28- Keep smiling like an angel
—¿Sabes cómo se paga lo que has hecho en el ambiente?
—Me sé el abecé de memoria. Pero tú no eres un tipo violento, Nico. Tienes fama de tener un corazón de oro y todo el mundo te admira. En cambio, a mí me desprecian hasta los lustrabotas. Soy un perfecto don nadie. Si me permites una confesión, Níco, te envidio.
Vergara Grey se apretó ambas manos entre las rodillas para impedir que éstas perfeccionaran el estrangulamiento que había iniciado el joven.
—Vamos por partes —dijo con voz pastosa—. Si el local y el hotelito se compraron con mi dinero, yo
soy el dueño de ambos.
Monasterio hizo como que se acomodaba el almohadón bajo la cabeza, pero en verdad se aseguró de que la Browning 45 estuviera al alcance.
—Técnicamente, sí. Pero habría que descontar algunos costos y otros imponderables.
—¿Cómo así?
—Los gastos de administración, el capital pasivo, 10% tragos, el amoblado.
—Conforme. Pero todo eso se va pagando con las ganancias.
—No hay ganancias, Nico. Por eso hace seis meses que no le hacemos llegar el sobre a tu esposa.
—Y si no hay ganancias, Monasterio, ¿por qué sigues con todo esto?
—No lo entenderías.
—Es mi plata, voy a tratar de entenderlo.
—Si cerrara, el personal no tendría trabajo. Hay una esantía feroz en Santiago. La cajera no sabría dónde ir.
—Tu amante.
—Las chicas del bar están aclimatadas aquí. En otras partes abusan de ellas. Después tienes el barman, los mozos, el personal del aseo, el portero, las mucamas que hacen y deshacen las camas. En fin.
—De modo que eres el buen samaritano, Monasterio.
—Sé que no soy un ángel, Nico. Pero tengo mi corazón
—Con todos, menos conmigo, cabrón. Me tienes Viviendo en un cuchitril y mi mujer y mi hijo me desprecian.
—Lo sé. Lo siento, socio. Son tiempos muy complicados en todo el mundo. Hasta en Alemania hay recesión.,
Vergara Grey fue hacia la ventana y la abrió. Esperaba encontrar una ráfaga de aire tonificante que le disipara sus confusiones, pero sólo recibió la húmeda grisura del smog invernal. Monasterio parecía un santo agónico, y sus argumentos lo habían enredado: era su dinero el que habla hecho polvo, jamás lo visitó en la cárcel, nunca fue alguno de sus recaderos con un pavo o una botella de vino para la Navidad. Y ahora el sibilino gangster quería hacer pasar sus desaciertos Y hurtos como obras de caridad social.
—¿Qué vas a hacer, Nico?
—Estoy pensando.
—Que yo sepa, nunca has matado a nadie.
—No, hasta ahora.
—No lo harás con un viejo amigo. Te fui leal hasta que, de tanto estirarla, se rompió la cuerda. Monasterio le echó un poco de agua hervida al mate y revolvió la yerba con la bombilla.
—Me encanta matear. Me calma los nervios, me da lucidez.
—Me alegro, vas a necesitar estar muy lúcido para lo que viene.
—Cuando joven, canté una canción publicitaria para la yerba rnate. Fue un gran éxito. ¿La oíste alguna vez?
—Jamás.
—Es que la cantaba en Radio Rivadavia de Buenos Aires. Aquí, los chilenos no descubrieron nunca el mate.
—Mate, mato, mataré —susurró lúgubre Vergara Grey. Y luego en voz alta—: ¿Cómo era la letra de la canción del mate?
—¿En serio te gustaría oírla?
—Me encantaría.
—¿Así, a cappella? ¿Sin guitarra ni nada?
—Dispárala así. A sangre fría.
—Lo dices con un tono como que preferirías no oírla.
—Me muero de ganas de oírla.
—Está bien. A pedido tuyo, entonces. La voy a cantar rápido, porque así sale mejor.
Toma mate y avívate, que la cosa, ché, hermano, es muy sencilla: mate dulce, mate amargo, con bombilla o sin bombilla, es la octava maravilla de la industria nacional.
—¿Te gustó?
—¡Vendes! —dijo Vergara Grey con voz áspera.
—No te entiendo.
—Vendes todo: el hotel, el bar, las camas, la caja fuerte., el letrero de neón, y me pagas lo que me debes, Monasterio.
Cambiando de posición, el hombre empuñó esta vez el arma bajo la almohada y encajó el índice en el gatillo.
—No hay nada que me gustaría más que complacerte Nico. Pero no es posible.
—¿Por qué no?
—Todo lo que ves y aun todo lo que no has visto está hipotecado. El banco nos tiene agarrados de los cojones. Vivimos de prestado, muchacho. Pasó de moda el tango. Lo único que nos queda es el
«chan—chán» final.
Vergara Grey se asomó a la ventana y justo al aspirar el aire envenado de la calle sintió que su corazón era apremiado por una violenta punzada.
Se desmayó a los pies del lecho y Monasterio discó el número con parsimonia.
—Pídanle a la ambulancia que vuelva —dijo.
Los carabineros estaban de excelente humor cuando el joven fue a desamarrar al rucio del palenque. Habían recibido una especie de aguinaldo para comprar ropas invernales, y sus familias llegaron rápidas tras el dinero, y antes de volver a casa pasaron por la comisaría a compartir con los guardias la cazuela y mostrar los abrigos y las botas de goma. No había necesidad de leer más los pronósticos meteorológicos en la prensa: el invierno se había instalado y sobraba escarcha en las ventanas y olor a parafina en los cuartos. Los mecheros sucios de las estufas de parafina contribuían en todas partes a envenenar el aire. Un cabo había tenido la generosidad de cubrir al caballo con una manta y ahora la retiró alegre antes de devolvérselo a su dueño.
—Búscale un pesebre, hombre. Si el campeón se resfría, no podrá correr el Gran Premio del Hipódromo Chile.
—Pone un minuto dieciséis para los mil doscientos.
—Entonces llévalo a correr a La Serena. Allá, en provincia, los caballos hacen ese tiempo en los clásicos.
—¿Y qué tal son los animalitos de ustedes?
—Lentos, pero valientes. Tienen que aguantar las pedradas de los estudiantes y hasta las bombas molotov de los comunistas. Están acostumbrados. Nada los asusta. ¿Hace mucho que tiene al rucio?
—Nos críamos juntos en el campo.
—¿Pa’ dónde en el campo?
—Pa’ llá pa’ Talca.
—Allá sí que la vida es sana. Aquí hay pega, pero mucha tristeza.
—Pa’llá quiero volver, mi cabo. No me hallo en la ciudad. Mi sueño es ser dueño de un fundo.
—Juega al loto.
—Tengo mala suerte en el juego.
—¿Y en amores?
—Más o menos.
—¿Tenís novia?
—De tener, tengo.
—¿Y cuál es su gracia?
—Victoria. Le gusta que le digan la Victoria.
Al ver que del hocico del caballo se despedía una humareda producto del frío penetrante, le volvió a
acomodar la manta sobre el lomo.