Chapter 9: Derian

San Salvador, 1979

Ya ha pasado tiempo desde aquel fortuito viaje. Desde entonces no ha vuelto a ocurrir nada similar. He llegado a pensar que pudo haber sido una ilusión o un breve delirio que pasé despierto. No obstante, desde aquel momento mi último pensamiento al final de cada día era ella. En como su existencia le dio sentido a mi vida. En como mi instancia durante ese viaje tuvo sentido en el último segundo. De cómo ese imprevisto tuvo un propósito final y en como su inexistencia me hizo creer que existía. No solo era un sueño, sino que también una realidad.

Y es que luego de ese viaje de ida y vuelta que no duró ni siquiera un minuto en mi mundo tuve que reiniciar el casete y proseguir en estar al lado de mis padres en la casa de las lomas. Para mi suerte daba gracias a Dios de haber llegado con bien donde ellos. Si bien las calles estaban desoladas por las noticias de una supuesta guerra no tuve que enfrentar problemas para llegar a casa o mejor dicho en todo el camino de regreso a casa.

Los meses siguientes después del suceso se tornaron muy difíciles. La lipidia nos llegó y no podíamos hacer demasiado, teníamos que mantenernos resguardados y con la cabiz baja para no llamar la atención de los militares que pasaban cerca de casa. Próspero comenzó a adelgazar rápidamente lo cual me preocupó, pero más me afligía ver como los rostros de mis padres se hundían de la angustia y el hambre que nos atormentaba. Cada día parecían más muertos andantes cuya desesperación los consumía a sí mismos. Fue una noche en la que mi padre muy decidido me levantó de la cama para ir en busca de comida en los terrenos de los alrededores, así pasaríamos desapercibidos por algunos militares que se adueñaron de tierras completas o haciendas de campesinos que por años lucharon por conseguir. Por suerte mi familia pasó por alto cuando los militares empezaron a llevarse a muchas familias completas de supuestos dirigentes que conformaban grupos guerrilleros y en otras, simplemente los mataban sin mediar palabras. Cada día eran cientos de hombres, mujeres, niños y ancianos los que morían a mano de militares.

Los días siguientes me di cuenta de que el hecho de pertenecer a la clase media nos disfrazaba de los peligros que ocurrían en el exterior. Mi padre siempre fue un humilde agricultor campesino apartado, silencioso y desapercibido cuyo trabajo siempre fue trabajar el pequeño terreno de Jesús Bender mi abuelo y padre de mi padre. Con una postura tan rígida como su carácter y en el cual cuyo interior albergaba un cálido lado humanitario para el más necesitado, pero a su vez temeroso por tener la autoridad en su voz y palabras. Mi madre, una mujer de carácter rústico. Tan delicada como una flor de garza blanca y tan perenne de pensamiento. Firme como el roble y dócil de alma. Esa era mi madre.

Las próximas noches realizábamos incursiones de hasta cinco horas con mi padre. A veces hasta llegar el amanecer. Recorríamos terrenos y andábamos descalzos para evitar hacer el mayor ruido posible. Y si era necesario evitar respirar lo hacíamos. Nos privamos de los rifles mas no de los corvos para evitar ser confundidos por la guerrilla o militares de pertenecer a cualquiera de los bandos. Por si las dudas en la punta de una vara trabamos un pañuelo blanco como señal de que íbamos en son de paz. Esto por si nos llegaban a confundir y necesitáramos mostrar una señal de que éramos unos simples civiles y campesinos. Gracias a varias incursiones seguidas, logramos llenar una canasta de mimbre con zapotes, mangos tiernos, zincullas, hojas de chipilín, mora, cusucos, gallinas y tacuazines. Todo en cuanto comida encontráramos aun así estuviera en mal estado.

Durante toda la década de 1970, el Pulgarcito de Centroamérica vivió una crisis social y política durante esa etapa. Los años de 1978 y 1979 fueron los períodos en que los grupos insurgentes de la guerrilla (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN) y la Fuerza Armada de El Salvador (FAES) tomaron más fuerza en el conflicto bélico interno del país. Para mayo de 1979 las fuerzas de seguridad de El Salvador asesinaron a 24 manifestantes en las gradas de la Catedral Metropolitana de San Salvador, principal arquidiócesis católica de San Salvador. Debido al revuelo e indignación por parte de la feligresía católica a tal hecho le denominaron “Masacre de las Gradas de Catedral”. Esta noticia rebotó por todo el país gracias a las emisoras que nos mantenían al tanto del acontecer nacional, y algunas más que otras simplemente se infiltraban ilegalmente proporcionando información bajo de agua.

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Por las tardes cuando el astro más grande del universo se ocultaba en la otra mitad del hemisferio de la tierra me aproximaba con un lápiz y papel a las raíces de un pequeño árbol de ámate que iba creciendo a paso lento a unos metros de casa, con la única idea de mantener viva la esperanza de que volvería a ver a mi musa. En medio de la guerra las letras me daban la paz.

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Te he visto usurpando en la tranquilidad de mi verdad algo inestimable, meritorio, precioso. Cuya importancia no es negociable. Te he visto robar mi alma sin piedad, con recelo. También te he visto regalarme bellos momentos y recuerdos.

Tu existencia no solo habita en mis sueños, y es que busco hacerte un hecho. Eres eterna en ello, libre, imparable, suave y delicada. Te busco mas no te encuentro, eres existente en un universo alterno; pero, inexistente en mi universo subalterno.

Anhelo poder encontrarme contigo en alguna parte de este misterioso mundo.

Ansío con distinción de caballero poder rodearte alguna vez con mis brazos. Sentir por vez primera tu piel y el olor de tu cuerpo. Deseo con enorme locura probar el dulce néctar de tus labios, con inmenso fervor adorarte una perpetua eternidad.>>

Me detengo y busco entre los borradores de la novela como esa osadía y mi obsesión por tal mujer comenzaron. Me apresuro a leer unas cuantas líneas para antes de que el sol se oculte por completo.

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La observo desde un árbol de la ceiba como si de una presa se tratara. Ella cuan animal inocente no se ha dado cuenta de que alguien la estima. Esperando el momento correcto para poder devorarla. La veo pampante pero con la mirada perdida, reposa su cuerpo sobre una ventana. Un señor de mediana edad le saluda con un buenos días mientras corre frente a su casa. Justo en ese momento ella me mira. Cruzamos las miradas y yo desaparezco. Sé que ella es mi más grande sueño. Corro hacia un callejón que no conozco, porque sé que ella ha salido corriendo hacia donde me encontraba. Para antes de poder dejar de admirarla, dejo sobre el suelo un pequeño obsequio. La Tempestad de William Shakespeare. Y dentro de el una nota que dice: “No tengas miedo. La isla está llena de ruidos, sonidos y aires dulces, que alegran y no lastiman”.

Tiempo atrás, en la casa de mis padres se practicaban principios y valores por temor al qué dirían. Mi madre quería que mi hermana y yo a donde quiera que fuéramos causáramos una gran impresión tanto por los modales como del aspecto. Mi hermana era más recatada. Delicada y de pocas palabras. Si bien no teníamos dinero, mi madre se las arreglaba muy bien para aparentar que si lo teníamos. Todo para ganarnos el respeto y admiración. Yo, sin embargo, era lo opuesto a mi hermana, por esas razones en el pasado mi madre vivía sembrándome tundas en la cabeza por necio. Hasta que llegue al punto en que deje de pelear contra sus prejuicios y me dejé hacer a su manera. Solo por un breve tiempo. Claro, me jure que el día en que llegara a volar alto no iba aparentar tal cosa. Por eso en la mesa, fuera en el desayuno, almuerzo o cena nos comportábamos como gente pudiente y con los mismos modales que la gente de alta alcurnia. Ahora, mientras cenamos a duras penas carne deshilada de gallina con unas hojas de mora me di cuenta de que algunas cosas y esfuerzos en la vida se vuelven vanas con el tiempo. Nunca se sabe si el día de mañana estarás abajo después de estar en la alto. Aunque quizá jamás lo hayas estado.