LA ÚLTIMA HECHICERA DE EGIPTO; ESCLAVA
Egipto, siglo XX A.C.
Una inusual pareja llegó a las tierras egipcias después de un largo peregrinaje a través de los candentes y áridos desiertos que separaban el Nilo de Caldea. Se trataba de una pareja de mediana edad, un hombre de mirada adusta y barba larga con rasgos severos pero con una personalidad carismática y la hermosa mujer que lo acompañaba.
—Di que eres mi hermana, Sara —le advirtió él mientras se encaminaban al Palacio del Faraón— ó pueden matarme para quedarse contigo.
—Entiendo.
La pareja llegó hasta la presencia del Faraón Amenemhat quien los saludó cordialmente.
—Bienvenidos sean a la Tierra de Egipto.
—Gracias, Su Excelencia —dijo el extranjero— mi nombre es Abraham de Caldea y ella es mi hermana Sara.
Amenemhat fijó su mirada en la bella Sara sintiendo una pulsión lujuriosa y sonrió diciéndole:
—Disfruten de mi hospitalidad, ambos —luego ordenó a sus esclavos que los atendieran dándoles alimento, agua y ropa nueva.
—Gracias, Majestad, no tengo como agradecer tu generosidad —dijo Abraham y el Faraón se llevó al caldeo para conferenciar con él por aparte.
—Hay una forma, amigo mío, hay una forma.
—Pero es que no tengo nada de valor con que pagarte…
—Claro que sí —dijo observando a Sara que conversaba con las esclavas ajena al asunto que se trataba.
—Comprendo —dijo Abraham sombríamente.
—No habrá problema ya que es tu hermana y es soltera ¿cierto?
—Por supuesto que no. Será… un honor para ella y para mí también.
El Faraón sonrió complacido y esa misma noche se llevó a Sara a su aposento para satisfacerse carnalmente con ella durante toda la noche.
Abraham y Sara decidieron partir de Egipto tras una temporada allí y se llevaron con ellos a una bella y joven esclava adolescente llamada Agar, partiendo hacia lo profundo del desierto para vivir como nómadas entre sus arenosas planicies.
Allí, Abraham se convirtió en el jefe de una tribu beduina que se dedicaban a una vida sencilla de pastoreo y que residían en rústicas chozas fácilmente desarmables y transportables.
No obstante, Sara no lograba quedar embarazada y ya su esposo Abraham estaba volviéndose mayor. Como era fundamental que el patriarca tuviera descendencia, una noche en que él estaba comiéndose un pedazo de carnero asado frente a la fogata, Sara le dijo:
—Esposo mío, debes de tener un heredero y es evidente que soy estéril. ¿Por qué no tomas a mi esclava Agar?
Al decir esto la fogata se crispó misteriosamente expulsando algunos chispazos. Abraham la miró, pensativo.
—¿Será lo correcto? Dios me prometió…
—Sí, que tendrías descendencia. Hazlo con ella, no te preocupes por mí. Es tuya para que tengas tu primogénito con ella…
Abraham asintió y continuó mordisqueando su cena. La joven Agar escuchó la conversación desde el interior de su tienda y se estremeció.
Esa noche el jefe de la tribu se adentró en la tienda. Agar sabía que no tenía sentido resistirse —ella era una esclava después de todo— así que simplemente cerró los ojos y apretó los puños mientras desgarraban su himen tratando de contener el dolor y de no gritar. Sabía que tendría que seguir cediendo a los requisitos sexuales de su amo cada noche a partir de ese momento y suspiró melancólicamente.
Muchos años después vio Agar la caravana de nómadas del desierto alejándose de ella hasta perderse en el horizonte, dejándola abandonada a su suerte en las incandescentes profundidades del desierto. Agar sostenía en sus brazos al niño que había concebido y que era hijo de Abraham y sus ojos se humedecieron pensando en la triste muerte por sed que les esperaba a ambos.
Las esperanzas depositadas en ella de concebir al heredero de Abraham habían resultado y quedó embarazada de su amo dando nacimiento a Ismael. Por ironías del destino su ama y la legítima esposa de Abraham dio a luz a otro niño poco después al que denominaron Isaac. En determinado momento, mientras ambos niños jugaban, Ismael le quitó algún juguete a Isaac y esté prorrumpió en llanto y fue a acusarlo a su madre. Sara, enfurecida por el indigno irrespeto, convenció a Abraham de deshacerse del niño y de su madre.
Así que se fueron y la dejaron sola.
Ella se sentó, llorosa, sobre una piedra del desierto y abrazó a su hijo.
—Límpiate las lágrimas —le dijo una voz femenina a sus espaldas. Agar se giró y observó que desde la escarpa de una colina aledaña le hablaba una misteriosa figura a contraluz. Se cubrió los ojos por los cegadores rayos solares pero, aún así, sólo divisó la silueta.
—¿Quién eres?
La figura bajó la escarpa. Era una atractiva mujer vestida con ropajes de seda y que tenía un callado en su mano derecha.
—Quien soy no importa, pero puedo ver el futuro y tu hijo será padre de una numero nación. Toma, esto es para que te sientas mejor…
Entonces la misteriosa aparición golpeó la tierra con su báculo y de ella empezó a brotar una afluente de cristalina y refrescante agua.
—¡Esto es un milagro! ¡Eres un ángel! —declaró la esclava egipcia alegremente reconociéndose salvada y cuando se volteó para agradecerle a su benefactora ésta ya había desaparecido.
Los rivales de Julio César lo harían pedazos a cuchilladas mientras bajaba las gradas del Foro y así moriría un hombre que mató a tantas personas, ensangrentando el suelo de la ciudad para la cual él mismo derramó ríos sangre en un irónico final. El Imperio se sumiría de nuevo en una guerra civil entre los partidarios de Octavio y los de Marco Antonio. Este último ya entonces se revolcaba con Cleopatra y se convirtió en el regente imperial de las provincias orientales (Egipto, Armenia, Siria, Chipre, Libia y Cirenaica) que repartió simbólicamente entre mis nietos, los hijos que tuvo con mi hija Cleopatra, aunque esto nunca se llegó a materializar.
Bajo las aguas del Mar Mediterráneo en el golfo de Ambracia terminaron la gran mayoría de las miles de naves de leales pero descontentos soldados romanos de Marco Antonio y algunas naves egipcias al servicio de Cleopatra (pues la mayor parte escapó cobardemente cuando era clara la venidera derrota) otorgándole así la victoria definitiva y contundente a Octavio y catapultando el suicidio de Marco Antonio.
—Madre, dime algo —me pregunto Cleopatra mientras observaba los canastos que sus esclavas le habían traído y que contenían dos letales cobras. —¿Por qué me contaste tantas historias?
—Querida Cleopatra, hija mía, nunca comprendiste que estaba relatándote experiencias de mi propia vida ¿verdad?
—Pero ¿Cómo? Tus relatos abarcaron muchos milenios de antigüedad…
—Te lo explicaré.
Giza, Egipto, 2500 años en el pasado.
—¡Dicen algunos que Egipto está empobrecido y es miserable! —declaraba mi padre, el regordete Faraón Jufu ante los comensales de su banquete, todos dignatarios de todas partes del mundo. Recuerdo que había un rey kushita negro como el ébano y que usaba un penacho sobre la cabeza, un libio nómada cubierto por un turbante negro, reyes caldeos, persas, árabes y cananeos de largas barbas y turbantes multicolores y un monarca griego de piel blanca y barba gris. Todos estaban sentados en una serie de mesas colocadas en forma de herradura donde se les servía vino y manjares.
—¿Es eso cierto? —continuó mi padre— ¿Es verdad que mis súbditos padecen hambre? ¿Es verdad que mis arcas están vacías? ¡Claro que sí! —declaró y sus invitados se rieron— ¿Pero importa esto realmente? ¡Los plebeyos no tienen imaginación! ¡No entienden lo que es la grandeza! ¿Que son unas cuantas muertes por desnutrición cuando se puede pasar a la historia haciendo las más gloriosas y magníficas construcciones que ojo humano haya visualizado? Aquí es donde entendemos por qué algunos gobernamos por gracia de los dioses y otros son simples esclavos.
“He decidido emprender el más grande de todos los proyectos; la construcción de una pirámide tan grande como una montaña. Pero, lamentablemente, para finalizar ese maravilloso sueño de construir algo que jamás será olvidado y por lo que me recordarán por la eternidad, requiero de fondos.
Entonces Jufu aplaudió tres veces y esa era la señal para que dos esclavos arrastraran hasta el frente de la mesa del banquete un carrito sobre el cual estaba yo, semidesnuda y maquillada. Los comensales me observaron con una incontenible lascivia en sus ojos. Mi deber era mostrarme provocativa pero la humillación y el dolor me lo impedían.
—Ante ustedes, mis honorables invitados —anunció Jufu— mi hija Hetepheres, que como pueden comprobar es joven y hermosa. A cambio de sus generosas donaciones para finalizar la más glamorosa construcción hecha por el hombre, podrán disfrutar de su cuerpo que les brindará largas horas de placer inimaginable, mis amigos.
—Padre, por los dioses —le supliqué— no me hagas hacer esto…
Jufu me encaró furioso. Se aproximó a mí y me abofeteó y algunos de los invitados se rieron por el hecho.
—No te atrevas a retarme, Hetepheres. Quiero ser recordado por muchas generaciones en el futuro y si para ello debo vender a mi hija para conseguir el dinero necesario lo haré. Piensa en grande, hija mía, piensa en que la pirámide será admirada durante miles de años en el futuro. ¡Gracias a ella voy a ser inmortal! Y la inmortalidad es la más grande de todas las glorias. ¿Has comprendido?
—Sí, padre… —dije afligida bajando la mirada y conteniendo las lágrimas.
—Ahora comencemos con la subasta —adujo el Faraón Jufu— para determinar quien será el primero en disfrutar de esta belleza virginal. Pero descuiden, que a partir de mañana podrán todos tener acceso a ella cuantas veces deseen previa cuota, por supuesto. Lo de hoy es sólo para determinar quien será el cliente inaugural.
—Yo te ofrezco diez piezas de oro —dijo el persa.
—Veinte camellos —ofreció el árabe.
—Dos cofres de joyas —pugnó el africano.
—Treinta piezas de oro —insistió el persa.
—Catorce caballos…
—Cuarenta cabezas de ganado…
—Tres cofres de oro…
—Cincuenta caballos y quince camellos…
Y así prosiguió la subasta hasta que mi padre declaró ganador al africano (por haber sido el que terminó ofreciendo más) y me entregó a él.
El rey kushita se saboreó, me tomó de la mano y me introdujo a una habitación. Se quitó la poca ropa que llevaba puesta, me lanzó sobre la cama y me penetró con brutalidad obligándome a ahogar algunos gritos de dolor. Luego me volteó boca abajo y continuó gozándome a pesar de mi agonía y mis súplicas. Disfrutó de mí toda la noche, haciendo uso de todos los orificios de mi cuerpo que pudo, hasta finalmente alejarse de mí en una mañana que pensé nunca llegaría. Dejándome tirada sobre la cama, humillada, impotente, adolorida, sumida en un amargo llanto, maldiciendo mi suerte y deseando la muerte. Consciente de que una docena de clientes esperaban ansiosos para hacerme lo mismo muchas veces, durante horas y horas, por interminables e infernales días.
Cuando uno de mis clientes culminó su orgasmo, se vistió y se largó una de tantas aciagas y miserables noches, escuché sorpresivamente el maullido de un gato resonar por la ventana de mi recámara. Me enderecé un poco impulsada por la curiosidad y pude ver como el animal saltaba por la ventana y caminaba dentro de mi cuarto con sus ágiles y silenciosas patas. Era un gato muy bonito de color anaranjado y al verlo sonreí. Me levanté, tomé algo de leche que había en un ánfora sobre la mesa y llené con ella una vasija que luego coloqué sobre el suelo para que el animal la consumiera. Él se aproximo al recipiente y comenzó a tomársela complacido, así que aproveché para acariciarle el lomo y la cabeza. Al menos una cosa me hacía sentir bien entre tanto dolor.
Entonces el gato sufrió una transmutación que me dejó pasmada y súbitamente se transformó en un hombre de cabello largo, barba negra bien recortada, nariz aguileña, sonrisa blanca y perfecta y ojos de un tono plateado. El misterioso sujeto utilizaba una mitra negra sobre la cabeza y una túnica de color azul oscuro, sobre la cual tenía también una capa con capucha de color púrpura, y en su mano derecha sostenía un largo báculo.
—¿Quién es usted? —pregunté.
—Tengo muchos nombres —me respondió— los sumerios me llaman Ziusudra, los babilonios Utnapishtim, los asirios Atrahasis, los hebreos Henoc, los celtas Merlín, los griegos Hermes Trismegisto y los egipcios me llaman Thot.
—¿Thot? ¿el dios de la magia?
—No soy un dios, simplemente soy un mago y alquimista. Yo ayudé a que el conocimiento mágico de la maravillosa Atlántida que hoy yace sumergida bajo el mar sobreviviera y fuera traído aquí, a Egipto, donde se refugiaron muchos de los atlantes supervivientes…
—Pero… ¿Cómo…?
—Gracias a la magia descubrí la inmortalidad. Y a través de estos miles de años nunca la he compartido con nadie porque nadie ha sido merecedor a mis ojos. Pero la compartiré contigo, Hetepheres como un premio porque a pesar de tu sufrimiento fuiste compasiva y generosa. Eso me ha comprobado que serás digna discípula mía y te convertiré en una gran bruja y te otorgaré la inmortalidad.
Entonces Thot usó su báculo para producir una especie de portal que se materializó en la pared. El umbral consistía en una puerta trapezoidal ubicada dentro de un marco triangular. Dentro de la entrada de la puerta había una luz brillante pero que no lastimaba los ojos y unas escalinatas y, de la mano de Thot, crucé el pórtico hacia otros planos y dimensiones a desentrañar los misterios del Cosmos.
—Los excesos de mi padre provocarían la primera revolución que la historia registró. Yo sería la Reina Hetepheres una vez que él murió y aún hoy se debate la fecha de mi muerte porque, como ya sabes, no aconteció. Cuando llego a cierta edad cambió mi identidad para evitar que se sepa mi inmortalidad. Yo fui la matriarca tebana Tetisheri, fui la Reina Isis, fui la sacerdotisa Shepenupet y ahora estoy aquí, a tu lado, querida hija Cleopatra. Mis hijas heredan siempre mi inteligencia y mi belleza, no así mi inmortalidad… —dije consciente de que el cuerpo de mi hija estaba siendo carcomido por la sangre envenenada. Ya las dos cobras la habían picado en el pecho tal como ella lo deseaba, pues siempre fue muy arrogante y no quería terminar marchando encadenada en un desfile triunfal romano.
No sé si escuchó mis últimas palabras. Su cuerpo febril se convulsionaba epilépticamente conformé desfallecía emponzoñado y finalmente ella cerró los ojos y cesó de respirar.
Yo cubrí su cadáver con una sábana. Había visto morir a tantos de mis hijos…
Cleopatra fue la última reina de Egipto, el último de los faraones. Tras su muerte Egipto fue anexado enteramente a Roma y se le asignó un gobernador. Muchos siglos más me esperarían aquí en mi amado Egipto. Pude ver como despellejaron viva a la brillante filósofa Hipatia de Alejandría, pude ver al sultán de Egipto, Saladino, defendiendo honorablemente la tierra que él consideraba santa durante las Cruzadas y llegué a presenciar la ocupación que hizo Napoleón de nuestras místicas tierras.
Roma, Francia, Inglaterra, Unión Soviética, Estados Unidos… el imperio que manipulaba a Egipto variaba, pero no así la corrupción y la maldad en el corazón impío de los hombres.
La guerra contra los vecinos cananeos también era distinta. Quizás ahora se llamaban israelíes y utilizaban aviones, tanques y bombas en vez de espadas, flechas y lanzas pero la crueldad, la masacre y el derramamiento de sangre por parte de ambos bandos seguían siendo igual de crudos y sinsentidos.
No padre… te equivocaste… la inmortalidad no es una gloria sino una maldición…