29-
—¿Sabís qué más, cabrito? ¡Te regalo la manta!
—¡No me esté hueveando!
—En serio. En este mismo instante la doy de baja en la lista de bienes fiscales.
—Se lo agradezco, ¿cabo ... ?
—Zúñiga. Cualquier problema policial que tengas, aquí estoy en el retén. Si te pasan un parte...
—No tengo auto.
—¡Si le pasan un parte al caballo! Diles que el animalito es de Carabineros de Chile. Del cabo Zúñiga.
La prueba está en la manta.
—Gracias, mi cabo.
—Pórtate bien, chiquillo.
Ángel Santiago lo llevó al trote hasta La Vega y, cuando atravesó entre los carretones con frutas y verduras, los comerciantes le rnetieron en el hocico tallos de alcachofa y otras verduras. Al mediodía le dio hambre, pero su orgullo le impidió pedir comida por caridad, y se conformó con mordisquear media zanahoria que arrancó de la dentura del animal.
Si Vergara Grey no se atrevía a participar en el Golpe, las opciones en su vida se reducían considerablemente. No podría volver al hotelito del maestro, porque su maldito socio lo haría acribillar por algún gangster, después de haberle estampado esos gloriosos y merecidísimos cardenales en el cuello. Todo lo condenaba a ser un transeúnte. Un jinete fantasma viviendo de pequeños robos —«hurto famélico», recordó—, de mendrugos ocasionales, de limosnas, y metido acaso en establos con olor a estiércol y tapándose con heno y sacos de harina para apurar la noche y el filudo viento de los Andes.
Claro que sin el viejo maestro él podría llegar vestido de ascensorista hasta la caja fuerte del general Canteros, pero allí se estrellaría contra esa cordillera de metal sin saber cómo descerrajarla. Los detectives lo sorprenderían atónito ante los cerrojos y manijas sin atinar a nada, y lo llevarían de vuelta a chirona, donde el Enano Lira lo degollaría por haberse farreado el golpe del milenio de manera tan torpe. Eso, sí es que antes los secuaces de Canteros no lo sometían a una antología de las mejores torturas que aplicaban a los presos políticos durante la dictadura de Pinochet y se lo despachaban en algún calabozo clandestino.
¿Tenía algún buen argumento para seguir viviendo? Descartado el Golpe, le quedaban tres o cuatro cositas en las cuales ensoñarse. En orden de importancia —se dijo, cabalgando hacia el liceo de Victoria Ponce—, el ajusticiamiento del alcaide Santoro. La infamia que le había infligido ya circulaba por los círculos de hampones, e incluso el vil Monasterio se la había escupido en su propia cara. Difícil que su corazón encontrara la calma hasta no dirimir ese pleito. No podía tardar mucho, pues su promesa ante la colonia penal podría pasar por una jactancia infantil.
Odiaba el apodo «el Querubín», que antes que exaltar su belleza, lo ponía en las leyendas del ambiente como alguien que se hubiera dejado sodomizar con placer. Si, el rostro expresase lo que bullía en su alma, tendría la nariz ganchuda de un cuervo, los ojos inyectados en sangre de un demente, los tajos en las mejillas de un filibustero, el pelo grueso y enredado de un salvaje, los colmillos de un tigre. De sólo mirarlo, la gente entraría en pánico.
Pero ni aun practicando gestos adustos y muecas cínicas, podía ocultar su perfil delicado, el cuerpo esbelto y la nariz fina, la dicción aprendida en un buen colegio público, y las enormes ganas de reparar las injusticias cometidas contra él y los vejámenes infligidos a seres vulnerables.
Tenía una cuenta pendiente con el alcaide, pero también con su país de oro y mierda, que no se atrevía a castigara los asesinos y a los violadores, y que sin embargo le había dado a él, un niño de diecisiete años entonces, una condena larga por haberse robado por amor, por simple y enloquecido amor de aventurero, el caballo azabache de un ricachón feudal.
Lo capturaron una noche de verano comiéndose una sandía a la luz de la luna, junto a una encina, mientras e negrísimo potro abrevaba agua del río Piduco en una calma de grillos y luciérnagas, de Vía Láctea y esporádicos ululares de lechuzas. Tuvo la ilusión de que el caballo torcía la cabeza como despidiéndose de él cuando los peones y los pacos lo llevaban de vuelta a su dueño.
Su padre concurrió al juzgado de menores con el arrastre de un inquilino de obstinada convicción de los hombres con dos o tres principios groseros y delante de su propio patrón le pidió al juez un «castigo ejemplar para que Ángel se haga hombre, porque desde que salió del liceo no hace más que vagar por los campos como un señorito con la cabeza en la luna, leyendo libros que le llenan el coco de locuras, y haciéndole el asco a las faenas de la tierra: si hasta las frutas del patrón se pudren caídas de los árboles, porque el niño es muy delicado de lomo para agacharse a recogerlas»
Pudo atar al caballo en un sitio eriazo que servía para estacionar camiones, y alisándose sin éxito los pliegues de su chaqueta, entró al colegio en una hora cuando los patios estaban vacíos y las pupilas llenaban las aulas.
Una mujer regordeta, de ojos anchos como una moneda de cien pesos, vino apuntándolo con el índice.
—¿Qué hace un joven tan guapo metido en un colegio para señoritas? Con esa pinta, usted va a causar sensación aquí joven.
Ángel Santiago se miró humilde los zapatos y alzó de a poco la vista para contestar.
—Lo que pasa es que tengo un recado urgente para mi hermana.
—¿Quién es ella?
—Victoria Ponce.
La maestra se golpeó las palmas de las manos jubilosa y tomándolo del codo lo condujo detrás de la palmera centenaria.
—Conozco a esa alumna al revés y al derecho.
—¿Quién es usted?
—Su profesora de dibujo.
—Claro que sí. Ella la estima mucho a usted. Gracias a su ayuda no la expulsaron del colegio.
—Aporté mi grano de arena. Pero lo decisivo para salvarse es que ella cambió. Le dieron ganas de
vivir.
—Más bien de bailar. Ella tiene la ambición de ser una artista.
—Todas las chiquitas de su edad tienen los mismos pajaritos en la cabeza.
—Ella, no. jamás iría a dejarse manosear a esos shows,: para aficionados de la tele.
La maestra vio que el chico no dejaba de aplancharse las solapas mientras hablaban, y contribuyó a
ordenarlo poniéndole la parte izquierda del cuello de la camisa sobre el jersey verde.
—Victoria no tiene ningún hermano. ¿Quién es usted entonces?
—Soy un amigo. Casi como un hermano.
—¿Su novio?
Las enormes pestañas de la señora se abanicaron cómplices.
—Bueno... «Novio» es una palabra tan formal.
—¿Amante?
El joven bajó la cabeza de un golpe, corno si lo hubieran decapitado.
—¡Tan guapo y tan tímido! Se puso color fucsia.
—Ése es un color que sólo una profesora de dibujo puede inventar. Me dio plancha lo que me dijo.
—Pero no es ninguna razón para ponerse carmesí. Puede lavarse la cara en el agua de la fuente. Le recomiendo que espere a Victoria en la calle. Yo le daré el recado.
—Gracias, maestra.
—Dígame una cosa, joven. ¿Usted la ama?
—¿Cómo?
—Como se ama en las películas. Como Tom Cruise ama a Nicole Kidman en Eyes wide shut.
—Creo que los dos somos demasiado pobres para amarnos asi.
—¿Usan algo?
—,Perdón, maestra?
—Para protegerse. Cuando se meten a la cama...
—¿Cómo?
Se explico
—¿Lo hace con sombrero?
—¿Con condón dice usted?
—Usted lo ha dicho. Yo nunca digo palabras tan francas.
—Creo que somos demasiado pobres también para eso.
La profesora extrajo de su bolsón un paquete de preservativos marca Éxtasis, con la imagen de una odalisca desnuda en un harem, y se lo puso en una mano, que procedió a cerrarle hasta convertirla en un puño.