberse tomado la molestia de sacar la cabeza por la ventana de la camioneta y llamarnos, ella me dijo que la idea era de su patrona, recién entonces comprendí que Laura trabajaba para Joyce.

El plan de ella era el siguiente: nos proporcionaría trabajo temporal por el tiempo que nosotros quisiéramos, en una granja que tenía a treinta kilómetros al norte de la ciudad; las labores no serían duras, tendríamos que hacer jardinería, reconstruir cercas, y todo lo que pudiéramos hacer; nos daría posada, alimentos y paga por los servicios prestados. Miré a mis compañeros de viaje esperando un voto positivo o negativo; Max me hizo seña para que nos apartáramos un momento porque me quería preguntar sobre la propuesta; le dije a Joyce que me permitiera consultar algo con Max, no preguntamos nada a Walter, porque él siempre estaba de acuerdo con su amigo; por eso, a mí me tocaba analizar las cosas con Max. En el apartado me preguntó si era de verdad necesario o conveniente que nos fuéramos con ella; le dije que confiaba en Joyce, que por lo que sabía no nos traicionaría si estaba pensando que nos entregaría a la policía de migración; si lo hubiera planificado de ese modo ya nos hubiera entregado antes con lo cual estuvo de acuerdo, porque estaba esperando el giro de dinero y ella nos ayudaría a cobrarlo (éste era un motivo de sospecha); volví a decirle que confiaba en ella y de paso, en la granja nadie nos molestaría. Regresamos donde Joyce y le dije que aceptábamos.

Vi que en su rostro se dibujó una sonrisa de aprobación, entonces dijo que nos pasaría a recoger donde estábamos hospedados; le dije que no se molestara, que saldríamos al restaurante frente a la universidad, donde nos habíamos visto la primera vez. Asintió, concluyó que el viaje a la granja no nos tomaría más de 35 minutos, en dirección al Noreste, que nos pasaría recogiendo a las nueve de la mañana y nos despedimos. Regresamos un poco tranquilos, contentos a la residencial, por haber aclarado el asunto ya que ahora podríamos cubrir el tiempo de espera hasta que los hermanos de Max o la familia de Walter se pusieran en contacto con ellos para conocer el siguiente movimiento que íbamos a hacer.

Walter nos preguntó detalles sobre el acuerdo al que habíamos llegado con Joyce, no le gustó mucho el tema del trabajo en la granja, pero cuando le dijimos que no iba a ser nada pesado se tranquilizó; pensé entonces, para mis adentros que cargábamos un personaje que estaba dejándose llevar de la comodidad del dinero que le enviaba su familia, y que, si tuviera que apoyar con trabajo físico, no podríamos contar con él para nada; con el no funcionaría jamás un compromiso de corte social o solidario, peor si se tratara de luchar contra una injusticia; así que tomando en cuenta todo lo acontecido, le pedimos que apoye en lo que pudiera, lo importante es que no nos convirtamos en lastre para estas personas en la granja que tanta ayuda nos brindaban y que estuviéramos alertas por cualquier cosa que pudiera pasar.

LA GRANJA DE JOYCE

Entregamos las llaves de los cuartos, nos despedimos del encargado quien lo hizo amigablemente; salimos a la calle, nos dirigimos hacia el restaurante a desayunar y esperar a Joyce; eran las ocho de la mañana, teníamos una hora todavía, así que era suficiente tiempo para prepararnos; pedimos tortillas tres tiempos con frijoles volteados, Max los pidió con huevos revueltos, Walter en cambio quiso comer “chuchitos” (tamales de maíz); como bebida caliente, nos servimos café en agua; yo tuve ganas de pedir un desayuno continental, pero recordé de inmediato que se necesitaba dinero independiente para eso y me acomodé con lo que Max pidió para mí también, no había manera de cumplir mi pequeño deseo.

El reloj de pared del restaurante marcaba las nueve de la mañana cuando la camioneta de Joyce se estacionaba al borde de la vereda y pitó tres veces, salimos rápidamente con nuestras cosas: Walter y Max con sus pesadas mochilas; yo, con la funda plástica donde guardaba todo mi equipaje (un pantalón corto de color habano y una camiseta). Joyce y Laura estaban en la cabina, nosotros fuimos a la parte de atrás y subimos; nos acomodamos, le hicimos señas a Joyce de que estábamos listos, entonces emprendió la marcha. La carretera estaba buena, no hubo policías revisando documentos (esto era lo que siempre temíamos aunque fuéramos en un vehículo particular), tardamos en llegar a nuestro destino temporal en más o menos media hora; la entrada a la casa en la granja duró tres minutos más, pero ya estábamos dentro de la propiedad; el paisaje que se presentaba ante nosotros era hermoso, aunque ya habíamos visto muchos de esa misma calidad, no dejaba de sorprendernos lo hermosa que era la naturaleza en esta área aún desconocida.

La camioneta se detuvo frente a una hermosa casa grande, de dos plantas, con techo de tejas a cuatro caídas; quedaba claro que ésta era la casa principal, porque estaba rodeada de otras tres casas pequeñas, todas iguales, a veinte o treinta metros de distancia entre ellas; por el administrador supimos luego que esas casitas eran para trabajadores permanentes, para los casuales y para huéspedes, nos ubicaron en la última, porque así nos consideraba Joyce, aunque íbamos a trabajar como “ocasionales”; tampoco existíamos en el país, mal podíamos pensar en obtener beneficios como el del seguro social o algo parecido la verdad sea dicha (podíamos considerar eso como ventaja y desventaja a la vez).

En la casa para trabajadores permanentes, vivían dos personas: Laura y su esposo Gabriel quien oficiaba en la granja como administrador, era obviamente la mano derecha de Joyce; en la casa para ocasionales no había nadie cuando llegamos; ellos y Joyce nos ubicaron en la de los huéspedes, que tenía dos cuartos, Max y Walter se establecieron en uno, yo en el otro, solo había una salita de estar, porque para desayunar y comer íbamos a la casa principal; un baño de tamaño medio completaba su diseño.

Cuando entré en el cuarto que me cedieron, después de inspeccionarlo todo con cuidado para poder dejarlo como lo encontré cuando nos tocara partir, coloqué la funda que tenía en mi mano sobre el velador junto a la cama, me fijé en el closet que tenía dos grandes cajoneras además de un gran número de armadores, sonreí por la contradicción ya que yo no necesitaba tanto espacio; luego me senté en un sillón de lectura que había cerca del closet, hasta que nos llamaran para que nos organicen con nuestro trabajo en la granja.

Gabriel vino a buscarnos, habría una reunión de trabajo en el comedor en quince minutos; una vez listos nos dirigimos hacia la casa principal, entramos por la puerta auxiliar que daba al huerto, saludamos todos incluyendo a la abuela que estaba sentada en la sala, ella contestó con la mano nuestro saludo y nos sentamos alrededor de la mesa.

Empezó la reunión con Gabriel dándonos la bienvenida oficial a la granja, nuevamente nos recordó cuál era su cargo, agregó que era ingeniero agrónomo, preguntó a cada uno de nosotros nuestros nombres para poder llamarnos cuando lo requiriera, luego se puso a las órdenes para cualquier consulta. Por la reunión nos enteramos que la granja constaba de 40 hectáreas, y en ellas se sembraba café, caña de azúcar, maíz, frijol, cacao, tomate, algodón y frutas variadas.