El jardín de los Huesos IV

— ¡Koréen! ¡¡Koréen!!

Sabía que había alguien gritando su nombre a su espalda, pero no iba a girarse, no iba a detenerse, seguiría corriendo hasta dejar de sentir sus piernas.

“No estamos lejos de las cuevas”

Se lo repetía una y otra vez mientras se internaba sin rumbo entre los árboles, podía oír el bullicio de la pelea, los gritos de aquella mujer enloquecida y las corrientes violentas de aire que golpeaban su espalda.

— ¡¡Koréen ve más despacio, te vas a perder!!

Solo una mirada, se permitió una mirada hacia atrás; encontrándose con el rostro angustiado de Rosario a unos cuantos metros de distancia, tratando de alcanzarla, mientras que a pocos pasos de ella, los ojos hambrientos en sangre se camuflaban entre las sombras del bosque. Antes de que los árboles cedieran ante el filo de un arma, de una alabarda.

Koréen apretó los dientes, junto al mango del pequeño puñal, su punta era una burla como para usarla de arma y aquel demonio de mujer iba tras su rastro. Podía oír los llamados angustiosos de Rosario a cada paso que daba, el grimorio chocaría contra su cadera una y otra vez al saltar sobre las raíces elevadas, solo ahí sabría que estaba más cerca de su plantío.

Los árboles a su alrededor parecían apiñarse uno sobre otro, cortando el camino, pero siempre dejando un angosto recoveco por el que pasaría. Solo en uno sintió como sus trenzas parecían engancharse con algo, tirándola al piso con fuerza, con el sabor de la sangre en su garganta, cerraría los ojos en un intento de reaccionar.

Gritando cuando era jalada hacia atrás, zarandeo su brazo con el pequeño puñal, chocando en algo suave, pero correcto, para lograr librarse de su captor.

Ya no miro atrás, se levantó entre tropezones y siguió corriendo por los recovecos de la arboleda, notando al final de tantos; una luz enceguecedora, antes de ver el pequeño tragaluz junto a su plantío.

— ¡¡Huye, corre!!

Saliendo del último recoveco tropezaría y rodaría por la pradera. Solo ahí daría una mirada hacia atrás, donde Rosario se había atorado entre dos árboles, dejando solo el paso a una de sus manos que agitaba en desesperación.

— ¡¡Ayúdame!!

Rosario gritaría antes de desaparecer en la arboleda, si la habían alcanzado, no lo sabía y de forma asombrosa un tronco robusto se deslizó con sus raíces hasta cubrir el espacio; sellando la pequeña pradera de un muro grueso roble. Koréen solo podía ver aquello mientras jadeaba. Estaba viva y apenas se lo creía, su ensoñación no duro mucho, sintiendo el roce de las hojas picudas en su piel se detonaría su instinto de supervivencia. Arrastrándose en el suelo dando pequeños gritos hasta chocar su espalda con la muralla de árboles.

Su plantío; las hojas, los tallos, las flores, se retorcían a su alrededor con suavidad, casi como una caricia, algunos se envolverían en sus tobillos para luego rozar sus pies antes de retroceder. En la carrera había perdido uno de sus zapatos.

El plantío parecía recibirle con alegría y ante sus ojos una enorme enredadera se arrastró hasta rodear por donde había entrado, dejando a la vista los huesos blancos de lo que sería el oso con el que tuvo un encuentro hace tiempo. Koréen pego su espalda al tronco, manteniendo el aire a la espera de un ataque. Si acabaron con esa bestia-monstruo, ¿Qué sería ella? ¿El aperitivo?

Pero parecía que el lugar le tenía cierto afecto, ¿tal vez porque pensaban que las había alimentado con aquel oso? Las enredaderas no se comportaron violentas, algunas bordeaban sus raspones en un intento de calmarle. Rozándola con extremo cuidado, casi como si la consideraran algo frágil.

Buscando en sus manos ya no tenía ni la bolsa ni el puñal, tartamudeando con torpeza por ambos objetos, el plantío le respondería dejando caer sus hojas sobre su cabeza antes de reptar por el suelo en un espectáculo estremecedor. La superficie adoptaba una apariencia burbujeante hasta lograr sacar a relucir la bolsa Dolphin que creía perdida, pero esta vez, llena de moras.

Dejándola a sus pies, las enredaderas empujaron a Koréen a ponerse de pie, liberando el paso para que ella pudiese andar sin pisarlas. Dejando un camino de hierba crecida que conducía hacia el interior de la caverna, que cuando Koréen le diese una mirada confundida, parpadearía a causa de puntos de luz, de luciérnagas.

Por instantes, olvido que había corrido por su vida, aquel pequeño lugar la recibía con gusto, cada parte parecía pedirle en silencio que se quedara ahí.

El plantío empujó la bolsa llena de la fruta a los tobillos de la joven, llegando a desprender moras aún no maduras de sus troncos, casi como un niño berrinchudo tratando de convencer a alguien para quedarse.

El suelo bajo sus pies vibro, lo sentía gracias a estar descalza de un lado, la brisa se adentraba en el interior de la caverna, soltando un murmullo apacible. La cueva de Uroboros la llamaba para perderse en sus túneles. Parte del plantío empezó a reptar hacia su interior.

Sin el apoyo de las enredaderas, los huesos del oso colapsaron, trayendo de vuelta las ideas de Koréen. Presentía que había caído en una treta de aquel sitio, ¿por qué? Le era desconocido, más no halló peligro en los intentos infantiles de atraerla. Existía ese presentimiento de que aquí, no la lastimarían.

Por la estructura, pronto llegaría el eco tan familiar para la muchacha; el sonido de la batalla.

Irse o quedarse.

Una vez más el problema se planteaba. No, Koréen no tiene la necesidad de auxiliar a ninguno de ellos… aun así, por más simplona que fue el pedido de ayuda de Rosario, el impulso de salir a su encuentro no pudo ser detenido.

— ¡¡Gracias!!— gritó, tomando la bolsa para cerrarla y convertirla de nuevo a su pequeña apariencia, corrió en dirección del tragaluz, deslizándose por este. No vería el vaivén lento a modo de despedida de las zarzas.

Los muros rocosos parecían recibir con recelo su determinación, crujiendo a la par abrían camino para la joven, guiándola por los pasajes mientras las luciérnagas alumbraban su ruta. Mirando por encima de su hombro, el plantío había quedado lejos, siendo solo el silbido del viento que le deseaba suerte en su destino.

No era el momento, pero el lugar, y la herida perpetua de su mano, latieron en un mismo ser, reconociéndose como iguales por una fracción tan diminuta de tiempo, que solo el sabor agradable del hogar quedo en la mente de la joven. No lo comprendía del todo y lo poco que identificaba basto para dar el paso que la separaba.

Al final del túnel, reconocía aquel sonido; la lucha se estaba dando en la entrada, donde había encontrado una vez a Alecksz y esta vez deseaba poder llegar antes.

— Solo un poco más— se convenció, aferrándose a la pequeña bolsa.

Fuera de la caverna, Alecksz se apoyaba en la espalda de Kiara, al contar hasta el diez habían corrido en direcciones contrarias, Koréen se escabulló entre los árboles y Rosario siguió sus pasos al instante, ignorando el llamado por parte de Kiara.

Quedando solo aquel par, corrieron en dirección contraria a aquellas dos, atrayendo a los guerreros. Cyra vio un mayor beneficio el seguir el rastro de Koréen.

—Me lleva— maldijo Alecksz, habían intentado regresar sobre sus pasos, pero los guerreros los acorralaron. Atacando por los costados, no de forma letal… Parecía como si estuviesen arriando ganado.

— Cuidadito, que pueden ser tus últimas palabras— dijo Kiara, dando un pequeño empujón al hombre, encaraba a la otra parte de guerreros, no les atacaban, pero parecía que su paciencia estaba al borde. — me vais a deber una, ¿me oíste?

— Como sé que no están contigo— probó el guerrero

Kiara siseo, mientras su respiración se aceleraba, las marcas en su piel se iluminaron y oculto en la pañoleta de su cadera, la luz empezaría a salir junto a pequeños rayos a la par de que sacaba una hoz de filo curvo unido a una cadena gruesa que caería al suelo como peso muerto. Más prominente que su anterior arma.

El rostro de Kiara palidecería mientras se tambalea débilmente, quedándose segundos en la espalda de Alecksz antes de volver a tomar su postura erguida, algo que en Alecksz llamo su atención, fue notar como su piel tan abundante de runas ahora estaba más limpia, casi vacía.

— Espero que tengas un maldito plan— Kiara se apoyó en su pierna izquierda, dejando correr la cadena en su mano y solo sujetando la punta, empezando a girarla sobre su cabeza hasta que adquiriese una velocidad considerable.

Alecksz retrocedió con lentitud hacia las cavernas, sabe que si se metía ahí, ellos no podrían seguirle, pero de forma extraña, a sabiendas de la presencia de Kiara a solo unos centímetros de él, cuando dio un paso más cerca de la entrada vio como la figura de Kiara se alejaba.

De la misma forma, Kiara había visto desaparecer y aparecer a Alecksz, maldiciendo por lo bajo concentro su ataque en los guerreros ya desesperados que se acercaban al radio de su hoja.

Existía una pared invisible que los separaba a una enorme distancia. Aquel lugar solo reconocía a Alecksz por experiencias pasadas. El hombre lo sabía, internarse en su interior bastaría para librarse del problema ¿Por cuánto tiempo? Cyra era capaz de acampar noche y día hasta que salgan por comida.

No

La solución estaba en las Hermanas Jade.

Alecksz vio el interior de la caverna por segundos antes de volver junto a Kiara, mientras algunos de sus atacantes pasaban por debajo del radio de daño, él se encargaría de asestarles una estocada.

Pronto el chillido del ave los alertaría a lo lejos, Kiara vería al cielo, esperanzada por encontrar al ruiseñor de madera en este, bajaría la velocidad de la cadena, mientras Alecksz vería por el rabillo del ojo salir a Koréen de la cueva. Los elementos estaban reunidos

Los soldados se distraerían un segundo al notarla y dirigirían sus armas a la entrada de la caverna.

Del borde del campo saldría a la luz la figura de Cyra, blandiendo en el aire su alabarda para atravesar la pequeña ave de madera.

— ¡¡No!!— la voz de horror de Rosario se escucharía en el campo de batalla, se había arrojado a la espalda de Cyra, logrando que fallase en su ataque. Permitiendo huir al pajarito.

Cyra no mediría su furia y tomaría de las ropas a Rosario lanzándola a sus pies, pisando su pecho con fuerza.

— Insolente— farfulló, antes volver a pisotear su torso.

— ¡¡Rosario!!— gritó Kiara, retomando la cadena en su mano la giro diagonalmente, abriéndose camino entre los atacantes, quien se acercase demasiado, terminaría sin un pedazo de carne.

Y así paso, en breve, sus pequeñas vueltas acarreaban hilos de sangre acompañada de gritos funestos.

— ¡¡Rosario!!— llamó Kiara en desespero, siendo frenada por los hombres, podía quitar uno que otro, pero en multitud solo era capaz de defenderse. Busco hacia atrás a Alecksz con la intensión de pedir ayuda. Encontrándolo al nivel de Koréen, es decir, ya lejos de ellas. Sin opción, gritó—¡¡Rosario, hazlo!!

Las patadas que recibió Rosario la dejaron debilitada, su cuerpo no estaba acostumbrado a la lucha y la debilidad le había embargado, a los ojos de Cyra solo era una larva que se coló en los pliegues de su ropa. Levantando la bota, la bajaría con su fuerza descomunal.

Podíamos llamar al momento como un intento desesperado, la fiereza del convaleciente. Rosario logró reunir fuerza para sostener el pisotón del demonio; Cyra la miro con desprecio. Siendo indistinto en la mujer; apretó los dientes con fuerza, mientras que de sus manos el fulgor que caracterizaba a sus ojos se extendió con violencia sobre la superficie por unos breves segundos.

Rosario gritaría en agonía cuando la gema de su frente pronunciaría un chasquido agudo, parecía que se había roto. Cyra retrocedía por la fuerza de impacto, para tambalearse y apoyarse en su alabarda, mientras su rostro se desfiguraba en rabia, viendo como Rosario se arrastraría por el suelo, aferrándose a la maleza con tal de alejarse de ella.

Era difícil de verlo, la armadura que rodeaba al botín de Cyra se convirtió en madera dura y tosca, podía sentir una movilidad disminuida en la punta de sus dedos y más allá de un entumecimiento muscular, no había mucho a destacar. Salvo la incredulidad del Demonio rojo.

Kiara correría al encuentro de Rosario, sintiendo sus piernas desfallecer, su brazo fue retenido por el firme agarre de Alecksz. No pudo replicar cuando del contacto entre ellos se formó una costra metálica, junto al aluvión típico de memorias confusas que no le pertenecían. Sintiendo que su piel podría calentarse hasta desaparecer, el líquido reconfortante de las moras Zardan fue lo último en poso su raciocinio.

— ¡¡Vámonos!!— Alecksz gritaría en el oído de Kiara, no solo sorprendiéndola, sino activando su Don de forma involuntaria.

Su cuerpo se iluminaría, las runas de su piel caerían hacia el suelo antes de que un círculo de luz se extendiese a pocos metros de donde Rosario se arrastraba.

Sin poder frenarlo, Kiara vería el rostro indiferente de Alecksz, teniendo a Koréen unos pasos más atrás de él (que era seguro que la habría jalado hasta ahí). El sello ya casi formado alertaría a los guerreros por una amenaza desconocida, quedándose fuera del mismo y preparándose para el siguiente ataque.

Cyra se apoyaría en la alabarda antes de levantarla en el aire, su pierna actuaba como peso muerto, frenándola lo suficiente.

— ¡¡Rosario!!— Kiara la llamó una y otra vez; en su piel ya casi no quedaba mancha alguna y sus venas se marcaban pulsantes en la misma, a simple vista era doloroso.

La mencionada tropezaría para ponerse en pie y unos segundos antes de que el sello se iluminase por completo, Alecksz aferró con fuerza su mano a la cintura de Koréen mientras veía como Rosario daba un último salto inútil hacia ellos.

El resto fue bañado por la luz antes de desaparecer.