EL TERRIBLE KWARK

Miré la puerta con desprecio y volví a observar a John, mientras se alejaba, y me sentía impotente. Así que una rabia de adentro de pronto me provoco que pateara aquella puerta desahogando mis frustraciones.

- Ábrete maldita – abrumado caí pesadamente a la par de ella

- Solo di la palabra correcta – dijo una voz sin saber de dónde provino

- ¿Quién anda por ahí? – Miré a mi alrededor

- Deja de lamentarte y di la palabra correcta – Volvió a repetir aquella voz

- ¿La palabra correcta? ¿Cuál palabra correcta?

- Con razón ninguna puerta se te abre – dijo aquella voz desconocida

Aquella intervención me provoco más rabia de más de la que ya tenía. Me reincorpora y busque alrededor de aquella estructura cónica, y otra vez frente a la puerta, revisé cada centímetro de ella, en procura de encontrar una ranura, algún dispositivo de audio u otra forma de entrar.

- ¿Acaso esperas que te den la bienvenida solo porque así, ¿ah? – otra vez aquella voz que empezaba a molestarme

- ¿Ah, sí? ¿Con mi arrolladora personalidad? Voy donde quiera y soy recibido por todos

- Pues eres tú quien sigue afuera de la puerta

- Porque simplemente son unos desconsiderados – apuntaba hacia algún punto percatándome que estaba hablando completamente solo y no apuntaba a nadie en particular

- ¿Desconsiderados? Mmm, ¿solo por qué no te dejan entrar?

- Así es. Lo más civilizado es ayudar a quien está en problemas, como mi amigo y yo – Cansado me senté a un lado de la puerta – Pero está bien si no quieren dejarme entrar está bien, no insistiré. Descansare un rato y luego seguiré a mi amigo.

- ¿Es lo único que quieres hacer? – Me preguntó aquella misteriosa voz

- Si, - ya agotado – solo déjame en paz, ¿quieres?, solo quiero descansar,.. por favor

No había terminado la frase, cuando la puerta se deslizo hacia la izquierda, habilitando la entrada.

- Bien dicho. Esa era la palabra correcta que debiste decir desde un principio. Ahora ya puedes entrar.

Me levanté incrédulo, miré en el interior y se notaba más amplio que afuera. Miré al horizonte y aún podía ver a John, y con mis brazos le grité para llamar su atención y esperar que regresara. John, giró su cabeza, sonrió y de pronto desapareció debajo de una duna de arena, como si la tierra se la hubiera tragado. El cielo de pronto se tornó oscuro, desaparecieron las nubes, y la tierra empezó a temblar. Inmediatamente ingresé al interior del cilindro, mientras la puerta roja se cerraba detrás, y de repente todo se tornó en una calma apacible.

El rojo era el color principal de aquel interior. Pensé que había llegado al infierno por las alusiones a ese color de mi educación eclesiástica de mi niñez. Por un momento me quedé atónito y luego mi mente volvió a centrarse por la suerte que hubiera corrido John, yo lo había traído a aquella tonta aventura y ahora lo había perdido. Un personaje en forma de hongo, de apenas 50 centímetros de altura, salió de una portezuela en la pared y se dirigió a mí, mientras mi corazón palpitaba a mil por segundo.

El pequeño tricolor con una especie de lentes en lugar de ojos, estiro su brazo con una mano de tres dedos y señalo hacia un corredor que se ilumino delante de mí, y en el cual pude ver siete puertas de diferentes colores. Volví a ver a mi minúsculo anfitrión, quien no me quitaba la vista de mi rostro.

- Deseas que vaya al corredor o quieres que entre a alguna de las puertas – Fue lo primero que se me ocurrió – El chiquitín cerró sus ojos y volvió a abrirlos mientras señalaba al mismo lugar

- Creo que es tan obvio que te parece que estoy haciendo preguntas tan tontas – De pronto miré que de no sé de donde se dibujó una especie de sonrisa al pequeñín, confirmando que se burlaba de mí. Ni modo comencé a moverme y de pronto entendí el por qué la risa del kwark, como lo apodé por el ruido que produjo la sonrisa. Pues una especie de fuerza invisible no me permitía continuar hacia adelante pero si me detenía exactamente en la primera puerta, así que miré a mi amiguito quien no dejaba de mirarme y luego ingresé a la puerta dorada.

Con un poco de temor ingresé a ese lugar oscuro y detrás de mí cerré la puerta. Todo el lugar se iluminó y más de cien jóvenes vestido a la usanza de los sesenta bailaba sin parar en aquel lugar, con los adornos típicos de las discotecas de la época de la sicodelia pero fuera de lo visual no escuchaba ni risas ni música. Avancé mientras esa gente me ignoraba. A un lado habían parejas haciendo el amor sin tapujo alguno sobre la alfombra y en otro sector, un grupo de hippies fumando hierba formando un círculo y riendo desenfrenadamente, más adelante mujeres vestido de sotana con unas ligas en la cabeza, con panderetas felices cantando algo que no escuchaba. En realidad me sentía extraño.

- Hola, ¿Gabriel, cierto? – Dijo una voz proveniente entre la multitud, y poco a poco divise a una rubia, semidesnuda que se aproximaba a mí, con unos dientes perfectamente blancos, lunares en todo el rostro, una bella sonrisa, ojos azules y por lo menos de unos diecinueve años de edad.

- Perdón ¿Cómo sabes mi nombre? – No salía de mi asombro ante aquella diosa de las medidas perfectas - ¿Te conozco?

- ¿Crees conocerme? – Me replicó la chica

- Perdón ¿Cómo? – volví a ver a mi alrededor – Disculpa ¿Dónde me encuentro?

- En el año mil novecientos sesenta y nueve, creo que es suficiente información, deseas beber algo? – y me ofreció dentro de una lata de tomates, una bebida color dorado

- ¿Qué es? – Aunque lo bebí me sentía aprehensivo

- ¿Tienes sed, no? – En un lado de la habitación se abrió un monitor donde pude ver una parte de mi travesía en el desierto donde solicitaba agua para saciar mi sed

- Ah, ¿Eso? – me sentía estúpido – si claro, tenía sed, si pero fue en ese momento ahora ya no – quería inventar cualquier cosa con tal de no beber aquella pócima extraña – lo avergonzado fue verme desahogar mi vejiga en el mismo monitor

- Bueno, qué lástima, creo que después de aquí no habrá nada que beber – y se iba a retirar con la bebida cuando me di cuenta que la sed estaba aún presente y el temor se apodero de mi al conocer que no tendría otra oportunidad para beber algo, doblegó mi temor a las consecuencias que pudiera provocar aquella bebida, que casi me abalance sobre la bella mano de la chica para quitarle aquella lata de tomate –

- Gracias, pensándolo bien, creo que voy a aceptar tu bebida, no quiero ser mal educado con una chica tan linda como tú – y seguidamente comencé a beber. Fue lo más delicioso que había tomado jamás, que cerré mis ojos para disfrutar cada gota de aquel néctar. Una vez que me acabé aquella bebida, abrí mis ojos y de un pronto a otro todo había cambiado. Un calor se apodero de la habitación, mientras una música sonora y grave salían de las paredes con pequeños gritos de dolor.

Mi bella dama, ya no era tal. Se había transformado en un ser completamente feo, con colmillos, cabello canoso, ojos hundidos y piel arrugada y café, con babas en la boca sonreía mientras me miraba. Aquellos jóvenes no existían y en su lugar la habitación se había poblado de seres demoniacos que tenían pechos caídos, rabos y cuernos en sus frentes, muchos de ellos con el cuerpo oscurecido. Si antes tenía temor ahora el miedo se había apoderado de mí.

- Creo que ya es hora de que me vaya – le dije a aquel demonio que me había ofrecido la bebida mientras le extendía la lata de tomate, que en su lugar era un cráneo y observé que residuos de sangre había en el fondo y no el líquido dorado.

- ¿Por qué te quieres ir, Gabriel? ¿No deseas quedarte con nosotros, o conmigo? – Me dijo con una voz ronca pero seductora

- Realmente no puedo, créeme, el calor no me hace bien – y poco a poco caminaba buscando el fondo de la habitación donde ya había divisado la puerta de salida

- ¿Qué? ¿Acaso no me consideras bonita? – Volvió a decirme aquel adefesio que también caminaba hacia mi

- No lo tomes a mal, seguro eres la más bella entre estos…estos muchachos y muchachas, pero creo que no soy tu tipo

- Tú me gustas mucho, y por eso le dije al maestro que eras el ideal para que tengamos crías aquí abajo – Y con sus garras se sostuvo su vientre

- Me siento halagado y se nota que tienes buen gusto, en serio, pero en realidad hay unas cosas que tengo hacer primero, tal vez, en otro momento podamos tener tiempo para…

La carcajada de la mujer retumbó por todo el lugar, mientras el resto de demonios le hacían eco con gritos y sonidos guturales que invadieron aquel espacio, mientras me movilice más rápido hacia aquella pequeña puerta. Casi al llegar sentí la garra en mi hombro y no pude contenerme y grité con todas mis fuerzas. Al girar mi cuerpo, todo aquello había regresado a la normalidad, y la hermosa chica me sonreía mientras me tomaba del hombro.

- ¿Qué te pasa, Gabriel? ¿Estás bien? – Me dijo con su bello rostro angelical

- Mira, solo quiero salir de aquí, no, no quiero seguir aquí, gracias, como quiera que te llames

- Pero aún no ha empezado la fiesta y sé que te va a gustar – Era increíble el brillo de aquellos bellos ojos y el resto de la gente se había detenido a ver esta escena y habían dejado de hacer lo que les vi hacer cuando ingresé.

- Claro, seguro – trataba de recuperar la compostura y tragar saliva – seguro que va a hacer una gran fiesta pero realmente te lo agradezco pero en realidad tengo otras cosas pendientes que debo hacer, tal vez en otro momento créeme

- ¿Me lo prometes que volverás? – Sonrió ella

- Si me sigo portando mal, créeme que aquí volveré sin lugar a duda – Le quité su mano de mi hombro y tome la perilla de la puerta y sin darle la espalda a esa pandilla extraña Salí de la habitación y casi me caigo porque Kwark estaba casi detrás de mí y tropecé con él.

Traté de reincorporarme mientras esperaba cualquier reacción de aquel diminuto ser extraño, comprobando que ni siquiera se había inmutado, era como de hierro, simplemente me miró, cerró los ojos, exhalo un aliento de decepción y luego prosiguió hacia el corredor de las restantes seis puertas, lo cual decidí hacer caminando detrás de él, hasta que un nuevo campo invisible no me permitió avanzar mientras mi amigo se alejaba. Estaba a merced de la segunda puerta.