40- Fight for this love
Vergara Grey propuso que fingieran ser funcionarios de correos que le llevaban a la niña un giro de treinta mil pesos de parte de un pariente del sur. Ángel dio por buena la idea y lograron ingresar hasta la sala de profesores con los tres billetes azules como salvoconducto.
La única persona en la oscuridad invernal de ese espacio era la profesora de dibujo. Se había ubicado justo debajo de la lámpara de lágrimas y trabajaba afanosamente escribiendo algo en un block. Llegaron hasta ella y Ángel Santiago le sonrió:
—¿Se acuerda de mí, maestra?
La mujer hizo descender los anteojos sin marco por el tabique de la nariz y estudió a los dos hombres como si viniera saliendo de un trance.
—De ti me acuerdo; del otro buen mozo, no. Pero me cae bien a primera vista. Se parece al actor argentino Federico Luppi, con las canitas tan sexy en las sienes y los bigotes grises. ¿Cómo se llama?
—Nicolás —abrevió el hombre, protegiéndose. Ángel quiso mirar lo que la maestra escribía, y al advertirlo, la mujer le acercó el cuaderno.
—Lea. Es mi renuncia.
—¿Qué pasó, maestra?
—A mí, nada. Pero a tu pobre novia la hicieron charqui.
—¿En el examen?
—Así es, pequeño.
—Pero no puede ser. ¡Estaba bien preparada!
—Preparada para todo lo que importa, ¡pero no para huevadas!
El joven miró suplicante a Vergara Grey, como si tuviera la facultad de desmentir los dichos de la maestra, se limitó a abrir las manos en un gesto de impotencia.
—¿Dónde está ahora?
—En cualquier lugar de Santiago, mojada como gorrión. ¿0 ya no llueve?
—Llueve a intervalos. ¿No puede darme una pista,.¿hacia dónde fue?
—Me temo que a cualquier lugar desde donde puede despeñarse. Los puentes del río Mapocho, el edificio M,I, Telefónica...
—¿Y usted no hizo nada?
—¡Que yo no hice nada! No me conoces, sinvergüenza, estoy redactando mi renuncia antes de que me echen, con sumario administrativo.
Se puso de pie y tiró el block sobre la alfombra. Los años habían desgastado en su tejido la figura central de un persa, y manchas de cloro impedían ver los ojos de algunas doncellas que lo admiraban.
—¿De qué va a vivir, maestra, si renuncia? —preguntó, Vergara Grey.
—Algo conseguiré. En la Oficina del Trabajo, o tal en provincias.
—¿En serio me encuentra parecido a Luppi?
—Bastante. Algo más gordito, sí.
—Es por la vida sedentaria.
—¡Ajá! ¿A qué se dedica usted?
El hombre buscó inspiración en los retratos de los profesores que colgaban de las paredes y luego bajó confiado la vista.