VII

Córdoba y yo entrevistamos a la mayoría de familiares y amigos de la víctima durante los siguientes días. Una tarea ingrata con frecuencia. Una de estas entrevistas tuvimos que hacerla a la señora Olga Mitosky de Rubinstein, abuela de la occisa.

Doña Olga era una mujer de ochenta años, pelo rizado cano, nariz aguileña y mirada firme. Vestía de luto por su nieta.

—Abandoné Polonia cuando era una niña —nos dijo con su fuerte acento mientras se desplazaba ayudada por un bastón a lo largo de su bella casa meticulosamente decorada y repleta de adornos. —Escapábamos de los nazis. Mis tíos, mis primos y mis abuelos se quedaron allá y murieron en los campos de concentración.

—Lo lamento mucho, doña Olga —le dije sinceramente.

—Después de haber vivido el surgimiento del fascismo en Europa —continuó— Costa Rica era un paraíso… este crimen… ¡es tan inaudito! Siempre sentí que mi familia estaba segura acá… que era un refugio de paz…

—Este homicidio no pareciera haber sido causado por antisemitismo, doña Olga —le aclaré.

—No importa la causa. Escapar de la peor matanza en la historia de la Humanidad para que alguien de tu familia sufra una muerte violenta y atroz décadas después… ¡ay Dios mío!

—¿Tiene usted idea de quién podría ser el autor?

Doña Olga se sentó, tenía el pulso tembloroso pero hablaba con fortaleza, con una voz enérgica.

—Judith era algo así como la oveja negra de la familia. Estaba algo descarriada.

—Escuchamos ya ese rumor —adujo Córdoba.

—Ella era una buena muchacha, sólo demasiado rebelde y la mayoría de la familia no la entendía. Nunca se hizo de un novio judío, siempre le gustaron los goim, y no sólo hombres, si me entiende.

—Me imagino que esa conducta era mal vista.

—Sí y no, de estar vivo mi querido Baruch es probable que se infartaría —dijo señalando hacia un enorme retrato de bodas donde aparecía ella a los veinte años, joven y hermosa, al lado de un hombre judío de edad similar y con un kipá, él de smoking y ella con traje de novia. Asumí que se trataba de su difunto marido. —Pero los tiempos cambian. Yo creía sinceramente que era sólo una fase y que tarde o temprano Dios la llamaría de nuevo a su rebaño. En realidad ella no hacía cosas verdaderamente graves, sólo rebeldías de juventud. Ya se le pasaría.

—¿Qué tipo de cosas? Sé que puede ser difícil —dije al verla titubear— pero esta información privada se mantendrá totalmente confidencial, además cualquier detalle puede ser crucial para ayudarnos a resolver el crimen.

—Drogas, por ejemplo, Judith gustaba de consumir drogas, en especial marihuana y cocaína.

—¿Cree que este asesinato pudo ser por una deuda de drogas?

—No lo sé.

—¿Qué más, doña Olga?

—Como le dije, ella iba mucho a fiestas. Tenía amantes hombres y mujeres.

—¿Alguno casado? —dije pensando en una posible esposa celosa que hubiera contratado a un sicario.

—Eso tampoco lo sé.

Salimos de nuestra reunión con doña Olga y nos entrevistamos con la hermana mayor, Séfora, quien básicamente nos dijo lo mismo que su abuela. Nos proporcionó, además, la lista de teléfonos de las amistades principales de la víctima. Platicamos con varios, la mayoría muchachos veinteañeros que no aportaron casi nada a la investigación. La única que nos dio información valiosa fue quién al parecer era la mejor amiga de Rubinstein; Patricia Alfaro, una muchacha atractiva de veintitrés años, Patricia tenía el cabello teñido de rojo y nos atendió a la salida de sus clases de nutrición en una universidad privada.

—Todavía no lo puedo creer —dijo secándose una lágrima de la mejilla derecha— Judy… ¿cómo fue a pasar esto?

—Eso es lo que queremos averiguar —dije— sabemos que Judith era usuaria frecuente de drogas. ¿Tenés idea de si tenía deudas, enemigos, o algo así?

—No, no. Ella tenía mucho dinero y pagaba al contado, y nunca interactuaba con los dealers más allá de comprarles la droga.

—¿Algún amante celoso?

—Jmmm —murmuró— la última persona con la que anduvo… nunca me agradó ese tipo —dijo sacando su celular y mostrándonos varias fotos. Las imágenes mostraban a Judith Rubinstein feliz, sonriente, jovial, bien maquillada y vistiendo atractivos trajes de fiesta escotados o con minifalda, o ambos. Sonreía a la cámara llena de vida, o le hacía muecas o, en general, se divertía al lado de sus amigas, casi todas mujeres. En algunas fotos aparecía abrazada al lado de un hombre de edad similar, tal vez un poco mayor, musculoso, rubio, de barba y un tórax de espartano.

—¿Sabés el nombre de él?

—Se le conocía por el apodo de Connor. En Facebook se pone Connor Beowulf, no sé su verdadero nombre. Es un tipo violento y celoso que nunca la dejaba en paz, ¡era sofocante!

Gracias a la tecnología y al departamento de peritos informáticos pudimos identificar quien era la persona detrás de la cuenta de “Connor Beowulf”. Resultó que su verdadero nombre era Alfredo Brenner, nacido en Turrialba, Costa Rica, pero proveniente de una familia austriaca que había emigrado después de la guerra y que poseían extensas propiedades en la provincia de Cartago.

La vela de Judith Rubinstein se realizó en su propio hogar. La familia había cubierto con sábanas todos los espejos como era la costumbre judía. Docenas de familiares, amigos y conocidos de la víctima entraban y salían de la casa, casi todos vestidos de negro al igual que el riguroso luto que tenían los Rubinstein. El cuerpo había sido devuelto algunos días antes al tiempo que a Córdoba y a mí nos llegaba el informe de la autopsia. Éste no agregaba gran cosa —además de que el análisis de ADN tomaría más de tiempo en llegar— salvo que Judith Rubinstein estaba embarazada de casi dos meses y de haber encontrado un cabello negro y largo en el cuerpo que no pertenecía a la víctima.

—Ya que todo apunta a que Judith fue asesinada por alguien conocido —le comenté a Córdoba observando la vela desde nuestro vehículo— es muy probable que el culpable esté aquí en este momento.

—No me digas —adujo con lo que, en principio, me pareció sarcasmo, pero luego descubrí que no lo era— ¿cómo ese sujeto de allí?

Córdoba llamó mi atención sobre un hombre que miraba el interior del hogar Rubinstein recostado en el borde de su auto (un espacioso y caro 4x4) y que reconocí de inmediato como Alfredo Brenner alias “Connor”.

De inmediato salimos de nuestro vehículo para ir a hablar con él.

—¿Alfredo Brenner? —le pregunté. El tipo me volvió a ver con curiosidad, probablemente reconociendo mi forma de vestir encorbatada como propia de un agente judicial porque suspiró incómodo.

—¿Son del OIJ? —preguntó y asentí— no tengo nada que declarar.

—¿Por qué no entra a darle el pésame a la familia? —preguntó Córdoba suspicazmente.

—Ellos no me conocen. Judith nunca me los presentó. Mi presencia sería non grata y quisiera ser más respetuoso.

—Entonces ¿es verdad que usted y Judith fueron novios? —pregunté. Mientras, Córdoba miraba por dentro de las ventanas del carro.

—Fuimos más que todo amantes —respondió— nada formal.

—Pues hemos escuchado rumores de que era usted algo obsesivo y celoso con la víctima —le dije. Alfredo abrió la puerta de su carro, evidentemente dispuesto a largarse.

—Estoy seguro que quien les dijo eso fue Patricia, la “amiga” —dijo haciendo la seña de comillas con los dedos— de Judith. Los está manipulando. Judith y Patricia también eran amantes, o al menos lo fueron antes de conocerme. Patricia es la que estaba obsesionada con ella, por eso nunca le agradé. Patricia es lesbiana, no bisexual como era Judith, y siempre quiso una relación formal. Con permiso.

Dicho eso se introdujo al vehículo, arrancó y se fue.

—¿Viste algo interesante? —le pregunté.

—Sólo un suéter —respondió— muy similar al descrito por el guarda.

—Hay que investigar más a Brenner —sugerí.

—¿Era ese el asesino de mi prima? —preguntó bruscamente un desconocido. Era un hombre alto y musculoso, con el cabello rapado salvo por dos rizos que dejaba crecer desde las sienes. Vestía traje negro, kipá y usaba lentes oscuros. Hablaba con acento hebreo.

—¿Usted es…? —preguntó Córdoba.

—Soy primo de Judith. ¿Ese fue el cerdo que la mató?

—Tranquilícese —dije.

—¿Usted estaría tranquilo si alguien hubiera violado, torturado y matado a un miembro de su familia, ah? Pero miles de años de odio contra nosotros nos han hecho duros. Ahora sabemos defendernos.

—¡Ari! —gritó la abuela, doña Olga. El regaño de la matriarca pareció ser suficiente y el tipo se acalló y se introdujo en la casa. —Discúlpenlo —nos dijo la anciana— Ari es israelí, fue soldado del ejército. Ha visto muchas cosas horribles.

—No se preocupe —respondí.

—¿Quieren pasar? Hay café y bocadillos.

Aceptamos, aunque mi intención era mayormente observar y analizar la conducta de los presentes. La mayoría de los dolientes eran judíos, lógicamente, pero también había vecinos, amigos o conocidos de otras etnias, incluyendo una pareja de vecinos de aspecto típicamente árabe —además de que la mujer usaba un característico velo hijab— lo cual me llamó la atención, y a Córdoba también.

—Llegó el ADN —me dijo Córdoba una mañana mientras sacaba un fax recién enviado desde Medicatura Forense con la mano derecha y sostenía una taza de café con la izquierda. Luego se sentó a mi lado. —El cabello encontrado es de una mujer. En cuanto al ADN del semen, no está en el sistema, así que quien la violó no tiene antecedentes penales.

—Si fue Alfredo Brenner tiene sentido. Parece haber sido un homicidio por ira, no por parte de un sociópata o un crimen de odio. La pregunta es ¿por qué Brenner mataría a Judith?

—¿Qué crees que signifique el pelo encontrado?

—Es un cabello —dije— quizás no tiene relación con el asunto, pudo habérsele pegado cuando se despidió de alguien en la boda.

—Eso, o quien la mató fue una mujer. Patricia, la amante lesbiana despechada, por ejemplo.

—Pero encontramos semen en el cuerpo…

—Sí… pero ¿y si no fue violación, Cortés? ¿Y si Judith tuvo sexo consensual con Brenner y luego Patricia los encontró y la mató poco después de que Brenner se fue, motivada por los celos? El guarda escuchó una discusión de un hombre y una mujer, no escuchó al hombre matando a la mujer. Además, ¿y si la discusión fue en realidad entre Brenner y Patricia? Otra cosa, el guarda vio salir de la casa a una persona cubierta por un grueso abrigo, pudo ser una mujer.

—Pero vos misma viste un suéter similar al descrito por el guarda en el carro de Brenner.

—Eso es circunstancial y vos lo sabés. Suéteres como esos abundan.

—Es verdad. Pero hay otra posibilidad; pudo haber sido asesinada por dos personas, un hombre y una mujer.

—A ver, explícate mejor.

—No quisiera entrar en prejuicios étnicos a la hora de buscar sospechosos pero noto que hay una familia árabe musulmana viviendo en el mismo barrio, a pocas cuadras del hogar de la víctima y de donde ocurrieron los hechos.

—¿Cómo se llaman? —preguntó Córdoba mientras tecleaba la computadora.

—El padre se llama Abdalá Amed Bashir.

Córdoba ingresó el nombre en el sistema que pronto nos suministró toda la información que se tenía sobre él y su familia.

—Nacido en el Líbano —dijo— emigrado cuando tenía diecisiete años de edad junto a su familia. La esposa se llama Soraida, es palestina por parte de padre y emigró hace treintaiún años al país. Ambos con residencia legal. Tienen tres hijos, todos nacidos en Costa Rica. No hay antecedentes penales, ni reportes policiales de violencia doméstica ni nada por el estilo.

—Investiga a los hijos.

—Amed Bashir es el mayor, tiene veintinueve años, es comerciante y está casado con una tica. Omar Bashir es el segundo, tiene veinticinco años y es ingeniero de redes y Fátima Bashir es la única hija y la menor, tiene dieciséis años y es estudiante de colegio… ¡Un momento! ¡Jmmm!

—¿Qué pasa?

—La DIS investigó a Omar por simpatías con grupos radicales islámicos.

—¿En serio? ¿Eso también se da acá en Costa Rica?

—Aparentemente el gobierno de Estados Unidos le negó la visa por donar dinero a Hamás. Veré si su ADN está en el sistema.

—De acuerdo, y entrevistemos a la familia. ¿Algún otro sospechoso?

—Este también me da mala espina —dijo Córdoba sacando una libreta de apuntes y fijándose en un nombre que había subrayado— Ari Shimon. El tipo que nos confrontó en la vela ¿te acordás? Primo hermano de la víctima nacido en Israel en donde ejerció el servicio militar por años.

—Se veía muy indignado por la muerte de su prima…

—Que podría ser una conveniente fachada.

—¿Sospechas sólo porque fue militar?

—No necesariamente, pero mientras la mayoría de los familiares de Judith parecen ser judíos moderados, Shimon aparenta ser un hombre muy religioso, o eso me pareció cuando lo vimos. Los rizos que usa en las sienes, son una costumbre de judíos ultraortodoxos.

—¿Sigues pensando que hay un componente religioso porque murió apedreada?

—No puedo evitarlo, es una forma muy bíblica de matar a alguien.

—Entrevistemos más familiares sobre Shimon y trataré de conseguir su expediente militar, aunque no será fácil, pero tengo algunos contactos en la Embajada de Israel.

Córdoba y yo nos reunimos con los padres de Omar Bashir. Una pareja árabe de edad madura. Abdalá Bashir era un hombre de nariz prominente, cabellera negra poblada y rostro de profundas ojeras oscuras. Su esposa tenía una edad similar, usaba el velo islámico tradicional, pero por lo demás vestía como cualquier mujer costarricense, si bien sus faldas eran largas y llegaban a los tobillos y su blusa era de manga larga.

La casa estaba decorada con una alfombra persa muy fina, suave y frondosa, cuadros propios de paisajes del Medio Oriente y un delicioso aroma a incienso. Nos ofrecieron un aromático café, muy fuerte.

—La muerte de esa muchacha es una tragedia —nos dijo Bashir, con un cierto acento árabe— podrán pensar que existe una enemistad visceral entre árabes y judíos, pero lo cierto es que los Rubinstein siempre han sido buenos vecinos. Nuestras hijas van al mismo colegio y son amigas, incluso se visitan mutuamente a menudo. Cosa que siempre nos ha parecido bien. Los Rubinstein fueron invitados a la boda de nuestro primer hijo y ellos nos invitaron a nosotros a la boda de su hija mayor.

“Este asesinato nos dolió mucho. Llamé a Isaac el mismo día y me puse a sus órdenes. Sinceramente, encuentro un poco ofensivo que asesinen a un judío y el OIJ interrogue a los árabes más cercanos.

—Nos malinterpreta, don Abdalá —expliqué— para empezar, porque esto no es un interrogatorio, es sólo una entrevista, ustedes no son sospechosos.

Mi declaración pareció calmarlo un poco.

—Entonces ¿en qué les puedo servir?

—Bueno en lo normal. Quisiéramos saber si han visto algo o sabían algo sobre la vida privada de la víctima. Si ustedes, al ser vecinos, alguna vez vieron algo extraño como vehículos sospechosos o personas extrañas que la visitaran, y cosas así.

La pareja se miró mutuamente.

—Judith era una muchacha muy rebelde —explicó Soraida. —Fue así desde la adolescencia. Los Rubinstein no son excesivamente religiosos pero guardan respeto por algunas tradiciones, mientras que Judith se había desentendido completamente de la religión. Era atea, salía a fiestas con frecuencia, tenía muchos amantes, corrían rumores de que probaba drogas y que era lesbiana o bisexual.

—Entiendo. ¿Cómo lidiaba con ello la familia?

—No muy bien —prosiguió—, no aprobaban la mayor parte de su conducta, pero eran relativamente tolerantes. Judith había comenzado a madurar y estaba calmándose un poco.

—¿Podemos entrevistar a sus hijos? —preguntó Córdoba— podrían saber algo más.

Los Bashir llamaron a su hija menor Fátima. La muchacha tenía aún el uniforme colegial, era una adolescente bonita de cabello negro y largo, piel morena y contextura delgada. Tenía una forma tímida de ser. Nos dijo básicamente lo mismo, en efecto era amiga de Esther Rubinstein y, aunque a menudo chocaban sobre el tema de Palestina, las familias se llevaban cordialmente.

Los Bashir nos indicaron donde podíamos encontrar a su hijo primogénito: en la tienda de ropa “Hebrón” que era administrada por Amed Bashir, el hijo mayor de Abdalá Bashir quien era codueño y fundador, pero que ya se había retirado por lo que Amed era ahora el administrador. Respecto al otro hijo, confesaron no saber dónde estaba ni como localizarlo y no haberlo visto en meses.

Amed Bashir parecía una versión más joven de su padre. Córdoba luego comentaría lo guapo que se veía “como un príncipe árabe”. Salvo por sus rasgos no había forma de diferenciarlo de un tico promedio por su forma de hablar y vestir. Nos atendió mientras daba indicaciones a sus empleados quienes cortaban enormes pliegues de tela de todos los colores y estampados imaginables, para luego ponerla a vender en una tienda al lado de la concurrida zona del mercado central.

—No sé más de lo que mis padres ya les dijeron —nos explicó— pues no vivo en ese barrio y sólo voy cuando visito a mis papás. Sí escuché los chismes de que Judith era tremenda.

—¿Quién cree que pudo haberla matado?

Amed se detuvo temporalmente, pensativo, puso las manos sobre una de las telas.

—Tiene un primo que es judío ultraortodoxo. Un israelí. Está medio loco y es un racista.

—¿Por qué lo dice?

—La mayoría de la familia de Judith son gente muy buena. Yo mismo tengo amigos judíos. Además, les soy sincero, no soy un musulmán practicante. Creo en Dios, trato de no beber y de no comer cerdo pero… no voy a la mezquita ni rezo todos los días ¿me entiende? Siempre me llevé bien con los Rubinstein, la señora, doña Dora, me regalaba galletas cuando yo era niño… en fin… nunca en ninguna actividad del barrio o fiesta familiar en que nos invitaron algún pariente de los Rubinstein nos hizo siquiera mala cara. Excepto… ese tipo… el israelí…

—¿Ari Shimon?

—Ese mismo. Es un patán. Cuando fuimos a la boda de la hija mayor de los Rubinstein se puso a hablar toda clase de mierdas contra los árabes. ¡Es un racista! Doña Dora lo hizo callar por nosotros, pero probablemente pasa despotricando contra los árabes todo el tiempo.

—Quisiéramos entrevistar a su hermano —dije— ¿sabe dónde localizarlo?

—¿Mi hermano? Bueno —comentó frotándose la parte de atrás de la cabeza— la verdad es difícil. Mi hermano es lo opuesto de mí; es un musulmán ortodoxo. Mucho más religioso que mis padres, los pasa criticando por todo… ya que ellos son musulmanes moderados y occidentalizados. Por ejemplo, mi hermano insiste en que mi hermana Fátima debe usar el hijab, pero a ella no le gusta y mis papás dijeron que ella tenía derecho a no usarlo si no quería. En el Islam se enseña que el hijab se debe usar por amor a Dios, no por obligación, así que no tiene sentido obligarla de todas formas.

—Perdone que le pregunte pero, debemos hacerlo. Dada la aparentemente conocida promiscuidad de Judith ¿usted alguna vez tuvo algo con ella?

Amed se sonrojó y miró hacia la caja, donde su esposa —una costarricense de unos veintiocho años— atendía a los clientes y recibía los pagos.

—Sí… sí tuvimos algo. Un breve romance, nunca pasó a más. No quisiera que mi esposa se diera cuenta… si me comprenden…

—Descuide. Pero aún necesitamos hablar con su hermano.

—¿No pensarán…? Es decir… bueno, mi hermano es muy religioso pero no es un asesino…

—Es de rutina.

—Bien, pues… no sé dónde está viviendo actualmente, pero es un musulmán conservador, creo que ustedes pueden presuponer que lugar frecuenta.

Amed tenía toda la razón. En realidad era tonto no haberlo pensado. Omar Bashir debía ser asiduo visitante de una mezquita, y tomando en cuenta que en Costa Rica sólo existe una, no era tan difícil encontrarlo. Así que nos dirigimos a Montelimar, bastante cerca de los Tribunales de Justicia de Goicoechea, en donde se erigía un bello edificio con azulejos celestes, una pequeña pero adecuada cúpula en el techo y un letrero que anunciaba: Centro Cultural Musulmán de Costa Rica.

Los fieles realizaron las oraciones pertinentes un soleado viernes al medio día, y una vez terminado el sermón del sheik local y finalizada la ceremonia, partieron del lugar uno por uno. Gracias a fotografías del expediente pudimos identificar a Omar Bashir, a quien de inmediato interceptamos. Estaba arisco y agresivo, y no le gustaban nuestras preguntas.

—Dios está antes de cualquier cosa —nos respondió al preguntarle el por qué no había contactado a su familia en meses— y mi familia abandonó gradualmente el verdadero Islam por la mala influencia de occidente.

—¿Supo de la muerte de Judith Rubinstein?

—Sí. Mis padres son amigos de esos sionistas que asesinan niños musulmanes.

—¿Los Rubinstein asesinan niños musulmanes?

—No directamente, pero envían dinero a Israel como todos los sionistas, financiando el holocausto palestino.

—¿Qué sabe particularmente de la víctima?

—Que era una ramera.

Aquella declaración molestó a Córdoba quien normalmente me deja a mí la parte oral del trabajo.

—¿Por qué lo dice? —preguntó ella, hoscamente.

—Judith Rubinstein fornicaba con todos y cometía toda clase de vicios. Era una mala influencia para mi hermana, como se lo dije a mis padres, pero no me escucharon. Ellos no deberían permitir que mi hermana menor sea amiga de infieles y judíos.

—¿Usted sabía que su hermano Amed y Judith Rubinstein tuvieron una aventura? —continuó Córdoba.

Omar rechinó los dientes y su rostro se puso rojo, apretó fuerte los puños como reprimiendo una severa furia.

—No, no lo sabía —respondió.

—Omar, no me engaña, sé que miente. —le dije.

Bufó molesto, como incapaz de retenerse.

—Sí, sí lo sabía. ¡Maldita adúltera! Recibió su merecido.

—¡Ah, entonces era culpa de ella y no de su hermano! —adujo sarcástica mi compañera. Se notaba la molestia en sus ojos. —Que yo sepa nadie obligó a su hermano a meterla donde no debía…

Omar la observó secamente, como insultado por la altanería de Córdoba.

—Las mujeres occidentales tienen siempre esa forma arrogante de hablar —escupió Omar, con un evidente odio en su tono— pero ante Dios todos los infieles se humillarán.

Córdoba iba a responder algo, así que la retuve.

—Necesitaremos su dirección e información de contacto —le dije a Omar tratando de cerrar el encuentro de una vez por todas.

—Este tipo pasó al primer lugar en mi lista de sospechosos —me dijo Córdoba mientras nos montábamos en el carro.

No le respondí, sólo la miré fijamente. En teoría soy su superior pero rara vez hago uso de tal calidad.

—Perdón, Cortés —se disculpó— actué mal. Es que… no soporto a los hombres machistas… un rollo personal…

—¿Algún problema? —dije.

—Mi papá… era el típico macho latinoamericano. Controlador, agresivo, posesivo… violento en general.

—Lo lamento —dije honestamente, y luego de un espacio de tiempo pregunté: —¿abusó de ti?

—¡No!, sólo agresiones físicas y psicológicas. Mi mamá llevaba la peor parte.

—Lo siento de verdad.

—Igual es mi padre, en algún momento tuve que hacer las paces con él y perdonarlo —suspiró. —Pero bueno ¿sabes cómo se ejecuta a las mujeres adúlteras en el Islam, verdad?

No tenía que decírmelo, la teoría de que la lapidación de Judith Rubinstein respondía a un ritual religioso cobraba fuerza.

Iba a decírselo pero me entró una llamada al celular y al responder reconocí la voz de mi interlocutor; Menahim “Menny” Levi, mi contacto en la embajada israelí.

Nos dirigimos hacia allá y parqueamos el vehículo en las afueras del Centro Colón que es donde se localiza tal sede diplomática. Menny salió del edificio y se entrevistó con nosotros afuera, era un hombre fornido y vestido con traje negro. Tenía un entrenamiento letal en Krav Magá y otros artes marciales, uso de armas y explosivos y entrenamiento militar que probablemente podía matar a alguien con un dedo. Lo cual contrastaba con su forma de ser sonriente y amable. Años atrás su esposa había sido asesinada en Costa Rica y yo resolví el crimen, por cierto que el asesino nunca llegó a juicio, simplemente desapareció y nunca se volvió a saber de él. Pero a raíz de mi intervención en encontrar al asesino, Menny siempre quedó en deuda conmigo y me ayudaba si se lo pedía, como en estos casos.

—Acá está el expediente —dijo al entregarme una carpeta— ya traducido al español.

Las hojas mostraban gran cantidad de información censurada con marcador negro, pero podía leerse en un 70%. —Shimon fue dado de baja de las FDI —continuó Menny— por sus posturas radicales. Se opuso a cumplir cuando se ordenó a los soldados evacuar los asentamientos de colonos judíos en Gaza, etc. Hubo sospechas de que participó en el grupo Kach.

—¿Qué es Kach? —preguntó Córdoba.

—Un grupo terrorista judío —le expliqué— fue ilegalizado en Israel. Varios de sus miembros han cometido asesinatos contra árabes por el sólo hecho de serlo.

—Es una organización racista radical —agregó Menny— considerada por el gobierno israelí tan peligrosa como las radicales islamistas, sólo que en el otro extremo.

—Entiendo —aseguró Córdoba— ¿saben si Shimon alguna vez cometió algún crimen violento en Israel?

—Hay sospechas —confesó Menny— en cuanto a torturas contra palestinos en prisiones, agresiones, uso excesivo de la fuerza, pero nada sólido.

—Gracias Menny —agradecí dándole un apretón de manos y nos separamos del israelí.

—Si Shimon supo que su propia prima tuvo un amorío con un árabe, pudo haberlo vuelto loco de rabia —me dijo Córdoba mientras subíamos al auto.

—O quizás ni siquiera era necesario que supiera lo del amorío. Cualquiera de las otras conductas de Judith bastaba; el que fuera promiscua, el que tuviera relaciones lésbicas, el que desobedeciera a sus padres. El Antiguo Testamento también dicta que a los hijos rebeldes hay que lapidarlos. Para un judío fanático y ultraortodoxo casi cualquiera de las cosas que hacía Judith eran suficientes para matarla, ni hablar en combo.

—Aun así hay otra sospechosa que no deberíamos aún descartar…