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Alev Ly tle Croutier, en su apasionante libro Harem, The World Behind the Veil, explica que el harén es el resultado de varias tradiciones culturales y religiosas. Según judíos y cristianos, Dios creó al hombre a su propia imagen espiritual; pero la mujer es carne y tentación, un animal dominado por la sensualidad que solo puede elevarse a través de un marido. En el sistema patriarcal los hombres tienen la libertad sexual que niegan a las mujeres. El islam impuso la más estricta separación entre ambos sexos, convirtió a la mujer en prisionera con el argumento de que no se puede confiar en ella: es seductora y promiscua por naturaleza. De este modo se culpa a ella de la lujuria que lo caracteriza a él. El harén no se creó para proteger a las mujeres, como se ha dicho, sino para preservar la moral de los hombres. Un musulmán puede tener cuatro esposas legítimas y número ilimitado de concubinas, según sea su fortuna. La fabulosa riqueza y el poder del sultán de Turquía se reflejaban en el Gran Serrallo. En el
harén reinaba la madre del sultán y luego seguían las esposas, las favoritas y
finalmente las odaliscas o sirvientas. Las de alto rango tenían sus propios criados, eunucos y habitaciones decoradas con los objetos más exquisitos, el resto vivía en
dormitorios, pero siempre en la may or abundancia. El lujo tal vez no compensaba el cautiverio, pero lo hacía más llevadero. Algunas mujeres nacían en el palacio, pero en general provenían del mercado de esclavos, muchas de ellas raptadas o vendidas en la infancia por sus propios padres.
El mercado de esclavos era uno de los lugares que más frecuentaba. Uno entra a este edificio, situado en el barrio más oscuro, sucio y confuso de El Cairo, por una especie de callejón… Al centro de este patio exponen a los esclavos para la venta, en general en número de treinta a cuarenta, casi todos jóvenes, algunos niños. La escena es por naturaleza repugnante, sin embargo no vi, como esperaba, el abatimiento y dolor que imaginé observando a los amos quitar completamente la ropa a una mujer —un pesado manto tejido— y exponerla a la vista de los espectadores.
—William James Müller (1838)
Una vez comprada, la mujer desaparecía a los ojos del mundo, olvidaba su familia y pasaba a formar parte del intrincado sistema de jerarquías, favoritismos y conspiraciones del harén. No volvía a salir, excepto en raras ocasiones y siempre cubierta de pies a cabeza, incluso con guantes. Su vida transcurría en el ocio y la ignorancia, entretenida con juegos infantiles, títeres, adivinanzas, cuentos y paseos por los jardines, lejos de miradas indiscretas. Si era muy bella, astuta y con suerte, aprendía el arte de agradar a la sultana madre, al gran eunuco y a su amo, engendraba un hijo varón y subía de categoría. Luego pasaba el resto de su corta existencia defendiéndose de los intentos de asesinato y
tratando de proteger a su hijo para que alcanzara la edad adulta. Cualquier falta conducía a una ejecución sin juicio: el gran eunuco vigilaba personalmente el proceso de meterla en un saco y lanzarla al fondo del mar. Una práctica similar
—ilegal, pero admitida por la sociedad— existe todavía en algunos países, donde un padre o un marido puede matar a la mujer para castigarla si deshonra a la familia. La may oría de las mujeres en el serrallo, sin embargo, perdía sus días sin pena ni gloria en calidad de odalisca. Se ha especulado mucho sobre estas beldades ocultas tras los velos —las doncellas más hermosas del mercado de esclavos se destinaban al sultán— pero poco se ha dicho de la corta duración de su belleza. Pasaban buena parte del día sentadas de piernas cruzadas, comiendo dulces y fumando opio y tabaco: antes de los veinte años eran gordas, tenían las piernas torcidas y mala dentadura, detalles que no figuran en las fantasías eróticas sobre el harén; pero no se trata aquí de vilipendiar a esas desdichadas, sino de hablar de afrodisíacos.
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Fuera del célebre baño turco (haman), donde podía desbocarse la sensualidad femenina, y de las intrigas, que ocupaban buena parte de las vidas de esas mujeres, la comida era la actividad más importante en el harén. Así se inició la tradición culinaria que distingue a Turquía. Cuenta Alev Ly tle Croutier que para alimentar esa muchedumbre de mujeres, niños y eunucos había veinte cocinas y ciento cincuenta cocineros encargados de producir una cadena ininterrumpida de guisos de carne y vegetales, que circulaban en bandejas de plata y bronce, café turco, dulces y pastelillos de todas clases. No se bebía alcohol, prohibido por el islam, pero se servían continuamente líquidos refrescantes: limonada, infusiones, agua con azúcar perfumada y « cevosa» , una bebida agridulce hecha de cebada. La berenjena se consideraba el mejor afrodisíaco —al sultán se la servían a diario— y todavía hoy en Turquía las buenas esposas se vanaglorian de dominar por lo menos cincuenta recetas de este vegetal. Favoritos de todos eran los
sorbetes, que se preparaban con aromas de especias, flores, frutas y hielo traído
a lomo de mula desde las cumbres de las montañas, a setenta kilómetros de distancia. A toda hora pasaban de mano en mano los platillos de dulces delicados hechos con una pasta de azúcar, sémola, miel, agua de rosas y nueces que hoy se conocen en todo el mundo con el nombre de Delicias Turcas. Como no había mucho que hacer, cada comida se estiraba por horas mediante una ceremoniosa etiqueta que las odaliscas aprendían desde la infancia. Se comía con los dedos, con elegancia y delicadeza, y después pasaban los criados con garrafas de agua perfumada y toallas bordadas para lavarse las manos. Finalmente las mujeres descansaban reclinadas en divanes y cojines fumando nargilés y cigarrillos, a los cuales eran muy adictas. Los platos del sultán eran probados por un eunuco para evitar que lo envenenaran y lo mismo exigían las más prudentes favoritas del harén.
También en India y China hubo gineceos de gran lujo donde vivían las