EL DESPERTAR

Treinta y tantos años, dios mío, como ha volado el tiempo” – Fueron las primeras palabras a la luz del día de Fernando, quien aún en cama, no dejaba de mirar los rayos del sol que se filtraban por la ventana de su habitación, en el apartamento 23 del sexto piso del Edificio Versalles.

“Cuantas veces pensé que el tiempo sería eterno”, - meditaba aún bajo las sabanas. Como era su costumbre, dormía completamente desnudo, luego de su divorcio con su segunda mujer. Aquella fémina le había completamente exasperado con tantas reglas y restricciones, que la separación vino a ser una bendición para su ansiada libertad, aunque a decir verdad la soledad era la contraparte menos satisfactoria para un hombre que dependía como un chaval de su compañera de vida.

El sonido ensordecedor de los vehículos transitando en el angosto boulevard que atravesaba el costado del Edificio, no le distraían de sus pensamientos. Se preguntaba, “soy buen mozo, aún no tengo canas, tengo una energía envidiable y no gano tan mal”, esbozó una sonrisa, al recordar que su quinto trabajo de medio tiempo como administrador de una tienda de productos eróticos, no era precisamente una fuente inagotable de ingresos, “no, claro que no, pero al menos tengo lo suficiente para mí solo”.

De pronto, se apresuró a inclinarse a un costado de la cama para buscar debajo de ella una caja mediana. De su interior extrajo un objeto envuelto en papel de celofán. “Mi amiga, mi bella amiga nocturna, la que jamás me falla ni tampoco me exige con tono desafiante que lo hagamos tantas veces, nunca te he escuchado referirte a mi como un tipo que no sabe satisfacer a las mujeres y lo mejor es que no te esfuerzas en fingir orgasmo alguno conmigo, tú si realmente me haces feliz”

Comenzó a desenvolver el papel, mientras poco a poco con sus manos iba develando su contenido, asomando tímidamente unos vellos finos. Como reviviendo una grata experiencia, su respiración iba en aumento, el brillo en sus ojos y la felicidad que expresaba su boca, casi al mismo tiempo circuló un fuerte torrente sanguíneo a su entrepierna. Finalmente, aquel artículo artificial en forma de pera, estaba frente a sus ojos, deslizo como un niño rápidamente las sabanas con sus piernas y de repente, levanto aquello que representaba un deseo interno por unos segundos en el aire y luego lentamente se lo llevo al pecho y cerró sus ojos. “No, tú jamás serás ella, imposible que puedas reemplazar sus sonrisas, el aroma de su cabello, la suavidad de su piel y los besos que sus dulces labios dejaron en mi, la miel del néctar de las rosas, lo siento, mi amiga, pero tú eres solo un sueño y ella fue una realidad”

El reloj despertador anunciaba que era hora de levantarse y salir del estupor que aquellos pensamientos le estaban provocado. No fue casualidad que el teléfono celular sonará, pues era una tradición familiar que sus padres y sus hermanos le llamaran para felicitarlo por su onomástico. En esta ocasión era su hermano mayor, quien estaba casado con una médico ginecóloga, a quien por cierto, no era de su agrado, pero por él aún era capaz de hablarle. “gracias hermano, eres tan amable como siempre, claro que si, pueda que vayamos a almorzar para celebrar pero la cuñada paga la cuenta, es broma hombre, pero me agrada recibir tu llamada” La conversación finalizó muy amena y con la promesa de verse al mediodía, lo cual realmente no le hacía feliz considerando que estaría su cuñada y siempre el tema que ella sacaba a relucir se relacionaba sobre su vida personal.

Casi sin ganas, se puso de pie, se fue a la desordenada cocina y mientras buscaba entre la pila de platos sucios en el lavatorio, escuchaba fuertes ruidos en el pasillo exterior. Se oía cajas caer una y otra vez. Un tanto curioso y sin que nadie advirtiera, corrió el pestillo de la puerta y la abrió sigilosamente, en un ángulo suficiente para enfocar su vista a la puerta del apartamento frente al suyo. Una mujer, de unos cuarenta y tantos años, inclinada para recoger una caja de mediano tamaño, era la causa del ruido.

La falda corta, color azul, dejaba ver una redondez del cabuz, que gracias al corte al final de la prenda, permitía observar más allá y descubrir que la depilación era incompleta. Sus ojos no se apartaban de la figura de la mujer. Mientras, ella buscaba como acomodar otra caja pequeña sobre la primera, por lo que al virarse, su escote simplemente era un hermoso espectáculo que invitaba a cualquier espectador a disfrutar de dos grandes gotas de frescura en una libertad absoluta de movimiento.

Unos pasos se escucharon venir por el pasillo, él con una habilidad propia de un cirujano cerró la puerta y excitado dio la espalda a la misma. Aún aquellas imágenes pululaban en su mente, como algo mecánico su mano derecha se dirigió a su entrepierna, y cerrando los ojos evitando dejar escapar alguno de los cuadros en tercera dimensión que llegaban al cerebro del contorno femenino que había presenciado, dejo exhalar su autosatisfacción a un ritmo armónico de una sinfonía en ascenso.

No había más en su mente que una película, cuyo director, productor y protagonista era él y aquella misteriosa mujer. Como era de esperarse, dentro de esta poderosa imaginación, la puerta mágicamente se abría, él completamente desnudo se aproximaba a aquella misteriosa dama, y sin aviso alguno le levantaba la falda aun cuando ella se mantenía inclinada buscando la caja pequeña. Deslizaba la pequeña pantaletas color beige, suavemente a los tobillos sin que la mujer se inmutara y él la conquistó con suavidad mientras se inclinaba sobre la espalda de ella y sus brazos alcanzaban el escote.

Poco a poco fue forzando la blusa a cada lado para liberar los redondeados colosos de la dona inmóvile y apretarlos con el ímpetu de un amante deseoso de poseer lo prohibido. El corazón se aceleraba al compás del tambor de guerra, lo que le obligaba a redoblar marcha en la danza del gozo y el placer, propio de aquella escena de Ben Hur, en la flota romana.

Ese ruido del tambor se hacía cada vez más real cerca de sus oídos, cuando la fuerza del sonido le hizo despertar y darse cuenta que alguien golpeaba a su puerta. Rápidamente corrió al dormitorio en busca de un pantalón mientras gritaba que pronto atendería. En un instante regresó con el pecho al descubierto a la puerta y por un momento respirando para controlarse, abrió la puerta. Ante él, se encontraba aquella misma misteriosa mujer de estatura mediana, blanca como la nieve, de cabello rojizo y ojos verdes, con una leve sonrisa en sus labios. “disculpe, acabo de mudarme al apartamento contiguo, y como tengo un pequeño problema con una gaveta del armario, me preguntaba si usted tendría un martillo que me pudiera permitir”.

Aquella aparición le dificultaba articular palabra alguna, y como si evitara que la dama supiera que sus aterciopelados senos fueran el motivo de su recién excitación, apartaba la vista de la mujer. “¿martillo? ¿Un martillo? Déjeme pensar, creo que sí, creo que por algún lado debo tener algo así”

Un poco nervioso ingresó nuevamente a la cocina, sin percatarse que la misteriosa mujer, se había auto invitado a entrar al apartamento, y lo había seguido hasta el umbral de la cocina. “Que cosa más rica me voy a desayunar” pensando en la fastuosa dama que colmaba sus pensamientos. “¿Aún no desayuna?” Le preguntó desde la cocina, como si pensará que lo dicho por él era parte de una conversación entre ambos. “Dios mío, casi me mata del susto madame”, fue su reacción al advertir la presencia de ella detrás de él. “Disculpe si lo asuste” fue simplemente su respuesta. Él ya había notado que su falo se encontraba erguido como punta de iceberg, por lo que con una agilidad de mago, se apoderó de una cacerola para ocultar su miembro viril.

Ella, aún no lo había visto, e inocentemente como para disminuir el atrevimiento de su incursión en la habitación, le quitó la cacerola. “Permítame, creo que esta me servirá para hacerle un par de huevos, claro, si tiene” Él inmediatamente busco refugio detrás de una de las sillas de la mesa, “claro, que tengo un par de huevos…en la refrigeradora”

Ella se dirigió al electrodoméstico, mientras él en un rápido movimiento tomo un vaso con agua y se lo vertió en el rostro. “¿se siente bien?” fue la pregunta obligada de ella al verlo empapado. “Es el calor, ¿no lo siente?, hace mucho calor, será mejor que abra las ventanas”, acto seguido corrió las cortinas y abrió la ventana, con la satisfacción de haber adormecido la serpiente como hábil encantador de la India.

“Perdone tanta molestia, no lo conozco, ni tampoco usted a mí, pero desde que me separé de mi esposo, solo he tenido en la cabeza mudarme lo más pronto posible, y ahora me siento muy feliz de estar haciendo las cosas por mi misma, y me he dado cuenta que todo inicio es muy difícil, porque Augusto…ese es el nombre de mi esposo, era quien realmente hacía todo en casa, incluso cambiar un bombillo de la cocina” Totalmente boquiabierto, él no dejaba de observarla, como si el rostro de ella fuera un boceto de Leonardo Da Vinci o Buonarroti, simplemente estaba absorto como un chaval atendiendo las instrucciones de una profesora.

“Oh, disculpe, sé que hablo mucho, ya debo tenerlo aburrido con mis asuntos, pero no se preocupe no volverá a suceder”, hasta incluso la forma de cómo ella se disculpaba era música celestial en sus oídos. “No, no, no tiene por qué, me parece que es una forma de poder conocernos” Ella sonrió ante tan encantadora respuesta y continuó frente a los hornillos de la cocina moviendo los dos huevos para él.

“¿Pudo encontrar el martillo?” preguntó ella para iniciar una nueva conversación. Él ya más calmado nuevamente comenzó su búsqueda debajo del fregadero. Ella poso sus ojos en la amplia y morena espalda de él, llena de sudor, pícaramente sonrió, pero no dejaba de recorrer con su mirada la costura de la línea de la cintura y como exploradora, se olvidó del arte culinario, y el destello de sus ojos dio lugar a una sensación jamás experimentada. Por un momento aquella escena se detuvo en el tiempo, alrededor de ella se irradió un halo de colores y sus brazos se soltaron a cada lado de su cuerpo, mientras el ritmo de las caderas de él le invitaban a su lengua mojar los labios.

Sus pezones no soportaban el roce de su vestido, le incomodaba, por lo que despacio jaló su blusa hacia abajo para liberar esa presión que salieron ambas a flote al exterior, y como en un embrujo su mano derecha débilmente las incursionó, provocando que cerrara sus ojos y las imágenes vinieran como torrentes de agua cuadro a cuadro. Ella se inclinó, para quitarle la pantaloneta, mientras sus pechos como esponjas absorbían cada gota de sudor de la espalda, mientras sus labios buscaban el refugio de su cabello, besándolos mientras sus manos jugaban en la entrepierna de él, ella se sentía extasiada, húmeda, vibrante. “Lo encontré” fue el grito de Fernando, que la saco de ese trance y nerviosamente acomodaba su blusa.

“Qué bueno” fue lo único que ella pudo replicar. “¿Se siente bien?” fue la pregunta obligada al mirar que chorro de sudor bajaban del rostro de ella. “Si tiene razón, esta habitación es demasiada caliente”, sabía que debía evitar que él supiera las emociones que le habían provocado observarlo quedamente. “¿Desea tomar algo?” repuso mientras se dirigía a la refrigeradora. “No, no estoy bien, gracias. Miré aquí tiene su desayuno espero que lo aproveche, y si me permite tengo cosas que hacer en mi apartamento, gracias por el martillo” y sin mayor dilación y evitando mirarlo a los ojos, se despidió y como un conejo asustado se retiró.

Una vez que ella cerró la puerta tras de sí, se reposto a la pared sintiendo que su corazón latía acelerado, y luego de un instante, los recuerdos de lo vivido le causo una leve sonrisa y con un alivio pero considerando que su reacción asemejaba a una adolescente, siguió su camino hasta su vivienda.

Él tomó un buen baño y mientras sentía recorrer el agua por su cuerpo, no apartaba de sí la figura de aquella mujer, que luego del tiempo que estuvo con ella, se le olvido preguntar su nombre, pero algo era seguro, ella estaría residiendo cerca de él por lo que tendría tiempo para conocerla mejor. Eligió vestir casual, y salir hacia el trabajo con más alegría que sus pensamientos negativos de la mañana ya se habían disipado por alguna razón. Tomó el elevador, y sentía que el mundo se abría a sus pies y realmente lo que se abrió fueron las puertas del ascensor, y al salir apresuradamente, no advirtió que una joven de unos veinte y tantos años pretendía ingresar al artefacto, y la colisión fue imposible de evitar.

Ella cayó sentada al suelo, y él quedó frío a sus pies. De pronto, su mirada no pudo apartarse de aquella escena que como una flor abría sus coloridos pétalos ante sus ojos. La moda de las faldas cortas había arrojado sus frutos esa mañana. El interior de la chica, color violeta y una frase en inglés que decía “aleja tus manos de mi” que no permitía ocultar la zona erógena juvenil, blanca, de piel tersa, recién depilada, que a la distancia en que él estaba le produjo la sensación de percibir el aroma de una fragancia sublime que provoco una explosión de feromonas en su interior, y aceleró su corazón, y despertó una vez más aquel volcán dormido.

“¿No piensa ayudarme a levantar?” con un tono de dolor suplicó la joven. Estupefacto mirando hacia aquel manjar, no podía escuchar lo que la chica le decía. Ella, se percató de la escena, y cerró sus piernas, remedio inmediato que puso fin al letargo de él. “Perdone, es que me estaba reponiendo del golpe, permítame ayudarla” Se inclinó a alzarla por un brazo.

Al incorporarse, sus ojos color almendra se clavaron en los de él. “Gracias, ha sido muy amable, no me fijé que usted venía adentro del ascensor y yo traía mi cabeza en otra cosa, discúlpeme si lo agravie” Él le sonrió, mientras colocaba su portafolio delante para ocultar su erección. “No, realmente no ha sido nada, más bien me preocupaba por usted, si usted se encuentra bien, entonces no ha pasado nada” Ella, se acomodó la ropa, se auto examino y luego sonrió. “No, todo está bien, gracias, si me permite” y seguidamente, ingresó al elevador y se perdió entre las compuertas del aparato. Él, aún sumido en un ensueño, no dejaba de mirar las puertas, y en su mente, ese sueño hecho película cobraba vida nuevamente.

Las puertas se abrieron y ella, más cachonda, con un dedo en la comisura de sus labios y unos ojos vivaces, le invitaba a entrar con su dedo índice. Él lo hizo, y sin mayor comentario, se besaron, sus lenguas juguetearon entre sí, como niños jugando en un playground. Ella tomó la iniciativa de desvestirlo, poco a poco con tal maestría, que no mucho paso para que ella emulara la situación, y como Adán y Eva, gozaran ambos del paraíso.

“Señor, va a entrar o no” era la voz distante que poco a poco le despertaba. “Señor, por favor, muévase, que necesito utilizar el inodoro de mi apartamento” De pronto, aquella voz se hizo más fuerte y suplicante. Se viró para encontrarse a una anciana con andarivel que no podía ingresar al ascensor abierto, por estar apostado frente a él. “Disculpe, si, por favor, pase usted” Con un gesto de enojo, la anciana se abrió paso a un lado de él, y finalmente entró.

Él trató de disminuir la tensión de lo ocurrido ofreciéndole una sonrisa, lo que fue contestado por la anciana con una señal de desaprobación, levantando su dedo medio de la mano derecha, luego del cual las puertas se cerraron. Nuevamente, se dirigió a la entrada principal del Edificio, un poco avergonzado pero sonriente por lo acontecido. Realmente, su cumpleaños en la primera mitad del día le había deparado dos lindos regalos y él esperaba que aquello no terminara hasta ahí. Al ver el autobús que arrancaba, corrió a detenerlo para evitar llegar tarde. El conductor no lo había visto del todo, y Fernando, golpeaba las puertas para llamar su atención, esquivo un poste de luz y una señal de cruce, hasta que al fin el chofer lo miró y le abrió las compuertas.

Sudando llego a su centro de trabajo. El dueño del local en que él laboraba, ya había abierto las puertas. “¿Dónde estabas? Tuve yo que abrir porque mi empleado estrella decidió venir tarde, voy a descontarte estos cinco minutos de tu salario” Él trató que la situación no le desalentara por la alegría contenida en sus recuerdos; se puso la gabacha color naranja y luego tomo la escoba para limpiar el lugar. Media hora después, el jefe salía del lugar para hacer operaciones bancarias en el centro comercial más cercano, dejándolo completamente a cargo del negocio. Comenzó a colocar cada uno de los nuevos productos en los estantes, cuando a la hora, sonó la campanita de la puerta, anunciando una nueva clientela.

Una elegante mujer de unos sesenta y tantos años, de cabello corto, enculebrado, bien maquillada y con un paso que expresaba sensualidad, se dirigió hacia él. “Hola, ¿me puedes decir dónde están los vibradores?” Él, casi mudo, dejo la escoba a un lado y luego guio a la señora hasta una habitación en la parte de atrás, escondido por unas cortinas rojas. “Esta es la sección más exclusiva del establecimiento” Y nuevamente aparto su mirada de la dama, y señalo con su dedo, una vitrina donde se exhibían diferentes tipos, tamaños y colores de consoladores femeninos. La recién llegada, fue hasta allá y repaso con su mirada cada uno de los artefactos.

“¿Cuál me recomendarías?” fue su pregunta a quemarropa. “Depende...” fue su respuesta sincera mientras recobraba el aliento. “¿De qué depende?” repuso la dama mientras de su cartera sacaba un cigarro fino, y sin dejar de mirar sensualmente lo encendió. “Pues depende para que lo quiere” replicó nerviosamente, aunque advirtió que su respuesta no fue lo más inteligente, lo que provocó una risa a la oyente. “¿Tú para qué crees que lo quiero?” fue la burlesca pregunta que hizo la mujer. “No lo sé, es asunto del cliente” dijo mientras se hacía más pequeño. “Para ser un hombre adulto no te comportas como tal ¿no me digas ahora que eres virgen cariño?” espitó mientras le daba la espalda.

Con sus ojos, él hizo una seña de enojo consigo mismo por sus intervenciones infantiles fuera de toda lógica. “Bien, creo que podré probar algunos de estos ¿no lo crees?” fue la alocución de la dama mientras tocaba algunas de las cajas. “Sí, claro que sí, creo que sería lo mejor” forzado a buscar la venta del día. “Pues dime donde” interrogó la dama. “¿Dónde qué señora?” contestó inocentemente. “Donde los voy a probar, claro está. ¿Esperas que me lleve uno sin saber que funcione?” infirió la dama un poco incómoda.

Él no había advertido que la mujer deseaba utilizar los dispositivos elegidos en el mismo lugar antes de comprarlos, así que nuevamente se encontraba en un dilema, pues él no lo había tomado de esa manera, pensó que ella primero los adquiriría y luego en su hogar los probaría, pero no lo contrario. Sin embargo, la propuesta de la señora, lo considero finalmente como un regalo del cielo, por ser su cumpleaños.

“¿Y bien?” volvió a replicar la dama. “Si, disculpe, señora, venga conmigo, por aquí usted podrá probar todos los que quiera” Y la encamino hasta una pequeña habitación, donde fungía una bodega y un sanitario, y haciendo alarde de fuerzas quito unas pocas cajas y soplo el polvo de una pequeña mesa, y la conmino a ingresar, lo cual ella hizo sin miramientos, cerrando la puerta. Lo que la dama ignoraba era que todo estaba planeado, ya que una mirilla en una de las tablillas del cuarto, permitía que la luz y la visibilidad se colaran, dejando que la mirada humana fuera mudo testigo de su interior.

La dama dejo cuatro cajas sobre la mesita, y se bajó las pantaletas sin quitarse la falda y luego se sentó en el asiento del sanitario, y extrajo uno de los aparatos. Era un grueso falo color oscuro, con muchas protuberancias a su alrededor, cuyo manejo no era eléctrico sino manual, y por su longitudinal apariencia aparentemente no fue del agrado de la señora porque lo coloco sobre la mesa. Luego, abrió otros dos paquetes, y de ellos obtuvo dos diferentes. Uno, curiosamente con dos puntas, una más pequeña que la otra, el dispositivo de color verde cristalino, tampoco fue un gran interés para ella, así que al igual lo aparto y observo que el otro color piel, tenía la punta más grande e giraba en su propio eje independiente de la base, y lo mejor es que venían incluidas las baterías. La última caja, era un consolador eléctrico pero muy delgado que parecía un lápiz de grafito.

Él se había olvidado que la tienda se encontraba sola, y la campana de la entrada principal ya había sonado dos veces, y los parraquianos habían entrado y salido ante la falta de un dependiente que les atendiera. “ya decídete, vamos mujer utiliza cualquiera” se decía en sus adentros, completamente ofuscado y decepcionado de tanta observaciones que la señora hacía de los aparatos, lo cual le provocaba a él tanto ansiedad como nerviosismo, por la eventual llegada de su jefe en cualquier momento.

La mujer finalmente, sabía qué hacer, acomodando su espalda al tanque del sanitario, y descubriendo la falda, dejando a la vista su monte de Venus para frágilmente utilizar el último aparato, colocándolo en su clítoris. La espera había rendido sus frutos. La sonrisa de él reinó en todo el rostro, y de alguna forma externaba su satisfacción mediante el sudor, y eran constantes sus movimientos para tener una mejor vista, que su mejor intención era poder introducirse a través del pequeño orificio para estar junto a ella.

La pequeña bombilla parcialmente ocultaba el rostro de la mujer y sus pechos, pero caía perpendicularmente sobre su área genital, por lo que aquello parecía una escena de Pedro Almodóvar, en la que predominaba más el sonido inequívoco del éxtasis femenino ante la comparsa de la magistral ondulación que producía el consolador. Por la posición de corte vertical de la mujer, se podía observar la pierna derecha y casi imperceptiblemente parte del vello púbico, por lo que sólo quedaba a la imaginación el resto del componente para lograr una clara inserción de sus ímpetus a la incerteza de la imagen real que estaba ocurriendo dentro de aquella pequeña habitación.

Realmente era mortificante a través de un solo ojo, que de vez en cuando tenía que cambiar, para descansarlos, más la figura parcial de la bella dona, y el previo conocimiento de la actividad que ocurría en el pequeño aposento, que la postura en cuclillas por la altura del orificio, era suficiente para que cualquier mortal desistiera de la idea de mantenerse en el lugar, pero no él, se trataba de un momento único en su vida que como el cometa Halley, tal vez, no volviera ocurrir en setenta y tantos años. Así que no le importaba la incomodidad.

Más el ruido angustiante de ella, ante tanta fascinación en su juego, calaba debajo de su piel un nerviosismo similar a un temblor de más de cuatro puntos sobre la escala de Richter, ante la posibilidad de que los quejidos en aumento salieran allende de la puerta de la pequeña habitación.

Los movimientos de las piernas, semejando un remolino en mar abierto, convertía la mujer en una muñeca de hule, aún en el claro oscuro de la escena, la forma retorcida del cuerpo propias de una contorsionista, engrandecían el órgano ocular de Fernando y su salivación de la boca de manera copiosa, auguraba que aquello se alargaría más de lo pensado. En un momento todo se detuvo, el cuerpo parecía inerte, y de pronto la mano como un ciego, buscaba en la mesita, y al encontrar otro de los dispositivos, las contorsiones reiniciaron, esta vez, con una penetración completa.

Sus dos piernas se elevaban, atentando contra la ley de la gravedad ante el asombro de él. Se podía escuchar el crujir del asiento de la taza del sanitario ante el peso del cuerpo que se retorcía, el otro brazo ya había desaparecido y él lo imaginaba encima de los senos. Al igual ya su mano había bajado el cierre de su pantalón y extraído el apéndice sensible que como globo se inflaba ante la entrada de helio, y sin mayor aviso comenzar el ritual de auto satisfacción desenfrenada.

Esta situación le impedía mantenerse en el mismo orificio de forma constante y tener una mejor visión de lo que sucedía en su interior, pero ello no le importaba porque el sonido ya había traspasado los niveles inaudibles y resonaban por todos lados.

En su día de cumpleaños por primera vez, la tienda se encontraba con siete personas en su interior, admirando cada uno de los productos que se exhibían, desde películas eróticas hasta muñecos inflables. Había un poco de desazón ante la falta de atención en el lugar, cuando de pronto comenzaron a escuchar aquellos quejidos que provenían del fondo del local. Una pareja de adolescentes, que disfrutaban de compartir su pasión por la música estridente y los piercings, sonrieron ante aquel espectáculo. Un señor mayor de cincuenta y tantos años, paralizó el oído y simplemente fingía leer una revista pornográfica que tenía en sus manos.

Dos señoras de treinta y tantos años, que parecían que no deseaban ser vistas de la mano, por su tendencia homosexual, se miraron coquetamente por las imágenes recurrentes que el sonido les provocaba en algún momento de intimidad que ellas habían experimentado. Y finalmente dos varones abiertamente gays ataviados de negro satín ajustados en pantalón y camisetas, no podían creer lo que se escuchaba a mares, pero ninguno de ellos deseaba ausentarse del lugar porque verdaderamente era más grácil la melodía que se interpretaba en lugar de las aburridas músicas contemplativas comerciales que invitaban a ser menos pacientes en la observación de los productos.

La adolescente en un mensaje secreto, le guiño el ojo a su amante, y ella se viró frente a uno de los estantes, mientras el chico, muy despacio se colocó detrás de ella para que pudiera sentir su abultada entrepierna, y sigilosamente le serpenteaba su mano izquierda, lejos de los ojos de los presentes, debajo de su diminuta blusa amarilla, y acariciar la redondez de su seno izquierdo.

Sintiendo la calidez de esa piel delicada y suave, originando que ella cerrará sus ojos y humedeciera sus labios carnosos, presionando sus glúteos hacia atrás, logrando el contacto esperado con su amante, quien no podía esconder mucho su excitación, ante el aroma juvenil del cabello de su amada, así que se inclinó un poco como pretendiendo sugerirle algo de los productos en exhibición, y quisquillosamente le besaba el lóbulo de la oreja izquierda que estaba cubierta del fino cabello liso de ella. Ambos estaban entregados a sus deseos.

Las damas pudieron intuir lo que aquella joven pareja realizaba, y tomando el control del espacio contrario de otra esquina del lugar, dejando de lado sus inhibiciones, poco a poco sin perder el contacto visual entre ellas, sus labios se aproximaron muy lentamente, como el atardecer que se hunde en el horizonte, naciendo la oscuridad del deseo exquisito del momento, y despertando la pasión incontenible de la carne. Se abrazaron, una de ellas, acarició la espalda de la otra, y ésta respondió introduciendo una de sus piernas en medio del pantalón de su amante.

Sus brazos se lanzaron como hábiles cazadores tras su presa, primero la espalda y luego deslizándose despacio hasta encontrar la dureza de esos glúteos encantadores. No había más que decir, no había más miradas, ni más entorno alrededor de ellas dos, simplemente, el mensaje corporal de la atracción estimulada por la sonoridad de una congénere que expresaba sin inhibición ni complejos su propia sexualidad.

La pareja de homosexuales, miraban aquel escenario con gozo y alegría, era lo más parecido al paraíso terrenal donde todos admitían que eran víctimas del deseo puro; donde no había opositores ni críticos, ni donde existía el estereotipo ni la dualidad heterogénea exigida, simplemente había amor, había pasión, entre seres que se deseaban, que se querían, que emanaba en sus poros el puro amor. Uno de los varones, se colocó detrás del otro, y lo abrazo con una sonrisa pícara, y le jalo la barbilla hacia atrás para de esa forma besarlo dulcemente.

El otro simplemente mostró sumisión ante la iniciativa de su pareja, y dejo que sus labios hablaran el idioma del amor y del deseo. La lengua del primero incursionaba dentro de la cavidad bucal del otro, aspirando su aire y degustando su interior, en un intercambio de fluidos que invitaban a que fuera un cuento de nunca acabar.

A medida que todo se hacía prácticamente más acelerado, el segundo varón se subió la camiseta para que su amante le pudiera acariciar sus pezones, pero sin embargo, las manos de su pareja ardían por otra cosa, y prontamente la deslizo debajo de la línea de la cintura del pantalón y alcanzó la concha velluda del órgano del deseo, mientras éste lo envolvía con sus manos hacia atrás para tomarle sus nalgas.