Las dolencias de Eustaquia se habían vuelto insoportables, y ya no podía disimular ante Peruchote quien se angustiaba al ver a su compañera de toda la vida con una serie de molestias que no le calmaban ni los remedios caseros que se estaba aplicando ni la medicina tradicional que se automedicaba, pues no quería la intervención del doctor Becerra. Peruchote, advirtiendo que los males que aquejaban a Eustaquia revestían cierta gravedad habló con mano Rafa para que hiciera lo posible en comunicarse con Timoteo para que éste a su vez hablara con Ana María y ella le informase a Juanito de lo que estaba aconteciendo en Churuguara.
Ana María, al enterarse del estado de salud en el que se encontraba la abuela de Juanito, de inmediato le escribió a éste para ponerlo al tanto de la situación. Las comunicaciones entre los esposos había mermado notablemente, reduciéndose a la recibida el día que le envió el dinero de su primera quincena y a una más. Ana María, mientras tanto, estaba pasando por una situación económica angustiosa. Las ventas de sus tortas estaban en un nivel relativamente bajo, el dinero que le había enviado Juanito sólo le alcanzó para el pago del alquiler y para algunos otros gastos más. Ya estaba próximo a vencerse el alquiler nuevamente y esta vez no contaba con el dinero necesario. Ella no quería molestar a su compadre Timoteo pues sabía también que la situación económica por la que éste pasaba tampoco era la mejor. Ya estaba decidida a vender la poca mercancía que le había sobrevivido a su esposo de los decomisos que sufrió, aunque fuese por un valor inferior al precio justo pero, algo tenía que hacer. La noticia de la enfermedad de Eustaquia fue el detonante para realizar algo que le revoloteaba en el pensamiento desde hacía algún tiempo. Su regreso a Churuguara debía ser en ese momento. No importaba que Gabriela estuviese aún sin finalizar el curso de bachillerato. Aquella situación se tornaba insoportable y Juanito no daba señales de auxiliarlas como lo había prometido en su partida. Vendió la mercancía que quedaba e hizo lo mismo con un ventilador y algunos otros artículos que tenía en la residencia y que le serían muy difíciles de llevar con ellas en el viaje de retorno al pueblo. Para Gabriela el viaje era, además de repentino, inoportuno, pues ya se había acostumbrado a la ciudad y a su gente, y le resultaba difícil separarse de sus nuevas amistades para realizar un nuevo comienzo en aquel pueblo del estado Falcón, sin embargo no le quedó más remedio que acatar las órdenes de su madre y emprender el viaje de retorno a su pueblo de nacimiento, no sin antes expresar su desacuerdo ante su madre.
Ana María, al llegar, se hizo cargo de los cuidados de Eustaquia, quien le expresó su alegría de tenerla de nuevo en la casa y no se cansaba de hablar de lo grande que estaba su bisnieta y de lo hermosa que estaba.
–Me parece estar viendo a mi Mariana –le decía Eustaquia a Gabriela tomándola de la mano cuando ésta la acompañaba sentada en la cama en la que descansaba, –eres el vivo retrato de tu abuela, mi amor.
Eustaquia le preguntaba a Ana María por Juanito, en cómo le estaría yendo por esas tierras nuevas para él. Le preocupaba si estaría cómodo, si comería como era debido, si no le faltaría algo. Ana María siempre la tranquilizaba diciéndole que mantenía constante comunicación con él y que Juanito se encontraba muy bien, trabajando y viviendo tranquilo en aquel lugar. No había necesidad de preocupar a aquella anciana que probablemente estaba viviendo sus últimos momentos.
Peruchote logró convencer a Eustaquia para que dejara que el doctor Becerra la visitara, pues su situación ya se estaba volviendo insostenible para ella. Quizá ese doctor podría recetarle algo que efectivamente le calmara el dolor e hiciera que volviera a su rutina diaria normal. El doctor Becerra estuvo examinando y conversando un rato con Eustaquia y rápidamente se hizo una idea de lo que aquejaba a la buena mujer. Antes de retirarse, habló sinceramente con Peruchote y le explicó que la enfermedad de Eustaquia era algo sumamente delicado.
–Debes ser fuerte Peruchote. Estos dolores de Eustaquia no deben ser algo reciente –le señaló el doctor mientras Peruchote iba asintiendo con su cabeza. –Lamentablemente este mal que aqueja a tu esposa está en una fase terminal y tienen que prepararse para lo peor. A Eustaquia no le queda mucho tiempo con nosotros, Peruchote. Lamento tener que darte esta noticia.
Peruchote, que sentía una fuerte opresión en el pecho y sentía como sus ojos se humedecían a medida que iba hablando aquel doctor, preguntó ya sin muchas esperanzas:
–Pero doctor, ¿está seguro que no se puede hacer nada, alguna inyección o alguna pastillita que me le quite los dolores a mi negra y me la devuelva a como estaba antes?
–No Peruchote, no podemos hacer mayor cosa por ella. Lo que te puedo es recetar unas inyecciones que le van a calmar un poco el dolor pero nada más.
Aquellas palabras del doctor eran lapidarias. Peruchote no podía ni imaginarse cómo sería su mundo sin la compañía de su negra. Sus manos temblaban mientras el latido de su corazón se aceleraba al saber el destino que le tenía reservado la vida para su amada mujer.
Un efecto similar tuvo en la persona de Ana María al enterarse de la precaria situación de salud que padecía Eustaquia.
–No, señor Perucho, no pierda la fe. Vamos a poner a la señora Eustaquia en manos de Dios y de José Gregorio Hernández, ellos la pueden curar y nos pueden hacer ese milagro –le decía Ana María tomando de la mano a aquel desconsolado hombre.
Ana María, por sugerencia de la señora Dilcia quien había ido a pasar unos días con su hija, decidió escribirle a Juanito informándole el estado de salud que presentaba su abuela materna, sugiriéndole lo bueno que sería para su estado de ánimo que él hiciera acto de presencia en la casa y que eso podría causar un efecto positivo en su cuadro clínico.
Juanito se sintió muy preocupado por la situación por la que estaba atravesando su “mamá vieja”, sin embargo, él se sentía atado de manos. El trabajo en la construcción de la casa del señor Meza no le reportaba una cantidad de dinero regular, además los altos costos de los alimentos y alquileres en Puerto Quinto no le permitían tener un ahorro que fuese importante. Un viaje desde Puerto Quinto a Churuguara le acarrearía un gasto bastante fuerte, y de hacerlo se le complicaría mucho conseguir más dinero para el viaje de regreso. Por otro lado, estaba la promesa latente de un reingreso a los campamentos. “Un regreso a Churuguara ahora es prácticamente imposible e insensato de mi parte, además, mi mamá vieja siempre ha sido una mujer muy fuerte, probablemente Ana María está exagerando la situación para que yo me vaya”, pensaba en su habitación Juanito la noche que recibió la comunicación.
A medida que pasaban los días Eustaquia se iba sintiendo cada vez peor, y no dejaba de preguntar por Juanito. Ana María, días después, recibió una carta de Juanito en la que le explicaba que en esos momentos se le hacía imposible realizar el viaje, pero que haría todo lo que estuviese a su alcance para visitarlos pronto, deseándole una pronta recuperación a su querida abuela. La misiva había terminado de destruir las bases que sostenían el buen concepto de Ana María por su marido. Para ella, Juanito ya había dejado de ser aquel hombre para quien lo primero que había era la familia. Ya no sabía quién era y no tenía la menor intención en averiguar en qué se había convertido su marido.
Una semana después de llegar la carta de Juanito, luego de una larga agonía, dejó de existir Eustaquia. La muerte la alcanzó una gélida y nublada mañana. Peruchote, a pesar de conocer de antemano cuál iba a ser el desenlace de su amada mujer, no lo aceptaba. El llanto era incontenible, emitía unos extraños ruidos producto del dolor por la desaparición física de su eterna compañera. Ana María y Gabriela tampoco cesaban de llorar. Eustaquia siempre fue el alma de esa casa, el sostén del hogar y un símbolo de incansable guerrera que siempre luchó por la unión de la familia. Gran cantidad de gente asistió a sus exequias, incluyendo a pobladores de Caño Largo que estuvieron dispuestos a cumplir con la familia Chirinos, en especial con Peruchote. Eustaquia se fue sin disfrutar por última vez de la presencia de su consentido Juanito, reconfortando al menos su alma con la presencia de la dulce Gabriela.
–Resignación Peruchote, mucha resignación. Ya la comadre está descansando, ya está en el cielo acompañando a su hija Marianita, compa –le decía mano Rafa a su compadre mientras éste lloraba desconsolado sobre el ataúd de su esposa.
Ana María le envió otra carta a su esposo para darle a conocer la infausta noticia. Esta vez, la epístola resultó bastante escueta:
“Juan, el día de ayer dejó de existir mi queridísima señora Eustaquia. No sabes lo mucho que lamento que no hayas podido estar aquí en sus últimos días, no tanto por ti sino por ella. No te pido que te olvides de nosotras porque sé que eso ya lo hiciste desde hace tiempo.
Ana María.”
Le escribió sin cortesías y sin frases de cariño. Ana María se encontraba muy dolida con Juanito y decidida a continuar su vida sin su presencia. Inclusive Gabriela se encontraba muy decepcionada por la actuación de su padre, sobre todo en estos momentos tan terribles por los que estaba atravesando la familia.
La muerte de Eustaquia fue un golpe terrible para Juanito. Él realmente estaba convencido que se trataba de una enfermedad que podría ser superada por su abuela, o por lo menos jamás se imaginó que sería fulminada tan rápidamente como lo fue. Su “mamá vieja” fue el eje central de sus pensamientos por unos días. Su ausencia le causaba un sentimiento tremendo de culpa por no haber podido estar con ella aunque fuesen unos instantes y el no tener a nadie cercano de su familia con quien apoyarse también era un hecho que le afectaba de manera importante.
Mientras tanto, luego de rezar los novenarios correspondientes se realizó la última noche de Eustaquia, nuevamente con la asistencia de un gran número de personas. Los días sin Eustaquia no eran los mismos, en especial para el viejo Peruchote. Todos los días, al mediodía, Ana María no podía evitar sentir una gran tristeza al ver a ese “hombrón” llorando y soltar grandes suspiros al momento del almuerzo en la gran mesa de madera del comedor en el que siempre compartió la comida con su desaparecida esposa.
Tres semanas después del fallecimiento de Eustaquia, Peruchote se notó con cierto ánimo:
–Mija, tengo ganas de comerme un pan de leche como el que hacía mi negra –le dijo a Ana María.
–Como no señor Perucho, ya mismo me pongo a hacérselo.
–No Anita, pero es que yo me lo quiero comer ahorita. Hágame el favor de comprarme uno a que Toribito y de paso le voy a dar para que se coma un helado mi bella Gabriela y uno para usted también. También le voy a dar para que compre unas paledonias para mandárselas a su mamá a Campo Elías en agradecimiento con ella que bastante nos ayudó en estos días cuando estuvo por aquí. Yo mientras tanto voy a ir preparando un cafecito con leche para acompañar al pan.
–Lo que usted diga señor Perucho –le respondió Ana María al momento que llamaba a Gabriela para que la acompañara a hacer las compras que le solicitó Peruchote.
Así, salieron ambas mujeres rumbo a la panadería del señor Toribio.
–Pobrecito mi abuelo, mamá. Dios quiera que le mejore el ánimo pronto –le dice Gabriela a Ana María mientras cruzaban la plaza rumbo a la panadería.
–Dios te oiga, mi niña.
Peruchote se puso en pie luego que partieron las mujeres y después de un largo suspiro, con la mirada comenzó a recorrer toda la sala. Luego de un momento, se asomó un momento en el área donde estaba la bodega, caminó lentamente por los pasillos de la casa, miró hacia atrás y luego entró a su habitación. Luego de otra respiración profunda, caminó hacia el armario donde guardaba su ropa. Estuvo hurgando en ella y de una de las esquinas situadas al fondo del armario sacó un viejo pantalón que se encontraba muy bien enrollado. Momentos después, una fuerte detonación hizo que dos pájaros que se encontraban cerca de los rosales del patio interno emprendieran una rápida huida hacia el cielo abierto.
Ana María y Gabriela regresaron a la casa con todas las compras encomendadas. Mientras Gabriela llevaba a la cocina lo adquirido, Ana María fue en búsqueda de Peruchote para avisarle de su llegada. Un grito escalofriante se oyó desde la habitación de Peruchote, Gabriela soltó los panes al suelo al escuchar aquello y corriendo se dirigió al sitio donde escuchaba los gritos y el llanto de su madre. Al entrar contempló la imagen más aterradora que había visto en toda su vida: sentado en el piso sobre su propio charco de sangre, con las piernas abiertas y un revólver en la mano derecha se encontraba el cuerpo sin vida de Peruchote, con Ana María a su lado dando gritos de desesperación tomándolo para ver si tenía alguna posibilidad de supervivencia.
Peruchote sólo aguantó tres semanas la ausencia de su esposa con quien estuvo unido por sesenta y dos años. Poco duró la batalla de aquel octogenario ante aquella soledad que a todas luces parecía invencible. Un disparo en la cabeza fue su solución ante aquella irreparable pérdida. Quizá no era mucho el tiempo que le hubiese restado por vivir a Pedro Vicente Chirinos sin la presencia de su bien amada Eustaquia, sin embargo para él ese tiempo hubiese representado una eternidad. Prefirió jugarse una última carta con la esperanza que esa decisión lo llevara a acompañar a su “negra adorada”.
Los hijos de mano Rafa buscaban la forma de darle a conocer la terrible noticia a su padre. Finalmente mano Rafa conoció el hecho acontecido sumiéndose en una profunda tristeza por la ausencia de su compadre y amigo de siempre.
–¿Cómo me vas a venir a echar esa broma, chico?, yo siempre pensé que yo me iba a ir primero que vos. ¿Cómo vas a resolverte a hacer eso, mi compa? –le hablaba desconsolado al cadáver de Peruchote quien yacía en una urna situada en el centro de la sala de la casa del finado.
–Eustaquia no esperó mucho para llevárselo –comentaban entre los asistentes al velorio del popular dueño de la también extinta bodega “La Fe en Dios”.
Peruchote fue enterrado al lado de Eustaquia, tal como él lo hubiese querido. A partir de ahora estaría reposando junto a su querida negra por el resto de la eternidad uniéndose ambos a su hija Mariana quien seguramente los esperaba ansiosa más allá del mundo conocido. Ana María no quiso quedarse ni una noche más en aquella casa y el mismo día del entierro tomó todas sus cosas junto a las de Gabriela y se fueron con la señora Dilcia con rumbo a Campo Elías, dejando cerrada aquella casa en la que vivieron tantas cosas buenas pero que ahora sentía sería más doloroso seguir en ella. Ya tendrían tiempo para decidir qué hacer de ahora en adelante. Contar con Juanito, pensaba ella, ya no era una opción.