Capítulo 29

—¿Y cómo es la tierra? —Eliana abordó a Lían con coquetería.

—Es diferente. Muchas personas en las calles, tecnología arcaica y gente muy liberal. Debo añadirle toda la comida grasosa y para nada saludable, pero muy deliciosa. Dependiendo del lugar, personas muy amables, otras no tanto. Pero de eso hay en este mundo y en el mío. —Sonrió.

—¿Y cómo se llevaron tú y Diana? —Natalia inquirió. Lían hizo un breve silencio y su corazón palpitó con intensidad al escuchar su nombre. Estaba ansioso por verla, pero Ulises les dijo que debían esperar, pues tenían que buscar la manera más sabia de abordar a Dimitri sobre el asunto. Sus primos no sabían la razón de su visita, era mejor tener el asunto lo más discreto posible antes de hablar con la familia Pavlosky.

—Oye... —Eliana movió sus manos cerca de sus ojos para que él regresara a la realidad.

—Lo siento, me entretuve. ¿Qué decían?

—Que cómo te llevaste con mi chica. —Dan tomó la palabra.

—¿Tu chica? —Lían cuestionó con ironía—. A mi entender tú y ella no tienen ninguna relación.

—Muy bien lo dijiste, a tu entender. —Dan sonrió con malicia—. Pero al entender mío y de Diana, somos muy íntimos. Este mes con ella ha sido caliente, esa chica vino con mucho fuego; al parecer, me extrañó demasiado.

Lían apretó los puños y sus ojos emanaban fuego de la rabia. Tuvo que respirar varias veces para no romperle la cara a su primo.

—Diana no haría esas cosas contigo, deja de hacer ese tipo de alusiones.

Todos rieron y Lían los miró desorbitado.

—¡Si esos dos se la pasaban comiéndose! —Diego espetó con sorna.

—Diana siempre ha estado loquita por Dan, pero este patán es un don Juan sin arreglo. —Natalia comentó.

—Sí, Lían. ¿Qué no te ha contado la mosca muerta de Diana lo que hacía en el establo con mi hermano? —Eliana dijo con malicia. Si por casualidad su hermano tenía razón y Lían había desarrollado algún interés en Diana, entonces ella daría su pelea.

—Me dijo algo, pero eso es parte del pasado. —Lían trataba de disimular su disgusto.

—Eso es lo que tú crees... —Dan lo miró con suficiencia—. Diana está más deliciosa que nunca, ese viaje como que le sentó bien.

—¡Deja de hablar de esa forma tan promiscua! —Lían espetó con ira—. Si algo ha pasado entre tú y Diana, debe quedarse entre ustedes. No es de un caballero hablar de su intimidad. ¿Cómo te atreves a referirte a ella de esa forma?

—¿Qué? ¿Estás celoso, primito? —Dan se le paró en frente en forma de reto y Lían lo miró fijamente con marcado desagrado.

—Me asquea escucharte hablar así de ella.

Ambos estaban de frente con mirada desafiante.

—Chicos, ya dejen eso. Regresemos a la casa, Nadia está haciendo una deliciosa merienda. —Diego intervino. Los chicos tomaron distancia lentamente y sin quitarse la mirada de encima.

***

Diana y Doel entraron a la sala después de que Nadia los saludara fervientemente. Nadia era la nana de todos los hijos de Ulises, quien la había contratado cuando Eli tuvo su primer embarazo para que ella lo ayudara a cuidarla.

—Sus tíos están en la sala hablando con los príncipes de ese mundo raro. ¿Quieren esperarlos en la cocina o desean ir allí? —La mujer preguntó, puesto que ellos nunca visitaban cuando los Harrison tenían invitados de Destello.

—Iremos con ellos, gracias Nadia. —Doel respondió sonriente y ella pellizcó su nariz. Ambos se dirigieron a la sala con timidez y Diana sentía que se desmayaría en cualquier momento.

—¿Diana? ¿Doel? —Ulises miró a los chicos con sorpresa.

—Tíos, vinimos a traerles un regalo de agradecimiento. —El castaño se apresuró a decir, puesto que Diana se quedó muda de los nervios.

—¡Gracias, chicos! —Ulises y Eli se acercaron a ellos, mientras que los demás los examinaban con la mirada.

—Me extraña que no lo hayas hecho esta mañana cuando viniste a visitarnos. —Eli comentó divertida y posó su mirada sobre Diana—. Me alegra que nos visites, Diana. Te has aislado mucho en estos días.

—Lo siento… —Ella bajó la mirada avergonzada—. Me he sentido fuera de lugar desde que regresé, solo necesitaba tiempo para volver a acostumbrarme.

—Entiendo. —Eli dijo sonriente—. Es bueno que estés aquí, necesitamos hablar contigo algo muy importante.

—Doel, ¿puedes unirte a los chicos y decirle a Lían que se nos alcance a mi estudio? —Ulises pidió.

El chico asintió y se dirigió al patio después de dedicarle una mirada preocupada a su hermana, quien estaba muy nerviosa. Eli la dirigió al centro de la sala y los tres invitados se pusieron de pie.

—Vamos a mi estudio. —Ulises indicó —. Allí hablaremos con más privacidad. —Todos asintieron en silencio y lo siguieron. Diana iba detrás de ellos con pasos lentos y tímidos. Reconoció al mestizo, pero no a la pareja; entraron y tomaron asiento. El lugar era amplio y tenía un escritorio y varios muebles que fueron ocupados por Jing, Leela, Odiel y Eli.

—Entonces tú eres Diana, la hija de Dimitri. —Leela rompió el silencio y Diana asintió sin emitir palabras—. Te pareces mucho a tu padre, pero eres más hermosa. —Sonrió.

—Lían es un pícaro, quien lo ve lo compra al tontín ese. —Odiel comentó malicioso mientras recorría a la chica con la mirada. Diana se sentía como un ratón de laboratorio y tenía sus manos entrelazadas para que sus temblores no fueran notorios.

—¿Sabes quiénes somos, jovencita? —Jing preguntó inexpresivo.

—No, pero me lo imagino. —Diana respondió con la voz en un hilo. Ese hombre la intimidaba, pues era muy apuesto y tenía mucho porte y autoridad.

—Imaginas bien. —Sonrió—. Somos los padres de Lían y él es Odiel, nuestro maestro guía. Relájate, nosotros no mordemos. —Jing dijo con una hermosa sonrisa que Diana correspondió.

—Ya entiendo por qué traes loquito a mi tontín, eres una chica linda y tierna. Me alegra que no seas una de esas mujeres frías y materialistas, pues es lo que más vemos en la nobleza. Siempre temí que Lían se enredara con ese tipo de mujeres; yo en particular no soporto a esos hipócritas… —Leela dejó de hablar cuando Jing aclaró su garganta.

En ese momento Lían entró al estudio y se quedó pasmado cuando vio a Diana. Ambos se miraron embelesados, perdidos en sus ojos que se conectaron como si se hablaran entre ellos.

—Diana... —Lían susurró con voz temblorosa. Ella esbozó una sonrisa tímida y sus mejillas se sonrojaron. Ambos permanecían allí estáticos sin saber qué hacer o decir.

—Todavía me pregunto cómo es que Lían pudo copular con la chica, se ve tan lento el pobre, por lo menos saluda, tontín. —Odiel espetó con hastío, ganando la mirada de desaprobación de Jing. Leela los observaba con los ojos cristalizados, por alguna extraña razón esa escena le causaba ternura y le recordaba cuando ella y Jing tenían que fingir ante los demás sobre sus sentimientos.

—Creo... que debemos darles privacidad. —Leela dijo con lágrimas en sus mejillas.

—Tenemos que hablar con la chica, ya tendrán tiempo para hacer sus cosas. —Odiel replicó.

—¡Eres tan sangre fría y amargado! —Leela explotó hastiada del mal humor del mestizo—. Deberías buscarte una esposa para que te desestreses. ¡Me tienes harta! Pareces un viejo verde, cascarrabias.

—¡Pues ustedes son los culpables por causarme tanto estrés! En especial, tú. Chiflada, rebelde, hermosa y jodidamente sensual. ¡Me vuelves loco!

Hubo un silencio sepulcral.

Las miradas se posaron sobre Odiel, quien tenía la boca abierta de forma exagerada al percatarse de lo que dijo. Si bien no era un secreto que Odiel siempre estuvo atraído por Leela, nadie nunca le prestaba atención, pues no parecía ser algo serio y que le afectara.

—Yo... —Odiel miró a Jing apenado y con culpabilidad—. Necesito estar solo, hablemos mañana con el padre de la chica y que Lían le aclaré todo a ella —dicho esto desapareció de la habitación dejando a todos los presentes impresionados.

—¿Podemos hablar? —Lían le preguntó a Diana, quien se veía pálida y perdida. Ella asintió y él la tomó por la muñeca. Eli y Ulises se miraron sin saber cómo terminar con el momento incómodo.

—Hazlo. —Jing rompió el silencio ganando la cara de agradecimiento de su esposa.

—Solo será un momento, amor. Creo que es tiempo de tener esa conversación con Odiel.

Jing asintió y abrazó a su esposa con fuerza, luego se besaron en los labios antes de ella desaparecer.

***

Lían y Diana volaban amarrados al palo volador de Dan por los hermosos y coloridos paisajes de la región arcoíris, aterrizaron sobre la grama de un solitario campo.

—¿Dónde estamos? —Lían preguntó mirando a su alrededor maravillado.

—Es uno de mis lugares secretos. —Diana respondió con una sonrisa.

El rizado se acercó a ella y la envolvió con sus brazos.

—Te extrañé tanto, mi estrella plateada. —Besó la coronilla de su cabeza. Diana buscó su mirada y acarició su mejilla, todavía le era difícil creer que él estaba allí con ella.

—Yo también te extrañé, mi leoncito lindo.

Ambos se quedaron en silencio mirándose a los ojos.

—Ven. —Diana se lo llevó a rastras. Caminaron por varios minutos hasta llegar a un hermoso y cristalino río que daba la apariencia de un arcoíris, pues en el fondo tenía arena de diferentes colores. Una cascada caía sobre este y árboles y flores silvestres lo rodeaban.

—¡Este lugar es un paraíso! —Lían expresó fascinado.

—Me encanta bañarme en este río, no es hondo y la arena se siente acolchada, es agradable el contacto con los pies. —Diana informó mientras se deshacía de su vestido, luego se quitó su ropa interior quedando completamente desnuda delante de él. Lían tragó pesado y su corazón latió con agitación.

—¿Qué haces? —inquirió con voz temblorosa.

—Voy a refrescarme. ¿Quieres acompañarme? —invitó con una sonrisa coqueta y se metió al agua. Lían se desvistió con rapidez y la siguió con la respiración agitada. Jugaron con el líquido cristalino un rato hasta que el rizado la atrajo a su cuerpo y empezó a devorar su boca.

—¡Cuánto extrañé esto! —Lían exclamó con agitación mientras besaba su piel con hambre y desesperación. Tocaba con deseo y anhelo, como si quisiera aprovechar cada momento con ella.

—Lían... —gimió llena de excitación mientras él saboreaba lo que tanto le gustaba. El busto de Diana siempre llamó su atención y poder acariciar, mordisquear y besar, era glorioso para él. Diana acariciaba su espalda disfrutando de los besos de Lían sobre su piel. A ella le encantaba halar de sus rizos, envolver sus dedos o apretarlos. El sudor se mezclaba con el agua y sus besos apagaban los gemidos. El sonido del fresco líquido delataba los rítmicos y bruscos movimientos que enloquecían a los amantes. Un suspiro, temblores y un último gemido culminaron el placentero acto, dejándolos aferrados uno al otro; descansando sobre el calor que emanaba de sus cuerpos, recuperando el ritmo regular de sus corazones y respiraciones. Una sonrisa de satisfacción y un “te amo” en forma de susurro fue el resultado final de aquel acoplamiento.