Capítulo I: Orígenes
En una isla remota y desolada, la cual llevaba el divino apelativo de Adnia, fueron escogidos dos seres para el cumplimiento final de una misión sin precedentes. Un plan, un origen. Los iniciados de un nuevo reino, y el establecimiento de una nueva ciudad prometida; creados por el máximo poderío del planeta: el semidiós Elgoneth, como sus primeros misioneros de su plan divino. Comulgados como parte de los siete dioses, fundadores de la beatífica Asamblea Dorada.
Estos en realidad, eran mortales antes; revividos por Elgoneth en su nueva generación. Pues un cataclismo eliminó a todos los seres alguna vez encontrados en Kepler en su pasado; obligando al planeta empezar un nuevo curso en la historia, asignando al Arquitecto de La Vida como el nuevo fundador de miles de naciones.
Así, juntó a los hermanos Arac y Amsiret, como los nuevos reyes de esta grandiosa nueva nación, de la mano de una futura reina por conquistar; aquella con el corazón más apasionante de todas las presentes y futuras criaturas. Reservada para el inicio de la Edad Antigua II de Piedra. Los primeros destellos dorados de sus perfectas intenciones.
Un proyecto ambicioso, en donde había aislado a su hermana la Diosa Marlina, durante cien años, como el único ser en esta isla para la prometida llegada de su hombre eterno. Su prometido nuevo rey.
–¿Cuándo llegará mi día, Elgoneth? –le preguntaba Marlina a su hermano, en la cúspide de una de las montañas más altas de la isla.
–Paciencia, hermana mía –responde el dios supremo–. Nunca estas lejos, del lugar que quieres estar. Pronto llegará tu día, y en él, serás afortunada. Pues te bendeciré no con uno, si no con dos pretendientes, y tendrás que escoger uno de los dos para toda la eternidad.
–¿Pero porqué dos? –pregunta la diosa–. ¿Cómo voy a saber cuál debo escoger?
–Tu intuición te lo dirá– afirmó Elgoneth–. Te daré cien días para tomar tu decisión, pero ten cuidado, pues no serás la única mujer en esta tierra para ellos dos.
Así, pues llegó el día en el que Elgoneth se aproximó con Amsiret y Arac al centro de la isla. Los entregó al centro de la región, y les dedicó las primeras pistas de su incierta travesía.
–He aquí el centro de la gloriosa Isla de Adnia–dice Elgoneth–. El mejor lugar para empezar sus caminos premeditados. Quiero que durante los primeros cien días vean todas sus montañas, todos sus robles, todas sus flores, todos sus prados, todos sus árboles, ya que este es un lugar virgen. Reservado para sus misiones, por alrededor de cien años. Y si quieren ser los nuevos reyes de este reino, tendrán que conocer cada rincón de este.
–Pero señor, es decir, ¿dónde se encuentra la Diosa Marlina? – preguntó Amsiret.
–Ella se encuentra aquí–responde Elgoneth–. Aunque yo tampoco sé dónde está, pues este deber no me corresponde a mí, sino a ustedes.
El dios supremo se volteó sin siquiera permitir que le miraran el rostro. Se fue elevando entre los cielos, con su túnica blanca y transparente, y sus extremidades se desvanecían en la nada. Y antes de retirarse observó a los hermanos nuevamente, y les dijo:
–Ustedes no encontrarán a mi hermana–exclama la deidad–. Ella los encontrará a ustedes. Escogerá a uno de ustedes dos, y será aquel que tenga el corazón más honesto y las intenciones más sinceras; pero cuidado, pues sus fidelidades se verán puestas a prueba, pues ella no es la única mujer aquí.
Los hermanos dedicaron sus primeros quince días buscando a la diosa. Examinaron los prados, las montañas, y los árboles de la región. Sin encontrar rastro de la mujer. Y aunque sus intenciones nublaban la preciosidad de la isla, lo primero a lo que sus miradas encontraron un valor fue hacia un mortal. La más hermosa que sus ojos hayan visto, pues en realidad, era la primera vez que las deidades veían una, en esta nueva generación.
–¿Y esta criatura? ¿Quién es? –pregunta Amsiret.
–Un mortal–responde Arac–. Uno femenino, en realidad.
–Se supone que no había humanos en estas tierras–dice Amsiret–. Creí que los mortales se habían extinto.
–¡Claro que no majadero! –responde Arac–. ¿Crees que Elgoneth olvida sus orígenes? Está en sus intenciones la formación de una nueva raza terrestre.
–A esto se refería entonces, con probar nuestra fidelidad– dijo Amsiret
–Así parece–exclama Arac, contemplando a la mujer.
Las intenciones de Amsiret parecían ser leales, y no prestó mucha atención a la belleza de la hermosa mujer que observaban a distancia. Parecía estar confundida y perdida. No sabía cómo había llegado allí, y ellos tampoco lo sabían. Esta solamente trataba de sobrevivir ante la incertidumbre de la salvaje naturaleza.
Los ojos de Arac, en contraste, no podían mentir. Quedó fascinado desde que vislumbró el precioso cabello de la mujer; su agraciado rostro y su apetecible cuerpo. Aun así, este era el más listo de los dos, y ante la inminencia de escoger una de las dos, se propuso enamorar a ambas. Pues él quería en realidad a la diosa prometida, y menos querer comprometerse con una humana, pero ante la preciosidad de esta última se vio impulsado a más adelante, querer conquistarla; para su satisfacción y beneficio propio, por supuesto.
Después de unos días más de divagar por los bosques mágicos de la región, llegaron a las profundidades de unos manglares muy extraños. Parecía que había estado alguien hace un tiempo, y decidieron adentrarse a este para buscar algunos frutos acuáticos.
–Parece que la diosa ha estado por aquí– dijo Arac.
–¿Por qué lo dices? – pregunto Amsiret.
–Observa los pasos, tonto– responde Arac–. Se marcan entre las hojas flotantes. Solo una diosa puede caminar sobre ellos.
Arac guío el camino, y siguieron los pasos de los centenares de inmensas hojas flotantes, caminando sobre ellos. Ambos siguieron el paso, hasta que los llevaron a una diminuta choza; a lado de una cascada reluciente.
–Supongo que es aquí– dijo Amsiret, dudoso.
–Entremos–exclamó Arac, mientras abría la puerta de madera de la. pequeña choza.
Al entrar, el lugar estaba completamente ordenado. Impecable, aunque lo primero que sus ojos denotaron fue una hermosa sala de estar; una chimenea prendida, una mesa llena de libros y retratos de una hermosa mujer por doquier.
–¿Esta es la Diosa Marlina? – preguntó Amsiret, delirando en uno de los retratos.
–Eso creo– responde Arac.
Observando el retrato, la imagen de esta empezó a moverse. A distancia, crípticamente. Se escucha un ruido proveniente del techo de la pequeña cabaña. Un breve silencio prosiguió en el lugar.
–¿Qué es ese rui–
Antes de siquiera terminar la pregunta, la madera recubierta del techo les cae encima de forma abrupta y acelerada. Perplejos, se levantan rápidamente entre los escombros con posición de defensa. Al ver arriba, reciben unas ráfagas de luces verdes y amarillas en dirección hacia ellos. Una figura que se perdía entre la dinámica de los movimientos atacaba a los hermanos agresivamente.
Entre el intercambio de energía, Arac logró lanzar un rayo purpura de su mano derecha que obliga a la figura extraña cubrirse en una de las pequeñas columnas partidas de la cabaña, desplazarse hacia una de las esquinas y detener su ataque.
–¡Muestra tu rostro cobarde! –grita Arac.
De la columna, sale a la luz un rostro reluciente. Una hermosa mujer, con una piedra de color zafiro en la mano. De su mano izquierda, lanza una corona de fuego azulino que deja a los dos hermanos tirados nuevamente entre los escombros. Esta vez, sin poder moverse.
Enfurecida, salta encima de ellos, y presiona sus firmes pies en los pechos de los hermanos contra la tierra árida. Apunta con su mano derecha la piedra verdosa, vislumbrando su poderío impresionante en la oscuridad de la mágica noche que les rodeaba.
–¡¿Quiénes son ustedes?!–dice la misteriosa mujer–. ¿¡Cómo llegaron aquí?! ¡Y porque osan venir a mi palacio!
–¿A qué palacio te refieres?¡Esto es una choza mujer! –dice Arac.
Amsiret se comienza a reír, y entre risas, la poderosa mujer los golpea contra el suelo por segunda vez, esta vez con más fuerzas. Apuntó con su poderosa arma, y de ella empezó a cargarse una esencia luminosa que se estaba dividiendo en dos rayos a punto de ser lanzados.
Los hermanos estaban a punto de ser aniquilados, cuando de pronto, una mujer muy joven aparece entre los arbustos. Y al ver a los dioses pálidos, pasando hacia el color oscuro de la muerte le gritó a la diosa.
–¡Espera Marlina! –dice la joven mujer–. ¡Detente ahora! ¡Estos son los elegidos de Elgoneth!
Marlina, incomoda, los suelta y pide perdón por lo sucedido.
Amsiret y Arac quedaron enamorados. La fuerte y hermosa mujer, era la diosa; la reina prometida. Demostraba su poderío, y su clara superioridad.
–De igual forma, ¡los quiero a los dos lejos de aquí! – dice Marlina–. ¡Han entrado a mi hogar sin ningún tipo de respeto! ¡Y ninguno de los dos me caen bien!¡Se van!
Los hermanos tuvieron que partir de la ahora destruida choza, hacia las extensiones de la noche. Ambas lunas del planeta iluminaban el claro, por lo que no fue difícil para ellos retirarse del lugar rápidamente, y adentrarse al fondo del bosque nuevamente.
–Parecen buenos seres–dice la joven mujer.
–No lo sé Emérita–responde la diosa–. No es lo que esperaba de mi hermano
–Vamos amiga–responde Emérita–. Ha llegado el momento.
–Quizás para ti–responde Marlina–. Yo me quedaré tranquila.
–¿De qué hablas?
–No te hagas la que no sabes– responde Marlina–. Vi perfectamente como mirabas al más alto.
–¡¿Yo?!–dice la joven mujer–. ¡No estaba viendo a nadie!
–¡Claro que sí!¡Te conozco muy bien! –responde la diosa–. Además, que interés el tuyo por querer salvarlos, y encima ya sabías quienes eran. ¡Los estabas espiando cierto!
–¡Claro que no! –responde la mujer–. Es obvio que son ellos; como caminan como te buscan. Tú lo sabes bien también. Además, te lo dije, ¡porque los estabas estrangulando!
–Vamos a creerte– dice la diosa, entre risas–. Ahora bien, ayúdame a conseguir madera de helnier*. Debemos reconstruir nuestro palacio.