Capítulo 4
— ¡¿QUÉ COJONES HACES AQUÍ?!
El repugnante viejo, con su rostro desencajado de furia me desvistió con la mirada, aunque hubiese sido grato grabar la sorpresa de su rostro para reproducirla en una pantalla grande. Miré a James y luego a él, levanté mi vestido rojo y salí de allí, con el corazón golpeando aterrado.
— ¡Alma! — escuché gritar a James, detrás de mí.
Tomé (a las voladas) de una bandeja una copa que oportunamente era champagne de la mejor calidad, la bebí de un trago mientras me abría paso entre toda esa gente ricachona.
Subí las escaleras que se abrían en dos pasillos, tomé el pasillo que me quedó más cerca, buscando un baño en el cual refugiarme. Encontré lo que parecía uno y abrí la puerta de madera oscura. Al entrar vi a la madre de James con las manos sobre el lava manos, separadas mientras su frente estaba pegada contra el espejo, soplando leves gemidos mientras un joven de unos veinticinco años, moreno y de gran contextura física, la penetraba salvajemente haciendo que los pechos descubiertos de ella rebotaran con gran intensidad, azotados.
Ambos me vieron con los ojos bien abiertos y sus rostros agitados de placer, pero estupefactos por ser descubiertos.
— Oh mi Dios ¡cómo lo siento! — exclamé, con las mejillas ardiéndome y cerrando rápidamente la puerta.
— ¡Maldi...!— fue lo único que le escuché decir a la madre de James antes de cerrar la puerta.
Mierda, mierda, mierda. Desesperada, busqué otra habitación en la cual refugiarme y así poder calmarme. Piensa en cualquier cosa que no sea la vieja en la que se están follando a todo ritmo, piensa en lo que sea, pero no en la vieja folladora.
Bajé nuevamente las escaleras más aturdida aun pasando por al lado de James a toda velocidad, que no logró alcanzarme ni detenerme sin importar cuanto me llame. Salí de aquel lujoso lugar que explotaba de lujuria y banalidades, repitiéndome hasta el cansancio que jamás debí haber entrado.
No sabía que el cerdo Garicia era dueño de una gran fortuna; mucho menos iba a saber que esta sería su reunión, y que justamente él es padre de James.
Llego al gran portón y logro que me abran las puertas. La calle del barrio privado está desierta. No hay un alma y el silencio es algo estremecedor. Miro de lado a lado, no sé a dónde ir. Quiero escapar. Quiero huir de Garicia.
Me siento en el borde de la acera y no puedo evitar romper en llanto, sintiéndome superada por la situación. Todo estaba saliendo perfecto ¿qué demonios pasó?
— Dios, preferiría estar muerta — sentencié en voz alta, cerrando los ojos y sintiendo como mi cabello se pegaba a mi frente por el sudor de la adrenalina y los nervios.
— ¿Alma?
La voz de James detrás de mí me provoca un sobresalto.
— Vete, James — quiero sonar firme, convencida con mi pedido, pero sólo mi tono de voz alcanza para que sea una súplica.
Escuché un suspiro detrás de mí, supuse que estaba aliviado por encontrarme. Limpio mis lágrimas con el dorso de mis manos y miro mis piernas extendidas en el cemento.
— Necesito estar a solas un momento. Por favor, vete — inquirí, llevándome las manos a la cara.
Se sienta a mi lado y puedo percibir que está mirándome. Demonios, no quiero que me vea llorar.
— ¿Qué carajo ha sido lo de allí adentro? ¿Por qué saliste corriendo como si hubieras visto un fantasma?
No quiero mirarlo. No sé si estoy enojada con él o qué. Es tan fuerte el paroxismo que, sinceramente desconozco cómo expresarlo para encasillarlo en alguna emoción. Pero sé que él necesita una explicación. Así que sin más, suelto:
— Tu padre era mi jefe en el bar al cual renuncié; Es el que me maltrataba psicológicamente. La he pasado muy mal con él, James. Pero por favor, no volvamos a hablar del tema, pasó hace muy poco y todavía me afecta muchísimo — suelto, acongojada y con la vista nublada por las lágrimas.
Mis palabras hicieron que se le tensara la mandíbula. El rostro se le desfiguró en pequeños temblores de ira que le marcan las venas de la frente, se echa hacia atrás, sentado y se apoya sobre sus manos. Está cabreado.
— Entonces tú eres la chica que salió en el periódico por humillarlo; y que casi recibe una demanda — la voz fría y distante fue lo que me partió el corazón.
Mis ojos se abren como platos, de pronto siento un calor que va de mi estómago a mis palabras, furiosa.
— ¿Humillarlo? Lo dices como si tu padre no me hubiera hecho nada, sabes bien que él fue el maldito hijo de puta que a fuerza de maltratos me desbordó, ¡sí, me desbordó al punto de tomar la decisión de suicidarme James! — Grité, con la voz temblorosa y al borde de las lágrimas — Fue insufrible haber estado tanto tiempo esclavizada en ese bar de mierda, con sus crueles palabras pudriéndome constantemente el ánimo, y mis ganas de vivir ¡Él es un hijo de la mierda capaz de destruir hasta lo más hermoso! — confesé, sintiendo la cólera superarme.
Se quedó en silencio, con la boca algo entreabierta y sin saber qué decir. Me temblaba el cuerpo como si hiciera frio en aquella calle vacía, el sudor de mi piel provocaba un gran descenso de temperatura en mi cuerpo. Lo miré, destrozada.
— Entenderé si ya no quieres hablar conmigo o verme. — dije, sin ánimos de nada.
Felicitaciones Alma, tu única oportunidad de acceder una vida mejor había sido eliminada en la primera oportunidad. Bien hecho, muchacha lista.
— Mi padre solía golpearme con su puño cerrado en el rostro — confiesa de golpe, con un gran rencor oyéndose en cada palabra que dice, y desviando la mirada hacia algún punto fijo, seguramente mirando hacia un pasado terrible — y una vez fue tan fuerte el golpe que caí por las escaleras que acabas de subir. Mi madre no estaba, cuando regresó le pidió una explicación y él culpó a la niñera, a quien despidieron de inmediato. Yo tenía trece años. La mayoría de mis traumas llevan su firma.
Me quedé sin palabras. El que hablaba ya no era un James adulto y fornido, sino un muchacho, apenas un adolescente herido, temeroso y enojado con el imbécil que le había tocado como padre; cada palabra pronunciada era como sentir de nuevo los puñetazos en el rostro, haciendo que se le desgarrara la vida en trozos.
Sin pensarlo dos veces me abalanzo sobre él, en silencio y lo abrazo. Era extraño estar allí, en esa calle que apenas era iluminada y que olía césped recién cortado. Me corresponde el abrazo, rodeándome la espalda con sus cálidas manos. Algo tan reconfortante que es imposible querer separarse. Cierro los ojos con fuerza, deseando que el tiempo se detenga.
— Ahora entiendo por qué reaccionó así cuando te vio, Alma — se aparta un poco para poder mirarme a la cara — Creo que no te enteraste, pero quiero avisarte que cerraron su local, porque todos los empleados renunciaron y ahora él tiene una mala imagen. Tiene en su totalidad cinco bares, luego tiene varios viñedos a su nombre con el cual factura buen dinero. Yo soy jefe de una de ellas.
Corroborar el fracaso de Garicia era la mejor satisfacción que alguien me hubiese dado. Sonreí y reí a carcajadas por dentro. Era fantástico. ¡Le cerraron el bar! Pero James permanece con los labios cerrados y aparta la mirada. Mierda, no era buen momento para reírme. Así que trato de salvar la situación cambiando de tema.
— ¿A qué te dedicas exactamente, James? — le pregunté, apartándome y cambiando de tema.
No quería que supiera que era tan cariñosa y apegada cuando solía tener amigos.
— ¿Y si mejor en vez de hablar de trabajo nos concentramos en emborracharnos? — propuso.
— Vaya, ahora sí nos vamos entendiendo.
Me dio un beso en la mejilla y su barba muy poco rasurada me pinchó, provocándome una leve cosquilla en la piel. Me tomó de la mano y me ayudó a levantarme, tan caballeroso como siempre. Sus ojos color caramelo me hipnotizan de cierta forma dulce, y más cuando me sostiene la mirada como ahora. Meneo la cabeza.
— Vamos a tomar algo de comida de aquella fiesta y nos largamos ¿está bien? —me ofrece, sonriéndome.
Asiento. Si él estaba a mi lado, podría protegerme ¿no?
Volvemos a ingresar a la fiesta y nos topamos a la madre de James bajando las escaleras con un cierto asco dirigido a mí. Fue de lo más incómodo cruzar miradas con ella. Me miró mal y luego dirigió su atención a su hijo.
— Follar en el parque es de lo más antiguo que se ha visto. La próxima busquen un lugar mejor— le espetó ella.
James bufó visiblemente fastidiado por el comentario, tan fuera de lugar que incluso a mí me sorprendió.
— ¿Qué? ¡Nosotros…!
— Créame que follar allí es una tradición que nunca pasa de moda, señora — lo interrumpí, entrelazando mi mano con la de él, con la intención de seguir caminando.
Ella se nos puso en frente, atrasándonos el paso, molesta.
— No la quiero a esta como tu chica de compañía — le dijo a su hijo, en modo de protesta — No luego de lo que me ha contado tu padre. Por culpa de esta mosca muerta perdimos una de las sucursales más transitada de Seattle.
Mierda, no sabía que fuera tan sincera frente a mis narices. Esas cosas se hablaban a puertas cerradas, sin embargo, había logrado que todo mi enojo floreciera y me dieran ganas de escupirle en la cara.
— ¡Ella tuvo sus motivos para hacer semejante escándalo, mamá!
— ¡No la quiero aquí! — le gritó la vieja, hecha una furia.
— Me iré y no volverá a verme la cara. Tampoco tengo ganas de estar aquí.
— ¡Siempre arruinas todo, madura! — escuché que le dijo James furioso —Querían que traiga a una, insistieron hasta el cansancio ¿Y ahora te rehúsas a aceptarla? Eres exasperante.
Maldita casa de locos. Comienzo a caminar en dirección a la mesa de comidas, donde veo un banquete para muchos invitados bajo un mantel blanco. El único recuerdo que quiero tener de aquello es la comida gourmet que no podría pagar jamás.
Tomé otra copa con champagne de un mesero que pasaba ofreciéndolas para humedecer mi boca. Las personas continuaban ajenas al asunto, disfrutando de la música clásica que sonaba, charlas falsas y sonrisas modestias. Dejé la copa vacía en una de las bandejas de plata a mi alcance.
— Tienes incluso el descaro de presentarte aquí y comer de mi comida.
Me di la vuelta, encontrándome con mi peor pesadilla.
— Nos volvemos a ver, querido Garicia — musité, tomando otra copa para bajar el bocadillo atorado en mi garganta.
Se acercó a mí y acercó sus asquerosos labios a mi oído, haciéndome sentir su perfume agrio, asqueroso. Quise retroceder, pero la mesa que tenía detrás me lo impedía.
— Eres un pedazo de puta, lo único lograrás es chuparme la polla…
Sin pensarlo dos veces le lancé el champagne en el pecho, empapando con el contenido el estúpido esmoquin.
— ¡Ojalá te mueras, hijo de la mierda! — lloré, con la boca temblorosa.
La música se detuvo en seco; exclamaciones y ahogos de asombro predominaron en el lugar. Garicia se quedó helado, mirando su pecho empapando y el enfado lo invadió de tal manera que cuando vi que estuvo por levantar la mano para abofetearme, James se interpuso al instante, atajando su brazo con su enorme mano.
James era el triple de grande que él.
— Ni lo pienses — masculló James, con los dientes apretados y con las venas marcándole el cuello.
Garicia se zafa del agarre de su hijo y lo mira, enfurecido, sin decir nada.
— Vámonos, Alma — sentenció James, tomando una bandeja de bocadillos al paso y una botella cerrada de vino blanco que había sobre la mesa.
Miré a Garicia por última vez, con la barbilla levantada y con una ceja arqueada, disfrutando de aquel momento que, para mí, era triunfo puro.