LA ISLA DE ORION
El sonoro graznido de Robín, el hermoso Papagayo, color rojizo, que caminaba sobre la rama de un coquero, anunciaba la visita de los primeros rayos del Sol, sobre la hermosa Isla Orión, en algún lugar del océano pacifico, los cuales lentamente se introducían por la ventana del espectacular bohío que se avistaba por encima de la arboleda de la isla. Humilde estructura construida sobre la copa de un frondoso Guanacaste, “El Nido”, como así le llamaba Miguel, se había transformado, desde hacía diez años atrás, en su solitaria morada, luego de enviudar de su único amor, con quien se había esposado cuando ambos tenían 18 años. Ahora, a sus casi 42 años de edad, este moreno, de cabello negro, ojos vivaces, color café claro y mirada tierna, se había trasladado a esta pequeña zona de la playa. La Isla, de menos de tres mil habitantes, contaba con apenas un comisariato, donde se ofrecía una limitada mercancía, para que la comunidad subsistiera sin lujo alguno.
Los habitantes de la Isla, eran familias, que en su mayoría se dedicaban a la pesca de cangrejos, langostas y camarones, los cuales pululaban en demasía en las mansas aguas que bordeaban a la pequeña Isla. Miguel, al igual que Andrés, su mejor amigo y padrino de boda, había nacido en esa Isla, y jamás había puesto un pie afuera. De hecho, su primera y única novia, fue Pilar, la hija única del Prefecto de Policía de la zona; prefectura, de la cual sólo contaba con dos oficiales, además de su ex suegro. La pareja se mudó a una casita al lado de los padres de Pilar; provista de una salita y un solo cuarto. Como todas las infraestructuras de la Isla, se encontraba edificada sobre cuatro gruesos y circulares pilares de madera, para evitar cualquier inundación que a veces era frecuente en época de invierno. Miguel, comenzó a construir el “Nido” como un proyecto a corto plazo, para mudarse con Pilar, pero la leucemia que ella padecía, no permitió que ellos llegaran a inaugurarlo como pareja.
Con el tiempo, Miguel, se acostumbro a la soledad, y su mejor amigo era Robín, un papagayo, que un día sin aviso apareció en el cocotal, y se deslizaba por la única rama que se introducía a la ventana del bohío, todas las mañanas. Al inicio fue un poco molesto por sus graznidos, pero luego Miguel, se acostumbro e incluso de vez en cuando conversaba con el animalito, como si fuera su mejor compañero de refugio. El Nido, tenía un cuarto principal, un comedor, y un espacio que deseaban destinar para una parrilla en función de cocina de leña así como unas escaleras verticales, sujetas al tronco, para bajar a las enormes raíces que sobresalían del suelo. A un lado, a unos cuantos metros, había cavado un hueco y lo rodeó con paredes de madera, para disponer de un sanitario, e ingeniosamente con cuerdas y ruedas de madera, logro aprovechar, una pequeña cascada cercana, para tener agua fresca, para hidratarse, lavar platos y preparar su comida y bebidas. Una pequeña vena de la misma cascada, se filtraba por las paredes de la pequeña montaña, hasta caer en una formación rocosa cilíndrica, que le servía de ducha personal, antes de continuar hasta una laguna. El lugar estaba rodeado de una hermosa y exuberante flora.
En la comarca, don Pepe, un septuagenario bonachón, de piel curtida por el sol, de cabello poblado de canas, quien era dueño del comisariato, era también propietario del “Oro Negro”, un salón familiar, detrás del Comisariato, donde habían dos mesas de billar, una barra con cinco asientos altos, donde don Pepe, servía licor a los parroquianos, y un pequeño televisor, sobre uno de los cuatro estantes de vidrio frente a la barra, donde también mantenía los vasos, y varias botellas de licor, de todo tipo de marca, que conseguía con Manuel, conocido como “el abogado”, un mercader de unos 30 años, que visitaba regularmente tierra firme para adquirir lo que don Pepe, requería para su negocio. El Oro Negro, solo tenía dos mesas con cuatro sillas cada uno, para atender a quienes deseaban consumir algún emparedado, o comida que no fuera marisco, por ser la dieta normal de los residentes locales. Ahí, Miguel, podía ver en televisión la única afición que lo apasionaba, y por el cual podía estar un domingo, en aquel salón junto con Andrés, y varios lugareños, y ese era el Futbol. Su equipo, el conjunto Morado de Salcedo, siempre disputaba el campeonato sin lograrlo.
Miguel, desde niño, no solo aprendió a nadar a sus cortos 3 años de edad, junto a su padre Mario y su hermano mayor, Edwin, sino también, a surfear, a cortar leña, a correr y subir por los cerros y a patear pequeños cocos con sus pies descalzos en la arena. Esto último desde que acompañaba a su padre al Oro Negro, a ver a los Morados de Salcedo, de ahí su amor por dicho equipo y por el deporte de los pies. Lastimosamente, en una tempestad, el bote en el cual pescaban su Padre y Hermano, en mar adentro, sucumbió, cuando él tenía apenas 15 años. Desde ahí paso a manos del tío Momongo, único pariente en la Isla, ya que su madre había fallecido cuando Miguel, había nacido. Las palabras que en todo momento le compartía su Padre, para motivarlo o aconsejarlo, estuvieron siempre presentes en su mente en cada actividad de su vida diaria. Por ello, salía a pescar por su cuenta para ayudar a su tío. Cazaba animales pequeños para vender en un pequeño mercado, que regenciaba doña Teresa, y que por broma lo habían bautizado “Wall Street”, porque se decía que ahí se realizaba todo tipo de negocios oscuros.
Doña Teresa, incluso, le había proporcionado una pequeña bicicleta para que le ayudara a hacer entregas a casas lejanas, por una pequeña paga. Desde la madrugada salía con los paquetes, recorría kilómetros en plano y a veces en curvas empinadas de casi 45 grados, por las faldas de los dos grandes cerros que la Isla tenía. Por esa razón, su contextura corporal era impresionante, obtenida a base de actividades físicas que correspondía a los trabajos que realizaba a diario desde pasada las 5 de la mañana hasta las 7 de la noche; o a veces, cuando salía a pescar, desde las 3 de la madrugada, junto a Andrés, el hombre de 45 años, que poseía un pequeño bote pesquero, y sin responsabilidad alguna, junto a su mujer y su hija menor de 14 años, vivían de la pesca por temporada; es decir, a veces, salía a pescar y otras veces, pasaba en el Oro Negro, o en el Nido, con Miguel. Siendo el menor de cinco hermanos, jamás sintió la necesidad de crear una empresa con su esfuerzo, que le ofreciera mayores beneficios económicos para sobresalir.
Tanto Miguel como Andrés, al igual que todos los niños de la Isla, de su generación, solo llegaron a alcanzar la educación primaria, y por tanto, mucho de su acervo cognoscitivo se le atribuía a las experiencias vívidas en la Isla. Tal como ellos, la mayoría de la población eran personas humildes y de buen humor. La información del mundo exterior era muy limitada, menos que pudieran estar al tanto de los avances tecnológicos, que representaba la computación o la internet. El único teléfono celular lo utilizaba el “abogado” Manuel, quien, por sus travesías a tierra firme, se encontraba bien informado de lo que pasaba en el Mundo, y por tanto, era el hombre más consultado por los isleños para resolver cualquier situación, o simplemente por curiosidad, era un especie de oráculo, gracias al conocimiento que poseía. Muchos le llamaban, licenciado o doctor, y sus honorarios eran siempre algún tipo de pago con mariscos. Pero afable, este hombre delgado, y que a diferencias de los demás varones de la Isla, se vestía con camisa, pantalón y tenis, atendía en una de las mesas del Oro Negro, la cual consideraba como su oficina.
En cuanto a las mujeres, solo las ancianas, cubrían únicamente la parte inferior de sus cuerpos, con un atuendo típico constituido por una falda corta a rayas, llamada “kiput”, pues por idiosincrasia, exhibir los pechos era símbolo de su identidad; el resto, sin importar la edad, además de la falda, utilizaban una pañoleta de colores como si fuera un sostén, conocido como “tipit”, excepto quienes vivían alejados del poblado central, que no la utilizaban, y vivían con los pechos al descubierto, según sus costumbres ancestrales. La hija menor de Bungala, conocido también como el “Presidente”, por ser el Jefe indígena de la zona, era una agraciada morena de ojos verdes, y cabello negro liso y largo que llegaba hasta su cintura, y que a sus 17 años, era la soltera más codiciada por todos en la Isla. Sin embargo, sus ojos se habían posado en el mensajero que llegaba a dejar las provisiones a su familia, luego de recorrer 60 kilómetros de distancia. Cuando Miguel, llegaba, ella lo recibía bailando con el movimiento sensual de sus caderas, conforme a las tradiciones del baile ancestral de la seducción, el cual no hacía efecto alguno en él.
La madre de Luna, Alma Iris, no había dejado de advertir el entusiasmo que la chica, ponía cuando Miguel, llegaba. Sonreía ante sus inútiles intentos de atraer al hombre. Se lo había mencionado a su esposo, Bungala, y éste veía con buenos ojos la posibilidad de esposar a su hija menor con Miguel, por lo que empezó a atenderlo con mayor amabilidad, que a cualquier otro varón de la zona.
Bungala:- Hola, Miguel ¿Cómo estás esta mañana?
Miguel:- Lo mismo de siempre, Jefe Bungala, trabajo y más trabajo
Bungala:- Pues, importante sería tomarse un breve descanso ¿no?
Miguel:- Ya quisiera, Jefe, pero tengo muchas entregas que hacer el día de hoy
Bungala:- Vamos, hombre, no me refiero a dejar de hacer las cosas, sino de sentarte un rato, mientras toma un poco de agua de tamarindo ¿No me lo vas a rechazar?
Miguel:- Claro que no Jefe, bueno tal vez, unos minutos no afecte mi itinerario – mirando hacia el sol del día y limpiando el sudor de su rostro
Bungala:- Mujer – gritó – a ver si nos sirve un par de tu maravillosa agua de tamarindo – y luego le sonrió a Miguel
Miguel:- ¿Y cómo van los consejos medicinales, Jefe?
Bungala:- Todo muy bien, hace un rato estuvo doña Zafiro, con su dolor de rodilla de siempre, y le prepare un brebaje para disminuir su dolor
Miguel:- ¡Qué bien! – miraba de un lado a otro, sin tener tema que conversar
En eso, entro Luna, con las bebidas, con su singular cotoneo de cintura, y con una sonrisa en sus labios, mirando a Miguel.
Bungala:- ¡Oh! ¿Miran quién está aquí? Mi bella hija Luna, - se dirigió a ella - deja eso ahí, y ven con tu papá – la tomo por la cintura y la sentó en sus piernas
Miguel:- Hola, Luna
Luna:- Hola, Miguel ¿Desearías que te traiga una toalla y una cazuela de agua para que refresques tu cuerpo?
Bungala:- Vamos hija, no solo lo digas, ve y tráelo, que él es nuestro invitado
Miguel:- No, por favor, Jefe, no se molesten
Luna, se levantó y corrió al interior del búngalo, y su madre, lo tenía todo provisto, por lo que no duro en reaparecer a la sala. De una vez, mojo la tela con el agua fresca y comenzó a pasársela por el cuello, la espalda y el pecho de Miguel.
Miguel:- Me siento apenado Jefe
Bungala:- ¿Pero, por qué, hombre?
Miguel:- Vengo muy sudado por el calor que hace afuera y el pedaleo hasta acá, y su hija, en lugar de estar en los quehaceres, tiene que estar atendiéndome
Luna:- Para mí no es ninguna molestia
Bungala:- Ya la oistes, hombre. Ella, es una muchacha muy servicial y trabajadora, así como mis otras dos hijas. Bueno, lo cierto es que salieron a mi mujer ¿Verdad, Alma Iris?
La esposa salió detrás de las cortinas formadas por hileras de conchas, con una gran sonrisa.
Alma Iris:- Si, amor, Luna, es una dulce chica muy servicial
Bungala:- Es una mujer fuerte, mírala, hombre, esas hermosas y grandes piernas, suficiente para triturar las bayas y las frutillas, de la cual sale el vinagre para nuestra comida. Un vientre plano y saludable para cuando tenga que parir; una espalda fuerte para cualquier trabajo por más duro que éste sea. Bueno, lo único que no saco a la madre fueron sus medianos pechos, son muy grandes, pero creo que eso no es ningún problema ¿cierto?
Miguel:- Bueno, Jefe, no sé qué decirle – mirando a doña Alma y luego a Luna, y nuevamente a Bungala – creo que es la chica más dispuesta para el trabajo que he conocido
Alma Iris:- Y además, es un buen partido para cualquier hombre que necesite de una compañía y se haga cargo de su hogar
Bungala:- ¿Hace cuanto que estas solo, Miguel?
Miguel:- Ya hace diez años, señor
Bungala:- Es mucho tiempo
Alma Iris:- Creo que es tiempo de pensar en tener a una mujer a tu lado ¿no?
Miguel:- Disculpen, se me está haciendo muy tarde, gracias por todo Jefe – se levanto casi botando la cazuela de agua – pero usted sabe tengo muchas entregas todavía por hacer
Bungala:- Claro, hombre, claro. Regrese por aquí cuando tenga tiempo, si no, lo espero la próxima semana
Miguel:- Sí, Jefe, así será. Doña Alma, con su permiso. Luna – retrocedía hasta la puerta mientras miraba a los presentes, sin fijarse en los escalones por lo que resbalo y cayó hasta el suelo, seguido por Luna.
Luna:- ¿Te paso algo?
Miguel:- No, tranquila, solo perdí el equilibrio, gracias
Se levanto y tomo la bicicleta y se marcho.
Luna:- ¿Es muy guapo, no madre?
Alma Iris:- Si, es el hombre más guapo que he visto
El Jefe, garraspo su garganta ante las palabras de su mujer.
Alma Iris: - Claro, amor, luego de tu papá – y le devolvió una sonrisa a su esposo.
Bungala:- Bueno, Luna, ayuda a tu mamá a almacenar las provisiones.
Luna:- Papá, tú tienes el poder de emparejar a un hombre y a una mujer con tus brebajes, ¿No me puedes ayudar?
Bungala:- Si, corazón, puedo ayudarte. Lo preparare para que mañana se lo des a ese hombre que ha cautivado tu corazón.
Luna:- Gracias Papá- y lo beso en la mejilla
Miguel, continuó hacia la zona rosa para llegar a la villa conformada por la familia de Teo y Max, quienes habían recién adoptado a un niño abandonado por Clarissa, una joven que prefirió buscar vida fuera de la isla, y no llevar a la criatura producto de una aventura con un marinero que visitaba la isla. El niño con 3 años de edad, se sentía feliz con ellos, a quienes conocía como Papá Teo y mamá Max. La pareja tenían cinco años de estar juntos y se sentían feliz de criar a Alejandrito. Teo, era productor de tabaco y algodón, mientras que Max, realizaba los vestuarios de tejido que usaban los habitantes de la Isla.
Miguel: - Buenas, Teo, ¿cómo están?
Teo: - Buscando los plaguicidas para que no me dañen la cosecha del tabaco, este año ha sido muy buena como para que esos bichos se la coman todo.
Miguel: - cuando quieras ayuda, me avisas, ya sabes que siempre ando en busca de buenos ingresos
Teo:- Te lo agradezco, no creas, todos los de la zona rosa son mis mejores ayudantes.
Miguel:- Si, lo sé, pero nunca está de más una mano extra
Max: - Así es, y máximo cuando proviene de un hombre tan guapo como tú.
Miguel:- hola Max
Max:- Por qué tan serio? Qué te he hecho yo? Ven dame un beso – y se le aproximo para besarle la mejilla derecha
Teo:- A ver, tranquilos que me ponen celoso esa tocadera que se tienen
Max:- Te das cuenta Miguel, no importa el tiempo, este hombre siempre está celándome
Miguel:- Y no entiendo por qué? En realidad, aun me gustan muchos las mujeres.
Todo rieron. Cuando salió Alejandrito
Miguel:- Mira, pudo conseguir unos cuadernos y lápices de colores
Teo: - Te lo agradezco, y ¿Cuánto te debo Miguel?
Miguel:- Lo mismo de siempre, si me regalas tres vestuarios, un poco de tabaco y algodón, me siento pagado.
Teo:- Ya te los preparo
Max:- ¿Y cuándo vendrás a almorzar amor? Ya sabes que cocino bien delicioso. A lo mejor quieras venir al festival de las golondrinas del verano.
Miguel:- Queda con Andrés, de salir a buscar langostinos para don Pepe. Dependerá de lo que demoremos, podré llegar
Max:- Sería grandioso que nos acompañe un espécimen tan robusto como tú.
Arribaba Teo, le entrego los bienes, y Miguel, apresuró el paso para evitar comprometerse en llegar a la festividad.
Ya en su bohío, Miguel, encendió la lamparita de kerosen, busco pan y crema de coco, consiguió un poco de pescado que había recién cocinado y se sentó en una de las ramas del frondoso árbol a admirar aquel atardecer rojizo, que lentamente daba paso a la oscuridad de la hermosa isla, recibiendo la frescura del viento del poniente. En su mente recordaba sus momentos con Pilar, unas lágrimas recorrieron sus mejías, y como si en realidad recibiera un beso de su amada, cerró los ojos y junto sus gruesos labios emulando la calidez de la piel de aquellas rosas que una vez lo bañaban de caricias tan inmenso amor fuera posible.
Al día siguiente, domingo, como siempre, Andrés y Miguel, se reunieron alrededor de la barra del Oro Negro, a esperar ver uno de los partidos del campeonato de Futbol. Estela, la hija mayor de don Pepe, con 18 años de edad, estaba perdidamente enamorada de Miguel, mientras que Ruth, la menor, con 16 años, anhelaba convertirse en la esposa de Andrés, a pesar que éste era casado. Pero se rumoraba que Katia, la cónyuge de Andrés, deseaba separarse de éste, al haber conocido a un marinero que 3 meses atrás había visitado junto con su embarcación la isla, y le había prometido a ella, que regresaría para llevársela junto a su hija menor lejos de la Isla, y bajo esa esperanza, ella deseaba terminar con su matrimonio de 20 años, con tal de abandonar la isla, pues era una mujer ambiciosa, que soñaba con ver las grandes ciudades con la que el marinero le había embelesado. Las hijas de don Pepe, eran las únicas que vestían como señoritas de la ciudad, con vistosos vestidos, gracias a que Manuel, les había llevado revistas de moda, que les encanto, aunque continuaban con la costumbre isleña de no utilizar ropa interior.
Estela:- Hola Miguel, ¿Hoy si crees que tu equipo gane?
Miguel:- Siempre tengo esa esperanza, Estela
Estela:- Te guarde estas dos sillas para ti y para mi
Ruth:- Y yo te guarde estas dos para ti, Andrés
Andrés:- Gracias, Ruth
Ruth:- ¿Te gusta mi vestido, Andrés?
Andrés:- ¿Es un poco extraño, no?
Ruth:- Es la moda, Andrés
Estela:- Una moda en Paris – dijo orgullosa y con un aire de petulancia
Miguel:- ¿De dónde?
Andrés: - Creo que escuché que en Paris
Miguel:- Ah, eso me imagine
Estela:- ¿No te gusta, Miguel?
Miguel:- ¿Te gusta a ti?
Estela:- Claro
Miguel:- Pues es suficiente para mi
Estela, no había captado que pretendía decir con esa respuesta, pero no quiso desentonar con la conversación, así que sonrió y lo abrazó entusiasmada. Cuando de pronto Luna, junto con su amiga Perla, ingresaron en el Oro Negro. Dos marineros que habían recién desembarcados, se quedaron boquiabiertos al mirar a estas dos nativas, semidesnudas, entrar por la puerta del salón familiar.
Marinero #1: ¡Qué tronco de mujeres ha traído la marea!
Marinero #2: Hola, preciosuras, ¿desean acompañar a dos hombres solos a tomar unos pequeños tragos?
Solo Perla, contestó con una sonrisa, mientras Luna, continuo su andar hasta la barra.
Luna:- Hola, Miguel
Miguel:- Luna, ¿Qué haces por aquí?
Luna:- Comprando algunas cosas en el comisariato que necesita mi papá
Estela:- Pues, el Comisariato queda del otro lado – se puso frente a ella
Luna:- Ya lo sé – se aparto y busco a Miguel nuevamente - ¿Y tú qué haces aquí?
Miguel: - Como sabes, es el día de partido de Fútbol
Estela:- Algo que tú no conoces – tomo de un brazo a Miguel
Luna:- Pero Miguel, puede explicarme ¿Verdad? – tomo el otro brazo de Miguel.
Miguel:- Claro, como no, me gustaría mucho ¿Pero, te interesa?
Estela:- No lo creo
Luna:- Pues crees mal
Miguel:- ¡Qué bien! Más aficionados para los morados
Estela:- Así es Miguel
Luna:- Estoy emocionada – se cruzaron miradas entre ellas
Estela:- Lástima que no hay otro asiento para ti
Luna:- Puedo quedarme de pie aquí mismo
Miguel:- No, nada de eso – se puso de pie – ven siéntate en mi lugar
Estela:- No – protesto molesta
Luna:- Gracias, Miguel- y se sentó con un aire triunfalista