DEL DIARIO DE UN ESTUDIANTE -04

Gloriosa madre que nos diste la vida, santa madre que nos alimentaste mientras dormíamos en el huevo, perdona nuestros pecados. Mar del cual venimos y al que regresaremos, purifica nuestras almas y recibe en tus olas a Ciruela, la santa que entregó todo para que nosotros seamos libres.

Con dedos temblorosos, debo seguir. La verdad debe salir a la luz, al menos en las memorias de este cobarde, que nada pudo hacer.

El niño que Castora cuidaba enfermó de una manera extraña de cristalización. Dejó de comer, y lloraba sin parar por el dolor que sentía, el que comenzó a mostrar unas extrañas líneas, como unas raíces de color oscuro. Los curanderos no consiguieron hallar manera de aliviar sus síntomas, y tampoco yo fui capaz de calmarlo. El niño reaccionaba al efecto de la luz azul de los cristales, algún extraño tipo de reacción adversa que hasta el momento no había sido observada en paciente alguno, y las sacerdotisas de la noche comenzaron a rezar para que su dolor fuera aliviado por el dios al que ellas servían.

La única persona que pensé podría ayudar era Ciruela, pero los descendientes habían cerrado la mina utilizando la energía combinada de sus almas y los cristales, haciendo imposible el acceso a ella o a los preciados cristales. Como ser sensible y consciente, me acerqué a la mina y la llamé. Comunique con mi mente lo que sucedía y el sufrimiento del niño, sabiendo que su alma piadosa le impediría ignorar el sufrimiento de un inocente.

Los lobus aullaron a mi alrededor, y aterrado vi como una gran bestia, de pelaje negro y brillantes ojos dorados, se acercaba a donde me encontraba. Volvió a aullar junto al ascensor que servía para descender al corazón de la mina, y sentí cómo las poleas se ponían en funcionamiento, chirriando y golpeando. Al poco tiempo, Ciruela estaba allí, vestida de gris. El lobus la saludó con gran cariño, como una madre que vuelve a hallar a un cachorro perdido, y ella le habló con gran dulzura. El lobus se echó en el suelo, y ella se trepó sobre su lomo, como si fuera lo más natural del mundo. Me tendió la mano, y yo la tomé.

Cuando nos vieron llegar, las sacerdotisas lanzaron gritos de horror, exclamando sobre la llegada de un espíritu maligno que traía las desgracias. Los caballos y animales comenzaron a lanzar lamentos de miedo al percibir la presencia del gran lobus, y los soldados se apostaron alrededor de nosotros, blandiendo sus armas. Helado del miedo, le pedí disculpas por haberla traído a una trampa, pero ella me dijo que no debía preocuparme. Alzó una mano, blanca, cubierta de escamas brillantes, y extendió sus grandes alas negras, mientras los espectadores quedaban paralizados. Al instante, los animales dejaron de aullar, y una energía cálida me llenó el alma. Los soldados bajaron sus armas, y el príncipe Brandon se abrió paso, para hacerle una reverencia.

–Os doy la bienvenida, reina de los descendientes. Hoy os recibo en mi casa, como una invitada.

En un momento, aquello me produjo cierto alivio. A pesar de ser arteros y malvados, los zinos son extremadamente respetuosos de sus reglas, y que el príncipe la saludara de aquella manera era garantía de que estaría a salvo. Ciruela le saludó asintiendo la cabeza, y descendió de su montura, y yo la imité. Le dijo al lobus que se marchara, el cual lanzo un gemido antes de obedecerle.

Él lo sabía. Y creo que ella también.

Nos dirigimos a la casa del gobernador, donde Castora acunaba al niño, el cual ahora apenas si podía respirar. Cuando nos vio llegar, se opuso a que ciruela lo atendiera, pero el príncipe ordenó que la quitaran del medio. Ella me dijo que le llenara la tina con agua limpia y la llevara uno de los cuartos. Allí se desnudó y se metió al agua, con el niño en brazos, mientras se ponía a entonar una canción, una canción llena de amor y dulzura, una canción tan pura como el gran corazón que latía en su pecho.

kiafa hynne mea? pagle tes yor.

kiafa sarla pagle tes yor

yorr rete yasra fhyu

yorr rete bautifal sarla

¿Puedes oír mi voz? Te llamo

¿Puedes oí mi canción?

¿Has olvidado la caricia del viento?

¿Has olvidado la hermosa melodía?

Me arrodillé a su lado e invoqué a la gran madre del mar, pidiéndole porque le ayudase a curar al pequeño niño enfermo.

Kiafa hynne mea, sarla na layy

kiafa hynne mea? pagle tes yor.

kiafa sarla pagle tes yor

¿Puedes oír mi voz? Te llamo

¿Puedes oí mi canción?

¿Has olvidado la caricia del viento?

¿Has olvidado la hermosa melodía?

Estuvo horas cantando, mientras la energía salía de su cuerpo y envolvía al niño en un capullo de luz. Lentamente, el agua comenzó a oscurecerse, purificando la enfermedad que había invadido el cuerpo de la criatura. A pesar de que el agotamiento era evidente, que su piel perdía color y el sudor le cubría el rostro, no dejó de cantar, hasta que el cuerpo del niño volvió a estar completamente limpio, y me lo entregó, esbozando una sonrisa extremadamente triste.

Entregué el niño a Castora, quien lloró de alegría al verlo recuperado, y lo llevó donde el príncipe, quien le dijo que lo vistiera y le diera de comer. Yo quise regresar con Ciruela, pero una de las sacerdotisas de Cryo se interpuso entre en mi camino, y me dijo que debía dejarla descansar, y repentinamente sentí cómo las energías abandonaban mi cuerpo, dejándome sin fuerzas. Alguien me arrastró fuera de la casa, mientras intentaba decir que no me apartaran de ella, que debía quedarme a su lado, protegerla en aquel momento tan delicado, pero quienes me arrastraban no prestaron atención a mis reclamos. Cuando desperté, me hallaba encerrado en una de las habitaciones superiores de la casa del gobernador, y pude oír una gran conmoción en el exterior. Todavía algo atolondrado por la falta de energía, me acerque a una ventana, desde la cual podía ver lo que sucedía.

En el medio de la plaza de armas habían armado un patíbulo, donde atada a un gran poste estaba Ciruela. Le habían arrancado sus alas negras, y su sangre manchaba el suelo sobre el que estaba parada. La sacerdotisa principal de Cryo le arrojaba sal, gesto que se empleaba para echar maldiciones y rechazar a los enemigos. Algunos soldados reían ante la impotencia de su prisionera, escupiéndola y diciéndole horribles insultos, los cuales no repetiré aquí. El príncipe Brandon se acercó con una antorcha, y solo entonces comprendí que a los pies de Ciruela había mucha leña.

–Aunque hayas salvado a nuestro mesías–, dijo–, no podemos ignorar que ha sido por culpa de tu accionar su enfermedad. Por eso, hoy te condeno a muerte, encarnación de las desgracias, y espero que con esto tu pueblo recuerde cuál es su posición en este mundo.

Ciruela levantó la cabeza, mientras el príncipe se acercaba a arrojar la antorcha a sus pies. Desde mi sitio, fui capaz de ver el miedo en su mirada, y cómo buscaba algo entre la cruel muchedumbre que allí estaba reunida, esperando a regodearse de su sufrimiento. Con gran tristeza me di cuenta de que me buscaba a mí, e intenté gritarle que estaba allí, que no la había abandonado, pero de mi boca no salieron palabras, tan sólo un ronco quejido ahogado. Las llamas comenzaron a prender la leña, y ella seguía buscándome con los ojos. Golpeé el cristal hasta que estalló, cortándome las manos, y ella entonces levantó los ojos hacia mí.

Su último gesto hacia mí fue una sonrisa, mientras se ponía a entonar una nueva canción, una canción que ya no era ni de amor o dulzura. No, aquella canción era una invocación a la lucha, a no rendirse, a no entregarse. Estaba llamando s u pueblo, diciéndole que no se fiaran de aquellos ángeles traicioneros, y que hicieran todo lo que fuera necesario para salvarse.

Caí sobre mis rodillas, llorando como nunca antes lo había hecho. Me sentía inútil, solo y abandonado, lejos de mi gente, en un lugar donde, en vez de hallar respuestas, solo había halado crueldad y muerte. Donde la gente solo buscaba satisfacer sus deseos, sin importarle a quien lastimara o aplastara en el camino.

Un gritó hizo que volviera a asomarme a la ventana, y entonces los vi. Pintados para la guerra, armados de lanzas, cuchillos, espadas y escudos, precarios o nuevos, los cuatro mil descendientes que vivían en la mina habían salido, respondiendo al llamado de Ciruela. Adultos, jóvenes, mujeres, hombres, niños, niñas, todos habían salido de su prisión, y rodeado el fuerte, arremetiendo sin piedad o temer el portón este. Algunos venían montados en lobus, otros en valaks, y a pesar de que el príncipe ordeno que trabaran la puerta, los fuertes golpes terminaron por vencerla, y todos entraron en tropel, como un rio enfurecido. Los soldados cayeron bajo las poderosas pisadas de la manada de valaks, los cuales, con sus grandes astas, golpeaban y arrojaban por los aires a sus enemigos, y detrás avanzaban los lobus, lanzando dentelladas y zarpazos para apartar a quienes intentaran detener a aquella pesada caballería.

Los zinos se vieron obligados a retroceder, y con sus flechas hicieron lograron hacer caer a la primera avanzada. Sin embargo, aquella línea de defensa no pudo hacer mucho, ya que el enemigo era más numeroso, y no le temía a la muerte. Lirio me lo había explicado, que ellos no sabían lo que era vivir, y por ello la muerte no era algo que debían temer. Era consideraba una liberación de aquella horrible prisión en la que estaban atrapados, solo por haber nacido diferentes.

El príncipe ladraba órdenes a sus soldados, pero pronto fue evidente que la batalla estaría perdida. Los descendientes caían de a decenas, pero eso no los detenía, ya que parecían poseídos por un frenesí de sangre, aullando como si fueran animales. Los gritos de dolor se mezclaban los de terror de los soldados, quienes comenzaron a rogar por sus vidas, mientras comenzaban a arrojar sus armas y retroceder. Desde mi sitio pude ver como huían hacia la estación del tren, pero este ya estaba alejándose a toda marcha. Algunos lograron montar en los pocos caballos que estaban disponibles, pero estos comenzaron a encabritarse y arrojar a sus jinetes al suelo, donde sus cascos o los descendientes acabaron con sus vidas.

Tras horas de combate, el fragor de la batalla acabó. Se hizo un silencio extraño, vacío, y yo, en algún momento había perdido la consciencia, desperté al oír un lamento, el cual pronto fue acompañado por otros. Volví a asomarme, y pude ver a los sobrevivientes arrodillados en el suelo, rodeando el patíbulo donde fue quemada viva la persona más piadosa y pura que había conocido en mi vida. Los descendientes se tiraban de los cabellos, rasguñaban sus rostros y brazos, llorando sin consuelo la pérdida de su amada reina.

Fue Lirio quien me rescató de allí, todavía sucia y empapada de la sangre de sus enemigos. Me abrazó y lloramos juntos, acompañándonos uno al otro en el dolor, y de alguna manera nos sentimos menos solos. Me acompañó a la salida, haciéndome pasar entre la muchedumbre quejosa. Me permitió acercarme a la pira, donde volví a llorar sin poder pronunciar palabras, sólo un ronco sonido, que es lo único que he podido volver a emitir.

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De los cuatro mil descendientes que habían llevado adelante el ataque, sobrevivieron unos mil, entre heridos graves, lisiados y recuperados. La gran mayoría eran niños menores de quince, ya que los adultos, a pesar de que los llevaron a la batalla, procuraron protegerlos lo mejor que podían. Unos pocos adultos se erigieron como los nuevos líderes de la tribu, y comenzaron a organizarse. De los dos mil soldados que habitaban el fuerte de Drakma, según lo que después supe, sólo sobrevivieron unos cincuenta, quienes huyeron en el último tren que salió del pueblo. Con ellos, escaparon el príncipe heredero, Castora y el niño. Los descendientes eran conscientes de que Zinar no dejaría las cosas así nada más, así que decidieron seguir con la orden que les había dejado Ciruela: destruir la gran mina, haciendo estallar los cristales. Los descendientes con capacidades de psicoquinesia se reunieron alrededor del borde, y detrás de ellos los demás, acompañando su meditación con un canto. El Ojo brilló para luego implosionar y derrumbarse, enterrando bajo roca, tierra y árboles lo que una vez fuera tanto el hogar como la cárcel de toda una raza. Los rayos de color azul, que una vez sólo cubrieron las instalaciones de los zinos, inundaron el cielo, protegiendo a todos los que vivieran bajo su luz de las emisiones del sol.

–Ella lo quiso así, pero sigo creyendo que no se lo merecen–, dijo Lirio, y me tomó de la mano, mientras veíamos cómo la luz azul cambiaba todo a nuestro alrededor –. “Por los errores de unos pocos no deben pagar todos”, eso decía ella.

Sentí su calor contra mi brazo, y una extraña sensación comenzó a nacer dentro de mi pecho. No deseaba cambiarlo por nada en el mundo, pero todavía quedaban muchas cosas por hacer. Recogí las pocas pertenencias que me quedaban, y Lirio me llevó en el lomo de un lobus hasta la orilla sur, donde el Silencioso se extendía, brillando de tonos dorados. Desde allí, un viaje a Nerel me llevaría varios meses a nado, exigiendo un gran esfuerzo a mi cuerpo debilitado por la prolongada estancia en tierra, pero era el único camino seguro. Los zinos habían cerrado el paso del puente, y cruzar por el continente no era lo más seguro, ya que tras la muerte del maestro y la destrucción de Drakma, no poseía salvoconductos, y, aun teniéndolos, era seguro que los zinos me tomarían como un espía o cómplice de los descendientes.

Lirio me entregó el colmillo de lobus que había sido de su padre, y esperó a que me arrojara a las aguas.

Nunca más la vi.