EL DESVÍO
Recuerdo aquella noche en que llegamos acá por primera vez con mucha claridad en mi mente.
Llovía mucho, pero realmente mucho y era una noche muy oscura. El vehículo en que mi novio Carlos y yo viajábamos era un automóvil liviano que apenas podía circular por los rurales senderos enlodados, siempre en riesgo de atascarse. La visibilidad por encima del parabrisas era casi nula gracias a los gruesos goterones de agua de lluvia que lo azotaban y que las escobillas no lograban disipar completamente.
—Te dije, amor, que estamos perdidos —le reclamé de brazos cruzados. La cena a la que nos dirigíamos debía haber empezado horas antes, quizás ya había terminado. Era importante y ambos estábamos vestidos adecuadamente para la ocasión. El bufó molestó, se desanudó aún más el nudo de la corbata y se peinó el cabello con la mano derecha en un gesto frustrado.
—Raquel, mira —me dijo— allá… —señaló hacia el frente de la carretera. A lo lejos podía entreverse en medio de la tormenta lo que parecía ser un rótulo. —Hay un pueblo. Tal vez es ahí.
Al llegar a esa parte del camino Carlos dobló hacia la izquierda dejando la vía principal e introduciéndose en el estrecho sendero. Llegamos a una extraña aldea rural, llena de casas rústicas y anticuadas con una llamativa arquitectura clásica. Todas las viviendas tenían techos de tejas y ventanas con buhardillas en un estilo ya poco común, además la mayoría no estaban pintadas y se veían sus fachadas muy deterioradas. Casi todas las viviendas franqueaban una amplia calle central sin asfalto y el pueblo desembocaba en una vieja iglesia de piedra con un aterrador estilo gótico y unas horribles gárgolas en los techos. Frente a la iglesia el camino se bifurcaba en una especie de Y griega. Al no encontrar ningún lugar con el nombre del restorán al que nos dirigíamos, Carlos llegó al templo y dobló a la derecha. Tras algunos minutos terminamos de nuevo en el condenado pueblo. Transitamos otra vez por toda la calle principal pero en esta ocasión dobló a la izquierda, y salimos por una entrada diferente pero, una vez más, reaparecimos en el pueblo.
—¡Maldita sea! —rabió Carlos— con tanta lluvia no veo bien el camino. Seguramente he doblado mal en las dos ocasiones.
—Carlos, mejor bajémonos del carro y pidamos direcciones en alguna casa.
Sólo había luces en una de las viviendas, la cual tenía un letrero que la anunciaba como posada. Bajamos del auto en carrera y mojándonos llegamos hasta la entrada principal donde tocamos la enorme puerta de madera.
Esta se abrió sin que pareciera haber nadie del otro lado y nos adentramos sin pensarlo mucho. En realidad resultó que ningún suceso sobrenatural medió en su apertura, pues tras ella había una persona pequeña no mayor al metro veinte.
—¡Bienvenidos! —nos dijo alegremente— no esperábamos visitas hoy. Pasen, pasen, deben estar empapados.
—Gracias, pero debemos partir de inmediato —le dijo Carlos. —Quizás usted nos pueda ayudar a encontrar nuestro destino… verá, vamos hacia —pero al sacar el mapa de su bolsillo éste estaba tan mojado que se había deshecho.
—No se preocupe —calmó el hombre pequeño— pasen y ya veremos hacia donde se dirigen y como les podemos ayudar.
Una vez que atravesamos el pasillo de entrada llegamos al área de restaurante de la posada. Era un espacio pequeño pero cálido y cómodo. Había varias mesas redondas puestas a lo largo del lugar y unas cinco personas mayores sentadas tomando bebidas.
Aquellos parroquianos eran tres hombres y dos mujeres, todos de cabelleras blancas y canosas, salvo uno que era totalmente calvo y otro que estaba en camino de serlo. Uno de ellos era regordete, tenía una tupida barba blanca y una gorra de capitán, y vestía una playera con cuello de tortuga, otro vestía de traje y corbata y fumaba pipa y uno más —el que era completamente calvo— que usaba un cuello sacerdotal que lo identificaba como el clérigo local. Las dos mujeres —una más alta y delgada que la otra— usaban ropa negra hasta el cuello, como viudas de antaño.
—Bienvenidos, adelante —nos dijeron y nos dieron un recibimiento cortés y afectuoso. Nos ofrecieron algo de beber (sólo tenían alcohol) así que pedimos un par de whiskys para calentarnos. Tuve que quitarme el abrigo ya que estaba muy mojado y, a pesar de que mi traje rojo de noche era de minifalda y escotado, en ningún momento ninguno de los hombres presentes mostró siquiera una mirada lasciva.
—Creo que lo mejor es que pasen acá la noche —dijo el hombre enano que era el posadero— la tormenta es muy fuerte y no creo que puedan llegar lejos con los caminos tan embarrialados.
—Pero… nuestra cena… —replicó Carlos y yo le aferré suavemente el antebrazo.
—Mi amor, tienen razón, no llegaremos lejos. Mejor quedémonos acá.
Carlos cedió, algo desanimado ya que en verdad deseaba ir a aquella cena con su jefe. Trató de llamarlo para avisarle pero el móvil no tenía señal, y allí no había teléfono, ni computadoras con Internet… ni siquiera televisión… parecía un lugar atrapado en el pasado.
Nos quedamos hablando con aquellos señores por largas horas, pero no decían realmente nada coherente. Hablaban y hablaban sin parar en una perorata casi ininteligible con todo tipo de extraños saltos en la trama, cambios súbitos de tema y callejones sin salida en las historias. Nos preguntaron muchas cosas, como si estábamos casados —cosa que aclaramos no era así— y si teníamos familiares cerca. Les explicamos que nos dirigíamos a una cena especial en la cabaña del jefe de Carlos y que nunca habíamos estado por ahí. Finalmente decidimos ir a dormir, aunque los ancianos no parecían tan cansados como nosotros… no parecían cansados en absoluto…
El tabernero nos llevó a la habitación que nos habían asignado, una diferente a cada uno.
—Disculpen la medida, pero la gente aquí es muy tradicional, y ya que ustedes no están casados pues… será necesario que duerman en camas aparte. Por favor comprendan.
Carlos estaba disconforme. Empezó a argumentar e insistió en que eso era una ridiculez, pero finalmente cedió y nos despedimos con un beso.
En el interior de mi aposento me desvestí y me introduje en paños menores al interior de la cálida y suave cama. Luego apagué la luz. Los frecuentes relámpagos iluminaban esporádicamente el cuarto, y las ventanas eran asediadas por la intermitente lluvia.
En medio de las tinieblas y de ese pavoroso ambiente escuché unos ruidos extraños. Parecían quejidos mudos acompañados de golpeteos contra la madera, como quien pateara constantemente las vigas de la vieja edificación… ¡se me crispó la piel! Pero entonces, mi mente racional descartó mi temor como algo estúpido y tonto, y asignó a aquellos ruidos una explicación perfectamente mundana y natural; los ruidos normales de una estructura vieja golpeada por el tiempo inclemente.
Estaba en lo más profundo del sueño cuando me desperté instintivamente al intuir una presencia a mi lado. Sentí aquella figura oscura a la par de mi cama y al entreabrir los ojos una extraña sombra negra encima de mí. Traté de gritar pero una mano me cubrió la boca y pronto tuve a aquella silueta sobre mi cuerpo.
—¡Shhh! —dijo— Raquel, soy yo.
—¡Maldito seas, Carlos! —reclamé. Carlos no había resistido la tentación y cruzó el pasillo hacia un pecaminoso encuentro conmigo. Habíamos hecho el amor cientos de veces, pero él no pudo evitar sentirse más excitado por el elemento prohibitivo de ese día. Sonreía. Yo también estaba deseosa. Se introdujo dentro de mis cobijas sumiéndonos en un apasionado coito por horas… ¡Hoy me aferro a ese encuentro carnal como un sediento se aferra al recuerdo del agua fresca en medio del desierto! Es un recuerdo tórrido que me da cierto confort. Lo único que me queda.
Sólo me molestaron los constantes ruidos… los mismos que escuché algunas horas antes y que desconocía su origen real, pero que adjudiqué a los tabiques de la vieja casona.
Era bien entrada la madrugada cuando me percaté que no podía dormir. Estaba desnuda entre los brazos de Carlos y bajo las sábanas y ese ruido insistente me estaba perturbando. En cambio Carlos roncaba a mi lado. Me deshice suavemente de su abrazo y de las cobijas y me dirigí a investigar el ruido vistiéndome con la ropa interior y tomando una bata blanca que estaba en la habitación para uso de los clientes.
La tormenta ya había pasado y por las ventanas empezaba a penetrar la aún tenue luz del alba. Pero el molesto ruido seguía sonando y sonando. Agudicé el oído para seguirlo y finalmente llegué hasta la entrada de un armario al lado de la cocina. ¡De ahí dentro venía el ruido!
¡Dios! ¡Desee tanto no haber abierto ese armario!
Al abrir la puerta me encontré de frente con una visión horrible. Una mujer joven, como de mi edad, pero en un estado lastimero de abandono, encadenada a la pared contraria a la puerta. Estaba malherida, sucia, andrajosa, greñuda, desnutrida, con la piel macilenta y el aspecto enfermizo. Tenía la boca amordazada pero al verme emitió un sollozo escabroso como el de un alma en pena que resonó a través de la mordaza.
Sintiendo como el corazón me saltaba del pecho emití yo misma un alarido. Luego me giré y detrás de mí estaba el posadero enano con mirada sádica. Sin esperar mayores explicaciones le di una fuerte patada en la entrepierna y corrí mientras se agachaba… aunque noté que mi ataque no pareció lastimarlo demasiado.
—¡Carlos! —llamé— ¡¡¡CARLOS!!! —pero al llegar a la habitación él ya no estaba, las sábanas se encontraban revueltas y el aposento vacío. Salí a toda prisa y me topé con los cinco ancianos sentados en la misma mesa de anoche.
—No tiene sentido que luches muchacha —dijo el clérigo— no lograrás nada, salvo hacerlo más difícil para ti.
—Hemos estado haciendo esto por cientos de años, primor —dijo una de las ancianas y empezó a removerse la piel del rostro. Los demás la imitaron y era como si se arrancaran máscaras al quitarse la carne y los tendones. Detrás de sus semblantes de educados ancianos se escondían unos monstruos. Una vez removidas las fachadas humanas quedaron unas facciones repugnantes y grotescas.
Al ver a aquellos espectros cadavéricos enloquecí un poco. Salí corriendo con todas mis fuerzas fuera de mi casa, olvidándome incluso de Carlos, presa de loco frenesí. Me introduje al auto que estaba aún afuera y cerré las puertas con seguro. ¡Las llaves! Debían estar dentro entre las pertenencias de Carlos… pero luego recordé que él tenía un juego de llaves extra en la guantera.
Encendí el vehículo y arranqué alejándome de ahí a toda prisa…
Doblé a la izquierda en la iglesia y salí a un paisaje escabroso repleto de tumbas como un extenso cementerio que rodeaba el camino. ¡No estaba allí anoche! Y tras manejar algunos minutos salí de nuevo al lado de la iglesia. Entonces retrocedí en reversa e intenté regresar pero tras dar muchas vueltas entre similares panoramas morbosos de cementerios fui a dar a la entrada que estaba al frente del templo. Así, salí por todas las entradas en todas las posibles combinaciones por horas y horas hasta que se agotó la gasolina.
¡Estaba atrapada! El auto dejó de funcionar por falta de combustible justo al frente de la posada. De cada casa, de todas las puertas, emergían criaturas horribles de aspecto igual de macabro. Algunas se asomaban por las ventanas con sus rostros deformes.
Entonces una criatura rompió la ventana a mi lado introduciendo sus horribles garras terminadas en zarpas. Era un ser escuálido y pequeño, por los rasgos reconocí al enano, pero era claro que no era humano; la palideja y lisa piel y sus rasgos contrahechos no dejaban duda de su naturaleza preternatural.
El enano abrió la puerta y me arrastró hasta el interior de la casa halándome del cabello. Llegamos hasta la cocina donde lo que me llenó de pavor y me hizo vomitar el contenido entero de mi estómago.
¡Carlos! ¡Estaba siendo devorado vivo por los espantajos! Gemía y sollozaba de dolor al borde de la locura con sus vísceras expuestas hasta que, por misericordia de la naturaleza, desfalleció y murió.
—¿¡Que son ustedes!? —pregunté— ¿¡Estoy en el infierno!?
—Nos conocen por muchos nombres, muchacha —dijo una de las ancianas con la boca roja por la sangre de Carlos. —Nos alimentamos de la carne humana de los cadáveres y de vez en cuando de los vivos, en especial cuando hay escasez. Y no, no estás en el infierno, aunque de nunca podrás salir de aquí.
Pero la mujer mintió. Aquello si era el infierno, o no puedo imaginar otra descripción más apropiada.
—¿Me van a matar? —les pregunté.
—No, muchacha, no —aseguró el gordo barbado— no sólo tenemos necesidad de comer, como descubrió la madre de nuestro querido hijo —dijo señalando al enano que me aferraba los brazos contra la espalda. —La mujer que encontraste en el armario y que ya podemos dejar morir. También tenemos necesidad de reproducirnos…