Capítulo 3
Quedé estupefacta. Simplemente no sabía qué decir, ni responder o pensar ante semejante propuesta (que no sabía dónde iba). Sobre todo viniendo de un completo desconocido.
— ¿Chica de compañía? — repito en un susurro que se prolonga en ecos por dentro que me confunden aún más.
Incluso decirlo sonaba raro, incluso el rostro de James se descompuso mostrando una mueca particularmente extraña, al escuchar su propia propuesta, pero saliendo de mi boca.
— Oh Mierda, lo siento ¿sabes qué? Mejor olvídalo, no dije nada — se remueve en su asiento con el ceño fruncido.
Por un momento creí que fingía arrepentimiento, pero estaba siendo más sincero de lo que pensé.
— Mira, si hay dinero de por medio puedo hacer lo que quieras. Puedo ser lo que desees — insistí, con mi voz totalmente impasible.
James me miró a los ojos un poco turbado, parecía estar lidiando con sí mismo en aquel momento. Lanzó un largo suspiro y, aunque al principio habló con cierta inseguridad, dijo:
— Espera, permíteme aclarar mi indiscreción Alma, sé que apenas nos conocemos pero seré directo. Una escort o dama de compañía no es lo mismo que una prostituta, si es eso lo que piensas, pues la verdad es que no son lo mismo. Y si así fuese, créeme que no te lo pediría en un momento como este, ni en ningún otro, porque no soy alguien que se relacione con prostitutas. Una escort es “una acompañante remunerada”, es decir una persona que acompaña al cliente a eventos o salidas especificas sin que necesariamente haya sexo...
Levanté la mano con la intención de que parara la explicación. Asentí pausadamente, mirándolo con atención.
— ¿Quieres que sea tu acompañante en una fiesta y vas a pagarme por ello, James?
¿Tener dinero por algo tan sencillo?... Eso sí que suena divertido e interesante.
— Será sólo por esta noche. Lo que ocurre es que habrá una fiesta importante organizada por mis padres, entre amigos de ellos y los míos, creo. No sé muy bien de qué se trata.
— ¿Estás seguro que quieres llevarme? Mírame, con un poco más de autoestima podría estar tan feliz como alguien que agoniza de cáncer.
— Es por eso que pensé en ti para poder llevarte; podré mantenerte vigilada, y tú sales a despejarte un poco, a ver si ventilas tu mente de problemas y recibirás algo de dinero por este enorme favor, Alma.
— Si te sirve para obtener la calma, utilizaré parte del dinero para ir a un psicólogo. Te haré un favor a ti y me harás un favor a mí.
Una expresión de sorpresa se dibuja en su rostro mientras se inclina sobre la mesa para tomar mis manos con las suyas, haciendo que inevitablemente me estremezca. Son tan cálidas y fuertes, pero al tacto tan suaves…
— ¡Sí! Alma, lo que acabas de decir es justo lo que quería oír, quédate tranquila que voy a conseguirte al mejor profesional de la ciudad, y también me ocuparé de costearlo, te ayudaran los mejores profesionales, ya verás.
Fue tanto su entusiasmo que me contagió, y cuando me di cuenta, mis ojos se habían llenado de lágrimas, nublándome la vista.
— Hey, no llores por favor, querida — me dijo rápidamente, con la voz rota, mientras arrastraba la silla a mi lado para envolverme en un abrazo.
En él, su calidez me ofrecía un refugio para esconderme de la vida, aunque sea por un momento; me pareció extraño sentir el tacto de un hombre tan gentil y amigable cómo James, y de cierta manera se sentía bien. Era reconfortante. Me vi sacudida por las lágrimas y la sensación de vacío en mi pecho volvió a resurgir, aunque la promesa de paz parecía estar más cerca.
— Nunca tuve dinero para pagarme un psicólogo y buscar ayuda, me sentí tan frustrada y atrapada. No sabes lo que fue para mí — confesé en un susurro, partida en dos.
— No estás sola y ya no volverás a estarlo Alma querida, serás mi amiga. Estoy aquí para acompañarte hasta que salgas fuera de tu propia oscuridad, saldremos adelante juntos.
Jamás me sentí tan acompañada como en ese momento, pero la timidez fue demasiada como para confesárselo.
Me ocupé de lavar las cosas que él había ensuciado para cocinar. Yo no podría costear nunca las ollas, los cubiertos y las copas que él había utilizado para prepararme algo de comer. Había utensilios que no eran míos y que claramente los había traído de su apartamento.
Seguro lo asusté con esta actitud tan pesimista y caótica, y era más que obvio que él pensaba que estaba tratando con una loca. No quería aterrarlo con lo que me estaba sucediendo por dentro, no tenía la intención de que mí caos fuese aún más evidente. James había sido muy agradable conmigo, no pretendía alejarlo.
— Esta noche se trata de una fiesta muy especial, habrá personas muy importantes e incluso inversionistas interesados en las acciones de mis padres. Habrá comida y bebida de la mejor calidad por donde mires. Claramente iremos de la forma más presentable posible, pero tú, Alma, debes destacarte.
— Haré lo posible para que te sientas orgulloso de mí. Compraré un atuendo para la ocasión. Tengo algo de dinero de mi ex empleo, me tomé la molestia de sacarlo yo misma de la caja registradora — confesé, recordando la cara de Garicia al verme agarrar los billetes que me correspondían.
— ¿Ese es el motivo por el cual querías suicidarte? — Se escandalizó James, atónito — ¿Por perder tu empleo? Alma puedo conseguirte uno si quieres…
Lo observo un instante con mi corazón roto. Su rostro está lleno de preocupación.
— No, tengo problemas más profundos que ese. Renunciar a mi ex empleo fue la mejor opción que tuve. Es un bar que se encuentra a un autobús de aquí. Mi jefe tenía la costumbre de humillarme, acosarme y explotarme laboralmente. Decidí renunciar y ahora tendré que buscar uno, ya que al parecer no sirvo ni para suicidarme — apreté los labios, algo enfadada con la situación de rescate.
Percibí de reojo que él ponía mala cara cuando se lo conté, incluso percibí como sus puños se apretaban e intentaba ocultar su enojo hacía Garicia.
Era hermoso y tierno saber que podíamos detestar a una persona en común.
— Creo que hiciste muy bien en marcharte de un lugar donde no te valoraban.
— A veces hay que irse de ciertos lugares para lograr sanar.
Enjuagué el último plato y él lo secó con un trapo, guardándolo en una bolsa de papel en donde lo había traído, junto las demás cosas de cocina.
— Me ocuparé del vestido y te compraré unos zapatos acordes al evento — me dijo entusiasmado. No pude evitar sentir curiosidad por la imagen que proyectaba de mí, la mente de mi salvador.
— ¿Puedes permitirte eso, James?
— Alma, el dinero es lo de menos. No te preocupes. No sabes el enorme favor que me estás haciendo.
— Me alegra saber que sirvo para algo — murmuré, mirando la espuma que se formaba en la esponja amarillenta.
Me levanta el mentón con su índice para obligarme a mirarlo, y al encontrarme con sus pupilas mi respiración se entorpece notablemente; el roce de su piel me estremece de tal forma que mis piernas se vuelven gelatina. Nuestros ojos prolongaron su encuentro, un poco más de lo que dura la casualidad del momento.
— Tú eres más importante de lo que crees. — me dice con su voz, que es tan suave y grave que me hace sentir pequeña.
Sus palabras hicieron florecer una sonrisa en mis labios.
— Ten cuidado con lo que dices. Puedo creérmelo.
— De verdad, voy a demostrarte que eres valiosa y sensacional, Alma— me aseguró con un guiño de ojo y tomando sus cosas — Iré a trabajar, compraré ese vestido y esos zapatos que tan bien te quedarán esta noche — Sonrió, tomando sus pertenencias para marcharse y se paró en seco cuando llegó a la puerta, poniendo mala cara — También me ocuparé de arreglar esta puerta — añadió, un poco disgustado.
— ¡Deja de preocuparte por mí y vete a trabajar!
Me sonríe con complicidad y antes de que él cerrara torpemente la puerta que claramente no cerraba, le grité:
— ¡Espera! — él se detuvo, extrañado y esperando a que dijera algo — Gracias por todo lo que estás haciendo por mí.
— Gracias a ti, por dejarme salvarte — me regala una media sonrisa — Pasaré a las ocho por ti.
Y cuando efectivamente se hicieron las ocho en punto alguien tocó a la puerta. Al retirar la silla pegada a la puerta que funcionaba lo veo con los brazos abiertos de par en par, además de mostrarme un par de bolsas colgaban de sus manos, me ofreció una maravillosa vista de cómo se había vestido.
Llevaba el cabello pelirrojo arreglado, con un pequeño hopo en la frente con gel y a los costados lo tenía bien corto. Se había cortado el cabello y le quedaba genial. El esmoquin oscuro ajustado al cuerpo que llevaba puesto hacia lucir su angulosa y alta figura con esos fibrosos brazos. Era todo un muñeco mi nuevo amigo, pero lo que sin duda más me fascinaba era su rostro salpicado de pecas que parecían sonreír al igual que sus ojos.
— Tú tan perfecto y yo sin arreglarme. Siento mucho que me encuentres así.
— Eres una belleza natural, Alma. Eres fascinante sin maquillaje y en ropa casual, sé que verte en este vestido y zapatos será una delicia para la vista, toma.
— Hablas de una manera tan hermosa y extraña. Empiezo a sospechar que no naciste aquí — le dije, dejándolo entrar en la intimidad de mi hogar.
Claramente el mundo de James no tiene nada que ver con mundo en el que yo vivo.
— Nací en España y me mudé a Seattle junto con mi familia a los trece años. Así que aprendí a hablar inglés de manera no tan fluida aquí. Así que todavía me queda mucho por aprender.
— ¡Wow, España! Qué hermoso lo que me cuentas.
— Más hermoso es lo que te traje para esta noche, bella Alma — dejó las bolsas con diferentes logotipos encima de la mesa pequeña de la cocina y me miró, con una enorme sonrisa.
— ¿Cuánto dinero gastaste, James? — le pregunté, hundiendo mi rostro en mis manos ya que reconocía las marcas de las bolsas y sabía que cada cosa podría costar una fortuna.
— Otra vez insistes con el mismo asunto. Tú mejor relájate y fíjate cómo te quedan estas cosas, amiga.
Me reí al escuchar otra vez la palabra “amiga” de su boca. Quizás lo hacía para no hacerme sentir sola, para hacerme sentir acompañada.
— Te daré privacidad para que puedas cambiarte, maquillarte y hacer de ti una diosa — me dio las bolsas que torpemente tomé y las pegué contra mi pecho, con los ojos bien abiertos — muero por verte con eso puesto.
Había intensidad en sus ojos, cierta curiosidad que me hacía sentir extraña. James era muy apuesto e intrigante.
— Haré lo posible para no decepcionarte — susurré, y me marché a mi habitación con tanta curiosidad por saber qué había elegido para mí.
En una de las bolsas encontré un precioso vestido que me dejó en shock. Dios, aquello era demasiado. Se trataba de un vestido color rosa pastel, con un estilo corazón que sostenían los pechos y de tiras muy finas del mismo color que se lucían en los hombros. El vestido era tan largo que seguro me llegaban a los pies, quizás con la intención de cubrir los zapatos. Era tan hermoso y tan sencillo que era una mezcla perfecta de elegancia.
Dejé cuidadosamente el vestido sobre la cama y me dediqué a abrir la bolsa que contenía la caja de zapatos más hermosa del mundo. Incluso la caja era de una textura delicadísima. Dentro de ella estaba lo que imaginaba… zapatos rojos fuego con una tira que podría ayudar a mantenerlos en mis pies y no caer. Agradecí con todo mi corazón que no se tratara de unos zapatos de taco aguja, ya que no sabía caminar con ellos.
Las otras bolsas contenían aretes colgantes color plata, collares para elegir y puro maquillaje, como sombras de ojos, mascarillas para las pestañas, labiales, delineadores. Tantas cosas me sobrepasaron y si no fuese que James tocó la puerta, me hubiese quedado en transe un buen rato, admirando todo lo que me había obsequiado.
— ¿Alma, todo bien?
— No me he suicidado, James.
— ¿Me dejas pasar?
— Pasa.
Abrió la puerta despacio e ingresó, con una sonrisa y con sus manos metidas en los bolsillos de sus pantalones.
— Espero que te hayan gustado – su sonrisa era más perceptible en sus ojos que en sus labios.
— Te pasaste, todo esto es... mucho para mí — confesé, haciendo un gesto con la mano apuntando hacia las bolsas y la magnitud que tenía todo aquello para mí.
— Bueno, hoy serás mi dama de compañía. De eso se trata este “trabajo”, obtener obsequios y permanecer a mi lado — dijo, inquiriendo esa palabra con comillas imaginarias realizadas con sus dedos — He llamado a uno de los mejores psicólogos de la ciudad, el señor Williams. Tienes cita el viernes, estamos a miércoles. La idea es que mañana descanses, esta noche puede ser que llegue a su fin muy tarde. Yo pasaré a recogerte con mi chofer para llevarte.
— Espera ¿tienes chofer? Dios mío — me escandalicé — Gracias por localizar a un psicólogo, James y pagarlo. Jamás me cansaré de agradecértelo.
Inmediatamente lo abracé llena de gratitud, rodeándolo con mis brazos alrededor de su cuello, haciendo puntas de pie y hundiendo mi rostro en su pecho.
Eso lo tomó por sorpresa, lo supe por el instante de tensión que hubo en su cuerpo, pero me correspondió el abrazo con la misma calidez. Haciéndome sentir sus enormes manos sobre mi pequeña espalda y apoyó íntimamente su mentón sobre mi hombro. Un abrazo podía ser tan reconfortante en los momentos difíciles. Es como si el mismísimo Olimpo me hubiese enviado un hombro en el cual llorar.
— Cámbiate, y sorpréndeme con tu belleza, señorita Grey — me soltó con cuidado, como si fuese frágil, y con una última sonrisa se marchó de la habitación.
Había terminado de prepararme en tan sólo había una hora y media. Me había dejado el cabello suelto ya que lo tenía liso, lamentablemente sin movimiento como tanto me gustaba.
Miré al espejo intentando reconocerme. Mi rostro maquillado destacando con simpleza, y el vestido que dejaba al descubierto el escote de mis senos. No me reconocí, buscaba a Alma y no la hallaba.
De haber cumplido mi suicida objetivo, ahora mi cuerpo sería un envase vacío manoseado por extraños. Pero en cambio respiraba, aún vivía y no solo eso, estaba vestida con prendas de lujo contemplando cómo la noche teñía a Seattle con una atmosfera incierta.
Tomé mi bolso de mano que contenía mi celular, las llaves del apartamento, y algunos maquillajes por si necesitaba retocar mi rostro.
— Dios mío — Dijo James. Sus palabras parecían haberlo tomado por sorpresa, como si sus propios pensamientos se escaparan en forma de murmullos.
Me miró de arriba abajo, haciéndome sentir que en su rostro, toda la ternura anterior había cedido ante el deseo masculino. No debía olvidarme que James tenía treinta y cinco años, era demasiado mayor para una chica de diecinueve.
Aunque, a decir verdad, parecía más joven de lo que gritaba su edad.
— Me has dejado sin habla y eso me resulta imposible — soltó, con aire admirado.
— Lo que me has regalado me ha vuelto guapa, James.
Tomó mi mano y me hizo dar una vuelta, dicho acto me hizo ruborizar.
— Trataré de sacar a flote tu belleza lo que más pueda. Me declaro un gran admirador tuyo — me dijo, cuando nuestros rostros quedaron finalmente frente a frente.
— ¿Realmente crees que soy bonita?
Me responde con un beso en la frente que me toma por sorpresa.
— Bombón, puedes derretir al invierno del mismísimo inframundo — me susurra al oído, provocándome el escalofrío que me sacude el cuerpo. Le sonreí como respuesta — Estamos listos ¿no?
Inframundo...
Invierno en el Inframundo, la imagen me hizo sospechar de una personalidad intensa en mí nuevo amigo pero, reconozco que por alguna razón, cuando James pronunció la palabra Inframundo, me quedé involuntariamente abstraída más tiempo de lo esperado. Y en un instante regreso a la realidad, pestañeando con rapidez.
— Más que listos, amigo mío.
Cuando llegamos a la entrada de mi edificio, me paré en seco y él me miró, con el entrecejo fruncido.
— Sabes que estoy depositando toda mi confianza en ti ¿verdad? — le pregunto, algo temerosa — Literalmente estoy yendo con alguien al que conocí hace horas a una fiesta rodeada de gente que no conozco. Tampoco sé si realmente vamos a una fiesta y no a un callejón.
Si hay algo que he aprendido de esta sociedad machista es a llevar siempre una navaja conmigo a todos lados, en caso de que necesitará defenderme de algún imbécil que decidiera acosarme.
— No pretendo ponerte en una situación arriesgada, Alma. Puedes confiar en mí. Aunque suene extraño, te estoy llevando a conocer a mi familia. Nunca les he presentado a nadie.
Una confesión inesperada. Arqueé una ceja.
— ¿En serio crees que voy a tragarme eso, James?
Se llevó una mano al pecho y levantó el mentón, con una agradable sonrisa.
— Trágatelo, porque es verdad. No suelo llevar a mujeres a la casa de mis padres.
Posó una mano en mí espalda y ambos salimos del edificio. Una camioneta negra nos estaba esperando fuera, con la luz de la luna ya iluminándonos. El clima era agradablemente cálido.
— ¿Y por qué llevas a una chica de compañía a la casa de tus padres?
James abrió la puerta trasera del coche ayudándome a subir. Por lo que pude ver, alguien se encargaba de manejarlo y no él.
— Te lo explicaré en unos minutos.
En cuanto me metí, cerró la puerta. Unos minutos a solas dentro del auto me hicieron pensar que aquella oferta de ser una chica de compañía era muy tentadora. El oscuro coche me hizo sentir algo incómoda, y no paraba de respirar aquel olor a cuero.
James rodea el coche y sube, ya que primero le dijo algo al chófer que no pude oír. Cerró la puerta y me miró, volviendo a poner su atención en mí.
— Aunque te suene loco, tanto mi padre como mi madre tienen a su chica y chico de compañía. Ambos manifestaron que se aman, pero a veces necesitan salir con otras personas, conocer gente nueva. Los dos me han dicho que tener un acompañante cada uno los ha ayudado como pareja. Así que, esta noche se hará una reunión especial para conocerlos.
No sabía si tomar eso como una relación sana o algo más que turbia.
— ¿Tus padres te obligan a llevar a una acompañante?
Se le endureció el gesto y apartó la mirada. El coche arrancó y se puso en marcha.
— Mi padre insistió tanto en este tema que me ha vuelto loco. No sabes lo horrible que es recibir llamadas telefónicas de ellos a las tres de la mañana para que te comenten todo el tiempo lo fantástico que es tener una relación así — soltó, en seco.
— ¿No puedes simplemente ignorarlos y ya?
— No, es por eso que esta noche te haré pasar por una; para que crean que realmente tengo este tipo de relación.
— Me resulta extraño que recurras a mí y no a tus conocidas.
Me miró de hito en hito, cómo si hubiera dicho algo fuera de lugar.
— ¿Y qué se peguen a mi cómo chicle? Si yo les digo que es sólo por una noche, continuarán insistiendo en querer asistir por el resto de sus vidas. Son capaces de arruinarme monetariamente, cuando te metes en un círculo así, debes saber en quién confiar. Cualquiera puede pedirte que oficies de ser su acompañante, cuando quizás su intención sea explotarte sexualmente.
Entonces era más arriesgado de lo que pensaba.
— Ya veo, pero eso no explica por qué a mí.
— Favor por favor.
— Eso ya me ha quedado en claro — rodé los ojos — Pero eso no te asegura nada. Quizás puedo ser el peor chicle que se te puede pegar por el resto de tu vida.
Me fulminó con la mirada.
— Sé que estás bromeando — Su aseveración sonaba a una orden.
Solté una risa nerviosa, me di cuenta que aquel comentario no le había hecho ninguna gracia. Tenemos un público difícil esta noche, señores.
— No quiero tu dinero, James ¡No soy esa clase de persona, lo acepto sólo porque lo tomo cómo un trabajo! Favor por favor — exclamé al instante, cruzándome de brazos.
— Ya, lo entiendo. Pero no puedes negarme que ser una acompañante de muchos hombres es algo tentador.
— Sí, lo es — admití, sacando una pelusa imaginaria en el vestido con mis torpes dedos.
Me miró fijamente a los ojos, llenos de frialdad y tomó mi mano que había posado recientemente encima del asiento del auto.
— Alma, si esta noche uno de los señores o señoras te ofrecen este tipo de relación. No aceptes, tú no sabes quiénes son y qué quieren de ti. Prefiero ser yo el que te escoja un buen candidato que cumpla tus términos y no el de ellos. Esto no es una broma.
Su voz distante y seca adquirió un matiz de profesionalismo que me había hecho entender que hablaba muy en serio, me hizo estremecer.
— No haré nada que te haga enfadar — le susurré.
Asintió y volvió la vista hacia la ventana. Yo lo imité. Era gracioso pensar que, aunque ambos estuviéramos merodeando en nuestros pensamientos, nuestras manos continuaban uno encima de la otra.
Decidí mandarle un mensaje de texto a Carl, mi vecino, para ver si todo marchaba bien en mi apartamento. Debido a la fuerte patada que James lanzó contra ella para ingresar, la puerta parecía giratoria así que no tuve más remedio a qué alguien vigilara el apartamento hasta que yo regresará y así, podría contratar a alguien que arreglará la cerradura.
El coche aparcó frente un portón alto y oscuro, que hacía de unión entre dos muros de ligustrina. Las luces de la calle iluminaban su camino, haciéndome comprender que el terreno era inmenso y se perdía en algún punto de la calle.
Luego de un momento, el portón se abrió de par en par y el auto accedió con lentitud. Aunque no pude ver demasiado detalles sobre el gigantesco jardín delantero ya que el vidrio del coche estaba polarizado, la suntuosidad del lugar era exquisita.
Me sentía algo nerviosa, tímida y no sabía exactamente dónde me estaba metiendo. El auto aparcó junto a otros que ya se encontraban estacionados.
— Permíteme, te ayudaré a bajar — James, tan atento como siempre, me ayudó a bajar del coche.
— Demasiado callada. Seguro sigues sin confiar en mí, ciervito.
— El termino ciervito comienza a irritarme.
— Me alegra saber que te afecto en algo y que aún no saliste corriendo — se rió, ofreciéndome su brazo para sujetarme de él.
Le sonreí mientras caminamos en dirección a la enorme e inmaculada mansión que teníamos en frente nuestro. Tuve que impedir que mi boca se abriera para disimular lo impresionada que estaba. La iluminación del jardín parecía remarcar el camino de piedras blancas, volviéndolo de una palidez casi perlada; este llegaba hasta las amplias escaleras de escalones color marfil que marcaban la entrada. Claramente la diana tonalidad predominaba en toda ese gigantesco lugar, tiñendo de un inconfundible matiz de exquisitez y fineza a todo aquello que los visitantes pudiesen observar.
Vi cómo James desbloqueaba su celular y le mandaba un mensaje a alguien. Aparté la mirada al instante, no quería que pensara que me gustaba meter la nariz dónde no correspondía.
— Les estoy avisando a mis padres que abran la puerta antes de llegar a ella, ya que son algo mayores y podrían tardar en abrirnos — me explicó sin que le preguntara.
— De acuerdo.
Cuando llegamos a la puerta, me miró de arriba a abajo y me sonrió, con los ojos chispeantes.
— Estás tan hermosa — me dijo y yo sentí cosquillas en el estómago.
— Todo por ti, amigo.
Sus ojos viajaron a mis labios y luego subieron a los míos nuevamente. Mis mejillas se ruborizaron y aparté la mirada de la intensidad de la suya. Parecía que estaba por decir algo, pero la puerta se abrió.
Una mujer de cabello canoso y largo, con un precioso collar que destacaba más que ella, se hizo presente. Una sonrisa se expandió en su rostro apenas vio al hombre que tenía en frente.
— ¡James! — lo saludó abrazándolo y él permanecía tenso en su lugar, con sus labios apretándose y mirándome mientras se encogía de hombros — Me alegra verte, hijo.
La mujer puso su atención en mí y su rostro pasó de ser alegría a extrañeza.
— Ella es Alma Grey, amiga mía, madre.
La mujer me saludó con dos escasos besos en cada mejilla, sin decir una palabra.
— Ella es…— le dijo en voz baja a él, como si yo no la escuchará.
— Ella es lo que querían que trajera esta noche. Veo que tu rostro no demuestra entusiasmo, mamá.
— Un gusto conocerla. — le dije a la madre de James, tratando de salvar aquella situación tan incómoda y confusa que se había instalado entre los tres.
La mujer me miró de arriba abajo, como si fuera basura pura. Mierda. Quería darle una bofetada por ser tan arrogante. Mi ánimo y mis expectativas empezaban a caer.
— La idea de esta noche era conocer la futura inversión monetaria de nuestro hijo. Por lo menos conseguiste a una joven con rostro de muñeca y cuerpo de universitaria — espetó ella, con cierto recelo.
James se puso a la defensiva al instante.
— Tú y papá querían conocerla. Te la presento y la miras tan despectivamente que me da asco.
Quería que me tragara la tierra. Si no me pagarán por ello, ya me hubiera marchado con la dignidad entre mis brazos.
— Qué más da. Pasen — carraspeó ella, permitiéndonos el paso.
— Por favor, no huyas. Es sólo por esta noche — me susurró James tan bajito que apenas logré oírlo.
— Deberás aumentarme el sueldo — bromeé.
Tomó mi mano y evadió una sonrisa, ocultándolo detrás de su otro puño. Aquella sería la noche más larga de mi vida.
La esplendidez de la casa era demasiada, pero recordé mi vestimenta y sonreí satisfecha porque estaba acorde a la ocasión. Candelabros hermosos, pisos inmaculados y encerados, personas vestidas con tanta elegancia que brillaban por sí solas, con copas en sus manos y risas seguramente falsas atestaban el lugar.
James saludaba a su paso a cada una, con un gesto de cabeza y levantando su mano, manteniendo la distancia.
— Cualquiera de las personas de la fiesta tiene dinero suficiente como para ofrecerte ser una chica de compañía. Es imposible no admitir que algunas personas de aquí me dan asco — me comentó James, mientras íbamos a algún sitio.
— ¿Tanto miedo tienes de perderme? — le dije, con gracia en mi voz.
— Mi miedo es que recibas una oferta tan tentadora que te ponga en peligro —soltó, serio.
— No soy estúpida, James — le respondí con el mismo tono de voz — De todas las personas que están aquí, confío únicamente en ti.
— Ven, te presentaré a mi padre.
Nos acercamos a un señor de traje oscuro, algo regordete y de baja estatura, que estaba de espalda a nosotros, hablaba animadamente con otras personas.
— Papá.
Las piernas comenzaron a temblarme, sintiendo como debajo de estas se habría un cráter en cuyo fondo hervía un piso de lava, la respiración se volvió una gran dificultad y el mundo me aplastaba con el peso de la realidad. El hombre se dio vuelta y un escalofrío recorrió mi cuerpo. El padre de James era Garicia, el dueño del bar.