Capítulo 115

Emerson me explica que esta casa es la más antigua de toda la zona. Cuando la compraron no quisieron quitarle el estilo victoriano ni la decoración restaurada. La casa mantiene sus raíces y existe todavía un salón de baile que es famoso en todo el vecindario porque allí se celebran las fiestas de navidad, año nuevo y algún que otro evento importante para los Hundson.

Como hoy es sábado, no tengo que estar corriendo para cumplir horarios así que el abuelo de Liam me comenta que es una buena oportunidad para que aprenda algunas cosas que tal vez me sirvan en el futuro.

—Sabes que en unos días tendremos la fiesta navideña, evento que le encanta a mi esposo—. Emerson abre las puertas antiguas y lustrosas del salón de baile—. Podría decirse que nos convertimos en nobles por una noche.

—¿Con todo y corona? —bromeo, admirando el espacio que en verdad parece sacado de una película.

—Con todo y vals. Estoy seguro de que mi nieto no te habló de esa fiesta ni mucho menos lo que hacemos en ella. No es amante de esos eventos, pero como es parte de la familia, los debe padecer todos los años. —Emerson abre las cortinas y la luz natural revela el arte y las molduras que adornan el ambiente—. Esa noche vas a tener que bailar u observar bailar a los demás, cuestión que no es divertida. Si quieres aprender estoy dispuesto a enseñarte, si no, puedes hacer lo que sea que planeabas hacer esta tarde.

—Está bien, tengo curiosidad.

El señor Hundson explica las posiciones y corrige mi postura cuando ve que parezco jorobado. Emerson enseña la forma de contar los pasos, el movimiento, me advierte de no mirar mis pies y solo dejarme llevar por la música; pero lo que más me impresiona es la forma en la que el abuelo de Liam contagia el gusto por este tipo de cosas. De algún modo logra expresar pasión por lo que sabe y adora, algo que también motiva.

—Señor Hundson, lamento interrumpir, ¿puedo usar la sala de música? —Un chico de cabello oscuro y voz tranquila aparece en el salón de baile. Lleva un instrumento tan grande como él mismo—. Están renovando la sala de música en mi casa.

—Ansel, que gusto verte de nuevo. —El abuelo de Liam invita al chico a acercarse—. Puedes usarla, pero si no te molesta, ¿puedes hacerme un favor? Baila con Mason.

Ansel y yo compartimos la misma expresión de asombro y miedo. Miramos a Emerson que no parece preocupado por lo que acaba de proponer.

—Ah… señor Hundson, no creo que…

—Está bien —interrumpe Ansel—. ¿Quién es? ¿Algún primo de Liam o algo?

—Es el novio de mi nieto. Como Liam está ocupado y Mason decidió aprender a bailar para la fiesta de Navidad, estoy enseñándole; pero necesito una pareja para que practique.

El chico asiente, parece no tener ningún problema con el hecho de que va a bailar con el novio del chico que por poco y no lo odia. Si Liam estuviera aquí ya habría saltado sobre el cuello de Ansel, aunque obviamente no iba a ser necesario porque practicaría con mi novio y Ansel solo hubiera sido una mala interrupción.

No soy yo el que puso las cosas en su lugar y quiero aprender para bailar toda la noche con mi novio, no me queda más que hacer que ensayar lo que teóricamente ya sé.

Pronto una suave melodía comienza a revolotear por los alrededores. Al principio es un susurro que invita a participar de su magia, luego se transforma en un poderoso llamado que no se puede ignorar. Los instrumentos cobran vida; les ordenan a los pies que es momento de moverse o perder el ritmo.

Ansel parece acostumbrado a ese encanto musical, además de no prestar atención a la situación en la que nos encontramos. En cuanto nos movemos por el salón, él es el que me lleva a mí, cosa que me descoloca unos segundos hasta que me acostumbro y pienso que no está tan mal. Podría dejar que el principito guíe mis pasos.

—Lo correcto sería que mires a tu pareja —advierte Ansel.

—Me siento más cómodo siendo guiado —opino, mirando de vez en cuando mis pies—. Hasta creo que a Liam le gustaría más eso.

—Bueno, te di la oportunidad de cambiar, pero si quieres ser guiado…

Sin que pueda decir algo al respecto, Ansel se toma en serio la cuestión. De repente bailar se siente igual a ser arrastrado por una ola hacia la profundidad del mar. La manera en la que su confianza nos hace fluir por todo el salón provoca que mi cuerpo sienta que estamos flotando a la deriva.

Ahora reconozco a lo que Emerson se refería con adoptar una postura firme y a la vez relajada. Ansel me hace creer que realmente estoy bailando con otro príncipe. Me gustaría lograr que mi novio perciba esa sensación cuando baile conmigo. Quisiera que el principito se ilusione y disfrute ser girado por todos lados y fluir con la música como si fuera agua recorriendo su cuerpo.

Cuando la melodía es casi un susurro, Ansel evita que quedemos demasiado cerca, cuestión que le reconozco y quiero aplaudirle. Él sabe lo que hace y hasta donde puede llegar para que su acto de amabilidad no se convierta en otra cosa.

—Creo que ahora sí me gustaría ser el que guíe los pasos de mi novio —admito, sonriendo lentamente.

—Tal vez ni novio tengas hasta entonces. —Ansel y yo miramos hacia la puerta. Ahí está mi novio, de brazos cruzados y mirada agria—. Sigue. A mí me encanta ver cómo bailas con el enemigo.

—Solo acepté ayudar a Emerson —admite—. Permiso, tengo que practicar.

Ansel exhala con fuerza, buscando su instrumento y saliendo del salón.

Emerson se acerca a mi novio que no deja de mirarme como si hubiera cometido un crimen.

—Ahora que estás aquí, ¿bailarás con Mason?

—¿Por qué? Él estuvo practicando con el niño genio y amado por todos. Seguro que ya aprendió lo suficiente.

Mi novio se aleja del salón a grandes zancadas.

No tengo nada que decir o hacer sobre eso, al menos no ahora, pero cuando el enojo se asiente voy a tener que buscar la forma de calmarlo.