Prologue

— ¿Otra vez le diste de comer a esa pequeña puta? — Puñetazo.

— Responde pedazo de mierda bueno para nada. — Puñetazo.

— ¿Por qué no dices nada cabrón? — Me lanzo contra la pared.

— ¡Te mataré! — Me pateó mientras estaba en el suelo.

— Levántate pedazo de mierda. Levántate y ve a prepararme la cena. — Me levante adolorido. Mis costillas se resintieron pero tenía que moverme antes de que se enfureciera más. — Y no quiero saber que estás dándole mi comida a esa niña o yo mismo iré a cobrársela. — Camine cojeando hasta la nevera y saque lo necesario, quedaba poco, pero ese par de chuletas y la pasta en la alacena serían suficientes.

Luego de poner el plato frente a él tomé mi chaqueta, llaves y el poco dinero que me quedaba y Salí para ir a hacer el trabajo que O’Carroll me pidió hace dos días. Estaba este tipo, él decidió robarle a O’Carroll y luego decir que alguien más lo había robado. Si el jefe te envía a hacer un robo, no le vendas la mercancía a alguien más y digas que te la robaron, eso solo hará que envíen a personas como yo. Los ajustadores de cuentas somos como los monstruos bajo la cama. Nos usan para asustar pero si no se portan bien, pues el monstruo los desaparece.

Salí al pasillo y vi a Carly jugando con trapos viejos amarrados como si fueran una muñeca, por lo menos eso intente que parecieran. Se giró para verme y me sonrió. Luego de golpizas como esa, lo único que me alegraba el corazón era verla sonreír y saber que ella estaba a salvo. Siempre quise muchos hermanos, tengo primos pero no soy bienvenido en la familia, creo que la abuela incluso perdonaría a Charlie pero yo era el recuerdo viviente de mi madre y por lo tanto siempre sería un paria.

— ¿Puedo ir contigo? — Se encontró conmigo cerca de las escaleras. Me sostuve de la pared para ponerme a su altura, mis costillas dolían como el infierno. — No pequeña, hoy no. — Su carita triste removió todo dentro de mí, no me gustaba salir y dejarla aquí sola, pero tenía que hacer esto para conseguir dinero. La poca comida que quedaba se convirtió en la cena de Charlie y el dinero de su paga en vodka y whisky.

— Tratare de volver pronto cariño. Estaré aquí esta noche, muy tarde. — Ella no lloraba como las demás niñas, pero su expresión me decía que no estaba contenta. — No has vuelto a traer libros, quiero leer. ¿Qué haré mientras no estas si no tengo libros? — Era cierto, en los últimos días no traje libros. Me fije en algo en su cuello.

Otra quemadura.

Me enfurecí tanto, pero ya era tarde. No estuve ahí para evitar que la usaran como cenicero. — Te prometo que traeré un chocolate esta vez, no será mantequilla de maní como siempre. — Negó. — Me gusta la mantequilla de maní. — Sonreí. — Está bien, traeré ambos. — Sonrió un poco. — Prométeme que te quedaras afuera y si salen a buscarte te esconderás bajo las escaleras en otro piso. — Asintió. Bese su frente rogando a los dioses que la protegieran y me levante. La vi volver junto a la puerta.

Mientras bajaba las escaleras me encontré con ese tipo de nuevo. Bien vestido y con joyas extravagantes. Scarlett es buena escondiéndose, ella estará bien cuando regrese.

— Hola Ryan. — Me miró y volvió su mirada al trago que estaba sirviendo, en cuanto estuvo libre vino a atenderme. — Muchacho, parece que te dieron una buena lección. — Hice una mueca. — No es lección si no hay nada que aprender. — Endureció su expresión. — ¿La vieja Rose está libre? — Había más de un arma comunitaria pero las demás no eran de mi agrado porque no tenían suerte y protección. La vieja Rose me salvó de morir dos veces y esas otras armas se trabaron cuando intente usarlas en algunas ocasiones.

— Tienes suerte, acaban de venir a dejarla.

Fue a buscar el arma, cuando intente irme se negó a entregármela. — ¿Qué sucede? — Chico, eres demasiado bueno, eso atrae la atención equivocada. — Miro tras de mí y yo me gire para seguir su mirada. Declan estaba en la mesa de la esquina más alejada con un par de hombres y algunas chicas. La que tenía en las piernas estaba sonriéndome, al parecer había perdido todo interés en Declan.

— Sabes que es el hijo del jefe, y como todo niño rico, es egoísta y odia compartir sus juguetes, especialmente los más bonitos. — Alexandra O’Neill siempre fue una de las más bonitas. Su abuelo fue un Westie cuando Hell’s Kitchen era zona de guerra y ahora cuando la mafia irlandesa en Nueva York es poco más que una leyenda, ella se dedica a ir tras los pocos que lograron quedarse con lo que los italianos no nos quitaron.

— Bueno, pues él no lo ve así justo ahora. — Alexandra se levantó aunque él trató de detenerla, pero ni siquiera una orden directa del hijo del jefe de uno de los clanes la detenía.

Ella caminó hacia mí con coquetería. — Yo nunca he pretendido quitarle lo que es suyo. — Desde que tengo uso de razón, nuestros padres nos han obligado a competir, no es mi culpa que yo sea el mejor siempre.

Me gire otra vez tomé el arma para salir de ahí pero al levantarme para irme ella puso sus manos sobre la barra rodeándome con sus brazos. — Hola, amor. ¿A dónde vas con tanta prisa? — Hice una mueca que ella no vio. Por más que intentaba alejarla de mí, ella seguía insistiendo. Tuvimos sexo un par de veces y aunque ella al igual que yo, no buscaba nada serio, quería que nos viéramos más seguido.

— Tengo trabajo, Alexa. — Una de sus manos se posó sobre mi abdomen. — Soy más divertida y mucho mejor que el trabajo. — Ronroneo sobre mi espalda. Tome su mano y la retire con delicadeza para luego hacerla a un lado. Puse a Rose en mi pantalón y la cubrí con la chaqueta. — Lo siento, Lexa. Tengo que comer.

La deje sola en la barra. Estaba sorprendida de que la rechazara pero justo ahora no tenía el tiempo y ella se había convertido en la favorita de Declan. Nuestra historia había terminado. Además no me gustaría meterme con alguien que se involucra con él. Sus gustos y apetitos sexuales van más allá del BDSM y se volvía realmente loco y violento. Escuche que mató a una chica y aunque me hubiera gustado pensar que eran solo rumores, creía en esos rumores.

Declan “Demente” McNeall. Dekko, para los amigos. Pero él no consideraba a nadie su amigo.

Ella estaba dormida bajo las escaleras del tercer piso. Deje las bolsas con el desayuno junto a ella y subí por una colcha y almohada. Cuando me fui hoy, Charlie ya estaba ebrio, este era uno de esos días en los que no se detendría hasta caer inconsciente, no iría al trabajo en la mañana y se quedaría inconsciente por casi un día. Volverían a despedirlo.

Entre en silencio rogando a los dioses o a quien estuviera dispuesto a escucharme, para que no se despertara. Estaba en su sillón frente al televisor encendido. Recordé que debíamos dos meses de renta y me preocupe. Cuando Salí sin un solo golpe volví a respirar. Pase por el apartamento de nuestro casero y le di el dinero. Logre recuperar algunas joyas y O’Carroll me dio dinero extra por eso.

Baje al tercer piso y me acosté junto a ella cubriéndonos con el edredón y poniendo la almohada bajo su cabeza con cuidado de no despertarla. Tenía clases y debía dormir un poco. La apreté contra mi cuerpo y me deje llevar por el cansancio.

— Hora de irme, pequeña. — Hizo un ruidito pero no despertó. — Tu desayuno está listo y empacado, pero recuerda que aun así, las cucarachas pueden encontrar el camino. — Esta vez hizo una mueca y no pude evitar reírme. — Nos vemos más tarde cariño. — Bese su mejilla y me levanté para ir a arreglarme. Charlie seguía en el sillón.

Al volver a casa, pensé que lo encontraría despierto y enojado pero no fue así. Por suerte bebió tanto que me dejaría tranquilo probablemente hasta la noche. Quería que Carly comiera bien mientras tuviera algo de dinero, se acabaría pronto ahora que había pagado la renta, pero hoy le prepararía una buena cena.

Mientras ella jugaba en el pasillo, puse todo en la estufa. Prepararía un estofado. Mientras estaba listo fui a limpiar el desastre de Charlie. Comencé a recoger las botellas de Whisky y Vodka y luego iría por los platos sucios, pero cuando me agache junto al sillón para recoger la que había junto a este, note algo que me helo la sangre.

— ¡Oh Morrigan!

Esto no podía estar pasando. Acerque mi dedo a su nariz, no quería tocarlo porque me daba asco este ebrio de mierda, por lo que no revisaría su pulso. Como pensé, no estaba respirando y quien sabe desde cuando dejo de hacerlo. Deje las botellas en el suelo y me levanté sin saber qué hacer. Mis manos peinaron mi cabello y luego lo desordenaron. Patee el maldito sillón mientras gritaba.

— ¡No puedes hacerme esto, Charlie!

Busque mi celular y llame al nueve once, era lo único que podía hacer por ahora. — Hola, creo que mi padre lleva horas muerto. — La operadora que me atendió me dio palabras de ánimo y me dijo que esperara a los paramédicos. Salí al pasillo y tome a Carly en mis brazos, me senté en los últimos escalones de las escaleras que llevaban al siguiente piso y la senté en mis piernas.

— Pequeña, tienes que escucharme. Presta mucha atención ¿De acuerdo? — Asintió algo asustada. — Tendré que irme por un tiempo, no será mucho. Tendré que irme pero te prometo que volveré, no voy a abandonarte ¿Lo sabes? Vendré por ti en cuanto pueda. — Ella asintió pero podía ver el miedo en sus ojos. ¿Qué le sucedería si me iba? Tenía que pensar que estaría a salvo hasta que yo regresara.

Podía emanciparse. Acabo de cumplir dieciséis, pero si lo hacía, servicios sociales se meterían en mis asuntos, para asegurarse de que podría valerme por mi cuenta y si descubren algo que no deben descubrir podría ir a prisión y ella se quedaría sola por mucho tiempo, para cuando regresara, tal vez ya no la encontraría.

Cuando los paramédicos llegaron, volví adentro y ellos lo confirmaron. Había muerto por un paro cardiaco mientras dormía, hace aproximadamente veintiuna horas, mucho antes de que entrara por la colcha. Ellos llamaron a servicios sociales y a la policía y un par de horas después, salía al pasillo con mi mochila llena de ropa y cosas personales. Vi a Carly junto a su puerta y junto a ella, Courtney. Desvié la mirada porque no podría irme si seguía mirándola. ¿Qué sería de mi Carly sin mí?

Baje por las escaleras y pude escuchar los murmullos de algunos vecinos que se asomaban para ver qué sucedía. Al salir, un copo de nieve cayó sobre mi mejilla. Limpie mi rostro y mire al cielo nublado de Nueva York. Tenía que volver por ella lo más pronto posible.