Capítulo 27
Lían se levantó del polvoriento suelo con desesperación y miró a su alrededor alterado.
—¿Dónde está Diana? —preguntaba angustiado por lo que sus hermanos lo miraron con sorpresa—. ¡¡Diana!! —Corrió nervioso buscando a su chica, pero no había rastro de ella.
—¡¿Qué rayos haces, mocoso?! —Odiel lo envolvió con un rayo y lo acercó a él.
—No lo entiendes, ella estaba conmigo...
—¡Debes regresar a la mansión! Me imagino que tus padres deben haber llegado. —Odiel respondió ignorando la preocupación del rizado.
—¡¡Qué no me estás escuchando!! —Lían gritó alterado—. ¡Necesito encon...! —No terminó de hablar porque Odiel lo puso a dormir.
—¡Lleven a este berrinchudo a la mansión! —El mestizo ordenó con cara de hastío—. Después le explican lo que sucedió con la chica, no tengo tiempo que perder, necesito encontrar a esa Sapria del demonio —dicho esto, desapareció de su campo de visión.
***
Lían abrió los ojos lentamente y los estrujó para terminar de despertarse. Su cuerpo estaba relajado y descansado; dejó salir un bostezo y se incorporó con confusión.
—¿Estoy en la mansión? —preguntó para sí al verse en su habitación. Se tocó como si no lo creyera y notó que traía su ropa de dormir. Se levantó de la cama con prisa y corrió por todo el pasillo gritando como loco.
—¡Papá! ¡Mamá!
Los sirvientes se asomaban con curiosidad al verlo correr por la casa como desquiciado. Lían fue cubierto por los brazos de Jing, quién había salido de su estudio al escuchar el escándalo.
—¡Lían! —Agarró su rostro con sus dos manos y sus orbes miel se cristalizaron—. No te imaginas como nos preocupamos por ti, hijo. ¡Estoy tan feliz de tenerte de vuelta! —Besó su cabeza y lo volvió a abrazar.
—¡¡Lían!! —Leela chilló y se le tiró encima. Él la apretó con fuerza y las lágrimas salieron con libertad—. ¡Bebé, estás bien! Te he extrañado tanto, amor. Estaba tan asustada, temía no volver a verte, mi niño. Te amo, tontín, no vuelvas a asustarme así.
—No lo haré, mamá. —Él limpió sus lágrimas y la elevó para darles varias vueltas.
—¡Basta, bebé! —Ella exclamaba entre risas. Lían la bajó y besó sus mejillas juguetón.
—¿Cómo llegué hasta aquí? —preguntó confundido y ellos se miraron sonrientes.
***
—Entonces Odiel me durmió y ustedes me trajeron. —Lían apuntó en dirección a sus hermanos, quienes los acompañaban en el desayuno.
—Sí. Estabas insoportable y frenético. —John respondió.
—Estabas muy afectado por la chica no fue transportada a Destello. —Jinag agregó.
—¡Diana! —espetó de repente—. ¿Dónde está Diana? —Todos lo miraron con confusión y extrañeza.
***
Lucero Verde
Diana miró a su alrededor desorientada y nerviosa. Su mirada se conectó con los orbes verdes de Ulises, quien la observaba con una sonrisa que expresaba alivio y alegría. Él la apretó contra su pecho mientras besaba la coronilla de su cabeza.
—¡Preciosa, estás bien! —celebró mientras acariciaba su cabello. Él la apreciaba mucho y la quería como a una sobrina.
—¡Tío, estoy de vuelta! —Diana lloraba sobre su hombro.
—¡Polilla! —La voz de su padre la sacó de su trance. Su corazón latió con agitación y las lágrimas fueron más abundantes. Ella corrió en su dirección, de igual manera hacía él. Ambos se encontraron en el camino y Dimitri la cargó y apretó contra su pecho. Padre e hija lloraban y se decían lo mucho que se habían extrañado esos ocho meses. Él limpió sus lágrimas y ella las de él, ambos se volvieron a abrazar con fervor entre hipos y promesas de que jamás se volverían a separar. Su madre y hermano la recibieron con efusividad, lágrimas, besos y abrazos. Después de llorar como una magdalena, Ana se puso a cocinar con mucho entusiasmo y alegría. Diana la ayudó en la cocina y su progenitora cada cierto momento, limpiaba algunas lágrimas que se le escapaban al verla allí junto a ella, después de tanto tiempo. Temía que fuera un sueño, temía despertar y no verla jamás.
***
Destello
Lían se fue a su habitación en silencio y con marcada tristeza, después de que sus hermanos le contaron lo que sucedió. Odiel se había comunicado con Ulises y ellos se pusieron de acuerdo para que cuando John y Jinag abrieran el portal, cada quien fuera transportado a su mundo, fue así como Ulises transportó a Diana directo a Lucero Verde.
—Estrella plateada, amor mío. —Lían se lamentaba con el corazón desgarrado. El temor que tuvo todo ese tiempo se hacía realidad y él no sabía cómo resolverlo. Diana tenía su vida y familia en Lucero Verde, no pretendería que ella abandonara todo por él. Tampoco él podía renunciar a su vida en Destello, ¿o sí?
—Diana, preciosa. Voy a extrañarte, amor de mi vida.
***
Lucero Verde
Diana se levantó desorientada otra vez, pues le era difícil acostumbrarse de nuevo a su vieja vida. Por una parte, estaba feliz de volver a ver a su familia, pero por otra, la tristeza la consumía en secreto. Sabía que no volvería a ver a Lían y eso le rompía el corazón. Todas las noches de aquella semana se la pasaba llorando en silencio, se había acostumbrado a su calor y olor, a sus besos, caricias y su forma tan delicada e intensa de hacerle el amor. Lían era todo un caballero que respetaba su cuerpo y se preocupaba de no incomodarla, pues era muy paciente; pero al mismo tiempo, era puro fuego y pasión. Toda una mezcla entre delicadeza y fuerza, calma y tempestad. Era dulce y atrevido, creativo y nada aburrido. Sus mejillas ardían y su cuerpo empezó a reaccionar con aquellos recuerdos, con la forma en que él la hacía sentir. Para Lían ella se veía hermosa, aunque se terminara de levantar, le daba igual si llevaba maquillaje o no, o si la ropa era bonita o regular. Siempre la hizo sentir la más bella de las mujeres y su forma de acariciarla y darle placer era de alguien hambriento y deseoso.
—Lían... —Tocó la cadena con el dije de rompecabeza, era lo único que tenía de él. El primer día estaban tan conmocionados que nadie lo notó, pero la siguiente mañana cuando se miró al espejo, casi grita al encontrar la cadena en su cuello; pues se suponía que una vez regresaran, la cadena regresaría a Lían debido a que nada de lo vivido fue real. Desde ese día usaba ropa con cuello cerrado para ocultarla, porque si su padre la veía, tendría graves problemas.
***
Destello
—¡¡Lían!! —Beka corrió a su dirección con gran entusiasmo mientras Bruno se acercaba a Jing, quien observaba a los jóvenes abrazarse.
—Beka... ¡Qué sorpresa! —Lían secó las lágrimas que rodaron por la mejilla de la rubia y le regaló una sonrisa que la hizo sonrojarse.
—Mi padre me dijo ayer que tenías una semana en Destello. No lo creía, pensé que no te volvería a ver. —La rubia volvió a abrazarlo.
—Sí... —Rascó su nuca—. No había podido visitarte...
—Lo sé. —Ella lo interrumpió—. Es lógico que no hayas salido, Lían. Apenas tienes una semana aquí y yo vivo muy lejos. Por eso vine a verte y te traje un regalo. —La chica sacó una cajita redonda, decorada con elegancia—. Es un pastel de chocolate, tu favorito.
—En realidad, mi favorito es de naranja, pero también me gusta el de chocolate mucho. —Sonrió. Beka lo miró con extrañeza.
—¿Desde cuándo? Siempre te ha gustado el de chocolate.
Iba a decir que desde que Diana horneó su primer pastel, pero omitió esa parte.
—Creo que he cambiado de gusto. —Sonrió—. Muchas gracias por el pastel, fue un hermoso gesto. —Él pellizcó su nariz provocando que ella se sonrojara.
Ellos entraron a la mansión y Jing y Bruno los observaron hasta que se perdieron a través de la puerta.
—¿Qué crees de una relación entre tu hijo y mi hija? —Bruno rompió el silencio en el que se habían sumido. Jing duró unos segundos para responder.
—Pues sería genial... —Jing arrastró la última palabra.
—¿Pero? —Bruno cuestionó.
—Pero no creo que Lían tenga ese tipo de sentimiento por Beka.
—Eso pensaba, pero Beka me dijo que antes de él viajar a Lucero Verde se besaron y él le dijo que le haría una propuesta a su regreso. Ella me aseguró que le pediría que tuvieran una relación más allá de una amistad.
Jing lo miró con incredulidad, no por sus palabras sino por el comportamiento de su hijo. Sabía que estaba enamorado, pero no de Beka.
—Eso fue ocho meses atrás, Bruno. Muchas cosas cambian con el tiempo y Lían no ha sido la excepción.
Un mes después...
Jing y Leela estaban preocupados por su hijo, pues éste se había vuelto muy reservado y se había aislado de todos. No salía con sus amigos, no aceptaba visitas, ni siquiera recibía a Beka cuando ella lo iba a ver. Estaba sumido en él mismo y el sufrimiento en su mirada era obvio.
—Lían, sabes que puedes decirnos cualquier cosa. —Jing lo abordó sentándose a su lado mientras Leela sostenía su mano con mirada comprensiva y llena de preocupación. Ellos tres estaban en una de las salas privadas de la mansión por petición de su padre. Él los miró desesperanzado, ¿cómo decirles que se enamoró de la hija de Dimitri Pavlosky?
Lían bajó el rostro con tristeza, odiaba preocupar a sus padres, pero no sabía cómo lidiar con el dolor y el vacío que la ausencia de Diana le provocaba. Antes de Lían responder, un viento cubrió el salón y la figura de Odiel se reflejó frente a ellos. El mestizo se le lanzó encima a Lían y lo levantó del sofá agarrándolo por el cuello de su camisa.
—¿Creíste que no lo notaría? —espetó furioso. Leela y Jing se pusieron de pie exaltados con el comportamiento de Odiel y miraban la escena con desconcierto—. Todo este tiempo estuve buscando a la Sapria del demonio a quien no he encontrado aún. Es por eso que no me percaté de tu estúpido comportamiento. ¿Por cuánto tiempo creíste que lo ocultarías? ¡Acaso me crees idiota! ¿Sabes lo que has hecho, imbécil? ¿Acaso pensaste en las consecuencias de tus malditos e irresponsables actos? ¿Qué harás ahora, Lían? No te imaginas el caos que se avecina por tu culpa, por tu inmadurez, por ser un maldito puto de mierda.
Lían mordió sus labios al entender lo que Odiel le reclamaba, mientras que sus padres se miraban con asombro y confusión.