Capítulo 32
—Mi señora, hemos encontrado al animal —Didi señaló al pequeño gato en sus brazos
Ezra sonrió ampliamente. Luego, regresó la mirada a Shakti.
—¿Qué tienes para decir?
Shakti despegó la vista de sus medicinas dañadas y miró a Ezra. Aunque sentía irá contra la mujer frente a ella, Shakti le dedicó una sonrisa sardónica.
—Todos tienen un precio… Dime, ¿Cuál es tu precio? ¿A qué has renunciado por llegar a dónde estás? Dignidad, tiempo y la esencia de la vida. A diferencia de ti, yo no te juzgo por ser así conmigo… Sé lo que es vivir bajo un sistema injusto, donde mujeres como tú y yo pagamos los platos rotos de las malas decisiones o somos víctimas de caprichos sin sentido —Argumentó—. Muchos desechan sus principios para ganar más dinero y ser más poderosos… Yo solo me valgo de eso para conseguir lo que quiero.
Ezra soltó una sonrisa mediana.
—¿Me dirás qué no es tu culpa? ¿Qué me dices de la muerte de Badar Alid?
—Ella era tan frágil como un tierno pétalo. Era débil, no permanecería mucho tiempo dentro del harén, aún si tú trataras de protegerla —soltó sin ningún remordimiento—. Fui yo quien la asesinó, pero no me culpes por hacerlo…. Tarde o temprano alguien lo haría, o peor aún, se aprovecharía de su debilidad.
—¡Badar no era débil! —exclamó—. Su sentido humano, su sencillez y sensibilidad era lo que la caracterizaba. Además, ¿Quién eres tú para decidir que una persona debe o no morir? ¡No eres nadie, solo un humano tratando de justificarse!
—Dime, ¿Qué harás? ¿Correrás directo al rey y le contarás que yo maté a Badar? Pues, es solo una acusación sin pruebas —contraatacó con una sonrisa.
Ezra también sonrió. Deslizó suavemente sus pies por el rústico piso de piedra rojiza hasta llegar al lado de la princesa rajput.
—No, no lo haré. Pero si caerás por haber tratado de desmejorar la salud de mi hija, un descendiente real.
Tan pronto como dijo eso, salió del lugar dejando a Shakti en tensión. Su palacio en ese momento parecía un nido a punto de arder. La estabilidad en el harén se había ido por los suelos, y nadie podría salvarla.
Su presencia en el harén no tuvo ni tendría en el futuro mucha relevancia. Tan solo fue una más de las bellezas del rey.
…
Ezra no pretendía dejar pasar aquella falta tan grave contra la integridad de su hija. Y en cuanto salió de la residencia de la princesa Shakti, se apresuró a ir a la sala de audiencias del rey.
—Majestad —Saludó con una reverencia cuando entró.
—¿Qué te trae por aquí?
—Majestad, la princesa Banuqa ha sido agraviada
—¿Qué pasó?
—La concubina de origen rajput intentó agravar la salud de su hija, la princesa Banuqa.
—¿Estás segura de lo que dices? —interrogó serio—. Esa es una acusación muy grave.
—Créame, majestad. Por una vez es su vida debe creerme.
—Pero…
El rey no alcanzó a terminar su frase, pies la emperatriz viuda entró al lugar.
—¿Cómo es que estás dudando de las palabras de tu esposa? —recriminó—. Yo misma estuve allí cuando la princesa Banuqa aceptó jugar con un gato que pertenece al palacio de la princesa extranjera. Si desconfías de su palabra estarías desconfiando de mí, Mahdi, de tu propia madre.
—No me atrevería madre. Si usted respalda las palabras de la señora Azzar, yo castigaré severamente a la princesa Shakti.
—Mahdi, prometí a la señora Azzar que protegería a la princesa Banuqa. Dije que incluso despellejaría a la persona que se atreviera a hacerlo, pero quién debe castigar a la rajput es Azzar. —sugirió la emperatriz viuda
—Está bien, madre —aceptó
La reina abandonó la sala y dejó a Ezra y Mahdi en un silencio inquietante.
—Majestad, yo quiero hablar otro asunto con usted
—Dime —pidió sin prestarle atención
—Mi hermana Salsa está en la ciudad, me pregunto si…
Ezra quedó con las palabras a medio salir de su boca. Pues, el secretario real entró a la sala anunciando un mensaje importante para el rey.
—¡Majestad, mensaje urgente desde la frontera! —exclamó el hombre
El rey hizo señas para que este se acercara a él. El secretario susurró el mensaje al rey e hizo inquietar al rey con la noticia. Mahdi ni siquiera se acordó de que Ezra estaba tratando de hablar con él y acelerado salió de la sala junto con el secretario.
Ezra no tuvo otra alternativa que salir también de la sala.
…
Después de salir del palacio del rey, Ezra fue nuevamente al palacio de la princesa Shakti, dicha mujer tenía el camino de las lágrimas marcadas sobre su rostro, pero en cuanto la vio trató de limpiarlas.
—¿Qué quiere? —preguntó con voz apagada.
—La princesa Shakti ha obrado conspiró contra un descendiente imperial. El rey me ha dado autorización para castigarla.
—Debe sentirse alegre —susurró
—Serás enviada al castillo del desierto —ignoró las palabras de la mujer—. Yo te deseo una agradable estadía allí —soltó con sarcasmo y luego sonrió ampliamente—. Debes salir del palacio antes del anochecer —avisó antes de salir.
[…]
El castillo del desierto se alzaba a lo lejos de las murallas gigantes de la ciudad. Aquel lugar era el más temido y odiado por las concubinas, pues si no eras afortunada, estar allí significaba la muerte. Ahora, ese era el nuevo hogar de la princesa Shakti. Las paredes corroídas por la lluvia, el sol y el viento serían el único acompañante en su soledad. Sin embargo, ese día la princesa tendría una compañía.
—Señora Cadi, pensé que nunca vendría
—¿Cómo crees que no vendría?
—Después de todos estos días pensé que se había olvidado de mí… Al fin y al cabo no es de su incumbencia el que yo esté aquí.
—Eso es verdad, fuiste muy impulsiva para hacerle daño a la hija de Azzar.
—Sí, lo sé. Pero tengo una idea de cómo acabar por completo el poder de Azzar. Es muy cierto que su relación con el rey se ha ido deteriorando con el tiempo. Sin embargo, está mucho mejor que la relación nuestra con ese hombre… Si logramos romper ese afecto entre ellos, definitivamente se hará inservible en nuestro tablero de juego. Saldrá de un solo golpe.
—¿Qué planeas, Shakti? Debo reconocer que me siento muy intrigada —señaló con una sonrisa.
[...]
La señora Cadi se acomodó en el viejo sillón del castillo del desierto y esperó hasta que Shakti se acomodara frente a ella.
—¿Cuál es tu plan?
—El rey no se podrá resistir a la belleza extranjera —sonrió
Cadi afiló sus sentidos tratando de entender las palabras de la princesa, y cuando lo hizo, sonrió de vuelta. Asma Cadi se sorprendía enormemente con los pensamientos y planes de la princesa rajput, pues aunque a veces eran poco humanos, otras veces eran ingeniosos y efectivos.
—Envíe a mi doncella Rani hacía la tierra rajput. Ya ella sabe lo que tiene que hacer.
—Está bien, sacaré a tu doncella, pero debes asegurarme que este plan será definitivo…
—Lo es —aseguró
Shakti tenía un plan, y la señora Cadi la ayudaría a realizarlo. Cuando se hizo de noche, un carruaje esperaba en la lejanía del castillo, perdido entre las ráfagas de viento y arena. Y en poco tiempo partió hacía el reino al que pertenecía la princesa Shakti.
El viento se colaba por las ventanas del carruaje, helando la piel de Rani. La mujer trataba de calmar su temblor, pero no lo estaba consiguiendo… Decir que solo era por el frío era una mentira, pues ella podía ser descubierta y judicializada si alguien interceptaba el carro.
—Cochero, ¿Ya pasamos las puertas de la ciudad? —Preguntó al hombre que conducía el carruaje, pero no corrió las cortinas por miedo a levantar sospechas.
—Si, señorita Rani
Rani descansó su cabeza sobre la pared de madera del carruaje. Ya no tendría que preocuparse, tan solo tendría que velar porque llegaran rápido y sin inconvenientes. El camino era largo y peligroso, pero Rani sabía muy la importancia de este para la princesa… Ella no podía fallar, o de lo contrario su ama tendría que quedarse toda la vida en el haren del califa Abasí
Finalmente, tras varias semanas de viaje, Rani llegó a la ciudad rajput. La muchacha respiró aliviada al ver una vez más la tierra donde había nacido y vivido la mayor parte de su vida. Con nostalgia caminó a través de las alegres calles llenas de gente comerciando sus mercancías.
—Espera aquí —exigió al cochero. El hombre quedó apostado varias calles antes de la casa donde entró Rani.
Aquella edificación lucía colorida, y los cantos de las mujeres que residían allí resonaban en toda la cuadra.
“La casa de la alegría” ese era el nombre de la mansión.
Rani empezó a subir las escaleras rústicas de piedra gris con presteza. Cuando entró al lugar un nuevo ambiente la embargó, viejos recuerdos se amontonaron en su mente.
—¿Qué desea? —una de las mujeres se acercó a ella— ¿Busca a su marido? —interrogó con burla.
Rani no prestó atención a la mujer y trató de seguir adelante. Sin embargo, esa mujer la detuvo.
—¿Qué hace aquí? Este no es lugar para usted —soltó
Rani no perdió la mirada del interior de la mansión, pero si rebuscó entre sus ropas hasta encontrar el sello real de su ama. Y con un solo movimiento lo puso frente a los ojos de la muchacha. De inmediato, el rostro de la mujer se puso pálido, no había color en él, y casi que de manera involuntaria le cedió el paso.
—Llévame con Goli —exigió
La mujer le abrió camino hacia el interior de la mansión, pasaron lejos del salón principal, cruzaron varios pasillos y llegaron hasta unas pequeñas oficinas.
—Goli, está mujer te busca —señaló a Rani
Aquella mujer sentada tras una pequeña mesa levantó la vista del escritorio. Cuando vio a Rani de pie delante de ella se sorprendió.
Las facciones de dicha mujer eran delicadas y hermosas, su piel tostada por el sol combinaba perfectamente con sus ojos color avellana.
—Rani, ¿Qué haces aquí? —interrogó mientras se ponía de pie.
—Goli, su alteza me ha enviado hasta aquí porque necesita un favor de ti.
—¿Un favor? —interrogó extrañada.
—Sí, por favor. Te necesitamos.
—Ayudaré a su alteza en todo lo que necesite —accedió con una elaborada venía
Rani detuvo a Goli con sus brazos.
—Su alteza estará muy agradecida por tu ayuda, Goli —agradeció
—No me atrevo a recibir gracias de su alteza, pero tampoco puedo olvidar que ella me salvó de casi morir, le devolveré el favor —completó mientras sonreía—. Su alteza nunca me despreció por ser de una cuna pobre, ni por lo que soy… le estoy eternamente agradecida.
—Goli, su alteza quiere que partas a Bagdad junto con tus mejores bailarinas.
—¿Bagdad?
—Sí. Su alteza desea salir de la capital árabe, pero se le han presentado muchas dificultades con las demás esposas y concubinas del Califa abasí… Ella está recurriendo a ti como su última ficha para hacerlo.
—Su alteza …
—Ella ha caído es desgracia, ahora reside en un viejo castillo del desierto.
—¡Su alteza lo debe estar pasando muy mal, tengo que ayudarla!
—Goli, debemos partir a más tardar hoy en la noche. Debes escoger meticulosamente a tus chicas, compraremos varios carruajes para que viajen seguras —avisó con rapidez—. Además, la princesa Shakti me ha pedido que le hagas otro favor …
—Lo que sea haré —declaró rápidamente.
Rani sacó de la manga de su vestido una carta escrita por la misma princesa Shakti, el sello seguía intacto, no había sido roto.
—Dale esto al señor Kumari —entregó el papel envuelto
—Kumari… ¿No lo sabes? El ejército se ha desplazado al norte para atacar las bases abasíes de allí.
Rani se alarmó de inmediato en cuanto escuchó las palabras de la cortesana. Si sus palabras eran ciertas, todo el sacrificio de Shakti habría sido en vano… El padre de la princesa siempre había sido orgulloso, pero no podía seguirlo siendo cuando se comprometía la seguridad de su familia.
En su mente regañó al rey rajput, pues enfrentar al ejército Abasí era un genocidio… De tan solo pensarlo la ira corría caliente por sus venas, pues al final el que la princesa Shakti se convirtiera en una de las esposas del rey no había servido de nada, no habían pacificado las relaciones entre ambos reinos.
—Eso está muy mal, Goli —susurró.