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—¿Qué haces, chancho?

—Busco las credenciales.

—No vas a encontrarlas. Aquí retiran todos los días la basura. El joven siguió escarbando, lanzando una risotada histriónica.

—Lo dudo. Aquí está «El Mercado» del domingo. Y aquí mis credenciales.

Las limpió sobre la pechera de la camisa y después las introdujo en los pantalones.

—¿Qué vas a hacer con ellas?

—Mire, don Nico. Si me hace una pregunta, entonces establecemos un diálogo, y usted me dijo que no quería diálogo.

—Déjate de esa retórica pedante y dime de una vez qué vas a hacer con ellas. El muchacho alzó la vista y con un mohín grave dijo, rotundo:

—El Golpe.

—¿Con quién?

—Solo.

—Entonces para qué quieres las dos chaquetas.

—Una de repuesto.

El hombre empujó con un pie la puerta del armario y éste volvió a chillar en forma destemplada antes de cerrarse.

—Sabes muy bien que el trabajo no se puede hacer solo.

—¿Y qué quiere que haga si usted se niega a colaborar? Lira se lo manda en cuna de oro y usted lo rechaza de puro soberbio.

—Te dije que es un plan genial. Lo rechazo porque no hay plan por genial que sea que no te lleve a la cárcel.

—¡Mire, don! Yo sé que usted es «Manos de Seda». Nunca ha cargado revólver y nunca ha matado a ningún cristiano. Pero yo me la voy a jugar con todo. Si hubiera cualquier tropiezo en algún momento, guardo una bala para mí y otra para usted. Nos ahorramos la prisión y las bestias de los presos. ¿Qué le parece?

—¿En serio serías capaz de dispararme en caso de que estuviéramos en apuro?

—Así, en frío, no, porque a usted lo quiero y lo admiró. Pero si usted me lo pide, estoy dispuesto. En la cárcel leí un libro donde un amigo le decía al otro: «Siempre es bueno tener a alguien que llegado el momento te mate. »

—Pensé que de los libros sólo te interesaban los forres de papel de matemáticas.

—No crea, maestro. Últimamente me he educado una barbaridad. Es por el examen de Victoria.

¿Usted sabe algo del Ser?

—No tengo idea del Ser.

—¿Ve? Lo contrario de la Nada.

—Ya veo.

—Hágame la pregunta clave.

—¿Cuál?

—¿La Nada es?

—No, pues cómo va ser la Nada. La Nada es el No Ser.

—Pero si hay nada, la nada es y tiene Ser.

Vergara Grey fue hasta el lavatorio y se mojó la frente. Sintió que ese muchacho podía afiebrarlo en cosa de minutos.

—Toma tu chaqueta y te vas.

—Está bien. Tomo las chaquetas y me voy.

—¿Quién usará la otra?

—No le puedo decir.

—¿No me tienes confianza?

—Toda la confianza del mundo. Pero no sé qué sentirá mi socio respecto a usted.

—Ángel Santiago, conozco a todos los veteranos del ambiente. Dame su nombre sólo para evaluarlo y ver si con él tu Golpe podría tener la más mínima probabilidad de éxito.

—Está bien. Se llama Toño Lucena.

—¿Toño Lucena?

—Sí, señor.

—Tiene nombre de cantante español. En mi juventud había un tal Pepe Lucena que actuaba en el Goyescas y que hizo muy popular en Chile el terna Castillito en la arena, que el viento se lo llevó.

—Correcto, maestro. Este Lucena es español, pero no canta. Es un profesional de la ganzúa. Aunque tiene el oído de un músico para escuchar las melodías de las claves en las cajas fuertes.

—¡Mientras no sea el oído de Beethoven!

—¡Está celoso, profesor Vergara Grey!

—No estoy celoso, pendejo.

—¡Pero si su cara está completamente fucsia!

—¿Fucsia? ¿De dónde sacaste ese adjetivo?

—De una profesora de dibujo.

El hombre se refregó los párpados como si quisiera borrarse una pesadilla. Tenía razón el impertinente jovenzuelo. Su cara no sólo estaría fucsia, sino que su corazón le latía sin ritmo. Necesitaba aire.

—Acompáñame.

—¿Dónde vamos, maestro?

—A cobrar un cheque.

—¿Un cañonazo?

—No, hijo mío. Apenas un guatapique para ir tirando.

A la salida del banco, el hombre invitó al muchacho a una fuente de soda. Pidieron sándwiches de jamón con palta, té con leche y dos paquetes de cigarrillos. Cuando llegaron, Vergara Grey puso uno en el bolsillo de Ángel Santiago, quien lo aceptó con una sonrisa. Tras probar el primer sorbo, el maestro se echó atrás en la silla, y limpiándose las manos con la servilleta como si fuera un juez que se pone la toga, le habló:

—Me dijiste hace un rato que estabas demolido emocionalmente y te he visto sin embargo dispuesto a comerte el imperio de Canteros. Una conducta contradictoria, cuando no esquizofrénica.

Educadamente, el joven puso fin al trozo de sándwich que masticaba y se pasó la mano por la boca, apartando las migas.

—Ni tanto. Yo me las arreglo, profesor. Si ando bajoneado, me doy una vuelta al campo y ahí, entremedio de los pajaritos, se me vuelan los problemas. ¿Le conté que soy panteísta?

—No me lo habías contado, ni tengo idea de qué es eso.

—Yo, tampoco, pero la Victoria me explicó. Yo creo que Dios está en el mundo.

—No en la azotea.

—Exactamente.

—Nada. Me gusta creer eso.

—¿Y qué ocasiona entonces la «demolición emocional»?

—¿Se acuerda de la chica que traje a su pieza?

—¡Cómo no! Miss Epidermis.

—Ella misma. Bueno, la Victoria es bailarina. Estudia por las noches danza en una academia en Manuel Montt, Y, anoche la maestra no la dejó entrar al estudio porque no había pagado los tres últimos meses.

—¡Qué bruta!

—No es una mala mujer. Lo que pasa es que a mucha gente no le va bien hoy en Santiago. Esa profesora anoche no tenía luz porque le habían cortado la electricidad. Por lo mismo, ni una gota de calefacción. Las alumnas bailan con la música de un piano o de una radio portátil de baterías. Cuando se agoten, la vieja va a tener que silbarles, las composiciones.

—¿Qué hicieron, entonces?

—La acompañé a la casa de la mamá para que pudiera dormir tranquila. Hoy tiene que dar un examen total de todos los ramos para ver si la dejan seguir en el colegio. Al separarnos me dijo: «Estoy demolida emocionalmente.»

—Lo mismo que me dijiste a mí.

—Es que estamos juntos.

—Comprendo.

—Dentro de un par de horas se reúne con la comisión,

—Deberías estar ahora cerca de ella, y no chateandó con un viejo aburrido.

—Con usted me entretengo la mar, profesor. Es que a todos nos conviene que usted se anime al Golpe. A usted mismo, a mí, a Victoria, e indirectamente a su esposa y a su hijo.

—No los metas a ellos en esto.

—Lo que nosotros planeamos es un acto de justicia.

Nos han robado todo lo que teníamos y sólo aspiramos a tener una mínima parte de lo que nos pertenece.

—Mira, bambino. Yo leí Robin Hood cuando tenía doce años. Los cuentos de hadas me aburren a los sesenta.