COMPLÁCEME

Es increíble la facilidad con la que el cuerpo pierde condición, antes era tan ligera como una pluma, una chica que iba a todos lados sin soltar un sólo jadeo. En cambio, ahora, después de un par de meses sin hacer otra cosa que caminar entre nobles y mostrarme como una Princesa, me he vuelto completamente inútil. Y esto queda claro cuando el enorme brazo de Silas me arroja de espaldas al suelo con la fuerza suficiente para dejarme sin aire. Las doncellas lanzan exclamaciones asustadas mientras yo parpadeo varias veces, intentando no desmayarme.

—Ni siquiera cuando llegaste hace 6 años eras tan débil—dice tendiéndome una enorme mano morena.

Silas es el jefe de la guardia real, es fuerte e implacable, también arrogante.

—Sinceramente, yo no creí que volverías aquí—añade Nadir, la novia de Silas y la líder del Servicio Secreto (los agentes de seguridad que resguardan a la familia real).

Me limpio el sudor de la cara antes de tomar la mano de mi antiguo jefe. En cuanto estoy de nuevo sobre mis pies, Fanny y las doncellas se apresuran a acercarse a mí con expresiones que sobrepasan la preocupación.

—¿En qué piensas, Kohana? —me recrimina Fanny—. Tú ya no perteneces a la guardia y tampoco al Servicio Secreto, no deberías estar aquí.

No le respondo, en su lugar aprieto los dientes y contengo mi irritación. Nadir y Silas sonríen con burla, les divierte sobremanera ver a estas chicas revoloteando a mi alrededor, especialmente porque en el pasado jamás hubiera permitido que ninguna de ellas interfiriera en mi entrenamiento.

—Haberme casado con el Príncipe no tiene nada que ver con esto—replico y les hago un gesto a las doncellas para que se alejen. Nadir sonríe aún más, pero Silas frunce el entrecejo—. No te preocupes, Silas, no te meterás en problemas por hacer esto.

La sala de entrenamiento es una enorme habitación vacía de techo alto, con paredes color gris opaco y suelo de madera, no tiene ventanas, solamente una puerta de doble hoja color negro. Estar de nuevo en esta habitación es lo que necesitaba, por fin me siento cómoda y libre, aquí no hay nada que me recuerde mi actual posición entre los Creel. Estoy en casa, es como haber vuelto al pasado, donde mis preocupaciones se reducían a mis turnos y la mejor manera de mejorar mi fuerza física. No voy a perder esta vida de nuevo, aunque ya no pueda seguir este camino como antes, de vez en cuando pienso pisar este lugar y Silas no me lo va a prohibir.

Planto los pies en el piso y levanto los puños en posición defensiva, lo miro fijamente.

—Ahora, jefe Silas, ¿por qué no me señala mis debilidades?

Lentamente su expresión pensativa desaparece, sustituida por una más fiera, la misma que pone cuando se enfrenta a alguien que cree un digno oponente. Nadir le da una palmada en el hombro y el hombre se lanza contra mí. Hace 6 años, cuando llegué al palacio De Silvanus como aspirante a miembro de la guardia real, no sabía mucho y Silas no fue comprensivo, desde el principio me exigió demasiado y a mí no me quedó de otra más que esforzarme el doble que mis compañeros. Silas fue compañero de mis padres, quienes fueron guardias tiempo atrás, por eso Silas se sentía en la obligación de formarme con mano de hierro y hacer de mí su mejor discípula. Un año después, gracias a una recomendación suya, me ascendieron y tuve un lugar entre los guardias que resguardaban las puertas del palacio. Gracias a él logré seguir creciendo, al siguiente año llegó Emma Creel y por coincidencia terminé entre su séquito de doncellas, y pasado otro año, Nadir me dio un lugar entre los miembros del Servicio Secreto como agente encargada de la seguridad de la Princesa. Y transcurridos otros dos años, perdí todo; a Emma, mi trabajo, mi libertad y la oportunidad de seguir creciendo en lo que tanto amaba.

El puño de Silas pasa muy cerca de mi cara, retrocedo un paso antes de devolverle el golpe con una patada, naturalmente logra evadirla. Pero yo no logro esquivar su ataque y su pie golpea mi estómago con fuerza. Jadeante vuelvo a retroceder, sin embargo, no tardo en toparme con la pared, y con las doncellas apoyadas en ella.

Las escucho cuchichear y soltar risitas.

—Míralo, que guapo es—dice una.

Ignoro a las chicas y vuelco toda mi atención en mi rival, en el hombre que ha sido más que mi entrenador, mi mentor. Suelto un bufido y Silas amplía su sonrisa todavía más, le encanta enfrentarse conmigo sólo para verme caer.

—Creo que te has vuelto de cristal, Veena Creel—se mofa.

A mi lado, dos doncellas ríen.

—No puedo creer que esté aquí, ¿será por ella?

Antes de darme cuenta mis ojos se alejan de Silas para caer en las dos chicas, las sonrisas de ambas se desvanecen al ver mi mirada llena de irritación. No puedo creerlo, han estado hablando y riendo sin darse cuenta de mi presencia. Con los labios apretados abandono mi postura defensiva y Silas hace lo mismo, las dos chicas bajan la cabeza y hunden los hombros.

—Perdone, Alteza—murmura una de ellas en tono sumiso—, hemos interrumpido su entrenamiento.

Más que eso, quiero decirles, han interrumpido mis pensamientos y concentración. Sin embargo, lo pienso mejor; Fanny dijo que si quiero sobrevivir a este mundo debo simpatizar con todos, comportarme como Emma.

—No importa, en verdad—ambas alzan la cabeza y me miran con ojos como platos, sin disimular su incredulidad. No estoy de humor, pero aun así les sonrío con dulzura y modulo mi tono de voz, igual a como solía hacer Emma—. Mejor díganme, ¿qué es lo que tanto les ha llamado la atención?

De reojo veo a Fanny acercarse a nosotras, al llegar posa una mano en mi hombro.

—Es Su Excelencia, está aquí.

Giro el rostro y lo veo, recostado en la puerta, mirándome como siempre, sin sonreír y sin pizca de humor. Por un eterno segundo sólo nos miramos fijamente, después Gian asiente y todos en la habitación se inclinan en una profunda reverencia. Frunzo la boca y cruzo los brazos sobre el pecho, los miembros de la familia real jamás han pisado el edificio de entrenamiento; sobra decir que estoy sorprendida e intrigada por la repentina presencia del heredero al trono.

—Salgan.

La orden es baja, pero tan clara que todos se apresuran a abandonar la sala, incluido el fuerte jefe Silas. Cuando la última doncella sale, Gian cierra las puertas y pone el pestillo, después se me acerca muy despacio.

—Jamás te había visto con ropa deportiva—musita recorriendo mi cuerpo de arriba a abajo con esa mirada lasciva propia de él—. Debo decir que te queda muy bien, es tan ajustada que es como una segunda piel.

El Príncipe viste una chaqueta tipo cruzada color vino sobre una sencilla camisa gris, y pantalones del mismo tono; es un conjunto informal y a la vez elegante. Gian Creel luce perfecto incluso cuando no lo pretende; por otro lado, yo soy todo lo contrario, estoy despeinada y me veo terrible.

—Pero tengo un punto en contra—añade al llegar a mí—. Es demasiado revelador.

No hago nada cuando acerca sus labios a mi cuello y comienza a plantar besos en la piel.

—¿Qué haces aquí? —inquiero cerrando los ojos, comenzando a disfrutar la increíble sensación que me provoca sentir sus labios. No puedo negarlo, mi cuerpo se ha ido acostumbrando a su tacto, a la constante compañía de Gian Creel.

Apoya una palma en mi espalda baja y me pega a él de un tirón, provocando que suelte un jadeo. Se ríe y responde sin dejar de besarme.

—Preguntando qué dijeron los resultados.

Tardo un poco en comprender de qué habla, pero cuando lo hago, sonrío un poco. Así que al futuro Rey también le preocupaba este asunto; cuando creo que Gian Creel es incomprensible e irremediablemente frívolo, me muestra un lado bastante humano y sencillo.

—Es una lástima que los rumores acerca de mi embarazo no puedan ir más allá.

Vuelve a reír, es un sonido que denota su alivio.

—Veena, la idea de compartirte con alguien más… —susurra con voz queda e inhala con la boca a un palmo de la mía. La cercanía y el contacto de nuestros cuerpos envían una descarga eléctrica por mis venas, es excitación y deseo—. Sólo tú y yo, siendo mía siempre, ¿entiendes?

¿Es una amenaza? Siempre tan posesivo, no sé de dónde viene esa inseguridad en un hombre que literalmente lo tiene todo a sus pies.

—Veena, ¿comprendes lo que digo?

¿Me está diciendo que más me vale que siempre le sea fiel? Es tarde, estuve con Jade en Cianí, pero Gian tampoco dejó a sus mujeres por mí, así que estamos a mano. Mis pensamientos vuelven a desaparecer cuando sin previo aviso une sus labios con los míos, cierro los ojos y me dejo llevar, pero casi al instante siento su lengua intentando entrar en mi boca. Frunzo el ceño y lo tomo por los hombros en un intento por alejarlo, pero Gian me sujeta con fuerza y me obliga a devolverle el beso. Me mete la lengua mientras una de sus manos desciende hasta mi trasero y se cuela bajo mis pantalones.

—Basta—digo contra sus labios—. Gian, todos están afuera.

No contesta, sino que lleva la mano hasta la parte delantera, bajo mi ropa interior. Se me escapa un gemido cuando me acaricia el clítoris, y tampoco puedo evitar jadear al sentir uno de sus dedos entrando en mi interior.

—Gian, detente…

Deja de besarme solamente para poder ver mi expresión, estoy roja y no puedo dejar de jadear.

—Qué húmeda estás—dice sin prestarme atención, moviendo el dedo en círculos—. Tan cálida y resbaladiza, me muero por follarte, quiero que me sientas llenarte.

Aprieto los labios con fuerza y Gian añade otro dedo a mi tortura.

—Basta… Basta, Gian.

—¿No es excitante hacerlo mientras todos no escuchan? —inquiere y yo lo miro como si tuviera dos cabezas—. ¿No te excita saber que están ahí, escuchando algo que no deberían, pero que tampoco pueden evitar? ¿No quieres llegar al orgasmo sabiendo que pueden oírte?

Está loco, definitivamente este hombre no está cuerdo, ¿de qué manera podría excitarme algo así? De la nada y antes de que pueda responder, mete una pierna entre las mías y empuja suavemente. El movimiento hace que doble una rodilla y caiga al suelo. con él encima.

Su engreída mirada profunda va de mis ojos a mis labios entreabiertos.

—¿Recuerdas lo que pasó en la mansión Ventura?

Inhalo con fuerza, recordando la última vez que vi a Emma. Ese día yo tuve que permitir que el Príncipe me tocara, y todo para que aceptara adelantar su salida a Diamante y con ello alejar a Emma de su pretencioso primo.

—Claro, me dejaste marcas en el cuello—cierro los ojos cuando sus labios comienzan a besarme de nuevo.

En ese momento el contacto con Gian me pareció repulsivo, un martirio que tuve que soportar por el bien de la Princesa. Pero ahora, en este preciso momento siento el cuerpo caliente y el corazón me late a mil por hora, cada pequeño roce me hace desear tenerlo más cerca.

—En ese pequeño espacio ya me pertenencias—dice y sus dedos toman el dobladillo de mi camiseta—. Ahí, no sabes lo cerca que estuve de tomarte. Quería hacerte gritar, que lucharas y me miraras con esos fieros ojos tuyos llenos de ira.

La suave tela se desliza por mi piel hasta que me la saca por la cabeza, dejándome con los senos al aire. Me muerdo el labio para no sonreír, su expresión ha cambiado, no esperaba verme sin sostén.

—Es incómodo entrenar si no es una prenda deportiva, y por ahora no cuento con una—le explico al ver como su ceño se frunce en señal de enfado.

No dice nada, simplemente se mete un pezón en la boca y comienza a succionarlo sin piedad. Me retuerzo debajo de él y me aferro a su cabello con los dedos, es doloroso y placentero, se siente increíblemente bien. Por un rato solamente se dedica a jugar con mis pechos, alternando de un pezón a otro, masajeándolos mientras me mira contener mis jadeos. Pero no tarda en erguirse para sacarme los pantalones de un tirón y liberar su duro miembro erecto, permanezco inmóvil viendo el glande y las venas sobresalientes que dejan claro lo excitado y ansioso que se siente. Después ladeo la cabeza en dirección a las puertas y respiro hondo antes de asentir, casi al instante siendo su pene comenzando a penetrarme. Ahogo un gemido sintiendo como me estira y llena poco a poco, y me sorprende lo poco incómodo que es, antes hubiera gritado de dolor, pero ahora creo que es una ventaja que sea tan grande y gordo. Me gusta tenerlo dentro, así que levanto las caderas y gimo cuando llega hasta el fondo.

—Dios, Veena—gruñe comenzando a moverse.

Me aferro a sus brazos con las uñas. Por fin puedo sentir a lo que se refiere, la excitación de estar teniendo sexo mientras alguien te escucha… El deseo incrementa y me abrasa con cada embestida de Gian. Quiero que escuchen, que sepan lo bien que la estoy pasando.

—Mas te vale no parar—jadeo en su oído.