DEL DIARIO DE UN ZINO-02

La tensión en la casa se hizo mucho más palpable, y comencé a pasar más tiempo entre los obreros que descargaban en el mercado que en otro sitio. Les agradaba que fuera trabajador, no les molestaba mi color de piel y además el ser hizo de una familia con fama de honestidad era un plus, por lo cual solían enviarme a comprar la comida o recoger un pago. Mientras trabaja entre ellos, comencé a oír rumores sobre una guerra y que el rey Scotland estaba enviando inspecciones a cada asentamiento de tierra adentro para verificar que tan contaminados se encontraban. El peor delito era descubrir que una familia criara descendientes, por más que fueran hijos propios.

Estábamos organizando el festival de la cosecha, cuando llegó la comitiva enviada desde Zinar. Eran al menos una compañía armada, con sus brillantes armaduras grises, espadas, escudos, cañones de mano y caballería al frente. Lo más sorprendente y aterrador un gran tanque armado en medio de la formación, energizado por cristales nijita. Todos sabíamos lo costosos que se habían vuelto después de la destrucción de la gran mina, por lo cual hacia el espectáculo mucho más aterrador y sorprendente. Detrás del tanque venia toda una compañía a pie, de al menos doscientos soldados. Acamparon en la entrada de Dilamo, armando sus carpas, y cercando un perímetro. Lo niños nos acercamos temerosos a mirarlos, ya que nunca antes habíamos visto soldados de cerca. Los adultos nos llamaron, ya que todavía había mucho que preparar para el festival de la cosecha.

Del tanque descendió un profeta de la luz de Cryo, un empíreo que vestía completamente de blanco. Eran considerados la voz de la corona, y debía tratárselos con el mayor respeto, por lo cual todos agachamos la cabeza al verlo llegar. Sus alas eran pequeñas, decoradas con cadenas de oro. Sus manos eran pequeñas y delicadas, señal de la pureza de su sangre. Le escoltaron dos oficiales y el gobernador de Dilamo, el señor Brai, salió a recibirlo. El empíreo se llamaba Jano.

Los pobladores se acercaron a verlo y Jano les saludó con amabilidad, pero había falsedad en su sonrisa y modales. Se sentó a comer en la fonda de los Rodríguez, y apenas si probó su excelente risotto de arroz, debido a que el caldo con el que lo preparaban era de carne. Obligó a la señora que arrojara a la basura toda la comida que había preparado, debido a que ningún zino de bien comería algo preparado con otra parte animal que no sea leche o huevos de aves.

–¡Qué desperdicio!

Mi padre había ido a presentarle sus respetos, pero al ver como una buena comida era arrojada sin motivo, no pudo mantenerse callado.

–¡Cómo se atreve a discutir la palabra de un enviado de la corona!

–No es mi intención ofender a su señoría–, dijo mi padre–, pero desperdiciar la comida no es algo que acostumbremos aquí. Nuestra vida es sencilla, con las dificultades que implica estar lejos de los demás centros urbanos. Nuestro pueblo ha sobrevivido adaptándose a lo que la tierra y nosotros éramos capaces de producir, respetando las costumbres, pero cubriendo nuestras necesidades fisiológicas. Nos hemos visto obligados a comer animales, aun cuando sabíamos que no era nuestra costumbre, pero con la fe de que nuestro señor Cryo sabrá perdonarnos.

Jano lo miró con desprecio, pero al notar que estaban rodeados decidió retirarse. Muchos vecinos maldijeron a mi padre por contrariar a un enviado de la corona, pero otros lo apoyaron, y la señora Rodríguez en especial agradeció su apoyo.

Los más jóvenes de Dilamo éramos separados entre chicos y chicas para recoger el tributo de la cosecha en cada casa, y por la tarde se hacia una gran hoguera, para que a través del fuego llegaran a nuestra madre de fuego. Sin embargo, mi madre me prohibió participar de la recolección, temiendo que fuera atacado por ser parte de la familia que se había opuesto a la autoridad de un enviado del rey. el gobernador esperaba que Juno bendijera la celebración, pero, en cambio, envió a Lucio, uno de sus oficiales como representante, excusándose de que la comida le producido una indigestión por pesada. El oficial fue el invitado de honor en su mesa, mientras en el resto de nuestros hogares encendíamos una pequeña fogata para la Apasionada

Al día siguiente, el ejercito había entrado a Dilamo. Pasaban casa por casa, obligando a sus moradores a dejarlos entrar y mostrar hasta el último detalle de cada lugar, ya que sabían que en nuestro pueblo una vez vivieron nereles, y de las uniones nacidas de ese contacto habían surgido varios descendientes. Me sorprendieron camino a la panadería, y uno de los niños del pueblo me señaló con el dedo.

–¡Paul Douglas es un descendiente!

–Tiene la sangre de su bisabuela, deben verle. Su piel es oscura.

El panadero salió a hacerlos callar.

–Es solo un chico bronceado, déjenlo en paz.

Uno de los soldados me tomó del brazo y me hizo salir a la luz. Era evidente que mi tono de piel era un poco más oscuro, pero no mucho más que el de otros que se la pasaban trabajando de sol a sol, y eso le dijo uno de los trabajadores de la feria, que solía darme de comer cuando el trabajo había terminado.

El soldado le ignoró y me llevó junto a su oficial, quien me preguntó cómo me llamaba. Al no responderle, el soldado me apretó el brazo y respondió lo que los niños habían comentado. Me arrastraron hasta la entrada de la tienda, y llamaron a mi padre, quien salió con pasos lentos y pesados.

–Deje a mi hijo. No es un delincuente.

–Es un descendiente.

–No lo es–, dijo mi madre, apareciendo detrás de papá–. Nosotros somos sus pares, y ambos somos hijos de zinos.

–¿Usted es Natalia Levig? –, le preguntó el oficial, tras consultar un diario de notas que llevaba consigo.

–Sí, ese es mi nombre de soltera.

–Según el registro de casamiento, su unión es una por obligación, ya que había sido echada de su casa por haber puesto un huevo sin estar en pareja. El señor Douglas decidió cuidarla, pero no hay nada que diga que este niño comparta la sangre de quien dice ser su padre.

–Paul tiene mi sangre–, silbó papá–, no dejaré que nadie diga lo contrario.

–Es un Douglas. Lo juro–, agregó mi madre.

El oficial le hizo una señal al soldado, y este me cogió de las alas, haciendo que crujieran bajo sus manos. Me las había roto, clavando los dedos entre las articulaciones, y pude sentir el dolor de los huesos quebrarse bajo su poderoso agarre. El sufrimiento me hizo caer al suelo, llorando. Mamá corrió hasta mí, desesperada, y mi padre les lanzo una maldición.

–La crianza de descendientes está prohibida, aun en el caso de que se trate de un caso de espontaneidad. Han desobedecido a la ley de manera consciente. Por eso, y por haber desafiado la autoridad de mi señor Juno, se los condena a muerte, y todas sus posesiones deben ser destruidas.

Antes de que me diera cuenta, nos obligaron a entrar a la tienda y trabaron las puertas. Papá se retorcía de dolor en el suelo del recibidor, ya que lo habían golpeado cuando intento que mamá escapara conmigo. Mamá me llevó hasta mi lecho y me recostó boca abajo, mientras yo seguía gimiendo del dolor de mis alas partidas. Pude escuchar muchas voces, insultándonos y celebrando que fuéramos condenados, porque, seguramente, creían que eso evitaría que se fijaran en ellos y se ganarían la protección de Juno. Mamá les gritaba pidiéndoles auxilio, recordándoles que eran vecinos de toda la vida, que nunca les habían tratado mal y que papá siempre había ayudado a quienes necesitaran una mano en momentos de necesidad. La turba solo le respondía con odio, arrojando piedras hacia la casa, y una entro por mi ventana y casi me da en la espalda.

Comencé a oler humo, y el crepitar del fuego, mientras mama seguía gritando por ayuda y las personas seguían burlándose de nosotros. Me levanté a duras penas de la cama, y por la ventana fui capaz de ver cómo el fuego nos rodeaba, devorando las escaleras de madera y las cortinas. En el techo de la casa vecina, un águila azul estaba posada, mirándome con atención. Le hice un gesto, y el animal se acercó en un vuelo corto. Me descolgué del cuello el sello que me había dado Tristán, para que, al menos de esa manera, supiera que ya no había un lugar al que regresar.