Epílogo
Que injusta es la vida cuando parece proponérselo, en que impotencia redunda la injusticia cuando nos creemos invencibles y resultamos ser tan efímeros como la niebla.
Y en que dolor tan profundo se sume nuestra alma cuando perdemos a alguien, nuestro corazón se desborona en pedazos y solo deseamos esfumarnos, siendo agravado lentamente por el inevitable paso del tiempo, de la rutina, de otras personas ajenas, y no tanto por ello, sino por lo que en realidad implica, la vida está continuando. Y eso es terrible.
Los árboles siguen siendo sacudidos por el viento y los autos siguen rodando, la lluvia sigue cayendo y la tv sigue sonando y su simple presencia es totalmente insensible, completamente ajena a el estado mental propio donde todo se resume y congela al momento en que nos perdimos al perder a esa persona. Y nuestra mente parece estar renuente a procesar que no estará más.
Y todo parece tan injusto... y nada puede consolarnos. No queremos seguir, no parece posible. Entonces vemos a cada quien en su vida, y entendemos hasta cierto grado que se trata de otras personas que sienten al igual que nosotros, pero no sienten lo mismo que nosotros ahora, y cómo los envidiamos, quisiéramos ser, solo por un instante la persona que ve a través de ese par de ojos, incapaz de verse a si mismo como nosotros le vemos ¿Es posible que envidiemos el estado emocional de alguien? eso es algo de lo que pocas veces he oído hablar, pero muchas veces he echo. He visto a un niño despreocupado de su entorno, disfrutando de un juego cuya mayor preocupación es no querer irse del parque y he deseado ser ese niño, porque sé lo que es haber estado allí. Sé lo que es ser un niño jugando en un parque preocupado porque ya sea la hora de irse, deseando con todas sus fuerzas ser un adulto capaz de tomar decisiones, pero ignorante de que los adultos no juegan en los parques. Y que ironía que esa sea la vida.
Vamos creciendo y lo notamos de vez en cuando, sentimos miedo, sentimos dolor, sentimos amor, sentimos alegrías, sentimos como todos los sentimientos pueden mezclarse y evolucionar en algo más intenso, como se pueden condensar todos en una persona de nuestra vida que creemos permanente, invencible y experimentamos una enorme decepción al perderla, un dolor que quebranta nuestra alma, perfora nuestros huesos y se aferra a nuestra mente, imposibilitando el pensamiento ocioso o determinado, bloqueando y limitando nuestro entendimiento a esa persona, a lo que debimos, no debimos, pudimos, no pudimos, quisimos, no quisimos, estuvimos, no estuvimos, dijimos, no dijimos, hicimos, no hicimos, todo en derredor a esa persona que ya no está. Y es un fenómeno impresionante que esa línea de pensamiento nos lleve al punto exacto en donde no enloquecemos pero tampoco lo superamos y se debate entre ambos extremos hasta que eventualmente uno de los dos vence.
Y mientras tanto, jugamos a desear ser otras personas, que a nuestros ojos no parecen estar sufriendo, o animales, o plantas u objetos... Mientras el hecho de creer que vivir otra vida solucionaría nuestros problemas, nuestros dolores, es un placebo, una falsa morfina para nuestra mente, una manera de sabotear la aceptación. Y es normal, la negación es un mecanismo de nuestra mente, porque no estamos hechos para aceptar que a veces perdemos más de lo que imaginamos o estamos dispuestos a perder.
De eso se trata este libro, de la pérdida y el dolor que algunos experimentan que para otros que tienen un papel más de espectadores es una simple recolección de datos, por mucho que se esfuercen por demostrar empatía. Cada dolor es diferente, cada quien siente de manera distinta y nadie va a entender al cien por ciento lo que estamos experimentando, aunque haya pasado algo similar. Y no es malo que eso ocurra, no es malo sentirse incomprendido o sentir frustración al querer consolar a alguien. Es mil veces preferible eso a juzgar, hacer comentarios imprudentes o no validar los sentimientos ajenos.
Como bien lo decía el poema narrado por el señor Etan, a veces no reparamos en lo fugaz que puede ser la vida, tal como un ave, frágil y delicada, realiza sus labores por instinto, casi sin notar lo vulnerable que es, siendo tan veloz e inteligente y mañana no está porque no ve un vidrio, fue víctima de un depredador o simplemente se extinguió la llama de su vida, nosotros también nos creemos invulnerables, ligeramente conscientes de que algo nos puede hacer daño, pero sin internalizar que en cualquier momento nuestra vida puede llegar a su fin. Y esto no solo aplica al plano literal, sino también emocional. No hay nada peor que estar muerto sentimentalmente y tener un cuerpo vivo, es casi como ser un zombie. Así que todo esto redunda en que la vida realmente comienza en cuanto entendemos que podemos perderla.