30- I just saw you coming
—Soy católica. Pero imagínese a su Victoria bailando con un globito en el vientre. Sería el fin de todas sus ilusiones. Supongo que la querrá un poquito y no le hará ese daño.
—Se lo prometo, maestra.
—Es una chica sensible, pero lamentablemente triste. Su pintor favorito es Edward Hopper. ¿Lo ubica?
—No, maestra. Soy malazo para el dibujo.
—Bueno, Hopper.. Guárdese eso en el bolsillo, que me pone nerviosa.
Condujo al joven hacia el portón y desde allí lo fue empujando suave hasta la calle.
—Hopper es un artista triste. Si pinta una casa, es la casa más solitaria del mundo. Si dibuja una acomodadora de cine dentro de un teatro lleno, esa acomodadora es la mujer más abandonada del mundo. Es decir, desparrama melancolía con ventilador.
Las campanas del recreo repicaron, y junto con ellas, los gritos de júbilo de las alumnas, que se desbordaban sobre los Pasillos y el patio. Ángel se frotó la nariz helada y se encontró con un sorpresivo discurso en la punta de los labios.
—Pero que a uno le gusten las cosas tristes no significa que uno sea triste. Por ejemplo, Victoria está haciendo una coreografía con un poema de Gabriela Mistral: «Del nicho helado donde los hombres te pusieron, te bajaré a la tierra humilde y soleada.» Es triste, pero cuando ella baila lo hace con una sonrisa.
La maestra de dibujo acomodó las gafas sobre el tabique de la nariz, bajándolas, para mirar sin intermediario dentro de los ojos del joven.
—¿Sabe usted cómo termina ese poema de la Mistral?
—Ni idea, maestra, soy malazo para castellano.
—«Porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna bajará a disputarme tu puñado de huesos.»
¿Sabe cómo murió el padre de Victoria?
—Algo. Ella me ha hablado más de su madre.
—Victoria es una chica muy triste. Y muy frágil. Cualquier cosa puede quebrarla. Si usted no la puede proteger, apártese de ella.
Pasaron algunos minutos antes de que la chica saliera a la calle acompañada de un maestro que le contaba concentradamente algo. Cuando se separaron en la esquina, él la abordó:
—No conseguí dinero para tus clases de ballet, Victoria. Lo siento.
—Está bien. Hablaré con la maestra. Quizás me dé un nuevo plazo.
—¿Cómo le pagabas los meses anteriores?
—Antes tenía ahorros. ¿Por qué viniste?
En medio del tráfico de la avenida, Ángel Santiago quedó atónito. Esa pregunta lo dejaba más expuesto que nunca a los ruidos y emanaciones de los tubos de escape, a los pitidos de los guardias del tráfico, a los pregones de los vendedores, a los grupos de estudiantes que pasaron junto a ellos entonando una canción de moda en inglés, a la molesta llovizna que le manchaba el rostro. Podía ser la pregunta más inocente del mundo, pero inyectada a esa hora del día, tras lo que había vivido hoy, le reprochaba con lucidez implacable su precariedad.
Hasta ahora, el plan de Lira y su eventual alianza con Vergara Grey constituía todo un proyecto de vida. Disuelto ese horizonte en una carambola de humillaciones, no tenía más que su presencia abominablemente disponible y a todas luces prescindible para la chica: «¿Por qué viniste?»
—Iba al campo —dijo, dándose cuenta recién que estaba tratando de unir jirones significativos en su vida para apalear la tristeza—. Necesito darle largona al rucio. Un caballo que no galopa se enferma, pierde la alegría.
—Comprendo.
—Y me gustaría que me acompañaras.
—¿Yo, ir al campo?
Victoria extendió los brazos abarcadores hacia la calle y prolongó su mirada hasta las nubes grises y los jirones de cordillera que asomaban entre ellas.
—Bueno, quiero que así como yo te vi bailando, tú vengas conmigo y me veas en el campo.
—No entiendo qué tiene que ver una cosa con otra. Bailar es hacer algo, es crear. Estar en el campo... Bueno, es eso no más: estar en el campo.
La lógica de la chica le pareció demoledora. Se sintió el más torpe e insignificante de los mortales. Su postura se había ido desinflando durante el día. Si al salir de la cárcel tuvo el tranco altivo de dueño del mundo, ahora era el último de los animales del planeta. Abrazó a la muchacha compulsivamente y le dijo al oído:
—Acompáñame, Victoria. Te lo suplico.
Teresa Capriatti puso sobre la mesa del café la foto del hombre. Su rostro tenía un tono oliva, las mejillas escuetas, los labios delgados, y la gravedad que derraman todas esas imágenes de carnets de identidad. Efectivamente, en la parte inferior había un nombre y un número de siete cifras.
—¿De dónde la sacaste?
—Revisé su chaqueta cuando vino a la casa a hablar con Pedro Pablo. ¿Lo conoces?
Vergara Grey se acercó a la foto casi oliéndola. La levantó, la consideró de costado, y hasta la puso de reverso, como si estuviera tras una pista.
—¿Por qué se te ocurrió esto?
—¿Oué?
—Robarle una foto.
—Parecía un hombre que venía de otro mundo. Ni por edad ni por actitud tenía nada que ver con los compañeros de estudio o los maestros de nuestro hijo.
—;Qué más observaste?
—Su ropa era completamente nueva. Desde la camisa hasta los zapatos. Todo le quedaba ancho, como si se la hubiera robado de una tienda sin probarla.
—¿Te dijo un nombre?
—Al entrar me dijo que me felicitaba por tener un hijo tan despierto como Pedro Pablo. Dijo que era una suerte que, teniendo el niño la historia familiar que todos conocían, fuera como era: un buen estudiante.
El hombre se metió una mano en el bolsillo del pantalón y reprodujo en la memoria la cantidad de billetes que llevaba. Calculó si le alcanzaría para pagar otra ronda de café con leche. Llamó al mozo con un dedo y le indicó que repitiera.
—En casa hace falta un hombre, Teresa. Ya es hora de que me dejes volver.
—No veo por qué. Nada ha mejorado desde la última vez que me viste.
—Pero voy por buen camino.
—No se nota. Seis meses sin recibir la mesada. ¿Por qué crees que Pedro Pablo anda en conversaciones con ese tipo?
—No querría adelantarte nada hasta no estar del todo seguro. Pero si me apuras, debo decirte que tengo algo muy bueno por delante.
—¿Cuándo?
—Pronto.
La mujer le puso dos cucharadas de azúcar al café con leche y luego arrojó con desprecio la cucharilla sobre el mantel.
—¿Legal o lo de siempre?
—Qué te importa lo que sea.
—Porque la respuesta a esa pregunta hace la diferencia entre la libertad y la cárcel. Ahora fue él quien tiró la cucharilla contra la panera.
—¡Qué considerada! Hace semanas que estoy en libertad y no me has visto.
—Te he visto. Ahora mismo te estoy viendo.
—Tú sabes lo que quiero decir, Teresa Capriatti. Te amo, y no me dejas entrar a mi propio departamento.
—El departamento lo salvaste de la ruina porque lo pusiste a mi nombre y yo te obligué en la boda a que conviniéramos separación de bienes.
—¿Qué tiene que ver todo eso con amor?
—Tiene que ver, Vergara Grey. Para mí no hay amor sin dignidad ni seguridad. Dos cosas que tú no tienes en oferta.
—Conforme con que no soy un sa