Todos tenemos una forma diferente de ver las cosas, yo soy el segundo hijo de cinco. Mi hermana mayor y yo tenemos una diferencia de cuatro años de edad y otra de género y los dos que siguen después de mí son gemelos y son varones, once años de diferencia y por último, tres años más tarde nació Olimpia, la cual es indudablemente esa hermana goma loca que hace que siempre queramos estar cerca solo para cumplirle el capricho.
Isabela, por otro lado, es la mayor de cinco o seis hermanos. La cosa es que el tío Cash, el mejor amigo de mis papás, tuvo un primer matrimonio, y de este, nacieron Isabela, Bash, mi mejor amigo y Santi, luego el tío se casó con Julianne y decidieron tener por invitro a Tuck y Sawyer y adoptaron a Gemma y Alexa, así que ella sabe mejor que nadie lo que es ser el hermano mayor de alguien a quien no verás en Navidad.
—¿Cómo te sientes?
—Bien, he hablado con Mily todo en orden y mamá me ha llamado por video y me ha dado una de esas miradas de: “te amo, pero me decepcionas”.
—La vida está llena de decepciones, ¿acaso no lo sabías?
—Lo sé, solo no me gusta ser esa persona.
—Explícame: cómo quieres ser presidente si no te gusta decepcionar Sergio y lo otro qué estás dispuesto a hacer por tu cuadrilla.
—Todo por mi cuadrilla y puedo decepcionar a otros cuando sé que estoy haciendo lo mejor posible por una persona o miles de personas que lo necesitan.
—Es un buen punto —respondió y bebió feliz de su copa. Se inclinó nos tomó una fotografía. Le guiñé un ojo y me incliné un poco más para besarle la mejilla.
—¿Te apetece dormir?
—Me siento culpable.
—¿Por qué o de qué?
—Estamos volando primera clase después de ver pobreza, destrucción ¿No te sientes mal?
—No—Los dos reímos.
—¿Sergio? Te he visto con los niños, los cagas y lloras y pareces rico McPato, firmando cheques.
—Mi mamá pasó muchas necesidades de niña, Isabela. Fue prostituta, su hermana drogadicta y su mamá ambas cosas. Mi abuela murió de cáncer de cérvix, por otro lado, la familia de mi papá es extremadamente rica y mi papá se crió con todos los caprichos y lujos, pero el dinero hizo que su tía enloqueciera y matara a toda su familia, por poco a mi mamá y mi hermana. Cuando puedo ayudo, cuando puedo dono, cuando es necesario llevo pancartas y otras veces golpeo directamente el problema, pero, no me siento mal por nacer en mi familia, por no sufrir lo de mis padres o por no padecer, porque siempre estoy intentando hacer una diferencia. Si de mí dependiera, lo devolvería todo a cambio de mi familia, mis amigos, salud y amor.
Isabela me pegó en el pecho y me sonrió.
—Necesitas endurecerte, candidato.
—¿Tú? ¿Qué te hizo tan cínica?
Isabela le hizo una sea a la azafata y le dijo que yo me merecía la botella, la mujer me miró y le sonreí, luego rodeé el brazo de mi acompañante y ella se giró para sonreírme de vuelta.
—El abandono y la soledad. —Ella se aclaró la garganta. —¿Tú, alguna vez has estado solo?
—No, y este es el momento en el que he de confesar que ordené una cabaña de habitación enorme.
—¿Solo una cama? —preguntó.
—Exacto. —ella se encogió de hombros.
—Oye... ¿Podemos ordenar unas almohadas extra?
—Pensé que estaría molesta.
—Sergio... Sergio, te he visto el pipí.
—¿Pipí? ¡Pipí!—nos ganamos unas miradas. —Pipí tiene tu abuelo. Yo tengo un trancón —Las personas a nuestros lados rieron, incluida la azafata que iba pasando. —¿Qué te pasa?
—Tienes un penezote, un vergón.
—Gracias.
Unas horas más tarde aterrizamos en México y tengo que decir orgulloso que no estamos tan borrachos como creemos y que fuimos por unas duchas sanadoras como las apodó compañera de viaje y fuimos directo en nuestra mejor vestimenta de playa a catar tequila, bajo el sol.
—¿Te sientes borracha?
—Estoy borracha.
—Yo también.
Lo mejor para combatir las borracheras según el diario de cosas que hacer antes de morir del tío Cash, es comer y comer es la pasión más grande que tenemos en común Isabela y yo. Así que fuimos por el restaurante exterior del lugar en el que nos hospedamos y tomamos asiento a unos cuantos metros del mar. Nos tomamos un buen momento para leer los nombres de los platillos y sus componentes y todo sonaba riquísimo. Pedimos todas las delicias que se nos ocurrieron, Isa pidió pozole, tamales y unos tacos al pastor, yo pedí chilaquiles, agua chiles y unos frijolitos arreglados con tortillas recién palmeadas, ¿qué más se le puede pedir a la vida? Para los dos y un par de aguas frescas de Jamaica por su nos atragantábamos con toda la comida.
Comer con isabela es maravilloso, todo de Isabela es perfecto, es una mujer alta de 1.75, rubia, ojos claros, no delgada ni gorda, todo su cuerpo grita me ejercito, pero, como saludable. Eso hasta que pasa por una mesa llena de comida, entonces sabes que lo del ejercicio es serio porque come más que sano.
—Sergio, México es perfecto. ¡Tequila, picante y limón! Todo es rico—dijo y me acercó una cucharada de su pozole, está muy bueno, le acerqué de mis chilaquiles y le dio un gran mordisco y gimió mientras masticaba, reí y le ofrecí el plato.
—¿No quieres más?
—Planeo comer ese taco.
—Adelante—replicó y me lo acercó.
—¿Podemos cenar chicharrones?—pregunté y ella rió.
—Podemos —prometió.—sin embargo, he escuchado que sirven con salsita verde o roja, ¿cuál crees que es mejor?
—Yo voy a comer las dos, más tarde te cuento.
Cuando acabamos decidimos ir por una caminata corta por el lugar y a ver si no infartamos por el exceso de ingesta de alcohol y alimentos. Encontramos un sitio sombreado y con una sola hamaca, perfecta para hacer la siesta. Isabela puso su cabeza sobre mi pecho y me acarició el brazo. —Creo que puedo morir ya.
—México sí es maravilloso, las playas, la comida, seguro vamos a poder volver a nuestras vidas.
Los dos nos miramos unos segundos a los ojos, Isabela se acercó un poco más y yo me incliné hacia adelante, rocé mis labios con los suyos y ella sonrió mientras me daba permiso con su mirada.