Cap. 42 El Diario Mitchell 2ª parte.

Todos entramos estudiando nuestro entorno, las luces, todas se encontraban apagadas, solo los cirios y las velas eran lo único que alumbraban los alrededores cercanos al púlpito. ─ Esto no me gusta ─ Murmuró Becker dando vueltas sobre sus talones. ─ Podría ser una trampa ─ farfulló Meyer cubriendo nuestras retaguardias, y en ese preciso momento, las luces se encendieron.

¡Mierda!, nos habían sorprendido, pero Oliver no se mostraba para nada sorprendido. ─ ¿Quién anda allí? ─ preguntó una voz joven haciendo acto de presencia, se oía bastante temeroso y con pasos cautelosos se asomó con palo de escoba en mano, que al vernos, tragó saliva con dificultad y se preparó para defenderse o tal vez para echar a correr, porque su pregunta demostraba que tenía de todo menos valentía. ─ Q, q, q, q, q, ¿Qué hacen aquí?, qui, qui, qui ¿Quiénes son ustedes?, la, la, la, la iglesia está ce, ce, ce, cerrada ─ Oliver ladea la cabeza y yo también, algo no iba bien. ─ Atentos chicos ─ advertí y todos asintieron en silencio. Oliver sonríe a duras penas diciendo: ─ Descuida hijo, soy el padre Oliver, ellos son mis amigos, vienen conmigo. No sé si el párroco que dirige esta iglesia te lo comunicó ─ el joven monaguillo ni siquiera se relajó un poco, aun seguía en posición de querer batear cabezas, pero ténganlo por seguro que si mostrábamos nuestros dientes… pero por lo menos tuvo la decencia de querer escucharnos, pero… ─ El padre no me comunicó nada al respecto ─ Oliver usaba de sus habilidades como susurrador, pero… ─ Quedamos en que vendríamos a visitarle, lamentablemente nuestro viaje se retrasó un poco y llegamos a altas horas de la noche ─ él joven se relajó… solo un poco, mas no bajaba la guardia. ─ ¿Puedes bajar la escoba, hijo?, no estamos aquí para agredir, solo vinimos a conversar con el párroco ─ decía Oliver conforme iba avanzando, y como esperaba, sus habilidades funcionaron, pero cuando apenas bajó la guardia, Oliver lo tomó por sorpresa moviéndose a la velocidad del rayo y le partió el cuello, eso no me lo esperaba, porque lo único que hice fue parpadear totalmente anonadada, eran muy contadas las ocasiones en que Oliver actuaba con agresividad. ─ ¿Recuerdas la carta? ─ preguntó fríamente estudiando el cuerpo, su expresión me recordó mucho a Eloísa. ─ Lo mataste. Oliver… lo mataste… ma, ma, ¡lo mataste! ─ Ya estaba muerto ─ ¿Qué? ─ recapitulé todo lo que había visto y sentido, y era cierto, Oliver usaba de sus habilidades como susurrador, pero en ningún momento la vista de aquel muchacho jamás se tornó vidriosa, tampoco sentí latidos de su cuerpo, sin embargo había funcionado, tal vez porque… ¿era un recién nacido? ─ No pierdan tiempo, empiecen a registrar ─ ladró órdenes Oliver trayéndome a la realidad entre parpadeos. ─ Elisa, ¿Qué recuerdas de la carta? ─ Todo ─ ¿Alguna idea por donde buscar? ─ busqué las posibilidades trayendo la carta a mi mente otra vez, y por ello boqueaba como un pez y las frases de cuarto y ladrillo rojo se me vinieron a la mente. ─ Su casa ─ Oliver frunce el ceño en interrogante. ─ Revisen en su casa… ¿Sabes donde vive? ─ Oliver asintió. ─ Entonces… llévate a dos del escuadrón, busquen un ladrillo suelto, una pared hueca, algo, yo me quedó aquí con el resto a vigilar ─ ¿Y nuestro amigo? ─ señaló Oliver con la barbilla. ─ Me ocuparé de él en sacarle la verdad. No pierdas tiempo, ¡ve!, Meyer. Schulz vayan con Oliver. Vuelen si es necesario ─ ambos asintieron y salieron corriendo como alma que lleva el diablo dejándonos con el cuerpo inerte del pequeño monaguillo, ─ Becker. Wagner, lo mismo ustedes. Revisen… ─ y mi orden quedó a la mitad, porque nuestro amigo se levantó de un salto con sonrisa demencial en rostro. ─ Gracias por decirnos donde está el diario ─ y salió corriendo con todas las intenciones de saltar por uno de los amplios ventanales. ─ ¡Que no escape! ─ grité señalando y todos nos lanzamos a atraparlo saltando con agilidad felina entre columnas, las usábamos de apoyo para tomar impulso. Ya solo faltando pocos metros para escapar, había sido embestido por Bauer cayendo con estrépito al suelo. El monaguillo se levantó con agilidad al igual que Bauer. ─ Ya es tarde ─ bramó. ─ Si. Para ti ─ repliqué y lo más ridículo fue que quiso oponer resistencia, le di mérito al carajito ese, tenía agilidad para evitar los ataques de mis muchachos, era como querer agarrar a una ardilla con diarrea, perdonen la comparación, pero era verdad, era demasiado escurridizo.

Fue una pelea difícil que duró bastante, no sabría que tanto, pero ya me tenía harta. Aprovechando que nuestro amigo se encontraba muy distraído luchando contra Bauer, Becker y Wagner, no se percató de mi presencia que lo acechaba, tomé el palo de la escoba y seguí rodeando. ─ ¿Dónde está su Nafalem? ─ preguntó con desafío y burla, y eso me asombró, eso quería decir que ya los maestros antiguos ya estaban al tanto de mi presencia, eso no era buena señal. ─ ¿Dónde está a la que todos le temen?, a la Nafalem del precursor Diab ¡Aaaargh! ─ Aquí estoy, carajito de la verga ─ murmuré en español en su oído con dientes apretados atravesando el palo de escoba por su espalda, su rostro se encontraba distorsionado por el dolor que le infligía, así que para liberarse partió el palo y antes de que diera un paso, con lo que me había quedado de la escoba, atravesé su cuello y tomando su cabeza, la giré ciento ochenta grados, prácticamente le había arrancado la cabeza.

─ Becker. Wagner, revisen la oficina. Bauer, tu vienes conmigo ─ ordené y nos separamos. ─ Tu vienes con nosotros ─ musité llevando a nuestro amigo arrastrando por un pie dejando un rastro de sangre. Lo primero que hicimos para asegurarnos de que no había amenaza, fue lanzar a nuestro anfitrión por las escaleras, nos dirigíamos a lo que conocía como las habitaciones de los sacerdotes, las mismas habitaciones que nos fueron facilitados a Oliver y a mi la noche en que llegamos por primera vez a Londres, se suponía que ellos se turnaban para quedarse a la hora de cuidar la iglesia; digo suponía porque cuando llegamos detectamos varias vidas en varias habitaciones, corazones que palpitaban aceleradamente desprendiendo el aroma a miedo. Que curioso, esto está mucho más grande que la última vez que había estado aquí, el corredor era más largo y más habitaciones. En el fondo del corredor, percibimos una presencia aun mayor, no sabría como describirlo, ¿Cómo coño pudo mantenerse oculto?, ¿Oliver lo había percibido?, y para ser más precavidos, tomé a nuestro amigo y lo lancé con todo hacia el cuarto donde desprendía aquella presencia y vaya sorpresa, era un obispo y tenía acuclillado a un niño… ¡que asco!, le hacía sexo oral.

No podía contener tal repulsión, así que me acerqué a zancadas y no pude evitar sentir curiosidad, porque el niño no desprendía ningún aroma en particular, ni miedo, ni nada, el niño no pasaba de los diez, su rostro era ilegible, se podría comparar con un muñeco hermoso por sus cabellos rubios en suaves rizos y ojos azules. ─ ¿Interrumpo? ─ pregunté, sin embargo, el obispo no parecía para nada impresionado, y al entrar en la habitación me encontré con la sorpresa de descubrir que habían más jóvenes de varias edades y sexos diferentes, totalmente desnudos, desde adolescentes hasta… esto me daban ganas de vomitar. ─ ¿Te diriges a mi? ─ preguntó con arrogancia el mal parido infeliz, que para completar, era gordo el hijo de puta. ¿Pero qué coño pasa aquí?, estos niños deberían estar aterrados o… y la palabra sirviente cruzó por mi mente, no pude evitar gruñir y hacer mis manos puños, los adornos y lámparas comenzaron a tintinear conforme crecía mi arrechera, o sea, mi furia para que me entiendan mejor, por ende, los niños rodearon a su maestro en un gesto protector, traté de mantener el control, pero presenciar tal mierda… ver a estos niños ser (dientes apretados) sirvientes de un cerdo… ─ Estás en la casa de Dios ─ reprendió el obispo con serenidad y arrogancia y eso me causó una amarga carcajada, una risa sin diversión, desprendiendo en cada risa una gota de mi odio como un veneno. ─ Casa de Dios ─ repetí con sarcasmo y bufé. ─ Tu, maldita mierda, ¡Tienes niños como sirvientes! ─ uno de los niños atacó, en realidad fue una niña y eso me distrajo, porque no fue a mi, fue contra Bauer, que a su vez él se abalanzó hacia mi empujándome, todo sucedió en cámara lenta, porque… aquella niña sujetaba a Bauer con fuerza mientras que yo caía al suelo, lo que debía ser mi cabeza, fue la cabeza de Bauer la que resultó destripada como un tomate contra la pared con la enorme mano de aquel obispo, no sabía si había gritado o no, porque solo podía ver totalmente horrorizada el cuerpo de Bauer desplomarse al suelo. Me había salvado la vida y yo me descuidé por mi estupidez.

Fue cuestión de segundos que Becker y Wagner hicieran acto de presencia, pero les ordené que no dieran un paso, se habían quedado en el umbral de la habitación, si tenían caras de preocupación, no lo sabía, porque toda mi atención yacía en todos esos niños y en el cuerpo sin cabeza de Bauer, y si he de matar a este cabrón, lo mataría estando consciente para disfrutarlo, así que saqué mi cuchillo de combate y el obispo sonrió burlándose de mi. ─ ¿Quién eres? ─ preguntó con arrogancia. ─ ¿Crees que con eso haga alguna diferencia? ─ señaló despectivamente hacia mi, en cambio sonreí contestando: ─ Si, y mucho ─ lancé el cuchillo a una de las jóvenes, era una jovencita de tan solo la edad de Josephine cuando fue convertida en sirviente, ella atajó el cuchillo con una mano a centímetros de su cara, pero no me vio venir para terminar de clavar el cuchillo en su cara, ella era quien había retenido a Bauer, porque su cuerpo quedó laxó al ser su rostro apuñalado y con una de mis garras golpeé con fuerza su cuello que terminé cercenando su cabeza. ─ Creo que estamos a mano ─ es lo que diría un cliché de película, pero esto era la vida real y solo podía estudiar con odio puro el rostro impasible del obispo y el rostro de los niños, que por cierto, ninguno se inmutó al ver el cuerpo de su compañera caer.

El obispo dio un paso, mis muchachos igual, levanté mi mano en señal de espera y… ─ ¿Qué brujería es esta? ─ otra razón para reírme de aquel idiota, porque al cerrar mi puño todos los niños cayeron al suelo a causa de un derrame cerebral. ─ ¡Maten a los niños! ─ grité la orden mientras me enzarzaba en una lucha desesperada con el obispo.

Debía mantenerme muy alerta y al margen de sus golpes o terminaría igual que Bauer, sin embargo, usaba todo a mi alrededor para tratar de ganar alguna ventaja o distracción, pero el obispo era mucho más antiguo que yo, más listo y más rápido, ¿Cómo un gordo de semejante calibre puede moverse de esa manera?, se podría decir que leía mis movimientos. Tal y como me había enseñado Oliver, intentaba de poco a poco, no de agotarlo, porque nosotros no sufrimos de agotamiento, no así de fácil, más bien trataba de buscar ángulos apropiados para cortar de sus tendones para así ganar una considerable ventaja, pero el muy maldito era muy gordo, y mientras trataba por todos lo medios en hacerlo caer, el chocaba contra cuanta pared había, agrietándolas, tanto con su cuerpo como con las manos con cada golpe, lástima que soy una Nafalem muy joven, porque si no lo fuera, le hubiera pateado el culo de diferentes formas, pero debía aprender a luchar con lo que tenía, y allí tuve una revelación con las palabras de Silvana, “una distracción que sirva para repercusiones significativas a futuro”, recordé su broma de mal gusto y lo entendí, también era aplicable en la batalla, así que… fingí descuido y el obispo me sujetó por el cabello, no lo niego, me dolió como no tienen idea, pensé que me quedaría sin greñas, pero a la velocidad de una serpiente, sujeté su brazo y apuñalé su codo y su grasosa axila cortando ambos tendones. El obispo rugió sosteniendo su hombro, yo igual pero con toda la intención de darle un buen zarpazo en la cara, pero él me sujetó la muñeca y tiró de mi para darme un rodillazo en el estómago, y por ello, apuñalé su rodilla cortando en la rótula, aunque me mandó a volar, él cayó con estrépito al piso; rodé por el suelo y me levanté con gracia felina, lancé el cuchillo y él lo atajó, pero no vio la patada que asesté en su cara con la planta de mi bota, tan fuerte fue la patada que cayó con al suelo otra vez. Antes de que se levantara, salté sobre él y con mis garras le rebané el cuello varias veces, y por cada golpe era un gruñido animal, puedo jurarlo, se sentía tan bien, porque era un éxtasis saber que una basura menos, eran más niños que no se convertirían en sirvientes o la comida de alguien más, y si soy honesta, mi deber era beber de la porquería esta, pero el solo verlo me daba asco, lo que me infundó valor para hacerlo era que obtendría su poder para hacer lo correcto y seguir eliminando basuras como él. Con un rugido me lancé a su yugular, o lo que quedaba de ella y bebí con avidez. No sabría como explicarlo, porque cuando bebí, era como degustar brandy, pero cien veces más fuerte, el cuerpo lo sentías tan caliente que parecías arder en vida, y en mi mente comenzaron a danzar cientos de voces, miles de voces susurrando en idiomas que jamás pensé que existían, y una de ellas, tiraba de mi como una melodía atrayente, un canto de sirena, era… dulce, embriagante, promesas de miles de formas y solo faltó un paso para dejarme llevar, si saben lo que es inyectarse morfina, esto era casi lo mismo, o para explicarme mejor, es como estar borracha casi al punto de la inconciencia, no sabía ni quien era yo, miré mis manos convertidas en garras y… ─ ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ─ me pregunté. Cuando vi aquel cuerpo momificado del obispo, recordé a Wendt, a Josephine y a todos esos niños que maté por haber sido convertidos en sirvientes, todo vino a mí como una bofetada y luché contra todo ello, gruñí lazando un zarpazo a su cabeza terminándola de desprender, y en ese momento… los susurros pararon.

Mi cuerpo aun lo sentía arder, todo me daba vueltas, mi cuerpo dolía, era como… era como, ser una llama viviente, un cuerpo con una fiebre extremadamente alta y supe que era mi sangre luchando con la que había bebido, y si esta sangre se resiste, yo la dominaría porque si. ¡Porque yo soy Elisa Carvajal carajo y no me domina Nadie!

Rugí con todo, totalmente transformada, mis uñas traqueteando y arañando el duro piso y mis colmillos totalmente alargados, mis ojos amarillos con lo blanco totalmente negro, lo supe porque cuando me puse en pie, conforme tomaba dominio en aquella sangre que había bebido, vi mi reflejo en el espejo de aquella horrible habitación, tenía mi respiración pesada. Mis muchachos salieron después de haber cumplido mi orden con sus rostros escuetos y sombríos, era la primera vez que ejecutaban niños sirvientes.

Todo quedó en un silencio sepulcral y con ello volvió aquel aroma a miedo y los corazones temerosos, estudié el corredor y cada habitación tenía un candado puesto, habían fabricado más cuartos para usarlos como mazmorras, sopesé cada candado y tiré de ellos con fuerza, abrí cada puerta de par en par para encontrarme las habitaciones llenas de niños harapientos y uno más que otro se orinó al vernos, supongo que mis ojos brillaban como el monstruo que era. Unos lloriqueaban aferrándose entre si, otros imploraban. ─ Sáquenlos de aquí y esperen arriba, buscaremos un lugar seguro para ellos ─ ordené y mis muchachos se pusieron manos a la obra guiando gentilmente a la gran variedad de niños y adolescentes, requisé cuarto por cuarto y… me encontré la habitación donde se había recuperado Wendt. ─ Aquí en el cuarto donde descansó la recuperación del oeste ─ esa frase me golpeó como un puñetazo. ─ Juventud… Ladrillo rojo… poema West End of Time. ¡Claro!, ahora todo tiene sentido ─ musité peinándome el cabello con la mano y entraba a pasos cautelosos con mirada ausente mientras que cada palabra de la carta se armaba delante de mi. El poema nunca existió, era como el anagrama del nombre de Wendt, así que… dando golpecitos, busqué por toda la pared, donde sonara hueco… ─ Mi Führer… ─ ¡Crack!, rompí la pared de un puñetazo, sonreí con triunfo, con… con… con malicia, con complicidad, Dios, quería besar a este padre por ser tan listo, lástima que ya estaba muerto, pero eso no importaba, algún día lo exhumaré y le besaré las mejillas, se merecía un gran abrazo. El diario se encontraba envuelto en un paño todo sucio, pero se encontraba intacto. Acaricié la cubierta de cuero y… ─ ¿Están los niños bien? ─ pregunté y fue Becker quien me contestó. ─ Ya llegó el señor Oliver, mi Führer ─ le di una mirada. ─ ¿Es el diario? ─ asentí ante su pregunta. ─ Preparen todo, nos llevaremos a los niños con nosotros. Nos vamos para Orphan ─ ¿Qué haremos con el cuerpo de Bauer? ─ suspiré con tristeza estudiando nuevamente la portada. Si hubiese estado más atenta él seguiría con vida. ─ Lo llevaremos con nosotros. Hay que hacerle un digno funeral ─ Becker asintió y se fue a cumplir el cometido.

A los pocos minutos llegó Oliver, se fijó en el cuerpo desecado y sin vida del obispo y me dio una mirada. ─ ¿Estás bien? ─ su pregunta no se referiría si yo me encontraba ilesa, era por si mi ser no se había desviado de mis intereses escuchando voces que no eran. ─ Estoy bien ─ contesté con toda mi atención puesta en el diario. ─ Debemos irnos ─ sugirió acercándose a mi y frotaba mi espalda. ─ Supongo que… tu misión es matarme si… llegase a sucumbir, ¿No es así? ─ Elisa… ─ Te hice una pregunta, Oliver ─ guardó silencio y con eso fue suficiente respuesta para mi. ─ Bauer murió por mi descuido ─ Cumplió con su deber ─ No me estás oyendo. Bajé. La guardia, Oliver y eso no puedo dejarlo pasar, si hubiera estado más atenta él seguiría con vida ─ Elisa… es tu primera batalla ¿Entiendes eso?, tu primera batalla, que a pesar de no tener la experiencia necesaria, la ganaste. Poco a poco te iras puliendo y si no quieres que la pérdida de Bauer sea en vano, no te detengas. Hónralo ganando más batallas ─ suspiré profundamente. ─ Ordené llevarnos el cuerpo de Bauer para hacerle un funeral ─ Oliver asintió en aprobación. ─ Quemen la iglesia, quémenlo todo ─ ordené antes de salir de la habitación dejando a Oliver allí plantado.

Para evitar las miradas curiosas, salimos por la parte de atrás de la catedral, comunicaba a una calle oscura y era perfecta, Meyer y Schulz prepararon todo para incendiar la iglesia, Becker buscó un transporte lo suficientemente grande para llevarnos a todos mientras que Wagner se había quedado cuidando a los niños, el cuerpo de Bauer lo colocamos en la parte de atrás de un bus que consiguió Becker, era apropiado, así me serviría para hablar con los niños y aclararles muchas cosas.

Me encontraba sentada en los primeros puestos con la mirada perdida, deslizaba mis dedos por la cubierta, quería leer su contenido, saber que era todo aquello que le costó la vida al padre Mitchell, porque ese cuento de la tuberculosis no me lo creía. ─ ¿Qué hará con los niños, mi Führer? ─ preguntó Meyer parándose a mi lado, le di una mirada y estudié cada rostro temeroso y ellos me la devolvían con incertidumbre en sus corazones, desvié la mirada pensando en las opciones humedeciéndome los labios y dije: ─ Preguntaremos sus nombres, sus… direcciones y nombres de sus padres, los que podamos ubicar… los regresaremos con sus respectivas familias, los que no… (suspiré) los que no… a esos los… uniremos a nuestras filas ─ Meyer asintió y se fue al lado de Becker quien era el chofer del bus, íbamos rumbo a Orphan tomando la interestatal.

─ ¿Oliver? ─ llamé y él se acercó, se hallaba parado cerca de la puerta del bus. ─ Si estás esperando a que sucumba ante algún antiguo o lo que sea, déjame decirte que ahí te vas a secar esperando ─ murmuré ofreciéndole una mirada de soslayo. ─ No espero a que sucumbas, tengo fe en que nunca lo harás ─ con esas palabras volvió a su lugar.

Tenía que calmar los corazones de estos niños, no me gustaba que aun sintieran miedo cuando mi intención había sido salvarles, así que me decidí y me levante, con pasos lentos me paré en medio del autobús, me agaché, atenta ante cada mirada curiosa y temerosa que me seguía, no usé de mis habilidades con estos niños, solo use… mi encanto natural, o sea toda divina yo con una suave sonrisa. ─ Hola niños. Me llamo Elisa y vengo a decirles que… no tienen nada de que estar asustados, vinimos a… salvarlos y a los que recuerden direcciones o nombres de sus padres, por favor, no duden en decírmelo, haré todo lo que esté en mis manos para comunicarme con ellos y devolverlos a sus casas ─ los niños guardaron silencio, cruzaron miradas entre ellos y los entendí, no querían hablar con una total extraña y más si era sobrenatural, así que agregué: ─ Y si alguno tiene hambre… no duden en decírmelo, les buscaremos comida ─ ¿Adonde vamos? ─ preguntó un niño, no más de dieciséis. ─ Vamos para Orphan Hill ─ ¿Es muy lejos? ─ preguntó una casi de la misma edad. ─ Más o menos, pero… pueden estar tranquilos, allí tendrán ropa, comida caliente, un techo y una cama bien tibia para ustedes ─ ¿Usted no es como ellos? ─ preguntó una niña de siete, o creía que era de siete, ella se había acercado, pero alguien más lo evitó, supongo que era su hermano, les sonreí y les dije: ─ No. No soy como ellos ─ ¿Por qué no salvó a mi hermana? ─ preguntó una y la reconocí enseguida, era la melliza de la que le había incrustado el cuchillo en la cara, suspiré con una mueca y me armé de valor. ─ Lo siento… no pude hacer mucho por ella ─ Pero ella estaba con el Obispo ─ No. No estaba, ella luchó con todo lo que tenía, fue muy valiente y les puedo asegurar que mientras estén conmigo, no permitiré que nadie los lastime ─ Quiero a mi mamá ─ murmuró una niña con su vocecita a punto de quebrarse, y poco a poco los niños comenzaron a sollozar, uno a uno de alivio y tristeza, no era para menos, habían vivido un verdadero infierno y los había rescatado.

Me levanté y una pequeña mano me sujetó por el abrigo que… frunciendo el ceño, me vine a dar cuenta que lo tenía hecho jirones; era otro niño que no quería que me alejara, pero no podía quedarme, era mejor así, yo ya no pertenecía al mundo de los vivos, pero… le di una mirada a Oliver y él asintió, tomé la mano del niño y… ─ Todo estará bien, ¿Saben que tengo una hermana? Ella es menor que yo… y se llama Wendt, es muy lista ─ ¿Es igual que usted? ─ preguntó otro niño, otro de diez. ─ Si y no, ella está viva y… ─ me quedé en silencio, no pude evitar soltar una lágrima, me hubiera gustado que muchas cosas fueran diferentes, pero lastimosamente debía conformarme con lo que era y con la realidad que me había tocado, no había marcha atrás. ─ Usted no ─ agregó la niña, la melliza. Ante sus conclusiones levanté la mirada y asentí sorbiendo por la nariz. ─ ¿Qué le pasó? ─ volvió a preguntar. ─ Tuve que tomar una decisión muy difícil ─ contesté y regresé a mi asiento.

El resto del camino fue todo tranquilo y en silencio, los niños con el pasar del tiempo, se iban volviendo cada vez más conversadores, por lo menos entre ellos, eso me alegró mucho ¿saben?, porque… en una de las tantas paradas que hicimos antes de caer en mi letargo, fue buscar algo para comer, y no me molesté en… robar para estos niños, pero no como los típicos asaltantes que intimidan o hasta matan, no, simplemente usamos de… nuestros encantos. Teníamos golosinas y comida de toda clase para los niños, hasta enlatados después de dar nuestro gran golpe.

Ellos comían con avidez mientras que yo los contemplaba desde mi asiento con satisfacción, se veían tan tiernos absortos en su comer, como que los tenían pasando hambre en aquella iglesia, lástima que fue manchada por una basura como el obispo, al final nunca me dijo su nombre, ¡Bah!, para lo que me importaba. Una pequeña mano me trae de vuelta de mi ensoñación, era la pequeña de siete, la que imploró por su mamita, me ofrecía de lo que comía, con una sonrisa cálida rechacé su gesto, acaricié su liso cabello castaño y… ─ ¿No tiene hambre? ─ No, mi niña. Eso es para ustedes. Coman tranquilos ─ ella sonrió y en vez de regresar a su puesto, se sentó a mi lado a seguir comiendo, Oliver me dio una mirada y yo… simplemente me encogí de hombros dando a entender que no había hecho nada y tampoco tenía culpa.

Becker encendió la radio del bus. La música que se transmitía era alegre y los niños, por lo menos los más grandes, se animaron en cantar, ya tenían mejor ánimo, y eso a mi me alegraba lo que me quedaba de corazón, otros se habían quedado dormidos después de haber tenido una buena cena casi desayuno, porque… ya era de madrugada. Ya faltaba poco para el amanecer y de pronto entré en cuenta que yo no sería la única en caer en letargo, Becker y los demás también caerían. ─ Oliver ─ no dudé en llamar otra vez y… ─ Debemos buscar un lugar donde acampar o por lo menos un sitio que nos permita pasar nuestros letargos. Has cambio con Becker ─ él asintió y no dudó en hacer cumplir mi orden. ─ A los bosques ─ señalé parándome al lado de Oliver que ya se había puesto detrás del volante. Él volvió asentir. Acto seguido ordené a mis muchachos meterse debajo de los asientos, los niños, por lo menos los que aun seguían despiertos, comenzaron a vernos con preocupación.

Oliver le dio una mirada al horizonte, guiándose por donde saldría el sol, giró el volante a un camino sinuoso a su izquierda, dejando que los rayos del sol golpearan la parte trasera del bus, donde los árboles ofrecían su cobertura, asentí satisfecha y no dudé en encargarle en buscar un buen lugar con buena sombra. ─ ¿Y los niños? ─ ¡Mierda! ─ farfullé por lo bajo. ─ Aun tienen comida enlatada, que la racionen, en la noche resolveremos ─ Oliver estuvo de acuerdo, yo me fui a mi lugar debajo de los asientos y la melliza se asomó con preocupación en su rostro. ─ Señorita… ─ le ofrecí una sonrisa, una de esas que dicen “todo está bien” y le guiñé el ojo. Preparándome para caer en letargo busqué la esencia de Wendt y… aquí vamos.