Era 1948 y el país se encontraba sumido en una guerra civil. Dos jóvenes combatientes cruzaron en una ocasión los entonces inhóspitos territorios que conectaban San José con San Ramón. Estaban armados y viajaban a caballo alertas. En el trayecto, descubrieron una vieja casona de adobe enclavada en lo profundo de la montaña, donde se ubicaba un prostíbulo. Supusieron que la función del local era atender a los viajeros, y decidieron tomarse un merecido descanso y obtener algo de placer camino a reunirse con el resto de su cuadrilla en tierras ramonenses.
Tocaron la puerta de madera y fueron recibidos por una joven quinceañera muy bonita, de largos cabellos negros y piel morena, que les sonrió y les invitó a pasar amablemente. En el interior de la casona, en la sala de estar, descubrieron una docena de prostitutas de todas las edades y pesos, pero todas de gran atractivo –algo inusual, pues rara vez un burdel tiene una colección cien por ciento atrayente- y pensaron que tal calidad probablemente habría hecho millonario al dueño de estar mejor ubicado. En realidad casi había algo etérico en aquel antro repleto de exuberantes y sinuosas ninfas.
–Bienvenidos –dijo la patrona, la dueña del burdel a la que llamaban la Madame, era una mujer de unos 35 años, aún muy atractiva pero de aspecto turbio y rostro frío- las muchachas están todas a su disposición.
Uno de los dos hombres –el más viejo- decidió meterse a un cuarto con una voluptuosa negra, pero el más joven escogió a la adolescente que le abrió la puerta. Durante toda una larga noche de pasión le hizo todo lo que su imaginación le permitió, y en la madrugada, aún sin sueño, comenzó a conversar con la muchacha.
– ¿Cuánto tienes de trabajar en éste oficio?
–Toda mi vida. La Madame es como mi madre.
–Debe ser una vida fácil para ella trabajar administrando un burdel.
–Su vida no ha sido fácil… -respondió y comenzó a contarle una historia, que remontaba a la época colonial.
Desde tiempo inmemorial, existió un clan de brujas muy poderoso que habitaba tierras centroamericanas. En épocas modernas, estudiosos de lo oculto y teósofos determinaron que podrían ser remanentes de alguna antigua orden mágica de la Atlántida, de la cual se supone, provienen los indígenas americanos. Lo importante es que, de dicho clan de brujas matriarcal, emergía una especie de sacerdotisa de poderes abrumadores y muy superiores a cualquier otro.
Zárate, la Bruja, nació en el siglo XVIII en épocas coloniales, y no hay registros históricos formales de su lugar de nacimiento ó vínculos familiares, aunque se han podido recopilar leyendas orales aborígenes al respecto. La Bruja Zárate creció en las alejadas zonas boscosas y montañosas del mágico Cerro Chirripó, considerado como un vergel magnético de fuerzas sobrenaturales (una especie de pequeño Triángulo de las Bermudas) por algunos parapsicólogos. Se cree que en el Chirripó se realizaban ritos oscuros y antediluvianos por parte de criaturas que no tenían nada de humanas.
Zárate recordaba transitar hoyando los viejos bosques aledaños al Cerro, donde innumerable fauna producía una serie de ruidos enloquecedores y siniestros, desde el piar, a veces lastimero, de muchos pájaros, hasta el sisear grotesco de serpientes y alimañas. En medio de la arboleda tan antigua como el mundo, Zárate siendo sólo una niña pequeña, invocaba espíritus, levitaba troncos y piedras con su mente, observaba ánimas descarnadas con la naturalidad de quien ha vivido muchas vidas y ha reencarnado muchas veces. Por su sangre corría la magia como parte substancial de su naturaleza, y cuando su padre, el Chamán de la tribu, le enseñó lo elemental de los perdidos conocimientos indígenas de profunda sabiduría ancestral, parecía estarlos recordando más que aprendiendo.
Pronto se destacó por sus poderes mágicos más avanzados que los de su padre, su madre, sus tías y su hermana menor Iskatzú. A la edad de 25 años ya era la bruja más poderosa de todas las tierras bajo la Capitanía General de Guatemala, y a los 30 era, por mucho, una matrona de su Clan Brujeril. Zárate había conseguido en su temprana juventud niveles de desarrollo y poder mágicos sin parangón en muchas generaciones.
Además, Zárate era hermosa. Su piel morena laminada brillaba con resplandores dorados haciéndola casi de bronce. Su largo cabello negro y lacio caía hasta su cintura, su cuerpo era esbelto y estilizado, su rostro alargado de nariz aguileña, se encuadraba por dos pómulos notorios y almendrados ojos.
Con el tiempo, Zárate fue bien conocida entre las poblaciones urbanas de criollos y mestizos, mientras caminaba con su ropa negra y su puro humeante por las pedregosas calles coloniales de la ciudad. Los hombres de todas las estirpes la observaban con lujuria incansable, producto de su belleza exuberante e inalcanzable, los sacerdotes se santiguaban al verla, junto a las ancianas beatas y las solteronas amargadas, todos excepto el padre Ramiro Lázaro que era iniciado en sociedades mágicas de rosacruces y masones.
Pero, en la misma intensidad que las autoridades eclesiásticas la odiaban así la amaban las masas populares porque se dedicaba a la medicina natural curando casi cualquier malestar, sin cobrar dinero a los pobres por sus servicios médicos, regalaba frutas a los menesterosos que luego se volvían de oro en un proceso alquímico misterioso que ni las otras brujas indígenas conocían, y algunos dicen que era capaz de transformarse en cualquier animal para recorrer los bosques y las ciudades en las estrelladas noches.
Muchos la culparon por la maldición que cayó sobre la ciudad de Aquetzarí, donde ella vivía y tenía una vieja casa de adobe. Sin embargo, su hermana Iskatzú siempre la defendió aduciendo que el dolor infringido a ella en su corazón fue mucho peor, y que la había llevado a la locura. Siempre habló bien de Zárate a su sobrina Cihua, cuando le contaba cuentos folclóricos indígenas hablándole en bribrí y acariciándole el cabello en su infantil cabeza, aunque se estuvieran muriendo de hambre y de frío en una choza miserable.
– ¿Te casarás conmigo, Alfonso? –le preguntaba Zárate a su amante, el poderoso español Alfonso de Pérez y Colma, gobernador de Costa Rica, mientras ambos reposaban desnudos en la cama, dentro de la vieja pero firme casa de Zárate. Alfonso, enloquecido de deseo y ebrio de pasión, atrapado por Zárate en un conjuro de amor, llegó sumiso a tocar su puerta. Disfrutó cada segundo y examinó con cautela casa centímetro del cuerpo de la bruja. Zárate fue clara, antes de satisfacer su demencial apasionamiento, debía jurarle lealtad; se casarían y liberarían a su pueblo. –¿Nos casaremos, Alfonso?
El joven europeo de piel blanca y cabello castaño, cuyo fornido dorso relucía musculoso por entre la cobija, se rió:
– ¡Por favor! –desdeñó- ¿Yo, el gobernador español, casarme con una prostituta india? ¡Jamás! Menos aún con una bruja. Lo nuestro ha sido de una noche, nada más. En España me espera una hermosa mujer decente, de buena familia, blanca como la leche. No voy a desposar una india ignorante y pulgosa. Pero me permitiste pasar una buena noche y te lo pagaré si gustas…
Zárate amaba a Alfonso. Lo amaba en verdad. Sentía en su corazón un ácido que corroía cada fibra de su ser le consumía el alma. El dolor de la traición fue demasiado grande, y comenzó a envenenarle el ser de forma cáustica y continua, hasta que su corazón se inflamó en ardientes brazas de odio y rencor y sed insaciable de venganza.
Producto de la lujuria con Alfonso y su desamor, nació una bebé. Zárate sabía que no podía criarla, porque su alma jamás tendría paz sin materializar su horrible venganza, así que una oscura noche de luna nueva, entregó a su hermana Iskatzú la niña recién nacida.
– ¿Cómo la llamaré? –preguntó Iskatzú.
–Cihua Nahua –contestó Zárate enigmáticamente- que significa Mujer Fantasma -y luego entregó a su hermana una de sus frutas alquímicas que se convertían en oro. –Ahora vete, tan lejos como puedas de Aquetzarí. Ésta ciudad nunca más volverá a ser vista, y difícilmente será recordada ¡Vete, lejos!
Odiando al mundo, y odiando a ese pueblo de cobardes, pero sobre todo, odiando profunda y abismalmente a Alfonso de Pérez y Colma, Zárate realizó un conjuro malévolo, siniestro, cruel e infernal. Convocó los poderes de Xibalbá; el demonio de los mayas, y dispersó todo su odio transmutándolo una noche de luna llena, en una espesa y ponzoñosa neblina que lenta pero inexorablemente, cubrió la totalidad de la ciudad de Aquetzarí hasta la última calle, hasta la última teja de los techos, hasta el último y más recóndito farol, para luego convertirlo en una masa pedregosa, dura y cavernosa, en donde aprisionó los espíritus atormentados de los pobladores, a quienes convirtió en animales salvajes.
Incluso la enorme iglesia central, donde repicaban las campanas de manera lúgubre, y de donde emergió el padre Ramiro Lázaro, quien siempre tuvo una sensibilidad especial para lo sobrenatural, fue médium y clarividente, además de que era masón y rosacruz como muchos sacerdotes de su época, teniendo un pleno conocimiento esotérico que le permitió percibir la maldición siniestra que se cernía sobre el poblado, pronunció una maldición sobre Zárate, incapaz de detener el apocalíptico conjuro que engulliría su ciudad.
– “Condenarás a tu descendencia por los siglos de los siglos, Bruja Zárate, pues tu historia se repetirá generación tras generación. Despecho, dolor, abuso, maltrato, desamor, traición, mentira y venganza rondarán por siempre a tus hijas. La tía cuidará de la huérfana, y siempre una de las dos hermanas cargará el yugo de tu condenación”.
Pero Zárate no percibió las enigmática y lapidarias palabras del sacerdote, pues estaba concentrada en su revancha contra ese pueblo palurdo, al que había destinado una metamorfosis licantrópica, tornándolos en bestias y arrebatándoles la Humanidad. Al propio padre Ramiro lo transformó en una lechuza…
Su venganza contra Alfonso, ese mentiroso y traidor que no sabía cumplir sus promesas, fue irónica, transformándolo en un Pavo Real, como símbolo de su soberbia, por siempre encadenado a su mano, y se refugió dentro de la Piedra, en un universo de lóbregas sombras y sórdidas connotaciones, de donde emerge de vez en cuando, igual de joven y bella que siempre, pero podrida en rencor y encono por dentro.
Y así, sobre las planicies alrededor de la piedra que se yergue misteriosa, impávida ante el paso del tiempo y la erosión, como un recuerdo grotesco del pasado, como un tumor enclavado en la montaña, como un monumento al odio, se fundó la ciudad de Aserrí, si bien el recuerdo recóndito de una vieja ciudad con sus habitantes, cada uno con familias, pesares, alegrías, dolores y goces, poco a poco se fue acallando y las generaciones posteriores olvidaron que alguna vez existió ese pueblo maldito.
Cihua heredó los rasgos indígenas de su madre, los mismos ojos achinados por pómulos voluptuosos, la misma nariz afilada y la misma barbilla alargada. Su cuerpo era casi idéntico también, y conforme entró a la adolescencia fue notorio su afortunado parecido. De no ser porque Iskatzú sabía que el espíritu de su hermana permanecía atrapado por siempre en las inmediaciones rocosas de aquella horrible cripta monolítica situada en Aserrí, hubiera pensado que dicho espíritu reencarnó en Cihua. Pero de su padre, el gobernador Alfonso de Pérez y Colma, heredó el cabello castaño ondulado, diferente a la negrura y laxitud absoluta que tenía la cabellera de su madre.
La manzana de oro que le dio Zárate a su hermana Iskatzú no produjo una fortuna duradera, y pronto ambas pasaron hambre y miseria…
Intentaban sobrevivir, aferradas a una subsistencia precaria, vendiendo artesanías miserables ó con labores domésticas momentáneas e inusuales con lo que no lograban satisfacer sus necesidades.
No obstante, Iskatzú era bruja, y conocía antiguos secretos mágicos y naturales. Nunca fue tan poderosa y capaz como su hermana Zárate, pero era lo bastante apta para curar innumerables malestares del cuerpo y del alma, y pronto se convirtió en su mejor manera de subsistencia. Gracias a estos menesteres mágicos, Iskatzú conoció a Antonio Piedra Cuevas, hijo ilegítimo de un hacendado cafetalero español de la zona, que se enamoró de la bruja como quien se prenda de un tesoro misterioso y nuevo. Tenía sangre indígena por parte de madre, y había heredado buena parte de las costumbres nativas y su gusto por lo sobrenatural. Con su apatía y mutismo propio de su pueblo y de su época, la conquistó tímida y secamente. Nunca expresó una emoción ó una palabra de afecto en su vida, pero la amó enloquecidamente. Se sacrificó mucho por que Iskatzú fuera feliz y le mostraba el afecto en su forma lacónica como podía. Trabajaba arduamente para darle, humildemente, todo lo necesario, y crió a Cihua como a su propia hija, dándole su apellido –pues ni Zárate ni Iskatzú usaban ninguno.
Antonio e Iskatzú tuvieron muchos hijos e hijas, aunque Cihua siempre fue tratada como la primogénita, sin serlo.
El destino de Cihua Piedra habría sido idéntico al de sus primas; debió haberse casado y tenido hijos, destinada a ser la esposa de un hombre pobre, atareada con pesadas faenas domésticas y con servir como sirvienta de los ricos. Pero Cihua heredó el espíritu rebelde de su madre, para temor de Iskatzú, por lo que no se conformaría sencillamente con ser una mujer hogareña y pobre. Sin embargo, debido a las pocas oportunidades de movilidad social, Cihua optó por la vida fácil a pesar de los consejos y regaños de la Tía Iskatzú y Tío Toño. A los dieciséis años, Cihua escapó de su hogar y se enroló voluntariamente en un burdel de la capital de entonces, Cartago, donde dada su belleza física pronto obtuvo una popularidad legendaria.
Desconocida por casi todos sus familiares por la deshonra de ser prostituta, excepto por su Tío Toño y su Tía Iskatzú quienes siempre fueron incondicionales de ella, Cihua se refugió en el oficio concentrada en enriquecerse gracias a él. Cihua se destacó como una de las mujeres más hermosas del humilde burdel donde aprendió su profesión, siéndole fácil avanzar cada vez más a prostíbulos de mayor calidad, hasta llegar a ser prácticamente una cotizada vedette capitalina, muy popular entre la alta sociedad.
Cihua modificó su apellido para darse más elegancia, y se denominó Cihua de la Piedra y quedó embarazada muchas veces pero jamás sus embarazados fueron exitosos y siempre terminaba abortando ó alumbrando a bebés muertos. Algunas detractoras la acusaban de hacerlo a propósito, pero ella siempre lo negó.
Dado que con el paso del tiempo, Cihua de la Piedra se convirtió en una prostituta de alta sociedad por su belleza y sus conocimientos en erotismo, estaba acostumbrada a trabajar en las galantes fiestas aristocráticas atendiendo al cónsul de Francia, al hijo adolescente del Presidente de la República, al presidente de la Corte Suprema de Justicia, y en general a ministros, militares, diputados, hacendados, obispos y embajadores.
Uno de sus clientes más recurrentes era precisamente un acaudalado empresario italiano llamado Bernardo Cavallini, un apuesto y elegante hombre de mediana edad que vestía pulcramente y se peinaba meticulosamente la barba y el cabello.
Cavallini fue uno de los primeros de éstos inmigrantes itálicos en llegar a Costa Rica. Su fortuna personal era basta como las enormes extensiones de tierra que compró. Estaba casado con una hermosa mujer italiana de la nobleza, una duquesa napolitana de gran belleza física, a la que le era infiel con regularidad mediterránea.
Pero Cihua, de alguna forma, fue capaz de enamorar de tal manera al hacendado italiano, que éste se volvió loco por la cortesana. No dormía, no comía y no yacía con su esposa, abstraído en pensamientos de obsesión por la meretriz india. A tal grado llegó su compulsión de amor por la hermosa prostituta, que tomó una inusitada decisión para la época, provocando uno de los mayores escándalos sociales de los anales costarricenses. Bernardo Cavallini dejó a su legítima esposa y sus dos hijos por su amante, Cihua de la Piedra, una prostituta –de alta sociedad, pero prostituta al fin– causándole la excomunión y un feroz y encendido escarnio público por parte del arzobispo costarricense por el abominable hecho.
Tras el divorcio de su esposa, la Duquesa, Cavallini se vio en severos problemas porque la familia de la aristócrata era rica y poderosa en Italia y se encargó de que la Duquesa preservara una buena parte del patrimonio marital. Los hijos permanecieron bajo la custodia de la madre, como era lógico, y Bernardo había quedado vetado de todo evento importante de la alta sociedad. Básicamente, Cavallini lo había perdido todo –excepto su fortuna que seguía siendo grande a pesar de la tajada que le quitó la esposa– por Cihua, y muchos rumoreaban que la prostituta había usado los artes mágicos para conquistarlo. Rumores naturales que surgían producto del historial familiar de la familia de la Piedra.
Así, Bernardo Cavallini y su nueva amante, Cihua de la Piedra, escaparon de los juicios morales costarricenses, y se fueron por muchos años a vivir a Europa…
Los rumores de brujerías enganchadoras estaban equivocados, porque Cihua de la Piedra no se interesó nunca por el pasado mágico de su familia. Quizás no quiso compartir el destino fatídico de su madre Zárate, así que siempre se mantuvo a raya de los temas esotéricos y sobrenaturales. Pero, por ironías del destino, fue esa ignorancia la que la condenó.
Tras muchos años en Europa (donde el escarnio social fue mucho menor) y muchos embarazos fallidos por parte de Cihua, decidieron volver a Costa Rica. La yaga producida por su escandalosa unión en el estamento conservador costarricense había menguado y comenzaba a cicatrizar, por lo que Cavallini fue readmitido sin mucha dificultad –en parte gracias a su fortuna- en la generalidad de la alta sociedad de la época. Cihua no tuvo tanta suerte. Pudieron haberle perdonado su origen de india pobre, pero el de prostituta jamás, así que se limitó a vivir dentro de su mansión girando órdenes a sus sirvientes refugiada en una especie de feudo personal y solitario.
Sólo volvió a ver a sus primos cuando falleció su padre adoptivo, tío Toño, a cuyo funeral asistió, pero sus familiares le volvían la cara. Mantuvo relación únicamente con la Tía Iskatzú (que ya rozaba los cien años). A pesar de todos los mejunjes mágicos que Iskatzú le proporcionó, Cihua parecía incapaz de engendrar hijos. Pero todo cambió una noche de tantas en que el propio Cavallini puso en práctica una serie de pociones especiales dadas a él por gitanos europeos, y a los 35 años, contra todas las posibilidades, Cihua de la Piedra de Cavallini dio a luz un bebé vivo.
La criatura era una niña a la que llamaron Sandra, nombre muy inusual para la época; Sandra Cavallini de la Piedra, una rebosante niña de mejillas coloradas y ojos azules como el padre.
Lamentablemente para Cihua, la ex esposa de Bernardo Cavallini no se había resignado tranquilamente a aceptar sin mayor reparo la humillación de la que había sido víctima al ser reemplazada por una meretriz.
Su corazón emponzoñado del rencor y la vergüenza la hizo lanzar una maldición escabrosa y horrible y orar a las fuerzas del Diablo por ayuda para vengar su honor… fatídicas oraciones que serían respondidas.
Una de tantas mañanas, mientras una orgullosa Cihua cargaba a su bebé de casi dos años para que recibiera saludables rayos solares, escuchó a los caballos del establo cercano sobresaltarse notoriamente. Se espantó un poco, y más aún conforme los cantores pájaros huían de los árboles y un viento gélido modificó el cálido ambiente de la mañana. Invadida por un temor irracional, Cihua comenzó a correr hacia la cosa buscando poner a su niña, su única hija, a salvo de cualquier malévola presencia que acechara el ambiente.
Justo entonces escuchó un alarido desolador que le lastimó sus ya afectados nervios, se giró sobre su cabeza y contempló una figura siniestra; de metro veinte cuando mucho, con mechones negros despeinados cubriéndole totalmente el rostro, un traje harapiento, pálida, con brazos huesudos y macilentos. Parecía un espectro fantasmal escapado del inframundo. A Cihua le temblaron las piernas de terror y ahogó un grito…
– ¡Ayúdeme por favor! –dijo la aparición, y Cihua reconoció entonces que no se trataba de una visión fantasmagórica sino de una niña indigente no mayor de diez años, que se desplomó desmayada sobre el suelo compadeciéndole profundamente.
Cihua ordenó a los jardineros el recoger a la infante y llevarla a la cocina, y que le dijeran a las cocineras que la lavaran, la vistieran y le dieran de comer. Para cuando empezó a anochecer, la niña seguía siendo una figura esquelética, pero al menos estaba más limpia y había recuperado algo de aspecto humano por el alimento y la ropa.
– ¿Cómo te llamas? –le preguntó Cihua mientras colocaba a su bebé en el carretillo y la niña devoraba una sopa en la mesa.
–María Inés… -respondió la infante.
– ¿Dónde están tus padres?
La niña tenía un vocabulario muy elemental, pero Cihua fue capaz de extraerle su historia traduciendo algunos términos demasiado básicos y rudimentarios. Comprendió que el padre de la niña era un jornalero pobre que vivía miserablemente y propinaba frecuentes golpizas a su madre, y que satisfacía sus deleznables ímpetus sexuales con ella desde que era muy pequeña, razón por la cual decidió escapar de su hogar y prefirió vivir como un animal en el monte.
A Cihua le conmovió la historia de la infante, abusada y maltratada –desde tan temprana edad– y se decidió en adoptarla como a una hija. Convencería a Bernardo cuando éste regresara de su más reciente viaje de negocios a Europa.
Con el transcurso de los meses, la niña se convirtió así en receptora de los mimos y el amor de Cihua.
Transcurridos tres meses, Bernardo regreso de Italia. Cihua la había informado de la nueva adopción por correspondencia, aunque reacio al principio, Bernardo comprendió la soledad que sufría su esposa marginada y decidió ceder. Besó a su esposa en los labios, y a su bebé en la frente justo al entrar en la mansión una de tantas noches. En un rincón se encontró a la niña; peinada, perfumada y bien vestida, que lo contemplaba expectante.
–María Inés –le dijo Cihua llamándola con gestos manuales– ven, saluda a tu nuevo padre. –La niña se negó- ven –insistió Cihua- aproxímate, todo estará bien. Él es un buen hombre…
Cihua aferró a la niña, con intención de forzarla a saludar a Bernardo, la menor enfurecida le mordió la mano con una saña feroz, haciéndole brotar la sangre. Cihua gritó de dolor y soltó a la niña que escapó saliendo de la casa y perdiéndose en las brumas nocturnas.
El incidente afectó más a Cihua emocionalmente que físicamente, pues sentía que la niña había escapado debido al trauma sufrido y no por malicia, así que ordenó a los jardineros que buscaran a María Inés toda la noche. Su mano no le dolía casi nada si se comparaba con el dolor en su corazón.
Después de la cena, y con todos más calmados, Cihua durmió a su bebé y se colocó un camisón de seda blanca. Sabía que su esposo estaba ansioso de una noche de pasión tras meses en Europa y al menos quince días en alta mar, así que no pensaba desanimarlo a pesar de los problemas acontecidos. Emergió del baño cubierta solo por el traje sedoso, y su esposo la esperaba en la cama, semidesnudo.
Comenzaron a hacer el amor. Justo entonces una fuerza siniestra, demoníaca e infernal empezó a poseerla. Era un ardor malévolo y grotesco que la hizo sudar copiosamente y sentir un malestar frenético que cristalizó finalmente en una deformación asquerosa. Su rostro se transmutó en un hocico alargado y babeante de dientes podridos, y su cabello se tornó greñudo. Bernardo Cavallini prorrumpió en alaridos de espanto enajenado mientras era devorado por la horrorosa criatura.
Al mismo tiempo, los dos jardineros que recorrían los linderos boscosos con canfineras, encontraron a la niña de espaldas a un acantilado. Cuando pusieron sus manos sobre sus hombros, la niña se volvió mostrando el mismo rostro retorcido de esperpento. Nunca más se les volvió a ver…
– ¿Qué era? –preguntó el muchacho fascinado por el relato.
–Una Cegua –explicó la adolescente- una especie de espíritu que se posesiona de un cuerpo y lo convierte en monstruo. Se dice que todo comenzó con una bruja que hizo pacto con el Diablo desde antes de que los españoles pisaran estas tierras, pero nadie lo sabe con certeza. Lo que sí se sabe es que dicha maldición sólo afecta a las mujeres, se contagia de una mujer a otra por medio de un mordisco, y le brinda a las mujeres afectadas la inmortalidad
Mientras un escalofrío de pavor cruzó la espalda del muchacho escuchó los alaridos desesperados de su amigo, que estaba siendo devorado vivo en la habitación contigua. Se distrajo algunos momentos observando la pared a través de la cual resonaban los alaridos lastimeros del infortunado hombre, y cuando giró la mirada para encarar de nuevo a la prostituta, cuyos rasgos se habían desfigurado espeluznantemente, corroboró la siniestra y demencial verdad…