LA ODALISCA Y EL PIRATA (V)
—Esto es para ti —le dijo Abdul a Milena entregándole un valioso anillo con una cuantiosa gema roja incrustada que había robado a la matrona.
—¡Gracias! ¡Es bellísimo!
—No creas que no significas mucho para mí —le dijo él a su amante pero ella se mordió el labio nerviosamente. —¿Sucede algo?
—Sé que me dijiste que no lo hiciera pero… le pregunté al tarot sobre tu futuro.
Abdul se distanció de ella, molesto.
—¡Milena! ¡El Corán prohíbe la brujería y la adivinación!
—¿Y no prohíbe también el sexo premarital? —le preguntó señalando hacia la cama donde, algunas horas antes, le arrancaba la ropa con pasión y la devoraba en lujuria carnal.
—Sí… sí… pero estoy tratando de realizar sólo un pecado a la vez.
—Bueno, en todo caso ya lo hice, y salió el Diablo junto a la Torre. La catástrofe en tu vida está cerca. Ambos salieron al lado de la Reina de Espadas, es decir, una mujer mentirosa y traicionera. ¡Por favor cuídate mucho!
Abdul se despidió de la gitana poco después y se encaminó a su hogar en las montañas… pensativo. Su corazón se estrujó de angustia al observar una negra humarasca que emergía de entre la arboleda. Corrió hacia el campamento ocultándose cautelosamente entre el follaje y se asomó furtivamente tras unos pedernales que cercaban el asentamiento monfí.
El panorama que se le abrió lo lleno de ira y horror. Una masacre había sido perpetrada por los soldados del Rey quienes estaban ya incinerando los cadáveres apilados en una zanja. Hombres, mujeres, niños, incluso sus padres, todos sufriendo el mismo destino infame. Solo a los hombres adultos —entre ellos Omar— se les perdonó la vida para ejecutarlos públicamente.
¿Quién pudo haberlos traicionado? Pensó ¿Qué persona pudo ser tan cruel?
—Bien hecho, noble Catarina —le dijo el comandante de la guardia (mismo que había interrogado a Milena y a él poco antes) a una mujer que él conocía por el nombre de Soraya y que era su hermana.
—Sólo cumplía con mi deber ante Dios y la Virgen —adujo ella reverenciando al español —y ante el hombre que amo.
El comandante sonrió y le colocó un brazo alrededor de la cintura para luego estamparle un beso en la boca. A Abdul se le revolvió el estómago.
Abdul extrajo su arcabuz del cinto y se disponía a dispararle al comandante con pulso tembloroso, pero una mano femenina se lo impidió bajándole el arma y cubriéndole la boca al tiempo que se llevaba el índice a los labios. Era Aisha, quien había escapado a la purga.
—Pero aún falta uno —adujo la traidora Catarina— mi hermano Abdul. Se revuelca con una gitana llamada Milena que vive en el campamento detrás del valle. Allí le encontrarán.
Al escuchar esto, Abdul y Aisha partieron a toda prisa para reencontrarse con Milena y alertarla de lo sucedido.
En cuestión de minutos —como sólo ellos podían— los gitanos recogieron todas sus pertenencias y animales, introdujeron a sus niños en los carruajes, levantaron las tiendas, metieron las escaleras y partieron a toda velocidad sin dejar salvo mínimos rastros de basura como ínfima evidencia de su previa existencia.
La caravana gitana llegó hasta la intersección que llevaba a Portugal, allí Abdul se despidió de Milena diciéndole que no podía vivir dentro de un pueblo que no era el suyo.
—¿Pero a dónde irás?
—¿Has escuchado hablar de los piratas berberiscos?
—No.
—Son corsarios del Imperio Otomano que nos ayudaron durante la revuelta entregándonos víveres y armas. Usualmente pillan las costas de España y Portugal y ayudan a escapar a los mudéjares hacia tierras islámicas. Sé dónde encontrarme con ellos y me les uniré. Que Dios te bendiga, Milena.
La gitana no dijo nada, pero le proporcionó un tierno beso y se separó del morisco para nunca más volverlo a ver.
En la ciudad de Granada se iba a realizar una ejecución pública en nombre del Rey para ajusticiar así a los monfíes rebeldes, uno de los últimos reductos de moros insurrectos que habían sido sofocados. El verdugo preparó los tétricos cadalsos donde serían ahorcados al salir el sol.
El carcelero que los custodiaba era un sujeto gordinflón y feo, de barba a medio cortar y chimuelo. Se recostaba a tomar vino de una botella todo el día en una mesa al lado de las celdas donde estaban hacinados y amontonados los moros.
—¿Es usted el celador? —le preguntó una voz femenina. El adormilado guardia levantó la mirada de mala cara, como siempre, pero al ver a la hermosa mujer frente suyo, que tenía un atractivo traje de odalisca dejando ver sus rebosantes y redondos pechos, los hombros descubiertos y el cabello suelto se quedó allí, absorto, por un rato. Hasta que Aisha debió repetir la pregunta.
—Eh… sí, lo soy. ¿Quién pregunta?
—¡Pues yo, tonto! —respondió ella— me han enviado acá para ti.
—¿Pa… para mí?
—Pues claro. Dice don Alfonso de Vorja, el comandante, que trabajas mucho y que mereces un premio. Anda, haz lo que quieras conmigo que para eso vine.
Aquel hombre se frotó los ojos y luego volvió a ver a la mujer iluminada por la débil luz de las velas casi totalmente derretidas. Era una guapura realmente. Ella subió el pie a una silla mostrándole su esbelta pierna de entre el largo vestido y el carcelero se ruborizó. Feliz por su suerte junto las manos en un sonoro aplauso y luego las frotó. Se levantó de su asiento y dijo: ¡Bendito sea don Alfonso y toda su descendencia! ¡Ven conmigo, hay una celda vacía cuya cama podremos usar!
Y dicho esto se giró de espaldas para abrir la gruesa puerta del calabozo. Craso error. Abdul salió de entre las sombras, tomó la botella de vino y se la quebró en la cabeza provocando que su pesado cuerpo cayera sobre el suelo.
Le removió las llaves del cinto y abrió las celdas para que sus hermanos moros escaparan. Sus padres lo abrazaron y llenaron de bendiciones pero él los apuró a salir. Ya habría tiempo de eso.
—¡Yo sabía que esto pasaría! —dijo don Alfonso de Vorja entrando al lugar. ¿Había estado en las cercanías todo el tiempo? —desde el momento en que te pudimos atrapar Omar Ahmed Mahmud Ibn Farad, supuse que te vendría a rescatar uno de tus familiares. ¡Venga! —gritó desenfundado su espada— ¡Asesino de mi padre! Esto lo resolveremos aquí mismo y si muero, que tus gentes escapen, pero si tú mueres todos ellos morirán, incluyendo a la odalisca.
Omar no tenía mucha opción. Un grito que emitiera Vorja y los guardias caerían sobre ellos.
Así, ambos se enfrascaron en una encarnizada contienda de esgrima. Los años de entrenamiento y práctica habían hecho de Omar un espadachín excelente… pero Alfonso de Vorja había sido entrenado en la mismísima academia militar y su padre le había pagado clases desde niño, por lo que era un duelo realmente entre titanes de la espada.
El entrechocar de los metálicos filos resonó por la habitación mientras ambos combatientes se sumergían en la batalla.
—El honor familiar sólo se lava con sangre —dijo Alfonso en medio de la contienda.
—Tu familia había perdido el honor hacía tiempo —le replicó Omar— y no por nuestra culpa, sino por las acciones de tu propio padre.
—Eso es mentira…
—Si creciste con él lo sabes bien —continuó Omar— que tu padre tomaba jóvenes de entre las comunidades más pobres y vulnerables para abusar de ellas y luego las mataba para que no dijeran nada… ¡Honor! —escupió— ¿Qué honor puede tener un ser así?
Y a la mente de Alfonso llegaron aquellos amargos recuerdos de su niñez. Él sabía bien lo que su padre le hacía a aquellas pobres almas y como después Bartolomé y sus hombres por órdenes del Marqués las degollaban y se las daban a comer a los cerdos y esto le provocó una vergüenza que lo embargó.
Quizás debido a esto tuvo fieros bríos renovados. Con dos golpes de su espada y un grito entrecortado que atrapó entre los labios, derrotó a Omar, le hizo perder la espada y lo arrinconó a la pared con la espada en el cuello ante la angustia de sus pares y Aisha de testigos.
—Mi padre merecía morir y con él se terminó una larga pesadilla —declaró Alfonso separándose de Omar y enfundado la espada— y quizás el honor de los Vorja está mejor custodiado con su muerte. Pueden irse, pero nunca más regresen a suelo español.
Omar le tendió la mano y Alfonso la estrechó. Tras esto todos corrieron fuera de las celdas y escaparon sigilosamente ocultándose entre las sombras hasta las montañas. El cadalso sería inútil y sólo se usaría para fustigar al celador por su descuido de la noche anterior.
Pero Abdul tenía todavía una deuda pendiente que tenía que saldar.
Encontró al comandante de la guardia que había masacrado a los monfíes disfrutando del cuerpo de su hermana traidora ahora llamada Catarina en una de las habitaciones del Cuartel General.
Entró al lugar tras ingresar sigilosamente y ultimar a los guardias a quienes cortaba el cuello atrapándolos por sorpresa de espaldas entre las sombras mientras les cubría la boca, y a quienes reconocía como cómplices de la masacre.
Llegó hasta la habitación personal de comandante y la abrió de una patada (no importaba el ruido, pues todos los guardias estaban muertos). En la cama del interior, iluminados solo por las velas el comandante se alertó dejando de penetrar a Catarina y girándose hacia la entrada.
Abdul le apuntó con su arcabuz.
—¡Por mis padres! —clamó con furia y odio en los ojos y le disparó, hundiéndole la bala en medio del pecho. Su cadáver se desplomó sobre la cama manchando las sábanas de sangre mientras que la bala (que atravesó el cuerpo) agujereó también la almohada causando que plumas de ganso se dispersaran por doquier.
Luego recargó el arma y apuntó a su hermana con su corazón repleto de odio por la traición.
—¡Hermano no! —rogó ella desnuda y con las manos en alto.
—¿Hermano me llamas ahora, traidora? —escupió.
—No lo entenderías —dijo.
—¿Cómo pudiste? —le preguntó con la indignación en el rostro. —Después de lo que te hizo el Marqués, de lo que arriesgué por salvarte… ¡nuestros padres!
—Fue precisamente en los calabozos del Marqués que me di cuenta que Alá no escuchaba mis oraciones. Que entendí que si quería sobrevivir tenía que hacer lo que fuera necesario. Fue allí donde perdí… la inocencia… el alma quizás.
—Pues irás a reunirte con él al infierno —aseguró y el apuntó. Catarina cerró los ojos y se persignó, comenzando a rezar el padre nuestro.
Pero el pulso de Abdul comenzó a temblar.
Catarina, que supuso que su hermano le estaba permitiendo finalizar la oración, abrió los ojos cuando se dio cuenta que había pasado demasiado tiempo.
—No puedo matar a mi propia hermana —aseguró bajando el arma. —Pero nunca me verás de nuevo. Esta es la vida que escogiste, como la ramera de los españoles, espero estés contenta y recuerdes siempre a nuestros padres y otros muchos mártires del Islam que enviaste al paraíso que tú nunca verás.
Se colocó el arcabuz en el cinto y dejó la habitación dejando a una Catarina solitaria y compungida.
Y, como en otros tiempos, los piratas berberiscos llegarían a las costas y recogerían a los refugiados mudéjares para llevarlos a tierra islámica.
—Y es por eso, mi capitán —le terminó de decir Omar— que a este hombre, Alfonso de Vorja y a su clemencia, le debo la vida.
—Yo también —declaró Abdul, quien también se había unido a los piratas igual que Omar.
—¡Liberen al español! —ordenó el capitán Samir en referencia a Alfonso de Vorja— y déjenlo sobre la costa con agua y comida. Tu deuda está saldada con él, Omar.
—Así es. Alá es grande, mi capitán, Alá es grande…