Capítulo 14

«Quiero denunciar a Beatriz Shells, mi madre biológica».

Esas fueron mis primeras palabras en la estación de policía de California.

Una mujer tomó mi denuncia y mis declaraciones. Asimismo, no tardó en tomarme los datos necesarios y pedir una orden de restricción contra ella.

La trata de personas es ilegal y nefasta, sobre todo un tema cancerígeno en el mundo.

Lo que hice fue una prohibición cautelar decretada contra el inculpado con la finalidad de proteger a la víctima y que prohíbe a este residir o acudir a un determinado lugar o aproximarse o comunicarse con aquella.

Beatriz quiso venderme como si no valiera nada. No solo recurrí a Matt para que ella me liberara, también recurrí a la justicia para tratar de sacar de mi vida a esa mujer asquerosa y alejarla de mí.

Me tomaron la denuncia, cosa que agradecí. Aunque fui a la estación con el corazón en la boca y con un miedo inexplicable, con el papel en mi mano me siento segura. Ahora debo aprobar la orden ante un juez y podré respirar del todo bien. He dado un enorme paso. Solo espero que aquel hombre pueda darme lo que busco: paz.

Matt me acompañó a realizar la denuncia a primera hora de la mañana. Pasó a recogerme y, luego de hacerla, fuimos a desayunar. Pedí el día libre, algo que nunca me atreví a hacer después de varios años trabajando en el Blue Moon. Elegí un té con leche y tostados de queso; Matt pidió un cortado con tostados también. Salimos a desayunar frente a un café pequeño e íntimo situado frente a la playa.

El mar se pierde en el horizonte y se aproxima una tormenta en la lejanía.

Hay muchísima humedad.

Si no fuera por el aire acondicionado del café, estaría empapada de sudor.

Matt tiene la mirada hacia un costado dirigida al agua, observándola desde el enorme ventanal pulcro. Me permito verlo; es hermoso. No sé por qué me ayuda todavía.

Di vueltas en la cama la noche anterior, pues me costaba conciliar el sueño luego de todo lo que ocurrió con Beatriz.

—¿Cansada, Steele? —Me saca de mis pensamientos con sus palabras cálidas.

Levanto la vista de mi desayuno y lo miro directo a los ojos. Puede que me haya salvado la vida más de una vez, pero me es imposible no sentirme intimidada por su penetrante mirada.

—No he dormido bien —contesto.

Se inclina un poco sobre la mesa, toma mi mano por encima de ella y la acaricia con la yema de sus dedos. Puede que a simple vista su contacto sea algo sencillo, pero me resulta tan íntimo que retengo el aliento sin darme cuenta.

—Lo supuse. No ha sido una noche fácil para ti, pero créeme que todo marchará bien a partir de ahora —me promete con una media sonrisa.

Sus palabras son esa promesa que no quiero que se rompa en ningún momento.

Quiero mantenerme a flote con ellas, sin miedo a morir ahogada otra vez.

Se aclara la garganta y aparta su mano de la mía. La observo irse y escondo mi mano por encima de mi regazo de nuevo. Si él la quita, yo también.

—¿Cómo ha ido el relato? ¿Ha podido escribir sobre lo que hemos hecho?

Cambia de tema, qué astuto, y volvemos a lo profesional. Por dentro agradezco que lo haga.

—Sí, lo he finalizado. Es breve, solo son dos hojas. —Levanto la taza de mi desayuno y bebo, pero me detengo cuando el líquido llega a mis labios—. Por lo poco que hemos hecho, no he podido aumentar el número de hojas.

¿Por qué demonios me ruborizo?

—Bien —asiente modesto—. Supongo que deberíamos realizar otro encuentro, ¿no cree? —me ofrece con cierto desinterés falso que ni yo me creo.

Sé qué por dentro se muere por hacerlo. Yo no me quedo atrás.

Me cruzo de brazos sobre la mesa y frunzo el ceño.

—¿Qué idea tiene en mente, señor Voelklein?

—Entonces, ¿desea que ocurra otro encuentro? —Parece sorprendido.

—Sí, pero con una condición.

—Soy todo oídos.

—Que parte de mis regalías de mis futuros libros a la venta logren pagar la deuda que tengo con usted.

Está a punto de darle un bocado a su tostado hasta que mis palabras salen disparadas como flechas a sus oídos. Lo deja sobre el platillo blanco sin dejar de mirarme.

—¿Disculpe?

—Quiero pagarle de alguna u otra forma. No he podido dormir preguntándome cómo puedo devolverle aquel dinero —me explico preocupada—. Si usted no acepta, no podemos seguir trabajando juntos.

Pasmado, me contempla en silencio y traga con fuerza.

—He pagado para que usted logre recobrar su tranquilidad y ahora está inquieta por pagar una deuda que no existe. —Parece enojado—. Por supuesto que no aceptaré su dinero, Amy —suelta. Añade un ademán con su mano, ofendido.

—Si usted no acepta, yo tampoco podré aceptar encuentros con usted para la realización de los relatos —contraataco y me encojo de hombros.

Menea la cabeza y sonríe mordaz.

—No aceptaré su dinero, y no tiene ninguna deuda conmigo —repite impaciente—. Por favor, olvídese del dinero.

—Oh, sí, voy a olvidarme de los veinte millones de la noche a la mañana —suelto en voz baja para que nadie del café me oiga—. Olvídelo usted, yo no puedo.

—Y si le quita el sueño la supuesta deuda conmigo, ¿por qué no la salda saliendo conmigo esta noche? —masculla.

Abro la boca sorprendida. Intento decir algo, pero nada sale de ella.

¿Una cita? ¿Una cita con él? Estoy en shock.

«Dios, sí».

—¿Quiere salir conmigo esta noche? —Trato de evadir una sonrisa, pero me es imposible.

«Qué lindurita».

Finge ser rudo con el mundo, pero sé que cuando estamos juntos eso se esfuma.

Se le afloja el gesto y suelta el aliento. Como si hubiera ganado una gran batalla, asiente mientras se echa el cabello hacia atrás.

—Nada me complacería más que eso, señorita Steele, aunque una cita con usted vale más de veinte millones. Su compañía para mí es incalculable. Pasaré a recogerla a las ocho. ¿El destino? Una sorpresa.

Me muerdo el labio inferior con seducción y él parece retener la respiración ante mi gesto.

Una cita con él… Interesante propuesta.

Limpio mi hogar con un plumero y lo paso por los muebles, mis pocos muebles. Entretanto, bailo al ritmo de Chandelier de Sia, que suena en el reproductor de YouTube en mi televisor. Mi gata me observa como si estuviera a punto de juzgar mis pasos imprevistos y saltitos en el lugar. Sé que canto desafinado, como si me hubieran pisado el dedo pequeño del pie, pero no me importa, no con lo feliz que me siento porque mi madre me ha dejado en paz y no me molestará nunca más.

Gracias a mi salvador de ojos grises soy libre.

Quiero chillar de felicidad, pero me contengo para no provocarle un disgusto a Ronnie, que ha comido y por fin decide tomarse una larga siesta muy cómoda en mi cama.

Sé que no tengo una habitación y que todo mi piso está unido, excepto el cuarto de baño. Es pequeño, sí, pero está decorado a mi gusto, con plantas hogareñas en sus esquinas con su verde precioso y sus hojas grandes, cuadros de bailarinas colgados en la pared y alguno que otro mándala tejido que me animé a hacer gracias a imágenes que encontraba en Internet y su paso a paso.

Barro, junto la tierra y la pongo en el tacho de basura.

Me levanto después de permanecer agachada varios segundos.

Alguien toca mi puerta.

Imposible que sea Patrick, ya que salió a correr y me dejó su llave antes de marcharse.

—¿Quién es? —Apoyo mi oreja en la puerta y espero alguna respuesta mientras sostengo mis manos en la manija.

Nadie responde. Eso me sorprende.

—Si no respondes, no podré abrirte —le advierto y agravo mi voz.

Se aclara la garganta detrás de la puerta.

Eso me confirma que hay alguien.

—Mi nombre es Katherine. Usted es Amy Steele, ¿no es así? —Es la voz risueña de una muchacha joven.

Me pongo en estado de alerta y trato de recordar alguna voz familiar, como alguna bailarina o alguna vieja amiga de la escuela. Nadie viene a mi mente. Esto podría tratarse de algún truco de Beatriz.

—¿Cómo me conoce? Yo no conozco a ninguna Katherine.

No pienso quitar el cerrojo de la puerta.

—Soy Katherine. Hace un par de años hablé contigo sobre Beatriz, mi madre.

Abro los ojos de par en par.

—¿Qué?

Saco el cerrojo y abro la puerta con brusquedad.

Ante mí hay una muchacha que ronda mi edad. Es de estatura baja y cabello oscuro, al igual que sus ojos. Posee una hermosa y lisa tez morena. Tiene lentes y creo que usa frenillos. Luce un vestido floreado naranja y unos zapatos negros con hebillas.

—¿Quién eres? —indago confundida y espero a que repita lo que ha dicho.

—Soy Katherine —se señala el pecho y frunce el entrecejo—, la chica que vino a visitarte hace tres años.

—¿Qué? —Sonrío incómoda—. Discúlpame, pero no recuerdo que tú y yo tuviéramos un encuentro.

Estoy a punto de cerrar la puerta, pero ella me frena al empujarla hacia mí, insistente.

Vuelvo a ponerme alerta.

—Amy, ¡dime que estás bromeando! —chilla al borde de la irritación—. ¡Yo soy la verdadera hija de Beatriz! ¿Llevaste a cabo el plan para alejarla de ti? ¿Pudiste regresar con tus abuelos?

Se me acelera el corazón. No entiendo nada de lo que dice. No sé si cerrarle la puerta e insistir para hacerlo, pero parece tan convencida con sus palabras que estoy asustadísima.

—Te confundiste de chica. —Me tiembla la voz.

Si es obra de Beatriz, debo sacar a esta chica a patadas de aquí.

—¡Beatriz te secuestró cuando eras pequeña, Amy! ¡Tus abuelos siguen vivos!

Comienza a llover.