AQUEL OASIS DE PLACER
El señor que había visto como si fueran piezas de un domino, a cada uno de los presentes iban cayendo paso a paso bajo el ritmo de la frenética música de la mujer al fondo de la tienda, se apresuró a buscar un mejor lugar detrás de un estante, apartando quedamente dos revistas que le impedían mirar, pero que al mismo tiempo le ocultara su rostro, y como si estuviera en el palco del mejor estadio de deportes, se aflojo el cierre del pantalón y dio rienda suelta a su hábito de mirar a otros gozando del placer sexual sin inhibición.
Como si fuera parte de un jurado en un concurso, se detenía a observar a la pareja de adolescentes que ya sin control alguno por las hormonas juveniles, él le había levantado la blusa a ella, y le besaba los pechos, mientras ella también gemía; pasaba revista luego a las lesbianas, quienes acostadas en el suelo estaban sin sus respectivas blusas y se exploraban todo el cuerpo; para finalmente mirar a los homosexuales que ya se encontraban en pleno sesenta y nueve sobre el piso sin la necesidad de quitarse los pantalones.
Aquello debió parecer un perfecto tesoro invaluable para un coleccionista de reliquias preciosas, donde sin necesidad de pagar, era testigo mudo de las pasiones ajenas. Sin embargo, la edad jugaría un papel desastroso para el hombre, quien no llegó más allá de segunda base, para mojar la cubierta de otras revistas que estaban a un nivel más debajo de su cintura.
Lo que pudiera ser una escena dantesca, realmente era un espectáculo digno de Afrodita o Eros, porque eran seres humanos que deseaban compartir todo su interior, transmitir sus deseos y emociones a su pareja. Ya no había restricciones, no existía el entorno, solo seis cuerpos completamente desnudos, que practicaban el sexo no en la intimidad de su hogar sino en la pequeña tienda de ventas de productos eróticos, que mejor forma de publicitar un negocio de tal naturaleza.
Como todo en la vida debe tener un fin, cuando las parejas yacían sudorosas en un estupor de alivio y liberación, simplemente mirándose a los ojos, entrelazados y sonrientes, la campana volvió nuevamente a timbrar. Esta vez, no era un marchante sino que el Jefe había regresado a su empresa. No podía creer lo que miraba al ver a estos desconocidos, desnudos, sobre el piso, y boquiabierto, sin decir una sola palabra, se abrió paso hasta llegar al mostrador, sin dejar de mirar lentamente, parecía un sueño aquello, nadie decía nada, las personas ni determinaban la presencia del Jefe. Éste, caminando de espaldas para evitar una sorpresa de que alguien se le lanzara encima, se dirigió a la parte de atrás del local para buscar a su empleado.
Ya la mujer había dejado de emitir palabras, estaba exhausta, sudada y complacida. Él, ya era la segunda vez que eyaculaba, y no podía creer el entumecimiento de las articulaciones al estar tanto tiempo en una posición tan incómoda y manejar aceleradamente su mano derecha. Así lo encontró el Jefe. “¿Qué demonios haces aquí?” Él no tuvo tiempo de agregar nada más porque la puerta del sanitario se abrió y sorpresivamente observo que la señora salió con una gran sonrisa del lugar y se dirigió afuera al mostrador, cargando las cajas de los consoladores. “perdone usted jefe, pero una cliente necesita en este momento de mi total atención” fue lo mejor que se le pudo ocurrir, para encaminarse detrás de la exuberante señora.
El jefe quedo rascándose la cabeza para entender que estaba ocurriendo en su negocio. “¿Y bien señora? Preguntó Fernando, ¿Cuál se llevara?” esbozo una sonrisa a la dama. “¿Cuánto es por los cuatro?” respondió amablemente. “Serían 100 dólares señora” aún con la mejor sonrisa porque entendía que sería la mejor venta que haría esa mañana. “Bueno, entonces estamos a mano, porque es la tasa que cobro para que me vean hombres guapos como tú” fue lo que respondió sin tapujo, mientras colocaba las cajas dentro de una bolsa y se retiró del lugar lanzándole un beso en el aire y ofreciéndole una pícara sonrisa. Él estaba estupefacto por la reacción que tendría su Jefe ante esta situación.
Ya el lugar se encontraba vacío para entonces, porque las siete personas se habían retirado del negocio, solo el señor se había llevado una de las revistas, propiamente la que había manchado. El Jefe, con la ceja fruncida salió de la trastienda y observó el derredor y luego se dirigió hacia él. “Bien, ¿Cuánto has vendido hasta ahora?”. Él, ocultando su nerviosismo, agarró un trapo de tela y fingía limpiar la superficie del mostrador, evitando mirar a su Jefe. “¿Sabía señor, que hoy es mi cumpleaños? Y ofreció su mejor sonrisa. “Pues felicidades, y ahora dime, ¿Cuánto has vendido hasta ahora?” y esta vez sus ojos se iban tornando rojo de la cólera. “Han estado llegando gente pero solo miran y se retiran” la sonrisa se desdibujo del rostro y mordía sus labios y bajo la mirada. “¿Qué se llevó esa mujer en la bolsa?” “¿Qué hacía en el sanitario?” Buscaba respuestas a sus interrogantes.
“Este, realmente fue una emergencia, ella entró al local, me pidió prestado el sanitario para poder colocarse el tampax, señor” e interpreto cada palabra que decía como si fuera actor de teatro. “¿Tampax?” “¿Una mujer de su edad con tampax?” “¿y qué es lo que crees que soy?, ¿un animal ignorante?” Y agarró una caja de bolitas chinas que estaba cerca de la caja registradora y la tiró al suelo.
“Dejaste sin atención el lugar para estar con esa mujer, eso sí lo creo, aunque más bien pareciera que fuera tu abuela, pero cuando entre a este lugar, habían parejas desnudas haciendo el amor como hippies en celo, en pleno Woodstock, lo cual no hay nada de malo pero si lo hicieran en sus propias camas y no aquí, que esto es un local comercial no un motel. Y después de todo esta fausta fiesta romana de sexo en cada centímetro de mi tienda, me vienes a decir que en la caja no hay ni un solo centavo de ganancia para este quien te paga cada quincena, ¿Eso es así?” inflando sus cachetes y con mirada inquisitiva no podía creer que había llegado la hora de almuerzo y no tenía dinero para un sándwich.
“Todo, menos lo de desatender la tienda, porque tenía que vigilar que la señora no se llevara nada de atrás” y nuevamente sonrió con ingenuidad. “¿Se robara atrás? ¿Y qué hay de los que estaban robando aquí adelante so bruto?” inquirió con rudeza el Jefe, mientras buscaba otra cosa que lanzar al suelo de la cólera, pero afortunadamente todo eran cosas costosas que le impedía poder desahogar su furia. “Mejor vete a almorzar antes que haga algo de lo que luego pueda arrepentirme, vete” Y sin esperar una segunda vez, él dejo su uniforme y salió del local tan raudo como pudo.
Sin un peso encima, y preocupado por el inventario de fin de mes donde se percatarían la ausencia de las cuatro cajas que se llevara la mujer, recordó de la invitación de su hermano y su cuñada para almorzar en un restaurante italiano de la zona, camino las ocho cuadras que lo separaban del encuentro con su pariente, mientras recordaba cada escena con una sonrisa, de aquella misteriosa mujer masturbándose en el sanitario de su tienda. Nuevamente, sucumbió a su innata y vivida imaginación, y se transportó soñando en el tiempo a ese momento.
La puerta del sanitario se abrió, mientras ella sorprendida con las piernas abiertas, observaba como él ingresaba y se inclinaba para admirar aquella zona erógena. Ella estaba ansiosa de que se produjera un contacto entre ellos, él la complació y apartó el primer consolador de su mano derecha, y su lengua fue suficiente para reemplazarlo, con la misma dureza y movimiento necesario para hacerla sentir deseada.
El ingrediente especial fue la húmeda y calor de su lengua, cuya punta jugaba con su clítoris y su derredor, mientras las piernas de su amante comenzaban a cerrarse para aprisionar su cabeza y evitar que él pudiera fugarse de aquel bello momento. Eso no iría a pasar, él estaba a gusto dentro de ese triángulo, por lo que como un gran pintor, utilizo la brocha de su lengua para pintar cada sección, de arriba hacia abajo y de un lado hacia otro.
Y en cada movimiento, ella respondía con una explosión de lubricación, que él saboreaba, luego había llegado el momento de cambiar de aparato, y esta vez, él se había bajado los pantalones para proceder a utilizar maravillosamente un consolador humano para penetrarla como ella lo deseaba a voces. Aunque no podía mirar su rostro por la poca luminosidad, si escuchaba los sonidos que provocaban su excitación, suficiente para conocer que el ritmo que imprimía en la arremetida, llevaba la intensidad para satisfacer a la bella dama.
“Quítate animal” pensó que decía la misteriosa mujer cuando penetraba más profundamente. “No oyes, animal, quítate”, volvía a escuchar y de pronto, un fuerte ruido proveniente del claxon de un vehículo, le regreso a la realidad. Se había quedado parado en medio de la calle, y un conductor le gritaba desde la ventana de su automóvil para que le permitiera el paso. “perdón, perdón”, fue lo único que se le ocurrió decir, mientras se ponía a salvo en la acera y el conductor, le lanzaba una serie de improperios, que no amilano en nada, la experiencia que recién había soñado, lo cual expresaba con su sonrisa.
Otra vez, debía controlar el abultado cuerpo que se alzaba por la entrepierna, por lo que optó por ir caminando con la vista pegada a las paredes, mientras avanzaba. Algunas mujeres que lo notaban, apresuraban el paso con un rostro de molestia y otros de indignación, mientras él aceleraba su caminar. Al ver la fachada del restaurante, pudo observar en la vitrina que su hermano y esposa ya estaban sentados alrededor de la mesa. Él, ingresó y se apresuró a entrar a los sanitarios destinados a los varones y se mojó el rostro con agua fría, y esperando unos segundos se dispuso a acompañar a sus anfitriones.
“Hola, pensé que ya no vendrías” le dijo su hermanito con un apretón de manos. “Hola cuñado, feliz cumpleaños, ya estas viejo” agregó la doctora con una sonrisa burlesca. “gracias, gracias, pero tenía que ir al baño para cambiarme el pañal” respondió, lo cual fue celebrado por la galena, quien le gustaba gastarle bromas pesadas a su cuñado. “Bueno lo importante que ya estás aquí, mira te traje este regalo” y de su cartera extrajo un sobre.
Él lo abrió y adentro encontró una linda tarjeta y un cheque con una suma modesta para pagar la renta. “Pero cómo pudiste molestarte, hermanito” y se inclinó para agradecerle el gesto con una sonrisa. “Bueno, si crees que es molestia, entonces solo regrésalo” intervino la cuñada con su característica sonrisa. “¿Ya no tienes dinero para ir a los casinos?” le respondió con un cruzado de mensajes subliminales, ante el vicio de la doctora de visitar las casas de juegos sin que su esposo se diera cuenta.
Obviamente, tal comentario borró la sonrisa del médico. “Bien, creo que ya podemos pedir” dijo el hermano mientras llamaba a uno de los saloneros. “¿Y cuál es la recomendación del chef?” él preguntó. “Aquí todo es comida italiana, pastas, pizzas, calzones, lasañas, no sé ¿Qué es lo que deseas almorzar?” pregunto él. “Tal vez eso de los calzones le pudieran interesar a él” asevero la cuñada con un quejido similar a una sonrisa. “No, eso de los calzones realmente te va bien a ti ¿Eres ginecóloga, no?” contestó. “Por favor dejen de discutir, ¿cuándo van a dejar esos dimes y diretes?” refirió él.
El salonero, llegó, les entrego los menús, y luego añadió que el especial de la casa, era una deliciosa hamburguesa de tocino con papas fritas y aderezo italiano. “¿Hamburguesa? ¿En un restaurante italiano?” se preguntó la doctora. “Mira, primero debes decir que el especial de la casa, es aderezo italiano sobre un pan italiano que cubre un tocino de un cerdo italiano, rodeado de unas papas italianas, ¿Te parece ahora bien cuñada?” le dijo en tono irónico luego de ver al salonero. “Se nota que no sabes nada de cocina gourmet” fue la contestación de la galena. “Tal vez de eso no, pero si de lindas italianas” y lanzo una carcajada que provoco la sonrisa del mesero la cual disimuló.
La cuñada lo miró con desdén, y el pobre salonero tuvo que guardar silencio inmediatamente. “Entonces, ¿ya están listos para ordenar?” preguntó angustiadamente. “Si, realmente quiero una lasaña de pollo” expresó el hermano. “Bueno, tráeme una pizza personal de salami” agregó él. “A mi dame el calzone” finalizó la doctora. “¿Y de tomar?” fue la pregunta obligada del chico. “A mi hermano y a mí, una buena jarra de cerveza” respondió él. “¿Y yo qué? ¿Tengo boca de santo?” reprendió la doctora. “Gracias a dios reconoces que tienes una boca, entonces úsala y pídete lo que deseas tomar, pero deja de llorar, ¿quieres?” fue su réplica. “Una botella de agua mineral, por favor”
“Y bien cuéntanos, ¿Cómo va todo?” preguntó su hermano. Él entrelazo sus manos, se mordió un labio, y la miró a él. “Todo está bien, realmente no me quejo” y lo miró detenidamente. “Qué bueno. ¿Sigues en la tienda?” preguntó mientras tomaba un pan con ajo que recién había dejado el mesero como entremés. “si, aún sigo trabajando ahí” contestó un poco avergonzado. “¿Y se puede saber qué es lo que venden en esa tienda?” interrogo la cuñada. “Vamos, amor, ya te había comentado que es una de esas tiendas eróticas” intervino él. “Se me había olvidado” volviendo a mirar a su cuñado.
“Hablemos de otra cosa, ¿quieren?” contestó él avergonzado. “¿Alguna chica por ahí?” pregunto su hermano. Como si el tiempo se hubiera congelado, él recordó desde el primer segundo de la mañana, con la nueva inquilina; luego con la joven atarantada del ascensor hasta la mujer madura que le hizo sudar en la trastienda. “No, realmente aún no hay ninguna candidata” respondió un poco sonrojado. “Así es mejor, hoy la vida cada vez está más cara” señaló la doctora.
La comida llego y en silencio, todos almorzaron. Al momento de la cuenta, él se levantó para ir al sanitario y no estar presente cuando tuvieran que pagar la misma porque aun siendo su hermano le avergonzaba que él no pudiera corresponder de la misma forma en los cumpleaños de su hermano ante la falta de dinero. Así que al regresar ya ellos estaban afuera esperándolo para despedirse. “Bueno hermanito, cuídate mucho, feliz cumpleaños y que la pases bien el resto del día.” Y le abrazó. “Gracias a ti, y a la pesada, digo a mi cuñada por el almuerzo” y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
“Bueno, es todo, vámonos amor” se limitó a decir la doctora. Ambos buscaron el garaje cercano para tomar el automóvil, mientras que él no tuvo el valor de solicitarles un aventón para regresar a su trabajo, así que nuevamente ante la falta del pasaje del bus, regreso caminando, porque debía guardar el monto suficiente para luego regresar a su casa por la tarde.
Un poco desilusionado por el giro que había tomado su día de cumpleaños, y a pesar que llegaría tarde a su trabajo, no hizo nada por apresurar el paso y más bien, caminaba lentamente como contando cada ladrillo de la acera. De momentos miraba los ventanales de las tiendas aledañas, hasta que su mirada se detuvo en un gran mural en las afueras de uno de los bares más populares de la zona.
En ella, se podía observar el anuncio de las variedades de la noche, en las que se encontraba la foto de la joven descuidada con la que se topó en la mañana en las afueras del ascensor. Al parecer, la chica junto con otras tres amigas eran las bailarinas estelares de esa noche en el lugar. Una sonrisa se dibujó en su cara. “Y yo pensando que se trataba de una chica puritana, pero mire lo que son las cosas, una bailarina de taberna”
Ingresó por información y una bar tender era la única que se encontraba en esos momentos. Una mujer de unos cuarenta y tantos años, limpiaba el mostrador, y acomodaba algunos vasos cerveceros. “señorita, ¿La variedad de esta noche tiene algún costo o es gratis la entrada?” La mujer le miró con poco interés. “No vio el precio en el cartel, papi, son treinta dólares” y luego se fue hasta el otro extremo del mostrador para sacar unas cajas de licor.
Claro, el monto que la mujer le dijo no fue de su total agrado, pues, no contaba con ese dinero, así que no podría ver a la chica. “Pero no es esta noche, es mañana, se pospuso porque una de las chicas parece que tiene fiebre o algo así” La noticia no vino a cambiar en nada su tristeza, así que salió más apesadumbrado que como ingresó.
Al llegar, se detuvo frente a la entrada de la tienda erótica, tomo aire, y luego ingreso. El Jefe, lo esperaba para dejarlo al mando de la tienda ya que su esposa le había llamado ante la llegada de su suegra, y debían realizar algunas compras de último momento en el supermercado y tener todo preparado para esa noche. Así, que por el momento no habría más regaño, ni una sola llamada de atención, y por el resto del día no tendría que verle la cara a su jefe, eso vino a mejorar su día. “Bueno, espero que para mañana me tengas buenas noticias dentro de la caja registradora” Y se despidió.
Así que lo primero que hizo fue cerrar la puerta principal, y correr a la bodega a sacar unas cajas de vibradores para colocarlos donde habían estado los que la mujer se había llevado sin pagar. Luego, volvió a abrir nuevamente, y saco un banner en el exterior, para iniciar una campaña que aumentara la clientela, y tener buenas noticias. En lo que colocaba la cartelera, alguien le toco la espalda. “Hola, vecino, ¿Pudo llegar a tiempo a su lugar de trabajo?” Se dio cuenta que la nueva inquilina de su edificio le veía con una hermosa mirada, y sin decir una sola palabra, se colocó al frente del anuncio para evitar que su nueva vecina se enterara que laboraba en una tienda de productos eróticos. “¿Cómo se enteró que saldría a trabajar?” preguntó nerviosamente.
“Bueno, es lo normal, que todos salgan a trabajar en las mañanas, aunque claro no tuvimos tiempo de conversar, no sé, si en su caso sea así, pero más bien disculpe, parezco muy entrometida en su vida” Y se sintió un poco apenada. “No, para nada, no es eso, simplemente pensé que yo se lo había mencionado, pero gracias, digo, por el desayuno, me encantaron el par de huevos” Y de la misma forma él respondió tímidamente.
“Voy a visitar a mi madre” fue un comentario de carácter informativo que ella mencionó para salvar la situación. “Oh, qué bien, es bueno estar siempre de las madres, yo vengo de almorzar con mi hermano”, agregó él. “¿En serio?, es bueno siempre estar en contacto con la familia” manifestó con una leve sonrisa. “Si, las mamás y los hermanos, son lo máximo” continuó él manifestando. “¿Y es usted casado?” le preguntó ella mirándole a los ojos. “¿Casado yo? No, no, estuve, pero ya no” contestó mirando a todos lados. “Yo si lo estuve, pero no funciono” dijo ella mientras miraba hacia la calle.
“Si, fue lo que me dijo temprano” confesó él. “Si, tiene razón, no sé dónde tengo la mente” confesó cabizbaja. “No hay problema” fue simplemente su respuesta. “Y, ¿por qué fue el almuerzo?” interrogo muy interesadamente. “¿Ah?, ¿El almuerzo? Algo sin importancia, realmente no fue nada, es algo que hacemos una vez al año, usted sabe, uno cumple años” y no pudo terminar la oración completa por la explosión de alegría de ella “¿está cumpliendo años? Oh, es algo hermoso, feliz cumpleaños” y acto seguido lo abrazo y le dio un beso en una mejilla.
Él estaba perplejo de la reacción de la desconocida. “Gracias, señora, muy amable” fue su reacción. “¿Señora? Por favor, llámeme Carmen. Y ¿qué tiene planeado para celebrar más tarde ese gran acontecimiento?” le preguntó mientras sus ojos brillaban de emoción. “¿Planes?, realmente no hago nada en mis cumpleaños, solo el almuerzo y es todo, no, realmente es todo” sonó como justificándose. “Eso no puede ser, ¿usted sabe lo que es cumplir un año más de vida? ¿Y más hoy en día? Se celebra el dolor del parto y el dolor de vivir” y dibujo una sonrisa tierna.
“Si, cierto, no lo había visto de esa forma” y por un momento se perdió en la inmensidad de la mirada de ella. “Ya sé, ¿qué le parece si nos reunimos esta noche en mi apartamento, de esa forma lo inauguramos y al mismo tiempo cenamos por su cumpleaños, qué tal?”
Una ambulancia atravesaba por el lugar con la sirena activa, lo que le permitió unos segundos a él para pensar la respuesta adecuada a tan atractiva pregunta. “Si le digo que si pueda que luego me pregunte qué pondré para la fiesta y estoy quebrado, pero si por el otro lado le manifiesto que no entonces pensara que soy antipático y un anti social, o peor aún que soy un chovinista y no acepto las sugerencias que vengan de una mujer, pero tampoco puedo permitir que se entere que no tengo un solo centavo para mi propia fiesta” Se encontraba parpadeando y con una sonrisa fingida cuando de pronto fue ella quien concedió la mejor solución.
“No creo que sea la primera vez que nos veamos, así que mejor hagamos esto, si te parece claro, yo fui el de la idea así que me corresponde llevar a cabo la recepción y en unos cuatro meses que es mi cumpleaños, entonces, me correspondes, me parece justo, ¿no?” Él exhaló con un alivio, porque muchas cosas podrían pasar en cuatro meses, desde sacarse la lotería, a que se enojara con la nueva vecina y fueran enemigos y así no tendría que gastar en una cena, o tal vez mejor aún, la tendría de amante y más fácil evitar se concretara esa opción. “Me parece que es un trato mi querida Carmen” y se dieron un apretón de manos.
“Bien, ahora me tengo que despedir, y pues, nos vemos a las 8, ¿está bien?” como si no quisiera retirarse. “A las 8, puntual estaré frente a tu puerta”, fue su respuesta más explícita. Ella, a medida que caminaba volteaba a verlo, con su linda sonrisa, mientras que él, al igual, no dejaba de moverse de un lado a otro, para tapar el anuncio que informaba sobre la naturaleza de la tienda. Luego de que ella se perdió en una esquina, él pudo respirar más aliviado. Dejo el anuncio y regresó detrás del mostrador. No habían pasado quince minutos, cuando una morena, alta, ingresó al establecimiento.
“Vi ese anuncio, muy lindo, así que si compró unos quince dólares en producto, me darás mi rebaja del veinte por ciento” En ese momento, sus ojos se abrieron más de la cuenta, no podía creer que se había equivocado de letrero y había colocado el que su jefe había utilizado siete años atrás cuando inauguro el lugar. “espéreme un momento”, trató de salir hacia afuera, pero ya era tarde, un grupo de personas, agolpaban el lugar, tratando de ser otro de los afortunados con tan atractiva oferta, que incluía, un regalo sorpresa. Pero en realidad la sorpresa se la llevaría el Jefe, si aquello continuaba.
Cada una de las personas, comenzaron a tomar cualquier cosa menor a veinte dólares, lo cual era muy difícil hoy en día, pero al menos, las revistas, los candados, las bolitas chinas, perfumes, esencias, decorativos, estaban dentro del rango de ese monto. Ya eran diez los que exigían ser atendidos, mientras él más nervioso que esposo esperando fuera de la maternidad, trataba de explicar el error, pero en ese instante un grupo de colegialas, con uniforme de porristas, ingresaron también, y luego dos uniformados de la guardia de reserva, y cuatro bomberos, que se identificaban por su insignia, colmaron el espacio pequeño del lobby de la tienda.
“¿Cuál es el regalo sorpresa?” era la interrogante de cada uno de los presentes. “Esperen, por favor, déjenme explicarles, esperen” Realmente estaba en un predicamento y no veía la salida al mismo. De pronto se escuchó una dulce voz entre la multitud. “Deben primero pagar para recibir luego la sorpresa” Su mirada comenzó a atravesar aquella marea de humanos, para localizar la fuente de dicha recomendación.
Sin más preámbulo, se escuchó que empujaban una silla, y en lo alto se alzó la joven atarantada del ascensor, con uno de los uniformes de porrista. “A ver, pongan orden, deben cancelar primero lo que cada uno de ustedes lleva en las manos al caballero de la caja registradora y luego mis amigas y yo les haremos un table dancing, es decir, un baile de mesa para todos los presentes.” Eso fue como haber informado que estaban reclutando voluntarios para aplicar al ejército, ya que todos hicieron una fila que salía de la tienda para cancelar su cuenta.
Sin habla alguna, él comenzó a cobrar y registrar las ventas, por la cantidad de personas, era constante el sonido que la caja registradora hacía al abrir y cerrar la gaveta del dinero. Ordenamente, todos se colocaban en hileras a un lado de la tienda a la espera del tan anunciado espectáculo sorpresa. “Oye, ¿caballero, tienes música?” inquirió la chica. Él, ya más tranquilo pero con una sonrisa que le recorría de oreja a oreja, le hizo seña de que ya la haría sonar. Y corrió a un lado del mostrador a colocar un Cd, en el equipo de sonido que ambientaba el lugar. La música comenzó a sonar.
Las cuatro chicas, hicieron una línea lado a lado, y entrelazaron sus brazos, sujetándose como un equipo, y se inclinaron hacia atrás. Era realmente una delicia admirar aquellos esculturales cuerpos, que inertes tenían el único objetivo que todos observaran sus abdómenes planos y la punta de sus pezones dibujados en las cortas playeras; sus cabezas hacia atrás, dejando caer sus doradas cabelleras, y logrando que las mini faldas descubrieran esas tonificadas piernas bronceadas.
De pronto, como al unisonó, cada una de ellas se separaron, y ya las miradas habían cambiado a una coquetería que se comían a los presentes. Aunque la melodía era más rápida de lo normal, ellas hacían el propio para concentrarse en sus coreografías. Primero, lentamente se despojaron de sus mini faldas, y la algarabía de los presentes no se hizo esperar con aplausos, gritos y vitoreo. Las diminutas tangas color blanco estaban siendo la sensación de la jornada. Ellas, palmeaban con sus manos, tres quedaban en filas y las otras dos pasaban por detrás, realmente era hermoso el cuadro que estaba ocurriendo en el local, que incluso era imposible que pudieran entrar más personas. Pues había más público de lo normal en las afueras.
Todos seguían con chiflidos, gritos y una euforia total los pasos de las chicas, exigiendo querer ver más piel. Fernando, había facturado más de trescientos dólares, y gritaba para que permitieran pasar a otros clientes que deseaban ingresar al pequeño local. En la puerta, dos tremendos hombres que parecían guardaespaldas de centro nocturno, estrujaban a un pobre señor de cincuenta y tantos años que, pretendía con el cuerpo parcialmente adentro, ser parte de los espectadores de tan singular show.
Los hombres de la guardia de reserva, se habían quitado sus chamarras para girarlas al aire, y los bomberos, se quitaron las camisas, y bien dotados de un cuerpo producto del gimnasio y esteroides, resultaron ser estríperes y acompañaron a las muchachas en la coreografía para el deleite de las damas presentes, quienes al igual que el sector masculino, movían las manos, aplaudían, gritaban, para que aquello no acabara. Los estríperes, se desprendieron de sus pantalones, gracias al abre fácil del velcro que los sujetaba a los lados, y dejaron al descubierto sus exageradas dotes. El alboroto que se había armado en el local era un pandemonio que alertaba a todos en el exterior, donde se preguntaban que ocurría en su interior.
Cada una de las chicas, comenzó a quitarle a la compañera su playera, a un ritmo lento y manteniendo la mirada al público. Como ya se había advertido, ninguna de ellas utilizaba sostén, así que como haciendo honor a la tienda de productos eróticos, a la vista de los compradores había una variedad de senos al descubierto, tanto diversos tamaños de mamarias como de colores de areolas pero lo común en todas ellas era la dureza de sus pezones.
Por un momento aquello parecía que el tiempo se había detenido, pues cada uno de los presentes no podía dar crédito a lo que miraban, y era como si desearan pellizcarse para asegurarse que aquello no era un sueño. Los estríperes como si conocieran la coreografía se aproximaban a las chicas, para rodearlas con sus brazos y les jalaban el cabello hacia atrás para sugerir con sus bocas una exploración en el cuello de las damas, un amague de besar los pezones y luego agacharse para continuar con el abdomen, momento en que el calor había subido en el entorno del espacio de la tienda. Lentamente le fueron bajando las diminutas tangas blancas, y la algarabía regresó con los silbidos de hombres y mujeres.