Capítulo 1
Bump.
Harold pudo sentir el latir de su amada por medio de su vínculo, sabía que ya no le quedaba mucho tiempo en este mundo para desaparecer. Tomó su gigantesco mazo haciéndolo brillar en una luz plateada y aplasto el cráneo de un vampiro con un solo golpe, dejo salir sus garras preparadas para destajar a cualquiera que se metiera en su camino. Listo para terminar con esta guerra sangrienta, se dirigió al lugar donde los vagos latidos se escuchaban.
Bump.
Cada vez se volvían más y más lentos, con velocidad sobrehumana atravesó aquel campo de batalla blandiendo su arma con gran facilidad, destrozando cuerpos sin compasión volviéndolos figuras irreconocibles.
Extendió sus sentidos y pudo divisar a una criatura negra alada que intentaba con gran desesperación romper la puerta de una casa lanzando zarpazos con gran frenesí. Se dirigió hasta ella y la criatura al percatar su presencia trato de defenderse agitando sus alas para crear una ventisca que lo lanzara por los aires, pero fue muy tarde. El mazo aplastó su cabeza antes de que pudiera hacer algo, convirtiendo a la criatura en cenizas.
La puerta que intentaba tirar, era protegida por un leve campo de energía que se estaba desvaneciendo con rapidez Nerea el nombre de su esposa pasó por su mente. Sin pensarlo dos veces Harold entro corriendo extendiendo su vínculo para encontrar a su amada. La casa era enorme, con dos pisos, una gran biblioteca, un estudio, un ático y dos sótanos. Conocía perfectamente el lugar ya que era su propio hogar, gracias al campo de energía todo por dentro se encontraba intacto, solo unos que otros retratos y pinturas hechas por su amada se encontraban en el suelo por los temblores que ocasionaban las grandes explosiones que se desataban en el exterior.
Bump.
Sintió nuevamente el débil latido. Corrió hasta un armario escondido en uno de los pasillos de la casa. Abrió la puerta de par en par y arranco una pequeña entrada subterránea que daba a unas escaleras, lugar resguardado especialmente con altas cantidades de energía para que ningún demonio, criatura o ser humano que no fuera marcado pudiera entrar.
Bajo con desesperación las escaleras y por fin la visualizo. Ella se encontraba en una de las esquinas, tirada en el suelo de mármol blanco manchado por la sangre de su armadura rota. Sus ropas estaban hechas tiras y algunas que otras perforaciones en su cuerpo, aun no terminaban de curarse. Su respiración era forzada y aunque dependía de un hilo trataba de aferrarse a la vida a duras penas. La batalla que había tenido fue dura y su cuerpo lo delataba. De su frente rodaban gotas de sangre y rasguños en su cuello y brazos.
Harold se apresuró en caer de rodillas junto a su amada, la cual parpadeaba con gran esfuerzo, lo único que hacía que siguiera luchando por su vida era lo que en sus brazos dormitaba. Una pequeña que no pasaba más de 1 año de edad. Este miró con tristeza a su amada por la situación tan difícil a la que tuvo que enfrentarse sin él.
—Y-ya está h-hecho (tos), llévala lejos de aquí…—susurro con cansancio brotando de su voz —M-mi regalo p-para ella (tos) esta (tos)… completado.
Nerea separó sus brazos de la pequeña mostrando su angelical rostro dormido.
Harold la tomó en brazos con gran delicadeza. Tendió su mirada a la mujer que amaba, esbozo una sonrisa mientras que las lágrimas caían por su mejilla, trato de murmurar algo más, pero solo un gorgoteo de sangre fue lo que salió por su boca, ya su cuerpo había rebasado el límite estaba agonizando.
Harold acaricio su mejilla diciéndole un último “te amo” con un tierno beso en su frente. Ella asintió correspondiéndole en silencio, pasó su mano por el rostro de su amado y con labios temblorosos musito un “te estaré esperando amor”, con eso cerró sus ojos dejando este mundo.
El dolor inundó el pecho de Harold, aunque deseara tirarse en el suelo a llorar la pérdida de su amada no le quedaba tiempo. Ella no se había sacrificado para que él se quedara a su lado en ese momento. Odiaba el hecho de no poder darle una sepultura honorable a la mujer de su vida, pero debía salir de allí lo más pronto posible, tenía que poner a salvo a su pequeña, al fruto de su amor que con tanto cariño habían cuidado. Debía resguardar la descendencia de su raza.
Con delicadeza enrolló el frágil cuerpo de la niña en unas sabanas y la ató a su pecho. Salió de aquella casa recordando todos los momentos felices que una vez vivió en ella. Dejando salir un suspiro lleno de nostalgia acarició a la pequeña envuelta en su pecho. No quería que todo terminara de esta manera. Deseaba que el mundo donde su hija creciera fuera diferente.
Le fuera gustado haber terminado con todo eso para que no tuviera que seguir con el doloroso ciclo sin fin que ha llevado por tanto tiempo su gente, pero no le habían dejado ninguna otra opción al igual que sus antepasados.
Decidido adopto su verdadera forma. Su espalda se extendió causando que su armadura cambiara de igual manera y se acoplara a su nuevo aspecto, dejando salir su afelpada piel, cuidando no despertar a su pequeña, quien se acomodaba placenteramente en el calor de su cuerpo. Sus pesadas patas cayeron al suelo dejando al descubierto un enorme leopardo blanco. Dejó salir su aura incitando al peligro. Algunos demonios que intentaron meterse en su camino para detenerlo salieron aplastados. De igual manera, derribaba al suelo a toda criatura alada que se acercaran a él, atajándolas en el aire y destruyéndolas con sus mandíbulas.
La batalla aún no parecía acabar y las pérdidas eran considerables. Debía actuar lo más pronto posible. Fijo su mirada en el horizonte y dio inicio a su escape.
Corriendo con total rapidez, se detuvo un breve segundo. Observó por última vez a su fiel compañero, el cual, no solo era su guardián o su general en guerra, era su mejor amigo quien siempre estuvo apoyándolo en toda circunstancia por más difícil que fuera, ayudándolo a desarrollar su papel como gobernante y a crecer como guerrero. Extrañaría aquellos momentos en que era entrenado de sol a sol por su amigo.
Este pudo sentir la presencia de él y con gran respeto mostró una reverencia de despedida no solo a su Rey sino a un gran amigo. Harold correspondió de la misma manera, un último adiós de guerrero a guerrero.
Continuó su huida destajando a toda criatura que pretendía agredirlo. Un enorme ogro intentó tomarlo por sorpresa jalando de su cola, pero este simplemente lo enrolló con la misma ejerciendo más fuerza de lo normal hasta partirle todos los huesos, dejando un saco de piel y huesos rotos tendido sobre el suelo. Ninguno que peleaba con él salía ileso, todos fueron despedazados por sus garras y colmillos.
Adentrándose en las profundidades de un bosque cercano, llegó a un claro donde su mayor enemigo lo obstaculizo haciendo acto de presencia. Su mirada arrogante recorrió los ojos de Harold hasta posarse en las sábanas que colgaban de su pecho peludo haciendo que una triunfante sonrisa se dibujara en su rostro.
Harold gruñó mostrando cada uno de sus gigantescos y afilados colmillos. Su furia crecía en su interior y el deseo de arrancarle la cabeza era algo realmente tentador. Ampliando sus hombros tomó posición de ataque. No permitiría que le tocaran ni un solo cabello a su pequeña. Hizo brotar veneno de sus garras extendiéndolas aún más en la tierra creando grietas a su alrededor.
Rodeo con sutileza a su enemigo acechando por cualquier movimiento que este hiciera, tal y como el felino que era. Su cola se movía de un lado a otro esperando el momento, sus ojos amarillos brillaban como un depredador experimentado. Ninguno despegaba la mirada. Aquel hombre de tez pálida, cabellera negra, sus ojos grises desbordaban sorna y ambición. Era el origen de todo el derramamiento de sangre. Gracias a él su amada murió y eso solo intensificaba su odio.
El hombre aumentó el agarre en su arma para abalanzarse en un ataque frontal, pero fue tomado por sorpresa al ser atravesado por una gigantesca espada de hoja roja que inmovilizó todos sus movimientos.
Desconcertado fijo su atención en quien lo había atravesado causando que frunciera su ceño en frustración. Todo fue una trampa entre Harold y su guardián. Tal ataque enfureció al hombre, quien comenzó a forcejear tratando de retirar la espada de su pecho, pero cada vez que la tocaba, el arma desprendía una electricidad que quemaba sus manos. Volteando sobre sus hombros apretó los dientes al ver que Harold había escapado, y aunque ya era muy tarde para perseguir a su objetivo, una sonrisa triunfal se posó en su rostro haciendo que la persona que lo mantenía inmóvil atravesara con más ahínco su cuerpo.
Harold aprovechó la distracción y continúo corriendo lo más lejos que pudo. Ya estando a una distancia razonable, creó un portal que lo llevaría a otra región donde podría dejar a la niña que dormía bajo su pecho a salvo.
Salto hacia el portal llegando a un parque nocturno. Hacía frío y nevaba. Las luces de los faroles y los senderos vacíos le indicaban a Harold que era de madrugada, aunque a lo lejos se escuchaban pocos autos pasando por las calles. Cambio su apariencia para verse lo más normal posible, no quería llamar la atención, prefería pasar por desapercibido. Aunque con su armadura raída y llena de sangre lo dudaba, nadie iba a verlo con buenos ojos teniendo tales fachas.
Al poco tiempo de caminar por las áreas verdes de aquel parque, sintió un gran mareo que abrumó todos sus sentidos haciendo que tambaleara y se apoyara contra un árbol. Su visión era borrosa, sintió como sus intestinos se desangraban por dentro. Extrañado bajo su mirada a su abdomen, maldijo por lo bajo, había sido alcanzado por un puñal envenenado que se enterraba cada vez con más intensidad en su estómago. Eso no favoreció en ningún sentido la situación actual de Harold, pero no todo estaba perdido.
Mientras avanzaba por el parque apoyándose de un árbol en otro, con su visión casi que perdida, extendió como pudo su oído y olfato. A lo lejos percibió a una mujer solitaria sentada en uno de los bancos, se preguntó qué haría una mujer como ella en un parque a mitad de la madrugada, pero no era momento de ponerse a sacar conclusiones.
Comenzó a caminar en su dirección, ya estando más cerca a duras penas pudo distinguirla por la tenue luz del farol y su cegada visión no le ayudaba mucho. Era una mujer mayor alrededor de los 65 años de edad, cabello castaño al igual que sus ojos arrugados, de estatura promedio con un largo abrigo que cubría todo su cuerpo.
La mujer al escuchar bajos quejidos y ramas crujir noto su presencia y se quedó observándolo con asombro. En comparación a otros humanos su reacción fue totalmente diferente. No se espantó, más bien, se sintió intrigada ante aquel hombre con vestimenta extraña.
Harold pudo percibir pureza y un corazón benevolente en aquella mujer, como no se sobresaltó por su inesperada aparición se acercó más con gran esfuerzo, pero el veneno se había colado en todo su sistema y sus piernas ya no daban más.
Terminó cayendo al suelo de rodillas, colocando sus manos como soporte para no caerle encima a la pequeña.
Aquella mujer pudo ver la agonía del hombre y sus intenciones. La curiosidad brotó de su interior al ver lo que colgaba de su pecho. Colocándose de pie fue acercándose con cuidado.
Él hombre le dijo algo en un idioma que ella no entendía, así que terminó con un ceño fruncido y confusión en su rostro, intentó explicarle que no hablaba el mismo idioma cuando Harold toco su frente con un dedo y al instante pudo entenderlo.
—P-por favor, cuida de ella —dijo tragando saliva con dificultad.
Extendió sus brazos para desatar el nudo en su cuello y entregó a la pequeña.
La mujer sin entender muy bien, tomo en brazos a la criatura. Lo observo dudosa para luego retirar un trozo de tela y encontrarse el rostro de la niña. Estaba intacta. Dormida profundamente en una paz inquebrantable. La intriga creció en el rostro de la mujer ¿Quién era este extraño hombre? ¿Por qué estaba tan herido? ¿Cuál era la razón para que le entregara a esta niña? Harold al notar la confusión de la mujer, sonrió dulcemente mientras acariciaba el cabello de su pequeña.
—Charlotte… ese es su nombre… confió en ti para protegerla…Saida —arrugó su rostro por el gran ardor en su abdomen.
Los ojos de la mujer se abrieron de par en par ¿Cómo sabía su nombre? miró a aquel hombre que observaba con gran amor a la criatura en sus brazos. La herida que él tenía parecía empeorar con cada segundo. Supo que era uno de esos momentos donde callar era la más sabia opción.
Asintiendo tomó la gran responsabilidad que aquel extraño había depositado en ella. Harold con lágrimas en sus ojos se despidió profundamente agradecido para unirse con su amada en la muerte. Dejó que su cuerpo se desintegrara para no dejar ningún rastro de evidencia en aquel mundo, desvaneciéndose en un polvillo azul dejando caer al suelo un pequeño puñal negro.
Saida tomó aquel extraño cuchillo y lo guardó en su bolsa. Se colocó de pie y contempló nuevamente el rostro de la niña, la cual, la observaba con aquellos orbes color miel llenos de inocencia pura. Esbozo una sonrisa y acarició con ternura su mejilla.
Estuvo cien por cien segura que ese hombre era un padre abnegado que dio todo por salvar a su hija. Con eso la mujer se encaminó a su hogar, en el cual, le daría la protección y el amor que esta criaturita merecía, sabiendo que algún día llegaría el momento en que conocería sus verdaderos orígenes y ella estaría encantada de escucharlo todo.