Chapter 3: IV

Pedro aún estaba vestido. Su acompañante, en cambio, ya se había desnudado y lo esperaba en la cama.

Los ojos del hombre estaban cansados. Ya no comía bien, aunque poco o nada se le notaba gracias a su corpulencia. No había llorado ni una sola vez. Ni siquiera se le quebró la voz cuando dio ese pobre discurso en el que se despidió de su hija. No quería decir nada, pero su esposa no estaba en condiciones y alguien debía decir algo. Casi no dormía desde entonces.

—Ven conmigo —le pidió Melissa con voz tierna.

Las cortinas oscuras que cubrían la habitación hacían que parezca media noche. Sin embargo, afuera las personas todavía vivían la quinta hora de la tarde.

Pedro no respondió a la petición de la joven, de cabello negro y piel morena, con quien tantas veces había compartido el calor bajo las sabanas. Ella siempre le decía esa frase, “ven conmigo”. Se lo decía por teléfono cuando lo deseaba. Se lo decía al oído antes de entrar a esa habitación que ya conocía mejor que su casa. Se lo escribía en un mensaje al celular, a veces acompañado de una fotografía suya con alguno de sus senos al descubierto. Se lo decía incluso sin hablar, usando solo sus manos. Había algo distinto en sus palabras mientras se lo decía desde la cama. Pedro se acostó junto a ella. Melissa no le desabotonó la camisa, como solía hacer, no le quitó el cinturón y no lo arrojó a donde caiga. No le arrancó los pantalones con ese apuro que parecía que el mundo se iba acabar en cualquier instante. Atrajo al hombre hacia su pecho, lo abrazó con fuerza y le acarició la cabeza.

Al fin, después de meses, Pedro dejo salir su dolor.

—Ven conmigo cariño —le volvió a decir—, aquí no tienes que fingir.

Cuando Pedro tenía quince años descubrió, por accidente, a su padre con una mujer que no era su madre. Guardó silencio. Estaba confundido. Tenía miedo y vergüenza. Tiempo después, su padre le dijo que si pensaba casarse debía aprender a mentir, o, mejor dicho, el arte de mentir.

—Debes estar seguro solo de una cosa hijo —le dijo al tiempo que le servía otro trago de cerveza—, tu esposa te va a mentir. Si ella lo hace hazlo tú también. Parece malo, pero hay cierto honor en toda esta competencia. Si las mentiras que le dirás a tu mujer son ciertas para ti, entonces no te arrepientas jamás.

Pedro no lo entendió aquella vez. Para él, solo fueron delirios de borracho. Un borracho al que acababan de botar de su casa.

Ese fue el primer trago que se bebió con su padre y la última vez que lo vio.

Años más tarde, ya siendo un hombre de familia, conoció a una joven. Era una mujer algo bajita, con caderas anchas, unos ojos profundos y un busto generoso. Trabajaban juntos y así se hicieron amigos. Comenzó a amarla como nunca amaría a su esposa. La amaba de verdad. Y entonces entendió las palabras de su padre.

Melissa acurrucó a su amante hasta ya entrada la noche. De rato en rato le besaba la frente o le acariciaba el pelo introduciendo sus dedos en la espesura. Sentía la humedad de sus lágrimas mojando su pecho. Los últimos días Pedro se quedaba en silencio aun estando sobre ella embistiéndola con fuerza. Hasta parecía que lo hacía con rabia.

Aquel lunes, aquel maldito lunes, mientras hablaban entre todos del diseño de los nuevos proyectos publicitarios para una marca de refrescos, el teléfono de Pedro comenzó a vibrar. Él acostumbraba a dejarlo así cuando hacían ese tipo de reuniones. Lo dejaba sobre una mesa algo alejada, o en el bolsillo de su saco sobre el respaldo de su silla. Decía que era para no perder la concentración y aconsejaba que todos hicieran lo mismo. Melissa vio el nombre en la pantalla. “Gloria”. No le avisó y siguieron discutiendo los diseños. El teléfono de la oficina sonaría después.

Ya habían pasado dos meses. Ella aun no podía olvidar la cara de Pedro cuando ese mismo día volvió a la oficina por la tarde, solo para recoger su billetera que había olvidado con la prisa.

—Estaba ahí —gritó lleno de furia—, en el suelo, como si fuera un animal. No me dejaron tocarla. No me dejaron llevármela. Decían que era una escena de crimen y que no podíamos mover nada. Que se entorpecería la investigación. ¿Cuál investigación? ¡Maldita sea! Quien lo haya hecho no huyó ni nada. Me dijeron que me fuera. Que cuando todo acabara se la llevarían. Me dijeron que los deje hacer su trabajo. Era mi hija. ¡Era mi hija! Y solo me dijeron que los deje hacer su trabajo.

Fue una tarde larga. Amarga, no solo para él. Melissa también se sentía como la suela de un zapato.

El teléfono de Pedro vibró sobre la mesita junto a la cama. Melissa lo tomó. Apenas vio el nombre en la pantalla no dudo en comunicarlo.

—Es Gloria —le dijo y le dio el aparato.

Pedro se sentó en la cama para contestar.

—Todavía estoy en la oficina. Llegare en media hora.

Colgó y comenzó a desvestirse. Ella lo observaba mientras lo hacía y a él le gustaba que ella lo viera. Se amaron como siempre. Desesperados el uno por el otro. Quedaron exhaustos.

—Mañana comenzare el gimnasio después del trabajo —le mintió ella mientras se ponía las bragas. Decía cosas así a manera de amenaza solo para ver que decía Pedro al ver en riesgo sus noches de sexo.

—No sé para qué. No te hace falta —respondió apretándole una nalga con la mano.

—Me sirve para distraerme. Deberías venir también.

—No necesito distraerme, necesito concentrarme.

—Lo que necesitas es un milagro —le mostró la hora en la pantalla del celular —hace media hora que debías estar en tu casa.

Pedro empezó a reírse como un niño. Aprisionó a Melissa entre sus brazos con la firme intención de comenzar de nuevo. El teléfono se encendió otra vez. Era Gloria.

—Te están llamando —le dijo Melissa interrumpiendo los besos.

Pedro le arrebató el celular y lo apagó.

Llegó tres horas después a su casa. Estaba a oscuras. Parecía abandonada. Un olor familiar le llegó levemente. Fue hasta la cocina y la encontró limpia, excepto por una cosa. Era un pedazo de pastel de manzana medio aplastado sobre un platito de porcelana. Ana adoraba esa fruta. <>

Subió a su habitación con sigilo. Se aproximó al cuarto de Adriana y tuvo la tentación de darle las buenas noches. Escuchó ruiditos desde adentro, como tela siendo rasgada. Estuvo a punto de agarrar la perilla y girarla para luego tocar, así no podría asegurarla por dentro, pero escuchó sonidos desde el cuarto de Ana y se quedó petrificado. Alguien reía dentro el cuarto. Hablaba y luego reía. Reía y luego hablaba. No se podía distinguir las palabras. Era como si las pronunciaran mal apropósito. Pero había alguien adentro. Era la voz de una joven. La voz de Ana tal vez. <> Hablaba y reía. Se podía oír hasta el sonido de los edredones siendo desacomodados. Pedro se obligó a moverse. Un paso tras otro. Lento. Se le enfrió la columna y se le acaloró el rostro. Sacó su llavero del bolsillo de sus pantalones. Ahí tenía una copia de cada llave que abriera una puerta en su casa, por si a alguien se le olvidaba la regla de no cerrar las puertas con llave. Usando solo el tacto encontró la correspondiente y en cuanto la giró para asegurar la puerta, el ruido cesó. No quiso preguntarse qué hubiera pasado si envés de cerrar habría decidido entrar.

Suspiró más tranquilo. Rompió su propia regla, pero que mejor que hacerlo él mismo.

—¿Cansado? —le preguntó Gloria desde la puerta de su alcoba.

Pedro no se sobresaltó. Hace tiempo que tenía que aceitar las bisagras de su habitación. Además, prefería ese sonido metálico chirriante, a esa risa escalofriante que había escuchado.

—Un poco —contestó y se dio cuenta de que había sudado—. Perdóname. No pude llegar antes.

—Ya hablaremos mañana —dijo Gloria y dio media vuelta para volver a acostarse.

Pedro la siguió.

El espejo del baño de su alcoba se burló de él mientras se ponía el pijama. “Vaya que estas viejo. Te ha crecido la barriga y el pelo se te está cayendo. Ten cuidado que tape la tubería de la ducha. Por suerte tienes con quien usar tu verga o ya estaría tan arrugada como tú.”

—¿Alguien estuvo en el cuarto de Ana? —preguntó Pedro al tiempo que se acomodaba en la cama a lado de su esposa.

—Ya hablaremos mañana.

Gloria estaba medio dormida. Como de costumbre le dio la espalda a su marido.