El jardín de los huesos III
El tiempo pasaba, el hedor se había impregnado en el lugar, así como la mirada agónica del hombre que luchaba por meter más aire a su cuerpo; del pedazo de su pecho que se convirtió en madera sólida, la carne se resentía por su contacto, cayendo trozos a cada tanto haciéndolo sangrar de manera profusa. Moriría desangrado.
Aun así, el par lo arrastro en otra dirección del bosque, consolándolo con dulces promesas de mejoría.
Koréen solo había visto a alguien hacer tal magia.
“¡La abandoné!” Pensó con miedo, cubriéndose a boca con sus manos a pesar de su herida en el rostro.
El tiempo en que el bosque recuperaba su calma parecía hacerse eterno. Aunque fuera de su psicosis momentánea, las criaturas del área anunciaban el peligro. Escabulléndose entre los accidentados caminos rio arriba. Otros prefieren probar la fortaleza de sus nidos bajo tierra.
Koréen espero con ellos, unas horas se convirtieron en segundos al primer crujido de la arboleda. El hilo de sus muñecas se tensionaba con lentitud y de la manta de musgo se habría un espacio del cielo.
— Te encontré— la amable voz de Rosario término por calar su valor.
Cediendo al tirón de ella, fue sacada de su escondite. No se resistió, manteniendo la cabeza baja, esquivando su mirada, ¿la entregaría? ¿Le haría lo mismo que al barrigón? Su cuerpo se estremeció en el momento en que los guantes de Rosario rozaran sus muñecas.
— Mi mal— se disculpó.
La mujer mordería el cuero para sacárselo con dificultad, momento en que Koréen aprovecho y la vio desde más de cerca. Su falda estaba manchada de hierba y tierra, un poco revuelta. Tanto sus brazos como su rostro lucían un tono rojizo, en un par de días se tornaría en un violeta vomitivo. Su labio inferior se hallaba partido, haciendo incómoda su acción de quitarse los guantes.
— Sí que te hiciste un buen nudo— hablo por lo bajo, sus manos eran pequeñas, finas, como dos tallas menos que sus guanteletes. Koréen curioseo en su rostro magullado, a esa distancia pudo apreciar la gema en forma de gota de su frente, una de las cuencas se notaba vacía, antes no era muy notorio, pero con este defecto añadido se había formado un grupo grisáceo en medio de la gema. Era visible para cualquiera. — Ya estas
—… ¿Y los hombres? — pegunto aún con la guarida alta.
— Tuve que ponerles en su lugar— afirmó convencida de no haber hecho nada malo; ambas imágenes se superpusieron en la mente de Koréen causándole amargura, siendo notado por Rosario, añadió con su voz gentil— aunque la violencia fue mi último recurso. Lamento haberte arrastrado por mi carácter endeble. Gente así, solo pondrá cara ante personas como Kiara. Sería un problema si descubren nuestra “pequeña carga”.
Koréen tanteo el terreno.
— Podríamos negociar como lo hicimos con Paul.
Rosario le entrego una mirada compasiva, de esas que te decían en silencio “que ingenuo es pensar eso” aunque si gozara del rostro resto de Alecksz esas palabras se habrían convertido en un “serás imbécil”
— No— Rosario le trasmitió su preocupación a Koréen, su persona seguía siendo gentil, pero en el borde de sus ojos se instala el miedo— ellos no quieren solo un poco, desean todo; su líder no aceptará menos, créeme. Tenemos que reunirnos con los demás por nuestro bien, pronto.
Rosario liberó de la atadura a Koréen, volviéndose a colocar los guantes, buscaría dentro de sus faldas a la pequeña ave que había distraído a los hombres, arrojándola hacia los cielos, se alejaría con rapidez.
— El ave es una forma de localizarnos, aun si el hilo se ha roto, solo podemos esperar a que lo vean y los guie hasta nosotros. — Koréen vio cómo algo tan delgado se había resistido al filo de la espada y a modo de controlar el miedo en su interior, preguntó.
— ¿Qué es eso?
— Es hilo de araña. — Rosario se encaminó entre la arboleda, incitando a andar a tientas por el bosque. Teniendo a Koréen a sus espaldas, que la seguía mientras veía erráticamente a su alrededor. — Puedes poner un hilo sobre otro, muchas veces; hasta crear uno más resistente que el acero, aunque es igual de frágil que una voluta de polvo.
Koréen se centró en la espalda de Rosario, su apariencia la hacía ver suave, simpática, tanto, que su actuar más resiente se perdía en el fondo de su mente. Logrando que bajase su guardia ante esta mujer.
— ¿Sabes dónde estamos?
— Sí, muy cerca de las cavernas, ya te lo dije, ¿no? Estos caminos ya deben serte familiares.
— La verdad es que no— su respuesta estaba cargada de ingenuidad, adelantándose con su lengua suelta— no recuerdo mucho de nada.
Posterior, Koréen se llevó las manos a su boca, Rosario no la veía gracias al cielo. Aunque espero el típico interrogatorio que sigue a esa afirmación, no hubo nada más que un silencio extendido.
Sintiéndose incómoda, Koréen se centró en los alrededores, atenta a cualquier cosa que le parezca un poco extraña, llegando a sospechar hasta de las sombras de las ramas, el tiempo avanzaba dentro del bosque sin que uno lo notase y la noche podía ser peligrosa en aquel lugar.
— … En realidad, Kiara me necesita— susurró Rosario con voz atona— ese es el problema del Don de Kiara, la información, puede manipularla, crear en base de esta; pero nada es perpetuo, todo cambia y paga con su cuerpo esa diferencia. Manejar un Don es un problema, me costó dominarlo y ahora ella me necesita por eso ¿tele transportación? Tuvimos suerte en que estuvimos por aquí hace poco y que fuese tan predecible.
No entendía que sucedida, aquello le parecía una confesión, ¿o una despedida?
— Me dijiste algo que se oía importante… pensé, que debía devolver el gesto— fue breve, pero la mujer se giró a concederle una cálida sonrisa antes de seguir andando.
Inconscientemente, había detenido su andar para ver la espada de Rosario alejarse cada vez más, hasta que pronto se detuvo en seco, no hablo más y fue solo ahí cuando Koréen se extrañó por lo callado del bosque, ni siquiera el chapoteo habitual de los peces se podía oír, era total silencio. Siguiendo sus instintos se apegó a uno de los árboles más robustos que tenía cerca, en un intento de fundirse con su sombra y pasar desapercibida de aquello que las asechaba.
Rosario se giraría hacia Koréen, entregándole una sonrisa dulce que no llego a sus ojos y que erizaría los pelos de quien la viese. No entendía por qué, pero Koréen recupero el impulso de salir corriendo.
Las pisadas apresuradas empezaron a oírse a lo lejos, ya era tarde para huir, en el momento en que regresaron de su sorpresa, las figuras de Alecksz y Kiara se asomaba entre la arboleda. El sentimiento de alivio arrasó su nerviosismo, aunque el gesto de los recién llegados no auguraba nada bueno.
— ¡Hay que correr!— exclamó Kiara con el poco aire que le quedaba, hacer una maratón medio coja no era la mejor de las ideas.
Por instinto, Koréen intercambio miradas con el guerrero, parecía compartir los pensamientos de Kiara. Aunque por breves instantes se alarmó de encontrar la apariencia magullada de la chica; quitando el golpe de su cabeza (el cual desconocía que Rosario le había provocado con una piedra) la máscara de metal le dejó rayas por todo la cara junto a un “lindo” hematoma.
Solo que no hubo tiempo de celebrar su reencuentro.
— ¿¡Pero que tenemos aquí!? — una voz femenina provino de los árboles, oculta en las sombras. Un casco dorado se presentó entre ellas; Rosario daría unos pasos atrás, levantando sus brazos en un intento de defenderse, sacando a Koréen de su trance, indicándole que el verdadero peligro era aquel guerrero de oro.
Se carcajeó con burla, dando una mirada despectiva a Rosario, dirigió su cabeza a donde Koréen trataba inútilmente fundirse con el árbol.
— ¿Lo has encontrado? ¡Sí que lo has hecho! Déjame felicitarte por eso— Cyra parecía hablar con el par, aunque su mirar nunca se desvió de Koréen.
Dejando las sombras atrás, la guerrera saco a relucir su armadura con detalles dorados, voluminosa como ostentosa, daba paso al manejo diestro de una alabarda, que, en su diversión del momento, la giro en el aire antes de apuntar hacia Koréen. —en-tre-ga-me-lo.
Era una voz cantarina, agradable, aunque no se podía decir si era por la lentitud con la que hablaba, la burla en sus palabras o porque la alabarda apuntaba su “cabeza de armas" a la pequeña bolsa Dolphin en la cintura de Koréen.
— ¡Cyra! — llamó Rosario, la mujer dejaría cae su cabeza sobre su hombro para sacarse el casco dorado y tirarlo lejos; sin este, su sonrisa ladina destacaba de su rostro marchito. Como algo extra pasaría su lengua sobre sus labios antes de hablar con el mismo tono.
— Este no es ¡Tu asunto! — la mujer de nombre Cyra blandió en el aire la alabarda, de punta dorada y filo blanco, en dirección de Rosario; su impulso y fuerza causaría una corriente de viento que la empujaría varios pasos atrás, mientras se cubría su rostro con los brazos.
Para cuando el impulso desapareciera, en el suelo se marcaría una hendidura profunda donde había tocado el filo de la alabarda, terminando justo a los pies de Rosario, que por la impresión no puedo más que caer con las piernas temblorosas.
Una carcajada más fuerte, Cyra se reía de ella con diversión; irguiendo su postura, volvió a apuntar a Koréen.
— ¡Lo que cargas me pertenece, así que devuélvelas! — Cyra levantaría en alto su arma, sonriendo enloquecida, se dispondría a bajarla con mayor fuerza que antes.
Koréen palmeo su grimorio, lo usaría como defensa, pero la sonrisa ladina de la mujer le freno en seco, parecía gritarle que aquello no funcionaria.
— ¡¡Inténtalo!!
Cyra se giró con rapidez, bloqueando con el asta el ataque de la espada de Alecksz, manteniendo su sonrisa demente por segundos antes de abrir los ojos, sorprendida, por retroceder un poco.
El hombre había saltado en el primer hueco que encontró del ataque. Alecksz no tentó su suerte, dando un paso hacia atrás antes de que la alabarda barriera el lugar, cortando parte de la tierra con su toque. Alecksz las esquivaría para rodearla, dando pasos hacia atrás hasta alcanzar a Koréen.
Cyra se mantuvo de espalda a ellos con los hombros caídos antes de que estallase en risas; Alecksz solo podía aferrarse a su espada soltando un pequeño gruñido al sentir la piel viva en sus palmas.
— ¿Duele verdad? Nunca antes me habían hecho retroceder… así que esto será interesante.
— ¡Dáselas! — gritó Kiara, ganándose una mirada despectiva por parte del Demonio Rojo.
— Que me asegura que no tienen más por ahí escondidas, soy tacaña. No vengo por los huevos dorados, sino por la gallina que los pone.
Koréen se abrazó a su grimorio, pero la mujer no le dio tiempo a calmar su mente.
— Y aquí cuento a cuatro aves ¿Cuál será la que busco?
El bosque rugiría con fuerza, de la misma dirección de la que había salido Alecksz, los guerreros que antes que le rodearon en el lago se colocaban en filas detrás de aquella mujer, dejando que por una esquina la figura de Kiara se escabullese hasta llegar junto a Rosario. En la mano de uno de estos hombres estaría el pequeño ruiseñor de madera profiriendo un chillido en protesta.
— ¡Todos ustedes! — habló Kiara, a la par que los tatuajes en su piel se iluminasen por segundos y anunciase. — ¡No es una de nosotros, traidores, ella es un jugador!
Los guerreros a la espalda de Cyra no se inmutaron, dejando a Kiara a la espera de que todo se descontrolase, pero no, el Demonio Rojo se carcajeó con burla de sus intentos, apoyándose en su alabarda la miro con ternura.
— Estos inútiles saben lo que es la fuerza, ladronzuela, esto no es solo interesante, también es muy divertido— Cyra paseo el filo de su arma sobre el suelo, formando un círculo a su alrededor. La tierra se desprendería en pequeños fragmentos creando un vacío— Yo, nosotros, asesinos de dioses contra ustedes… vamos a jugar a atraparlos ¡Uno!
Los guerreros llevaron su mano a la empuñadura de sus espadas en un movimiento coordinado, listos a la siguiente orden.
— ¡Dos! — siguió, dirigiendo el filo a la mitad del campo antes de seguir contando— ¡tres!
Alecksz dio un paso hacia atrás a la par que veía la figura aterrada de Koréen aferrarse a la corteza del árbol, girándose lo suficiente para arrebatar la bolsa Dolphin de la cintura de la castaña, cubriéndolo con su cuerpo, susurro unas cuantas palabras.
— Toma esto y corre— Koréen vio la mano de Alecksz, tan rápido como había agarrado la bolsa Dolphin, dejo en su lugar otra de aspecto andrajoso, con un gran parche en el medio y unos cuantos hilos deshilachados colgando.
— ¡Seis!
La cuenta seguía, Alecksz bajo su espada y se encaró hacia Koréen, metiendo en sus manos la bolsa sucia y ante la mirada confusa de la castaña tomo del borde de las manoplas un pequeño objeto que igual lo encajo en las manos de Koréen. Solo ahí se dio cuenta que los guanteletes de metal tenían escamas discretas en la parte inferior y que una de esas fue removida para convertirse en un puñal corto, con una tonalidad rojiza mezclada con el metal.
— Presiona y no sueltes— el pequeño círculo que Cyra había marcado a su alrededor empezó a vibrar, extendiendo las grietas por el suelo a la par de que su conteo llegaba al final— A las cuevas.
— ¡¡Diez!!
— ¡¡Corre!!