VI
Mi amor por Tamara no había disminuido ni un ápice desde su muerte. Casi se cumplían 14 años desde que la encontré sin vida y aún ahora, mi corazón seguía siendo de ella.
¿Cómo no iba a amar a Tamara? ¡Mi primer amor! Era dulce y bella. Su valentía, madurez e inteligencia parecía anacrónica con sus 16 años. Tenía una cierta sabiduría solemne que parecía extraída de vidas anteriores. Era una mujer muy espiritual cuyo compasivo cariño y hermosa sonrisa resplandecían en su presencia como una cálida luz.
Más allá de su dulzura personal, Tamara era una mujer despampanante físicamente. Tenía unos largos cabellos rubios y ondulados que llegaban a su cintura, ojos verdes como esmeraldas y una piel blanca y lechosa. Su firme y juvenil cuerpo tenía unas proporciones perfectas que combinaban una esbeltez propia de una adolescente, con una suntuosa generosidad en sus medidas.
El día que ella le dijo al tímido y retraído nerdo que era yo en aquél entonces que aceptaba su propuesta de ser pareja fue el más feliz de mi vida y por las crueles ironías del destino me la arrebataron al día siguiente. Aún recuerdo su cuerpecito ensangrentado languideciendo horriblemente en la acera donde yació por horas tras el brutal crimen del que fue víctima.
Mi vieja amiga la depresión y su eterna hermana siamesa, la soledad, arribaron para quedarse y no salían de mi oscura habitación nunca. No daban descanso a mi atormentada mente salvo cuando dormía ó cuando bebía. Pero las dosis de licor resultaban cada vez más insuficientes forzándome a alcoholizarme más y más…
Ya esto no era vida. Comenzaba a pernoctar espantosamente, en las tinieblas y en un cadalso autocreado, pesado e insoportable. La tortura de vivir parecía incrementar con cada respiración y me hundía más y más en el horrendo abismo. Maldiciendo el destino inclemente, decidí ponerle fin a la bastarda existencia que sobrellevaba, preparando para ello mi revólver calibre .38.
Contemplé el arma como un salvador pasaje a una nueva vida pasando mis ojos por su negro metal. La coloqué en mi boca, pero no… siempre sentí que el disparo en la boca era particularmente inseguro, así que cambié por la sien derecha.
Justo entonces sonó mi celular.
“Que hijueputa sal” pensé “Ni siquiera se puede uno suicidar sin interrupciones”. Me sonreí ante la broma y decidí responder el teléfono.
—¿Cortés?
—Sí –dije.
—Soy Armendáriz, tengo un trabajo para usted.
Llegué a las oficinas del Poder Judicial, en el conjunto de edificios conocidos genéricamente como “la Corte”, una mañana soleada después de un tiempo de vacaciones obligadas a las que me envió mi superior; Jaime Hernández. Hernández es el jefe de la Sección de Homicidios del Organismo de Investigación Judicial. Lo primero que hice fue conversar largo rato con Mariela, una joven novata recién nombrada investigadora. Mariela es una muchacha bonita de cabello castaño y ojos claros, muy sonriente, o al menos sonríe mucho conmigo. Cuando llegó mi compañera Cruz me despedí de ella y ambos seguimos con nuestros asuntos por separado.
—No perdés el tiempo ¿verdad? —me dijo Cruz una vez que me le acerqué y la saludé con un beso en la mejilla.
—¡Que mal pensada! ¿Tan mala reputación tengo?
—Sabes que sí. El agente más perro del Poder Judicial —dijo socándome el nudo de la corbata— el galán de las cien conquistas, con una preferencia especial por las mostacillas.
—Bueno, hay algunas que se me han escapado… como vos.
—Ah, pero lo intentaste. Lo que pasa es que no sos mi tipo, sorry.
—¿Soy muy feo para vos?
—No es eso. Además yo no me fijo en el físico. Sos uno de los maes más inteligentes que conozco. Recuerdo que leía tus libros cuando estudiaba criminología en la u.
—¡Me estás haciendo sentir viejo, puta sal!
A mis 35 años no me siento viejo, pero me gradué joven de la universidad y, modestia aparte, tengo un buen reconocimiento nacional e internacional como psicólogo forense y criminólogo. Cruz es siete años menor que yo, y sin embargo, ya le habían puesto algunos de mis textos en las antologías universitarias.
—En realidad te admiro mucho, Lobo, sos un excelente investigador. Pero —dijo regañándome con el dedo índice— deberías usar tu intelecto para el bien.
—¿Quién dice que no lo hago? Bueno en fin, ¿ya te dijo el gordo cual caso nos va a asignar?
—Sí. Por cierto que me volvió a preguntar que si quiero cambiar de compañero. Le dije que no. ¿Por qué te detestará tanto Hernández?
—Sepa —dije encogiéndome de hombros.
—Bueno, el asunto es que nos asignaron el caso de la mujer que fue estrangulada en Escazú. —dijo mientras nos sentábamos en nuestros escritorios atestados de expedientes. El escritorio de Cruz tenía, además, una velas aromáticas, una imagen del Buda de la suerte (el gordito sonriente) y unas estatuillas de cerámica de ángeles. Cruz era entusiasta de la nota New Age y de todo el misticismo oriental, a diferencia de este servidor, que soy ateo.
—Odio los casos que involucran jóvenes.
—Yo también…
Judith Rubinstein tenía la piel blanca, el cabello negro muy rizado, tersa piel suave y una bella y esbelta figura. Su cuerpo sin vida estaba tirado sobre uno de los rosales del jardín en la casa donde ella y su familia residían, ataviada sólo por ropa interior y una camiseta de dormir. Se encontraba recostada de costado sobre las distintas flores destrozadas y las duras piedras de diversos tamaños, muchas de las cuales habían sido utilizadas como el arma homicida y algunas aún reposaban en distintas partes de su anatomía. Destacaba una en particular cerca de su cráneo y con mayor cantidad de sangre que las demás, así como la gran herida en la cabeza que había causado un rojo charco que enlodaba la tierra.
En síntesis, Judith Rubinstein había sido lapidada.
—¡Por Dios, Cortés! —dijo mi compañera investigadora— yo que pensaba que estas cosas del Viejo Testamento estaban superadas.
La casa de la familia Rubinstein se localizaba en el cantón de Escazú y era una estructura de cemento de dos pisos, espaciosa, con altos portones y un extenso jardín frontal. Típica casa de una familia de clase media alta rozando la alta. Los Rubinstein eran judíos askenazíes cuyo padre era médico y la madre dentista, tenían tres hijas (la víctima era la del medio) y los abuelos provenían de Polonia habiendo escapado del nazismo en los años treinta y emigrado a Costa Rica en busca de refugio.
La familia entera estaba devastada, en especial la hermana menor, que lloraba desconsolada al ser quien encontró el cuerpo llegando a su casa, tras una celebración familiar, a eso de la una y treinta de la madrugada.
—¿Estás sugiriendo que esta ejecución tiene connotaciones religiosas, mi estimada Córdoba? —le pregunté mientras los forenses hacían lo suyo. El viejo amigo Jonathan Bermúdez se encontraba de rodillas tomando muestras del cuerpo mientras su asistente tomaba fotografías de la escena.
Córdoba no me respondió. Sólo se encogió de hombros. Nos introdujimos a la casa a entrevistar a los dolientes, lo que siempre es algo incómodo. En la residencia de muros blancos podía verse un Menorá en una de las paredes y otros adornos alusivos a la cultura hebrea, incluyendo una Torá grande y de pasta dura colocada en un podio y abierta por la mitad en un lado de la sala.
La madre, Dora Rubinstein, se encontraba muy afectada y unos Córdobarojistas le ayudaban a recuperarse tomándole la presión y otras cosas. Quien nos concedió la entrevista preliminar fue el padre de la víctima, don Isaac Rubinstein, un hombre de unos cincuenta años, cabello cano y calvicie inicial.
—Anoche asistimos a la boda de una sobrina mía —explicó, era claro que estaba consternado por el dolor, pero trataba de contenerse para hablar con nosotros. —Judith se vino temprano porque dijo que se sentía mal…
—¿A qué hora fue eso? —pregunté.
—A eso de las diez de la noche.
—¿Ustedes a qué hora regresaron?
—A la una y media, cuando nuestra hija Esther nos llamó al encontrar el cuerpo. —dijo cubriéndose el rostro con la mano derecha y soltando varias lágrimas.
—Lo lamento mucho, don Isaac. ¿Tiene idea de quién pudo hacer esto? ¿Enemigos? ¿Judith tenía novio?
Pero Rubinstein no pudo responder mis preguntas, que más bien parecieron atizarle el dolor, y tuvo que sentarse en uno de los suaves y cómodos sillones de la sala donde se hundió a llorar.
La hermana mayor, una mujer de poco más de treinta años llamada Séfora, se nos acercó. Tenía los ojos llorosos pero estaba mucho más tranquila que sus atormentados padres y hermana menor.
—Judith tenía algunos problemas familiares —nos dijo— relaciones que mis padres no aprobaban. Es una larga historia…
—Necesitaremos los detalles.
—Por supuesto. Creo que la relación más seria que tenía era con un amigo al que apodan Connor. No sé el verdadero nombre.
Luego hablamos con la hermana menor. Regresó antes que sus padres quienes pensaban quedarse hasta las tres o cuatro y encontró el cuerpo al llegar a la una, recién Córdobaando la entrada. No había visto al perpetrador. Llamó a Emergencias primero y a sus padres después. Estaba al borde del colapso nervioso e incluso debieron darle calmantes y llevarla a observación al centro médico más cercano. Sin embargo, de ella y del resto de la familia supimos que las entradas no habían sido forzadas y que nada había sido robado.
Luego vino la declaración por parte del guarda local; un señor mayor llamado Gerardo Vargas, quien afirmó haber escuchado una airada discusión entre Judith y un hombre en el interior de la casa.
—¿Vio al sujeto? —pregunté.
—Sí —respondió—, como a un cuarto para la una, vi salir a un tipo de esta casa —aseguró— estaba muy disgustado.
—¿Puede describirlo?
—No estoy seguro… estaba todo cubierto con un suéter de color oscuro y tenía el gorro sobre la cabeza, así que no le vi bien la cara. Además estaba muy lejos… era un hombre delgado, eso sí.
—¿Alto? ¿Bajo? ¿Cómo de que estatura? —presioné algo frustrado y don Gerardo sencillamente se encogió de hombros mientras yo suspiraba impaciente.
Llegué a La Sábana en mi vehículo a eso de las siete de la mañana. Cerca de una de las calles laterales se encontraba Córdoba recibiendo clases de Yoga en medio de un nutrido grupo de mujeres instruido por una muchacha de rasgos orientales. Córdoba vestía ropa blanca deportiva; un buzo de ejercicios, una camiseta sin mangas, zapatos tennis, etc., y se veía muy diferente respecto a su formal manera de vestir como agente judicial. Hicieron algunas posiciones de Yoga más y la clase terminó pocos minutos después de mi llegada. La instructora se despidió con una reverencia namasté y sus alumnas respondieron acordemente.
Córdoba sonrió al verme y se dirigió rápidamente hacia el carro.
—¿Ya alineaste bien tus chakras como para un nuevo día de trabajo?
—¡Como nueva! ¿A qué debo el honor? —preguntó en referencia a que la fuera a recoger.
—¿Viste ya el e—mail que nos mandó Bermúdez con el pre—informe forense? —ella asintió— quisiera ver el cuerpo en persona una vez más.
—Está bien ¡Pero no me he cambiado! —adujo extendiendo los brazos como para que yo viera su deportivo atuendo.
—Te cambiás allá. Eso es lo de menos.
Córdoba coincidió y se introdujo al auto. Tras un trayecto lleno de tráfico llegamos finalmente a los laboratorios de Medicatura Forense en San Joaquín de Flores. El primero en atendernos fue el jefe de Bermúdez y director del departamento, don Marvin Torres; un médico entrado en años y de carácter pausado. Tras un intercambio de saludos y conversación de rigor, Torres nos dejó a solas con Bermúdez.
El forense sacó el cuerpo de Judith Rubinstein de la gaveta metálica donde estaba, y abrió la bolsa negra dejando al descubierto el cadáver. Tenía ya dos días de fallecida y la macabra mano de la muerte comenzaba a dibujarle rasgos mórbidos, como unas azuladas ojeras y una lánguida palidez. En su sien derecha era perceptible el horrible moretón con sangre seca y coagulada.
—Perdoná que te haga repetir lo que ya nos pusiste por escrito —me disculpé— pero quisiera atar algunos cabos.
—No hay ningún problema, Cortés —dijo Bermúdez— la causa de la muerte es clara; ruptura del cráneo en el costado derecho de la cabeza —tocó la cabeza de la víctima con sus enguantadas manos justo en el punto mencionado— provocada por una piedra, sin embargo, antes de morir recibió golpes en diferentes partes del cuerpo con piedras de distintos tamaños. Llegué a contar cerca de catorce hematomas. Las heridas más graves aparte de la que se le hizo en la cabeza son una costilla fracturada y el fémur izquierdo contusionado. Debo decir que sufrió mucho antes de morir.
—Dicen en el informe que se encontró semen en la vagina ¿cierto? —consulté— y según recuerdo la hora de la muerte se ha establecido entre las once y la una. ¿Pudieron establecer la hora en que tuvo relaciones?
—Sí, la penetración se dio entre las diez y las doce.
—Clásico homicidio por ira —agregó Córdoba— desde la violación hasta la tortura y la muerte al final.
—Diablos… —mascullé— todo apunta a que el asesino la odiaba.
—Así es —respondió Bermúdez— sabremos más cuando hagamos la autopsia.
—¿Huellas digitales? —inquirí, pero Bermúdez negó de inmediato con la cabeza.
—Había huellas en la escena pero no aparecen en el sistema —declaró— quien haya sido, no tenía récord criminal.
Bermúdez introdujo de nuevo el cuerpo dentro del contenedor y empezó a removerse los guantes.
—Gracias Bermúdez —dije dándole un apretón de manos de despedida, luego Córdoba y yo emprendimos el viaje de regreso a San José.
—¿Encontraste lo que buscabas? —me preguntó Córdoba.
—No estoy seguro… —confesé— es pronto para saberlo.
—¿Cómo van con la investigación del Caso Rubinstein? —nos preguntó nuestro superior Alejandro Villanueva. Jefe de la Sección de Homicidios, justo cuando bajábamos del vehículo al tiempo que él descendía (lenta y pesadamente) las escaleras en uno de los edificios del Poder Judicial contiguo a las oficinas del OIJ.
—Seguimos algunas pistas —le contestó Córdoba— pero nada firme aún.
—Me han llamado rabinos, diputados, dos ex vicepresidentes, el embajador de Israel y el ministro de Hacienda… ya saben ¿Rodolfo Feinberg? —esto último lo dijo como si el apellido tuviera que significarnos algo— en fin, hay muchas presiones entre la comunidad judía por resolver este delito lo antes posible. Les agradezco que hagan todo lo que puedan por ponerle premura al asunto.
—Sí, señor —respondimos simultáneamente.