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Miel. La miel, néctar de Afrodita, dorado tesoro de la tierra, resultado del alma de las flores y el trabajo de las abejas, ha servido para endulzar la vida mucho antes del descubrimiento del azúcar. Su sabor y aroma dependen de las flores donde han libado las aladas obreras. Su reputación como afrodisíaco es extensa: los novios van de « luna de miel» y en muchas culturas es parte de la ceremonia y del ágape matrimonial. El alto contenido de vitaminas B, C y minerales del polen estimula la producción de hormonas sexuales. Reaviva instantáneamente a los amantes agotados, porque el cuerpo la absorbe en un tiempo mínimo. Avicena, el célebre médico árabe, cuy as recetas se usaron por varios siglos durante la Edad Media, recomendaba miel con jengibre para la impotencia. Se usa en la preparación de dulces sensuales, mezclada con nueces, coco, leche de camella o de cabra, huevos, especias, etc. Se supone que la saliva de las bellas huríes del Paraíso de Alá, así como las secreciones femeninas durante ciertos días del ciclo menstrual, saben a miel. Atila, quien creía a pie juntillas en su
poder estimulante, bebió tanto hidromiel el día de su boda que se murió de un paro cardíaco, para regocijo de sus enemigos y posiblemente también de su novia. El rey Salomón le canta a su amada:
Como panal de miel destilan tus labios, oh esposa mía; miel y leche hay debajo de tu lengua;
y el olor de tus vestidos como el olor del Líbano.
—Cantares 4:11
Si no se le ha ocurrido todavía, aquí tiene un dato: la miel tibia sobre el cuerpo se presta para muchos juegos eróticos. Cleopatra preparaba una mezcla de miel y almendras pulverizadas para embellecer su piel. Julio César y Marco Antonio engordaron a su lado, no solo porque abandonaron la ruda vida de los cuarteles por los lánguidos placeres de la corte egipcia, sino porque se aficionaron a lamer el postre de la copa íntima de esa reina seductora.
La última moda culinaria es la nouvelle cuisine, que de nueva tiene poco, porque son los mismos ingredientes de siempre, pero en combinaciones más étnicas, como me la definió un chef en Nueva York. Supongo que se refería a la influencia asiática y latinoamericana, ignoradas hasta hace poco en la may or parte de Europa y Norteamérica. También es más ligera, con menos grasa y calorías, y las porciones son más pequeñas, aunque cuestan más caras porque requieren decoración. En los platos muy adornados alguien metió los dedos, dice mi madre. Si sirviéramos nouvelle cuisine en casa, daría la deplorable impresión de que no alcanzó la comida. Desconfío de esos restaurantes modernos donde el mozo —un atleta con aros de pirata en las orejas y tatuajes en las manos— se presenta por su nombre de pila y me trata como si y o quisiera venderle una Biblia. Es seguro que allí me servirán nouvelle cuisine. Si no tengo la opción de escapar, me enfrento a un menú exhaustivo, donde cada plato está descrito en el rebuscado lenguaje de un aspirante a crítico literario. Por lo general elijo lo más barato, con la esperanza de que sea también lo más simple, pero invariablemente me sirven la creación de un sicótico.
Mi humilde pescado viene disfrazado de sombrero y al apartar los flecos de zanahoria, las plumas de apio, los pétalos de flores y el velo de cebolla, queda muy poca trucha. Da lástima desbaratar esa obra de arte y cuando por fin me decido a hincarle el tenedor, todo se desmorona y un rábano en forma de abeja aterriza en mi regazo. Quedo con la sensación de no haber comido suficiente y haber pagado demasiado. No es como los mesones vascos o las taquerías mejicanas, que por un precio discreto aturden por cuatro o cinco días. La nouvelle cuisine puede ser interesante, pero en lo referente a la comida —y también a los hombres— prefiero sabores más robustos y aspectos más sencillos, como un honesto pescado que no se avergüenza de su desnudez. Eso sí: que esté muerto. Me horrorizan los alimentos que se mueven, por eso evito la gelatina y las ostras, pero esta es una manía que debo combatir: muchos animales del recetario afrodisíaco llegan a la mesa apenas desvanecidos. Una vez, en un
restaurante escandinavo, me sirvieron una especie de culebra de mar —anguila,
creo que se llamaba la infortunada— que sufrió un breve ataque de epilepsia cuando intenté meterle un cuchillo. Se me escapó un grito y el mozo, quien en ese instante servía el vino, soltó la botella. El ideal es que la comida esté bien muerta, pero que hay a superado el rigor mortis. Y nada con ojos, por favor, aunque estén cerrados. Nada hay tan pavoroso como la mirada suplicante de un
animal entero sobre una bandeja. Ya que se han dado el trabajo de asesinarlo
¿por qué no lo decapitan también?
Mis objeciones contra los tomates convertidos en rosas, las patatas con apariencia de ruiseñor y otros eufemismos de la nouvelle cuisine, no significan que me incline por los platos con aspecto de mazamorra de preso, como los del colegio inglés donde adquirí el estómago estoico que me caracteriza, o que prefiera las decoraciones brutales de la cocina popular. Esos cochinillos asados en España con una manzana en el hocico y un ramito de perejil en el culo, merecen un réquiem. Bastante pecado es matar a los animales, no hay necesidad de humillarlos además.