EL INICIO DE UNA LEYENDA. EL INTERNADO

Era una noche fría y lluviosa; con truenos y relámpagos, que iluminaban el pequeño dormitorio de Emily, una niña de 6 años, que se arropaba con las sábanas, y gritaba del susto al escuchar cada uno de los potentes rayos, que de vez en cuando, caían a lo lejos. Las figuras que se dibujaban en las paredes del cuarto, le provocaban temor, por lo que llegado el momento, no tuvo más remedio que llamar a su mamá, quien al grito, subió a la recamara, y prendió la luz de la lámpara ubicado sobre una mesita al lado de la cama. Le besó la frente y la abrazo, pues se notaba el temor de su pequeña hija ante los ruidos de la naturaleza.

Mamá:- ¿Qué te pasa, hija? – sentía el nerviosismo en el cuerpo de su hija, a causa del temporal, incluso cuando algunas ramas tocaban a la ventana, mecidas por el viento

Emily:- Tengo mucho miedo, mami

Mamá:- No tienes porque tenerlo, hija, es simplemente agua y viento

Emily:- Si, pero – volvía a ver hacia la ventana – hace mucho ruido y no puedo dormir

Mamá:- Ya veo – la miro con dulzura - ¿Y, quieres que te acompañe?

Emily:- Si, mami – la volvió a abrazar – quédate conmigo

Mamá:- Muy bien, princesa – se sentó a su lado y se acomodo en el respaldar – voy a estar aquí un rato contigo

Emily:- ¿Puedes leerme un cuento? – se acomodo a su lado

Mamá:- No es una mala idea – le peinaba su sedoso cabello – y el momento es ideal para hablarte sobre Berenice, la joven guerrera

Emily:- ¿Berenice? ¿Nunca la había escuchado, mami? – le entro una suma curiosidad por oír el relato

Mamá:- Fue una noche igual a ésta, que tocaron a la puerta de un orfanatorio, que era atendido por unas agradables monjitas

Emily:- ¿Y quién era, mamá? – se sentía tan intrigada que iba olvidando que afuera había un temporal

Mamá:- Bueno, hija, tendrás que tener paciencia – le sonrió – y dejar que te cuente toda la historia desde el inicio y sin interrupción ¿ah?

Emily:- Si, mamá – la abrazó cariñosamente y se sonrió aceptando la condición.

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Nadie sabía, con exactitud, como esta niña llegó al internado de la Buena Esperanza, en Monte Tabor, lo cierto era que, durante una de las noches más lluviosas, el timbre de la puerta principal, sonó repetidamente y la hermana portera, al atender, encontró a la criaturita llorando envuelta en un cobertor color turquesa, con una pequeña medalla dorada, colgada a su cuello, con el nombre Berenice. Sin una nota y sin conocer el paradero de los padres biológicos, la pequeña desde entonces, convivía entre las paredes del internado, bajo los cuidados amorosos de las religiosas. Pero lo que sí le llamo la atención, fue que la bebé presentaba una seña muy peculiar en su cuerpo. Se trataba de un diminuto lunar en el lagrimal del ojo izquierdo, que la hacía muy especial.

Berenice, crecía, corriendo y saltando por cada rincón del internado, y rápidamente sobresalía por su personalidad vivaz, entre el resto de las niñas. Una mañana, un sonido muy conocido inundaba las instalaciones del internado y tanto alumnos como alumnas, atendían a ese llamado, apresurándose a llegar a la capilla, para participar de la homilía dominical, todos, menos Berenice, que al igual que todos los domingos, se escabullía del dormitorio, para visitar las gallinas y los pollitos, que se criaban en una granja contigua, cuyos dueños eran quienes arrendaban a las religiosas la amplia infraestructura, para atender a los niños y niñas sin hogares.

Al cumplir los cinco años, a las instalaciones, llegó Margot, una agraciada pero tímida chiquilla, de tez blanca, y pecas en la nariz y pómulos, quien usaba unos anteojos de marcos redondos, que no despertaba el interés de ninguna de las niñas del internado, para relacionarse con ella, excepto la inquieta Berenice, quien rápidamente congenió con la recién llegada, convirtiéndose ambas en amigas inseparables. Cada vez, que aquella planificaba alguna travesura sin consecuencias fatales, Margot, sufría, ante el temor de que pudieran ser descubiertas, como el día en que salvaron a las ranas que servirían para ser diseccionadas en la clase de biología para los alumnos de años avanzados. Nadie supo que paso con los batracios.

Algo que si estaba claro era que, ni Berenice ni Margot, mostraban interés por los reglamentos ni los cursos de religión, que con tanta devoción, las monjas se empeñaban en enseñarles a ellas y a los huérfanos. La Madre Superiora, ante esa falta de interés de las niñas, conversó con el cuerpo de instructoras y profesoras, para que con paciencia se avocaran a transmitirles buenos valores, que al final serían las herramientas que les ayudaría a enfrentar, algún día, al mundo exterior. En cuanto a la fe, ella tenía la completa esperanza de que las muchachas fueran pronto adoptadas por alguna familia católica que batallara con ese tema. Muchas monjas, deseaban, simplemente salir sin daño alguno de las travesuras de las dos niñas.

A los 9 años, sentadas sobre el techo del edificio más alto, admirando la luna, ambas se hicieron prometer, que nada ni nadie las separaría, y serían amigas para siempre. Así, abrazadas en camisón, sellaron ese pacto de “hermanas”. Por eso, cada vez que una pareja llegaba al internado a realizar una visita, con fines de adoptar a una niña, ambas se comportaban de tal forma, que con su conducta buscaban la forma de convertirse en inelegibles para las posibles familias. En una ocasión, Berenice, se vistió andrajosa y se llenó de lodo la cara, cuando la hicieron llamar para presentárselo a unos buenos cristianos. Margot, reía en el segundo piso, muy cerca del salón, con sus manos llenas de lodo, pues había sido la maquillista de su amiga. Igual, ocurrió cuando le toco su turno, pues, por consejo de aquella, mostro falta de refinamiento al masticar un pedazo de pan, hurgarse la nariz y rascarse a cada rato el cuero cabelludo, ante otra pareja. Definitivamente, la Madre Superiora, no sabía qué hacer con ellas dos.

Al cumplir ambas 10 años, una noticia fatal les esperaba y la cual impactaría a todos los residentes de la Buena Esperanza. La esposa del dueño de la granja, había recien fallecido, sin que pudiera haber concebido hijos, por lo que su esposo, el viejo granjero, decidió vender las instalaciones del orfanatorio, y su granja, y mudarse lejos de ahí. Las monjas, no tenían más remedio que buscar un nuevo lugar, por lo que acudieron a las máximas autoridades de la Iglesia, quienes desafortunadamente, no podían ofrecer respuesta alguna a las religiosas. La única alternativa era que debían ubicar a cada niño y niña con alguna familia, o en otro refugio para huérfanos. Eso implicaba el cierre definitivo de la Buena Esperanza, después de 50 años de servicio, donde muchos chicos, encontraron una oportunidad para no deambular por las calles, y posteriormente encontrar un cálido hogar.

Poco a poco, las monjas, se encargaron de distribuir a quienes no fueron elegidos, a otros centros infantiles, administrados por fundaciones o por el gobierno. Así, que a lo largo de dos meses, eran pocos los niños y niñas, quienes esperaban ser adoptados por alguna familia. Una mañana, una alta mujer, delgada pero de porte elegante, llegó al orfanatorio. Su maquillaje y gran sombrero color rojo, le hacían mirarse como una dama de sociedad. Su vestido corto, color rojo con un fajón negro, la causaba gracia a las niñas que la veían llegar, acompañada de un pequeño hombrecillo, calvo, de mirada picara, que frotaba mucho sus manos, y caminaba cómicamente detrás de la señora. Fue atendida, como era costumbre, por la Madre Superiora, en su oficina. Se hacía llamar “Condesa Margarita”, y según le comentó a la Madre Superiora, ella y su esposo, el Conde Lufón, deseaban adoptar a una niña con quien pudiera compartir la felicidad de su hogar.

La Madre Superiora, veía en aquella extraña pareja, una buena oportunidad para que alguna de las dos niñas, que aún permanecían en la casa, pudiera encontrar un buen hogar, ya que la Condesa Margarita, y su esposo, se veían personas muy adineradas. Así, que los llevo a mirar el dormitorio, donde las niñas, ya bañadas y vestidas, se colocaban de pie al lado de sus camas para recibir a los invitados. Una de ellas era Berenice, quien, al mirar a la pareja, comenzó a bostezar y a pararse mal. Margot, se reía, pero se cubría la boca, para que sus risas no fueran tan sonoras. La Condesa Margarita, pasó rápido una revista a las ocho niñas, mientras colocaba un dedo de su mano derecha por debajo de su nariz, cada vez que se aproximaba muy cerca del rostro de cada una de ellas, y luego continuaba la revisión, con cierto desdén. Al final, se irguió frente a todas ellas, y luego de un nuevo repaso visual, señalo a Margot. Una monja, la tomo de la mano y la llevo a la oficina de la Madre Superiora.

Berenice, subió a la ventana del dormitorio, y por el tubo, bajo, corriendo entre el jardín, hasta ubicarse en el exterior de las ventanas de la oficina de la Madre Superiora, para observar como entre ésta y la misteriosa Condesa Margarita, se cerraba el “trato” para que se iniciara el papeleo de adopción de Margot. Eso aterro a Berenice, quien corrió a la puerta principal de la oficina, y luego de una fuerte inhalación, abrió la misma, ante la sorpresa de los presentes.

Madre Superiora:- ¿Qué es esto, Berenice? – se levantó perturbada y con su voz grave por el atrevimiento de la niña

Berenice:- Madre Superiora, ella no puede llevarse a Margot – señaló a la Condesa Margarita, quien inmutable y cómodamente sentada se limito a cruzar sus piernas

Madre Superiora:- ¿A qué te refieres Berenice? – se asombró al escuchar aquella afirmación

Berenice:- Esa niña come mucho, señora – se puso frente a la Condesa Margarita

Margot:- Es cierto, como casi todo lo que encuentro – se coloco al lado de Berenice, con tal actitud que se mostraba ansiosa en convencer que la señora se desencantara por ella

Conde Lufón:- Por eso no te preocupes, niña – se adelanto a contestar – en casa hay mucha comida

Madre Superiora:- Berenice, haz el favor de salir en estos momentos – le dijo enérgicamente a la niña

Berenice:- señora, por favor, no puede llevársela a su casa – su tono de voz era cada vez más suplicante

Conde Lufón:- ¿Y por qué no? – mirando temeroso a su esposa en espera de que ella no le llamara la atención por su intromisión, al seguir la conversación con la niña

Berenice:- Porque ella es mi mejor amiga. Desde que estamos así de chiquitas – movía sus deditos frente a la cara de la señora – somos inseparables. Hacemos toditito siempre juntas, créame, señora, ella va a llorar y llorar por no estar conmigo

Aquello era como la señal para que Margot, jugara su papel, y así fue. Se puso a llorar con tal convencimiento que parecía que iba a vaciar todas las lágrimas que poseían sus ojos, incluyendo sus ademanes. La Madre Superiora, se impresionó ante la lealtad de las dos niñas, que no sabía si reír o llorar, ante aquella escena teatral que ambas protagonizaban ante aquella elegante señora.

Madre Superiora:- Bien, Berenice, entiendo lo que pretendes, pero debes dejar que Margot, tenga esta oportunidad de conseguir una familia que la ame y la quiera – le tomo de sus hombros mientras Berenice, compungida bajaba su mirada

Condesa Margarita:- Me llevare a las dos, Madre Superiora – dijo educadamente, mientras se levantaba, y se colocaba los guantes negros de seda en ambas manos

Madre Superiora:- Dios la bendiga, Condesa – le sonrió, mientras las dos niñas se abrazaban entre sí

Las niñas no tenían mucha ropa que empacar, así que la Condesa, permitió que lo poco que tuvieran fuera distribuido entre el resto de las huérfanas, y de esa forma, le podrían sacar mejor provecho, mientras ella se comprometió en proporcionarles mejores atuendos a las dos chiquillas. Fue así, que las condujo a una elegante mansión, en las afueras de la ciudad. El suntuoso vehículo negro, se estacionó frente a la puerta principal. Desde el segundo piso, en una ventana, la mirada fría de una joven de 17 años, observaba la llegada de las nuevas residentes. Era, Dari, la única hija de la pareja, quien había abandonado los estudios para dedicarse a la pintura. Sus padres, les pagaban a tutores para que llegaran a la casa a enseñarles, aunque jamás ponía entusiasmo de su parte para aprender. Era mal criada y fría como su madre.

Una sirvienta de mediana estatura, regordeta, vestida a la usanza de las criadas, no mayor de 50 años, salió a recibirlas. Conforme a las instrucciones de la Condesa, les dio un baño de agua tibia a las niñas, les cepillo los dientes y les peino los cabellos, para luego, vestirlas con unas prendas de poca calidad y de un tono gris. Ambas chicas, estaban felices de estar juntas, pero se sentían un poco incomodas con la soledad y silencio que reinaba en aquel gran inmueble de tres pisos, y que abarcaban más de dos mil metros de construcción. Todo era muy lujoso, lleno de más de veinte cuartos, candelabros, pinturas, muebles exóticos, parecía más un castillo medieval que una casa de habitación. Las niñas fueron llevadas a un gran comedor, donde los dueños y Dari, estaban a punto de cenar. La Condesa Margarita, las vio de reojo, y luego tomo una servilleta y limpió la comisura de sus labios y aparto su vista de ellas.

Condesa Margarita: -Adelaida, tal y como te lo prometí desde ahora en adelante tienes dos pares de manos para que te ayuden con los quehaceres de la casa – le dijo a la sirvienta y ama de llaves

Adelaida:- Si, señora, como usted mande

Dari:- Mamá ¿Para qué trajistes a estas piojosas? – se refirió despectivamente de las dos niñas, quienes mantenían cabizbajas

Conde Lufón:- Tu mamá considero que la pobre Adelaida, por su edad, iba a necesitar de ayuda con las cosas de la casa, cariño

Dari:- ¿Acaso estoy preguntándote algo, papá? – le dijo furiosa y volvió a mirar a la Condesa – Pero, Adelaida, puede seguir haciendo las cosas como siempre ¿Verdad, Adelaida? – miró a la sirvienta

Adelaida:- Si, damita

La Condesa, golpeó la mesa con su mano derecha, indicando que el tema había llegado a su final. Dari, se contuvo, guardo silencio y bebió un poco de vino.

Condesa:- Fue un buen negocio, dos ayudantes por el precio de uno ¿No es así, Lufón? – y se puso de pie y se marcho, seguido de su hija

Conde Lufón:- Si, mi amor – en voz baja, porque no le permitieron responder

Adelaida, se llevo a las niñas, detrás de la cocina, donde había un pequeño sótano, y ahí las acomodo, en dos camitas sencillas. El aposento estaba iluminado por un bombillo, y rodeados de cajas de refrescos, y latas de comidas, y una gran lavadora, que hacía mucho ruido cuando estaba en funcionamiento. Las niñas, sonreían al mirar que las cosas por más mal que se veían, no iban a permitir que las separaran, tal y como se habían jurado entre ellas. Esa primera noche fue de mucha conversación, apoyándose la una a la otra, hasta que finalmente el cansancio de las emociones del día las venció y durmieron profundamente, pero no por mucho tiempo, ya que sin que despuntara el alba, Adelaida, fue por ellas dos. Las despertó y se las llevo al patio, a limpiar las hojas caídas, y luego, a lavar la ropa de cama; remover unas grandes sábanas, y luego, a lavar los platos y cubiertos. Cuando Adelaida, les dio de desayunar en la cocina, las llevo a barrer y cepillar los pisos de cada nivel y cada cuarto, menos el principal, al que solo Adelaida, estaba permitido ingresar.

Dari, no hallaba el momento para fastidiar a las pobres niñas, tirando basura, por donde ellas ya habían limpiado. Cascaras de bananos, nueces, o rastros de papel achocolatado. Las llamaba, a cada momento, para que le llevaran un vaso de jugo de naranja, o simplemente, para que le sostuvieran la paleta de colores, mientras acomodaba el caballete, o cuando pintaba. Era totalmente insoportable. Incluso, las hacía lustrar todos sus 20 pares de zapatos, una y otra vez. Ya más tarde, Adelaida, las ponía a pelar papas, cortar tomates, pepinos, rábanos, y cualquier cosa que se le ofreciera a ella, quien ahora tenía más tiempo para leer sus novelas o escuchar la radio, sin importarle el esfuerzo al que eran sometidas las dos huérfanas.

Berenice, comenzó a cansarse de la situación, así que con el pasar de los meses, en alianza con Margot, puso un alto a las injusticias de Dari, y una mañana cuando ésta inició su acostumbrada actividad de pintura, con estupor se enteró, que los compuestos de sus colores, estaban completamente endurecidos. Se puso furiosa, y llamó a las niñas, para preguntarles sobre lo sucedido, a lo que ellas, inocentemente, respondieron ignorar. Otro día, Dari, debía asistir a una fiesta con sus amigas, por lo que cuando llegaron a recogerla, con solo cinco escalones faltantes para bajar, uno de los tacones de sus hermosos zapatos, se quebró, y ella cayó irremediablemente al suelo, ante las risas de sus compañeras. Su reacción, además de vergüenza, fue de repentino enojo, contra quienes sabía, eran las autoras de semejante traspié, pues, comprobó que el tacón quebrado, había sido recién aserrado.

A los días siguientes, luego de una lucha continua, entre las niñas y Dari, llego el momento de que ésta debía terminar con todo, y se reunió con la Condesa Miranda, quien, pasaba más tiempo en los clubes, y reuniones sociales, que en la casa. Dari, luego, de acusar a las chicas, de las desgracias que le estaban ocurriendo, le propuso que, las expulsara de la familia. Adelaida, había informado a la Condesa, que las niñas habían resultado muy buenas ayudantes y por ello, las tareas en la mansión, eran no sólo más fáciles, sino más eficientes. Este fue el punto más fuerte por el cual, la Condesa, rehusó a considerar lo formulado por su hija, y más bien, le hizo hincapié a que Dari, era mayor a ellas dos, y era imposible, que dos niñas le estuvieran fastidiando su existencia. Dari, no podía creer lo que estaba escuchando, pero en el fondo sabía que la Condesa, tenía la razón, por lo que era importante contar con la ayuda de sus amigas, para vengarse de las “mocosas” como ella les llamaba.