HONDURAS

CHOLUTECA

Después del cruce de la frontera Nicaragua- Honduras, y del asunto de las “aguas”, ya en la camioneta, mirando hacia atrás, hacia el camino que dejábamos, asimilando lo sucedido con el policía fronterizo y su frase contundente... “o se regresan en el mismo bote en el que vinieron” no me quedaban dudas de que en todos nuestros países se vive en forma real el tema de la “mordida” (coima). Es obvio que, como conviene, ambos involucrados en el cohecho entran en este juego. A nosotros nos fue extremadamente bien porque si no pagaban los muchachos, nos regresaban como por un tubo, o nos detenían allí mismo y terminaba nuestra aventura. Pisamos entonces suelo hondureño, su presidente en ese momento era José Azcona del Hoyo, de corte liberal, no conocía absolutamente nada sobre su historia o peor, sobre su política, estaba completamente ciego acerca de su cultura, su gente, lo único que recordaba era que allí se refugiaba la gente que los sandinistas llamaban “Contras” éstos eran los contrarrevolucionarios, enemigos del gobierno nicaragüense de la época, compuestos por ciudadanos desilusionados por la política del régimen, también por antiguos miembros del FSLN que se apartaron de la ideología revolucionaria por diferentes motivos; esto me fue confirmado por mis hermanos misquitos cuando me entregaron la gorra y el cincho, gratos regalos que tuve que abandonar para salvar la vida.

Manteniendo ese pensamiento, el viaje se hizo corto; llegamos a un pueblo llamado Choluteca. Era temprano, preguntamos por una estación de buses y fuimos hasta allá. Las preguntas generalmente las hacía yo como un centroamericano más, Nos dirigimos hacia un restaurante, y nos sentamos a esperar para decidir qué hacer; no había mucho por pensar, teníamos que llegar a la capital, para tratar de encontrar gente en otra iglesia que nos ayudara a ubicarnos y que nos dijeran por dónde seguir, pero siempre el miedo a llamar la atención nos perturbaba, por eso nos deteníamos siempre a hacer un estudio cuidadoso sobre nuestros próximos movimientos; cuando nos poníamos de acuerdo nos movíamos, caso contrario, permanecíamos quietos el tiempo necesario hasta tomar decisiones.

En esta ocasión, la opción era seguir de inmediato a Tegucigalpa. Había buses que salían directo, así que no era difícil la cosa; sólo teníamos que embarcarnos y esperar a llegar; eso fue lo que hicimos. No tuvimos que aguardar mucho tiempo, cuando salíamos del local, el cual quedaba muy cerca del terminal de buses, ya estaba un bus saliendo, subimos, nos ubicamos en nuestros respectivos asientos, los cuales eran cómodos, listos para la siguiente fase (si no había controles de migración en las carreteras).

TEGUCIGALPA

Tuvimos suerte, no hubo esos temidos controles durante todo el trayecto; era de noche cuando llegamos a Tegucigalpa; nuestro arribo al terminal pasó inadvertido (en ese momento), bajamos y nos dirigimos a paso redoblado, para alejarnos rápidamente de cualquier peligro que se presentare. Seguíamos juntos los tres mosqueteros, hasta este momento se seguían portando muy bien conmigo los muchachos, a pesar de que ya se habían dado cuenta de mi carencia de dinero; pero se dieron cuenta de que les servía de mucho, porque si surgía algún problema era yo quien debía enfrentarlo y tratar de solucionarlo (ese era el trato no estaba escrito…pero, se hallaba sobreentendido).

Tegucigalpa, en la noche, es otra ciudad como cualquiera de las que ya habíamos visto en Centroamérica; no podíamos gozar de su vista, en esos momentos teníamos otra cosa urgente que atender, como matar el hambre. Max guardaba dinero de lo que le había llegado a Managua y nos metimos en el primer restaurante que encontramos cerca: uno chino (¿dónde no están?); a comer lo más seguro: el “chaulafán”, como sabemos es un plato típico chino compuesto de arroz frito mezclado con carne de pollo y de cerdo o solo de pollo (al gusto del cliente)

No recuerdo si este nombre es similar allí, pero tiene que ver con una situación que me ocurrió luego en otra parte. Los ecuatorianos somos más chinos que los chinos en ese sentido, porque ni ellos comen tanto el “chaulafán” como nosotros, lo cual ha hecho decir a más de un propietario –“ecuatolianos bulutos...solo chaulafán quelel comel...solo chaulafán”, frase favorita y de fácil traducción del padre de Yoli, buena amiga mía quien tenía un Chifa en mi ciudad natal; en buen romance quiere decir que ellos tienen una buena variedad de comida, pero como nosotros somos arroceros, nos gusta más el chaulafán y no queremos cambiar nada por esa gramínea. En todo caso...viva el chaulafán, porque es bien sabroso y punto.

En Tegu (así llaman sus propios hijos a Tegucigalpa) no hicimos mucho realmente; después de comer matamos el tiempo cerca del terminal, avanzamos hasta una taberna, vimos una pareja de gringos que viajaban con sus mochilas, luego vimos otra (dichosos ellos que pueden viajar por nuestros países sin necesidad de mostrar visas, pero nosotros también lo éramos a nuestro modo, aunque no teníamos cabello rubio ni ojos azules).

Teníamos que seguir dando vueltas, felizmente no hubo policías cerca así que podíamos respirar tranquilos (por el momento) hasta que llegara el turno de salida de uno de los buses que nos llevaría a San Pedro Sula, porque ya había conversado con algunas personas acerca de la forma de continuar con el viaje y esa era una de las buenas opciones (así lo creíamos). Partiríamos esa misma noche y dormiríamos aprovechando lo largo del viaje.

Las conversaciones habían arrojado algo positivo: ya teníamos un nuevo plan a seguir, algo fijo, eso era lo que importaba; habíamos escuchado que por la selva cerca de San Pedro Sula, estaban desembarcando grandes cantidades de chinitos, en forma ilegal, que tenían que atravesar todo un territorio inhóspito hasta Guatemala y desde allí al norte (pan comido, así sonaba para nosotros). Nos pareció grandioso que nuevas puertas se abrieran, algo era mejor que nada; no teníamos ninguna idea de lo que vendría luego y tomamos una decisión (¡Mala decisión!).

SAN PEDRO SULA

La ciudad de San Pedro Sula es hermosa, a ésta si la vimos por la mañana, llegamos a lo que parecía ser el terminal de ese bus en particular, porque era una casa muy grande, de dos o tres pisos, con espacio para la ubicación de dos buses en paralelo, pero llegamos hasta San Pedro por error así que ni salimos del área del terminal.

No era por allí por donde debíamos entrar, se nos desvanecieron nuevamente nuestros deseos de seguir hacia el Norte. Optamos por regresar, no teníamos otra opción, nadie nos daba una buena pista para seguir y no queríamos tomar esa clase de riesgos (debíamos ir con cuidado, ya estábamos en un 50% del viaje y no podíamos echarlo a perder); teníamos que llegar a uno de los pueblos fronterizos de Honduras, nuestro objetivo era tratar de pasar a Guatemala, pasando a través de la famosa selva.

En el mismo terminal al cual habíamos llegado, abordamos un bus que nos conduciría hasta un lugar denominado la Entrada que está muy cerca del Parque Nacional Cerro Azul, allí debíamos bajarnos para empezar una caminata hasta el Paraíso, lugar donde supuestamente empezaba nuestra selva, este dato lo seguíamos completamente equivocados, porque El Florido nos quedaba a nuestras espadas y nos estábamos alejando de ese punto de la frontera que era crucial.

La llamada Entrada tenía cierto parecido con nuestro kilómetro 26 (Virgen de Fátima), en la ciudad de Milagro solo que en menor escala. Pequeños restaurantes y locales comerciales para venta de frutas y etcéteras, bifurcación de dos carreteras: la una, la que nos introduciría a la selva (para variar, camino equivocado); y la otra, la correcta, la que nos debió llevar a la frontera. Nos detuvimos a comer algo en uno de los restaurantes, para tomar un respiro y saber cómo estaba la situación antes de empezar a dar los siguientes pasos. El hecho de que nos internaríamos en la selva ya nos tenía bastante mal, tampoco contábamos con la policía militar que cuida los bordes fronterizos, lo cual evidenciamos luego; por lo tanto, la cosa era cómo prepararse.

Desde donde estábamos sentados, dominábamos el panorama, se veía el nacimiento de la carretera que nos tragaría en nuestro viaje hacia “el Paraíso”. Este era el paraíso que nos estaba tocando vivir por el momento, el “otro”, el verdadero, tenía que esperar un poco más. Bajamos las tres gradas del restaurante que nos separaba de tierra firme...y cruzamos la vía principal, para empezar a caminar. Max iba adelante, Walter en medio y yo atrás, a la retaguardia; era la posición que se nos había hecho costumbre. No cruzaban carros comerciales (buses) por esta vía en forma constante o fluida; y los pocos carros particulares no querían llevarnos (comprensible). Caminamos alrededor de tres horas, la carretera era de tercer orden, es decir, no asfaltada, no se sentían cambios en relación a nuestro país, y a veces pienso que nosotros estamos un poquito mejor que algunos países centroamericanos.

Llegamos hasta un sitio llamado La Playita, donde había un riachuelo paralelo a la carretera; un viejito vestido con sombrero, camisa y pantalón de color blanco estaba parado, observándonos. Fuimos a su encuentro, para hacerle preguntas sobre el camino a seguir...o no seguir, cualquier cosa que hubiera arrojado alguna luz en esa oscuridad mental en la que estábamos con respecto a lo que vendría, lo incierto. Nos confirmó que esa era la senda si queríamos llegar al Paraíso, así que nos remojamos un poco y continuamos con la caminata.

Como no requerimos otra cosa, no obtuvimos los datos que necesitábamos para salir del error en que estábamos incurriendo. Le dimos las gracias por la información (después nos dimos cuenta que hicimos la pregunta incorrecta). Estábamos en eso, íbamos casi desvariando sobre lo que tocaría hacer en cuanto llegáramos a la selva: lo único claro era que los chinitos desembarcaban por ese lado y por allí, metiéndose en la selva llegaban a Guatemala (lo dicho…desvariábamos).

CÉSAR R. EL ÁNGEL HONDUREÑO

De pronto, escuchamos el ruido de un motor. Era una camioneta de color blanco, con un logotipo del Ministerio de Salud Pública de ese país. En la parte de atrás viajaba un grupo de personas, entre ellas un joven, quien apenas nos vio le pidió a la persona que conducía que se detuviera y nos hizo subir donde estaba el. Se llamaba César E. R. y para nosotros fue encontrar otro de los ángeles que Dios puso en nuestro peregrinar.

Nuestro tema de conversación empezó a ser directamente sobre el viaje porque supo de inmediato que íbamos de paso; preguntó que de dónde éramos y hacia dónde queríamos ir. Nos conversó que él había hecho un viaje igual 3 años antes, pero que se había casado al regresar y ya no se pudo mover; se notaba que le gustaba bastante el asunto de la mochila, por eso mismo se mostró profundamente solidario.

Nos advirtió que la policía militar recorría esos caminos a pie, que podíamos tener problemas si nos encontrábamos con ello; de hecho, no lo terminaba de decir, cuando una de estas patrullas (5 hombres armados) venía caminando en sentido opuesto al nuestro y los vimos pasar desde el balde de la camioneta (¿Coincidencia?) Usted llámelo como quiera, para nosotros siempre fue Dios.

César nos dijo que deberíamos ir al pueblo del Paraíso, pero que teníamos que regresar por donde vinimos, porque estábamos en el camino equivocado. Nuestra meta debió ser un punto llamado El Florido, el cual era parte de la frontera y que por allí pasaríamos a Guatemala.

La camioneta llevaba un cargamento de muebles e implementos para un consultorio dental que el Ministerio iba a equipar en el Paraíso, teníamos que llegar allí, descargarla y regresar con él, porque nos llevaría a su casa, para pasar la noche y proseguir viaje al siguiente día.

Una vez realizado el trabajo (resta decir que sin que nos dijeran nada ya estábamos ayudando en la descarga), la camioneta emprendió retorno, en dirección al sitio llamado La Entrada, volvimos a ver a los militares, les hicimos de la mano, despidiéndonos.

Cuando llegamos allí, tomó rumbo Norte, al pueblo donde vivía César y cuyo nombre no recuerdo bien, creo que era El Pedernal, tenía pocas casas; estaban bastante separadas unas de otras, las calles eran de tierra y se veían bastantes arbustos secos, como en las viejas películas del oeste. Nos detuvimos frente a una casa grande, cuyo color blanco había sido desgastado por el paso del tiempo; bajó César de la camioneta, luego nosotros, agradecimos y nos despedimos de los amigos que nos habían llevado hasta allí y nos preparamos para entrar a su casa.

César estaba casado, su mujer era bastante joven y tenían una nena preciosa, de apenas un año de nacida. El, habló con ella, y le explicó nuestra situación, la esposa asintió comprensivamente y se puso a hacer algunas cosas extras que nosotros le pedimos no hiciera por no molestar más, pero su dulce empecinamiento nos doblegó y terminamos sentándonos a comer con ellos. Se notaba que en esa casa había paz.

Como ya era bastante tarde cuando llegamos, prendieron las luces, pero en la calle no había mucha iluminación, porque los postes de luz estaban muy separados, reinaba una oscuridad terrible. Sin embargo, después de conversar un poco con ellos, y, habiéndoles manifestado que sabíamos algo de música (claro que “sabíamos” sonaba a manada, pero qué le iba a hacer, era mi área, una forma de ganar la voluntad de Max y Walter), nos invitó a salir donde unos amigos que tenían guitarras y fuimos hacia allá.

Fue una noche agradable, cantamos hasta bien entrada la noche, no dejamos casi ninguna ranchera o bolero por tocar (José Alfredo Jiménez, Vicente Fernández, Javier Solís, Pedro Infante), el repertorio estuvo completo, este recurso lo aprendí de mi madre, ella cantaba estas canciones mientras preparaba la comida para nosotros. Los amigos de César también cantaban, así que la reunión resultó muy amena.

Al terminar el último de los “jujúyas”, (término que se aplica en la mayoría de las rancheras mexicanas), regresamos a descansar en casa de César; conversamos un rato más con él, porque nos estaba dando indicaciones acerca de cierto amigo que tenía en la frontera y que nos podría ayudar para cruzarla. Dijo que no nos podía acompañar, pero que nos entregaba toda la información, para que pudiéramos seguir con nuestro viaje.

Nos advirtió que el paso de Honduras a Guatemala, iba a ser fuerte, porque teníamos que cruzar por un gran bosque y luego por una serie de cerros, lo que implicaba una dura caminata, incluso nos dibujó un mapa para que tengamos referencias escritas de lo que nos dijo. También nos dio el nombre de este amigo, quien resultó ser, de verdad, una buena persona, Jorge G. Agradecimos a César todo lo que había hecho por nosotros, nos disculpamos por las molestias que habíamos causado, pero nos dijo que él, a su vez había recibido el mismo tipo de ayuda cuando hizo su viaje y que era lo menos que podía hacer por nosotros, aún más sabiendo el largo recorrido que ya llevábamos; dicho esto, nos retiramos a descansar. Dormimos como troncos hasta el siguiente día; muy temprano nos despertamos, desayunamos y estuvimos listos para partir.

La información que nos diera César nos iba a servir muchísimo, si no hubiera sido por ello, no habríamos alcanzado nuestro objetivo primario. La primera cosa buena era que él nos enviaba donde un amigo...y eso era muy importante, por la tremenda confianza que nos daba; ahora sabíamos que nuestra ruta era correcta, que el Florido era nuestro siguiente movimiento y que no iba a ser un paso en falso. César nos dejó en la intersección nuevamente y tomamos un bus en dirección Norte, hacia la frontera.

EL FLORIDO

Las pocas casas de vecinos están casi pegadas a la carretera, en una pendiente bastante inclinada...al final de la misma, se encuentra el punto de control fronterizo. Una caseta, policías y la viga que permite o niega el paso a los camiones o buses que transitan por allí.

Observábamos todos los movimientos, desde unos 300 metros, estudiando cuál debía ser nuestro accionar. Sabíamos que teníamos que acercarnos a preguntar por Jorge, lo último que nos había dicho César nos había dejado un poquito preocupados, porque su amigo era uno de los policías fronterizos, no lo conocíamos, solo teníamos su descripción; pero como ya era bastante hasta adonde habíamos llegado, nos dijimos que esta difícil situación era solo una más de las cien que faltaban por afrontar.

Me acerqué frontalmente donde estaban los guardias (era cuatro, dos fuera de la garita, armados, los otros dos dentro); les pregunté por Jorge, me dijeron que no estaba en ese momento, que había ido a regresar. Me preguntaron si le dejaba una razón o algo, les manifesté que era un encargo de su amigo César, mi primo (por supuesto), que debía hablar personalmente con él y que regresaba. Me retiré sin ningún problema y regresé donde mis amigos, les expliqué lo sucedido, esperamos un rato bebiendo gaseosas en un quiosco cercano.

JORGE G.

Debe haber sido una hora cuando hice un nuevo acercamiento, ya estaba Jorge. Le pedí que saliéramos del retén para conversar. Le dije que venía de parte de César, su amigo, me preguntó por su apellido y cómo lo había conocido. Le expliqué la verdad (a medias), lo que nos había pasado hasta que encontramos a César, solo agregué que yo era nicaragüense y que estaba llevando a dos ecuatorianos al norte. Me dijo que lo entendía todo, preguntó cuántos éramos y que lo esperáramos en el mismo sitio donde tomamos las sodas, le señalé el lugar y convino en encontrarnos allí.

Cuando llegó Jorge, nos pidió que lo acompañáramos y empezamos a caminar desandando el camino, regresamos casi un kilómetro, ya no se veían casas, todo era cerro, vegetación. Se metió monte adentro y lo seguimos, nos dijo que no nos asustáramos, que íbamos a recoger unas cuantas personas más que pasarían la trocha con nosotros.

En el instante que el pidió que no tuviéramos temor fue cuando lo sentimos más...hasta ese momento pensé que solo nosotros íbamos a ir con él, esta era una anormalidad que no la esperábamos. Mi corazón palpitaba a millón, sabía que algo no andaba bien – pensaba – “esto no nos está sucediendo”, pero estaba pasando y muy rápidamente. Habíamos escuchado ya muchas de las historias tenebrosas sobre los coyotes y sus víctimas, así que solo estábamos esperando pasar a formar parte de los fríos cuadros estadísticos. Pero también pensé... ¿qué hubiera pasado si esas otras personas se hubiesen aparecido de improviso, sin que Jorge nos lo dijera? Eso, de seguro hubiera sido peor. ¿Se portó bien Jorge?

¡Sí! los hechos posteriores lo confirmaron: adentrados en el monte, empezamos a caminar, éramos 12 personas en total, habíamos acordado pagarle 50 dólares por cada uno para que nos introduzca en Guatemala.

Jorge iba en medio de la columna, ya nos había advertido que si teníamos problemas con la policía migratoria dijéramos que íbamos por cuenta propia, sin guía. Ya lo sabíamos, a fuerza de la costumbre, pero él dijo que no estaba demás la advertencia. Yo iba justamente detrás de Jorge, la cacha plateada de una pistola automática se asomaba en la parte de atrás de su cintura, el temor que se había dejado sentir antes de emprender esta caminata…regresó. No sabía en qué momento iba a descargarla contra nosotros, pero ese era otro miedo infundado, Jorge demostró ser una buena persona en todo el trayecto.

La caminata era a todo mecate (término centroamericano, indica “a toda velocidad”), casi sin descanso, senderos estrechos aparecían y los tomábamos; bosques con árboles gruesos que nos hacían guardia de honor, pasábamos debajo de ellos, saltando por sobre las raíces que se dejaban ver; cuando esto sucedía, los contemplaba desde mi enano punto de vista hacia la grandiosidad de sus frondosas copas y comprendí esa gran verdad. En medio de esa maravilla de la naturaleza, encontramos una casa habitada por lugareños los cuales no se asustaron al vernos, ya estaban acostumbrados.

Caminábamos pues, rápidamente, casi no hablábamos, poco a poco fuimos saliendo de la espesura del bosque y encontrando unos cerros de belleza indescriptible. Lomas que daban la sensación de ser olas en el mar, lomas verdes, de un pasto increíblemente bello, Jorge conocía esto como la palma de su mano, eso era seguro. Nos detuvo y nos sentamos un rato, todavía estaba claro en esta bella tarde de noviembre. Disfrutábamos de la vista, era la primera vez que tenía ese pensamiento, ni siquiera en la isla San Andrés pude tener la sensación de estar paseando como turista, pero aquí fue diferente. Se parecía bastante a la belleza del páramo ecuatoriano y lo estaba disfrutando plenamente, primero, porque ya habíamos llegado bastante lejos, segundo porque seguíamos vivos y tercero porque me daba la gana disfrutarlo, había pasado tiempo solo sobreviviendo que aunque sea ese breve lapso que descansábamos, fue mi refugio, mi vía de escape de la realidad y créanme que lo disfruté.

De vuelta al mundo real, pasaron dos personas cerca de donde nos encontrábamos, Jorge se les acercó, les preguntó algo (probablemente si había visto patrullas) nos hicieron de la mano y se fueron. Nos pusimos de pie a su requerimiento, comunicó que íbamos a encontrarnos con un camión que estaría esperando en un determinado lugar y seguimos avanzando.

Llegamos al filo de una carretera, pero nosotros estábamos aproximadamente a tres metros del nivel de la misma. Metidos entre arbustos vimos pasar algunos camiones, pero Jorge nos indicó que esperáramos pues no veía el de su contacto. Pasaban otros, pero no el nuestro, hasta que al fin reconoció uno de ellos, bajó a la carretera (era de segundo orden) e hizo señas al conductor y se detuvo.

A una señal, empezamos a bajar también, deslizándonos en el terraplén del costado de la carretera, rápidamente subimos al camión en la parte posterior, como si fuéramos ganado...pero ya nos habíamos acostumbrado a estos pequeños detalles de la travesía (una raya más para el tigre). El camión emprendió la marcha, nosotros arriba, echamos a andar nuestros pensamientos y planes futuros (digo planes por decir algo, dado que nuestro único plan era sobrevivir) ¿qué pasará ahora? ¿Dónde iríamos a parar? No estábamos solos, también iba en el camión un grupo de campesinos hondureños que pasaban para “el otro lado”; confundidos entre ellos, nos sentamos en el piso de madera y esperamos a que caiga la noche. Entramos a un camino de tercera, en el cual los baches nos mantenían atentos a todo lo que sucedía.

Una ocasión había viajado en la misma forma, con mis compañeros del grupo de música, hacia una población de la cordillera de los Andes donde íbamos invitados a tocar, nada más que aquí hacían falta las gallinas los cerdos y los becerros que le hubieran dado ese toque mágico del remontarme a la tierra de mis “quereres” (como dicen en Centro América).

Aquí no había guardias fronterizos ni nada que se les parezca, estas poblaciones se manejaban más con la voluntad de Dios. Llegamos a un pueblo muy pequeño, nos condujeron a una casita del lugar, bajamos para pernoctar allí. Jorge seguía con nosotros. Pero su trabajo terminaría al día siguiente, dejándonos embarcados en un camión o bus, que nos lleve a un pueblo más grande.

Desde las páginas de este libro, y en el capítulo que corresponde, le envío un fraternal saludo a este hombre, quien se portó honestamente con nosotros. Nuestro temor era comprensible. Nada puede ser tan terrible como confiar en alguien y después ser traicionado, peor en las condiciones en las que uno viaja. Los peruanos que viajaron con nosotros en la conexión San Andrés-Nicaragua fueron aparentemente abandonados por el coyote chino que los guiaba y que parecía ser buena persona. Jorge en cambio, demostró ser buena persona y espero que Dios lo haya bendecido en el transcurrir del tiempo.