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–¿Hola?
–¿Cómo estas Fátima?
–Gerardo. ¿Pasa algo? Me dijiste que llamarías mañana. Henry está durmiendo y Leticia…
–Escucha Fátima, he estado haciendo unos trámites.
–¿De qué hablas?
–Escucha por favor, no me interrumpas. Pon atención. He dejado todo a tu nombre. La casa, el auto y la cuenta que teníamos juntos. No les faltara nada. ¿Entiendes? El lunes te visitara Rómulo ¿Lo recuerdas? Solo necesita tu firma y todo estará arreglado.
–Claro que lo recuerdo. Dile que no venga. Yo iré a su oficina.
–Pero ¿Por qué?
–Por Leti. Ella recuerda bien lo del divorcio. Se ve feliz ¿Sabes? Ya tiene novio, hoy lo conocí. Es un muchacho gracioso y algo tonto. Pero es muy bueno. Y guapo.
–Fátima…
–Henry es un prodigio. Me lo dijo su entrenador. Llega tan cansado que se come toda su cena sin dejar nada. Hace su tarea y duerme temprano.
–Fátima no hagas esto más difícil. No volveré más a la casa. No puedo hacerlo.
–No te has despedido de nuestros hijos. ¿Qué les voy a decir?
–Diles que los amo. Dile a Leti que estaré cuando se gradué de la universidad. Si puedo. Y si puedo también estaré cuando Henry entre a su primer equipo profesional.
–¿Y si no puedes?
–Tú estarás con ellos. Tu siempre estuviste con ellos y sé que vas a cuidarlos como yo nunca lo hice.
–Van a extrañar a su padre. Y yo voy a extrañar a mi esposo.
–No puedo prometerte que volveré. Pero si te prometo que lo intentare.
–Antes de ser marido y mujer, antes de ser padres de Leticia y Henry, siempre fuimos grandes amigos. Déjame ayudarte Gerardo.
–No Fátima. Son asuntos que solo me conciernen a mí. Es mejor que no sepas nada. Y que los niños tampoco sepan nada. Solo te puedo decir que estoy perdido Fátima. Perdido. Lo arruine todo. Ya no sé qué hacer. Lo siento. Lo siento mucho…
–Gerardo. Eso que voy a firmar mañana, aparte de la casa y eso ¿Tú ya lo firmaste?
–Si Fátima ya lo firme.
–Así que al fin te decidiste.
–Debimos hacerlo desde un principio Fátima. Nos hicimos mucho daño postergando lo inevitable.
–Gracias.
–¿Por qué?
–Te dije que no soportaría cuando te vayas para no volver más. Te dije que te fueras mientras yo no estuviera en casa. La verdad lo resolviste de una mejor manera.
–Lo menos que quiero es seguir haciéndote daño.
–Vuelve cuando puedas Gerardo.
–Lo hare. Si puedo.
–Adiós.
–Adiós.
Un silencio sepulcral se apoderó de la habitación. Fátima colgó el teléfono acomodando en alambre del aparato con ceremonioso cuidado. Se quitó la falda de tela café y rayas negras verticales y la camisa de encaje de lino color crema. Se puso un largo camisón de seda, sintiéndose libre bajo la tela. Se peinó y amarró el cabello en un moño no muy apretado. Todo esto lo hizo solo con el sonido de su respiración como compañía. Vio las arrugas insípidas que se dibujaban en sus pómulos, bajo sus ojos y alrededor de sus labios. Sonrió con ganas. Las líneas que se formaron en su rostro le mostraban, que, aunque últimamente no lo hacía con frecuencia, su sonrisa siempre había estado allí. Fue hasta el enorme ropero empotrado. Ya no quedaba mucha ropa de Gerardo, ni en lo colgadores ni en los cajones. Tomó unas maletas de tamaño mediano y acomodó todo lo mejor que pudo. Camisas, calcetines, corbatas, pantalones, camisetas, calzoncillos, suéteres y zapatos. De alguna manera todo entró con el espacio justo para cerrar. El resultado, unas valijas llenas de lo último que quedaba de su todavía esposo. Se las llevaría a la oficina de Rómulo, y lo que él haga con el contenido ya no le importaba. Si Gerardo volvería de seguro no se quedaría. Daban las doce y media de la noche. Por alguna razón no sentía ganas de llamar a Leticia para saber cómo estaba. Aún estaba dentro del límite horario permitido, pero en otro tiempo ya la estaría acosando con mensajes recordatorios. Se fue a ver a su hijo. Dormía a pierna suelta con una revista de entretenimiento infantil y caricaturas sobre la cara. Levantó la revista y le acomodó el edredón. Volvió a su cuarto y cuando estaba a punto de cerrar la puerta, notó que Reina tenía intenciones de entrar también. Se había detenido y sentado en frente de la entrada. Miraba a Fátima y daba lentos parpadeos como pidiéndole permiso. Reina siempre dormía en el cuarto de Henry, aunque últimamente había adquirido gusto por la alfombra de la habitación de Leticia. Fátima la dejó entrar haciendo un ademan elegante. La perrita recorrió todo el cuarto llena de curiosidad. Olisqueo cada rincón y de rato en rato se paraba en dos patas para alcanzar un lugar alto que era de su interés. Por último, encontró una esquina lo suficientemente cómoda, ablandó con las patas la alfombra del lugar escogido y se recostó formando un ovillo de pelo amarillento. Fátima se acostó también en su cama. Tendió su cuerpo a lo largo del colchón. Era solo para ella y quería sentirlo así. Se preguntó por qué los esposos duermen como cadáveres, cada uno en su lado correspondiente y tratando de no incomodar al otro. Y se preguntó por qué ella hacia lo mismo a pesar de que Gerardo durmió en esa misma cama con ella muy pocas noches. El resto del tiempo, ella siempre estuvo sola. Sus ojos se fueron adormeciendo. Le dio un vistazo al reloj en la mesita junto a la lámpara. Las doce con diez minutos.
–¿Mamá? –susurro Leticia.
Al despertar Fátima con el leve toque de su hija, fue como si solo hubiera cerrado los ojos por un segundo. Vio la hora en el reloj. Las dos de la mañana. Le lanzó a Leticia una mirada dura.
–Nos fue difícil encontrar un taxi –mintió Leticia.
–Debiste llamarme –le recriminó Fátima–, hubiera ido por ti.
–Qué bueno que no lo hice. Sabes bien que necesitas dormir.
–Tú también ve a dormir.
Se dieron un pequeño beso de buenas noches (que hace tiempo no lo hacían). Leticia cerró la puerta de la habitación de su madre con sumo cuidado. Caminó de puntitas hasta su cuarto y se deslizó entre sus sabanas para entrar en calor. No se cambió de ropa, pero no lo consideró importante. Solo quería dormir, solo quería gozar con el recuerdo, solo quería soñar.
Horas antes.
El letrero tenía tres estrellas encendidas y dos apagadas. A Diego le agradó eso, ya que parecía un lugar que aspiraba a más. Entraron en el vestíbulo y lo primero que vieron fue una gran pintura renacentista que ocupaba casi toda la pared del fondo. Estaba claro que no se trataba de un lugar barato. Por un momento, Leticia dudó si Diego podía permitirse ese lujo.
–Espera aquí –le dijo y se acercó a hablar con el recepcionista con un paso muy sobrado y casi ridículo.
Es la primera vez que hace esto, se dijo Leticia viendo a su novio mover los dedos nerviosos sobre el mostrador. Se dedicó a observar el lugar. Vio el pasillo que conducía a las habitaciones y la escalera que llevaba a pisos superiores. Se sonrojó pensando en que quizá ellos eran los únicos en ese hotel que tenían las intenciones que tenían. Diego volvió con ella girando en su dedo la llave con cadenita que la unía aun número de habitación. Tuvieron que subir al tercer piso usando las escaleras. El ascensor estaba ocupado y ellos no querían perder un solo segundo. Llegaron a la habitación que ponía 316 en números dorados, aunque el hotel no contaría con más de veinte cuartos. El ambiente era acogedor. Tenía una cama matrimonial con enormes almohadones. Había unos sillones de cuero cerca de la ventana y un bonito televisor de plasma con servicio de cable. Por supuesto, no pensaban usarlo.
–Mira esto –dijo Diego atacando el mini bar–. Mi padre me dice que nunca toque estas cosas, pero vaya que son una tentación.
Devolvió la botella de ron que había sacado y la puso en la posición exacta en la que la encontró para no levantar sospecha. Se dio la vuelta y vio a Leticia que se había despojado de abrigo y la blusa y procedía a desabotonarse los pantalones.
–¿Y tus botas? –le preguntó Diego mirándola con ojos radiantes.
–¿Me ayudas? Le pidió Leticia después de soltar una risita inocente.
Él se arrodillo. Ella se sentó en la cama. Con lentitud le fue aflojando los cordones de las botas y se las quitó con un tirón firme y deslizándolas luego con suavidad. Los pantalones desaparecieron unos segundos más tarde. Diego acarició lentamente la piel desnuda de Leticia desde la punta de los pies hasta el contorno del rostro. Acostados en la cama dejaron que una a una, el resto de sus ropas fueran desprendiéndose de sus cuerpos y cayeran sobre el suelo sin orden aparente. Leticia recorrió la espalda de Diego con cuidado de no clavarle las uñas. Sintió el vello del cuerpo del muchacho raspándole la piel en algunos lugares y haciéndole cosquillas en otros. Sus bocas se encontraban a momentos, el resto del tiempo se exploraban mutuamente.
–¿Estás segura? –le preguntó Diego sin ánimo de interrumpir el momento.
–No te lo hubiera pedido si no sabía lo que hacía –respondió Leticia–. Ya sabes que hacer, date prisa.
–La verdad yo no tengo…
Leticia se echó a reír. Se levantó un poco, lo suficiente para alcanzar el bolsillo de los pantalones del muchacho donde tenía la billetera.
–Siempre mienten dejándonos después todo el trabajo a nosotras –le dijo mientras habría el envoltorio con las uñas.
Bastaron solo unos segundos para que Diego reanudara el ritual. Cuando ya las manos de cada uno conocían el cuerpo del otro en su totalidad, las curvas, las particularidades y la humedad, conectaron sus miradas entrelazando sus dedos y presionando sus cuerpos. Ya eran una sola alma. Leticia sintió a Diego en su interior y se olvidó de todo lo demás. No existían malos ni buenos recuerdos. No existían rencores ni melancolía. Solo existían las ansias de que el momento no acabe nunca.
–Mi madre va a matarme –mencionó Leticia luego de una larga pausa en la que recuperaban el aliento.
–¿Piensas contarle lo que hicimos? –bromeó Diego– Con detalles y todo.
–No sé por qué creo que, si lo hago, no sería tan grave como antes.
–¿Cómo era antes?
–Cuando veía sus ojos solo podía ver dolor.
–¿Ves lo que las personas sienten mirando sus ojos?
–No te rías sí. Fernanda se burla de mí lo suficiente.
–¿Qué ves en los míos?
Leticia se acomodó para poner su cara a la altura de la de Diego. Lo miró fijamente como queriendo hipnotizarlo. Diego luchaba por no sonreír. La mano de Leticia lentamente fue descendiendo hasta encontrar la virilidad dormida de Diego. La manipuló con suavidad sintiendo como volvía a la vida.
–Sé lo que quieres mi amor –le dijo Leticia con ternura.
Comenzaron de nuevo sin reparar que el reloj no se distraía con la escena y seguía su avance.
Las mañanas de domingo siempre le costaron mucho a Leticia, y la falta de sueño de la noche anterior le estaba cobrando intereses. Se arrepintió de rechazar la oferta de Diego de quedarse en el hotel hasta la mañana, ya que había pagado por toda la noche y tenían un desayuno de cortesía. Cerca del medio día bajó al jardín para anunciar que seguía con vida. Encontró a su hermano jugando sobre el césped con Reina. Inútiles fueron sus intentos de averiguar mediante el pequeño el paradero de su madre. La buscó en la cocina. Había algo que hervía en unas ollas, así que no podía estar lejos. Sobre la mesa estaba el diario de domingo hojeado y desordenado. La sección de anuncios clasificados era la más afectada. Varios de los anuncios en la sección de empleos estaban marcados. Fátima entró a la cocina y revisó el guiso que se cocía a fuego lento.
–Buenos días Leti –le dijo Fátima con tono más tranquilo–. Me debes una hora.
–¿Cómo te la repongo? –pregunto Leticia acostumbrándose ya al cambio en su madre.
–Escuchando.
El resto de la tarde, Fátima le contó que su padre no volvería más. No sé si alguna vez estuvo del todo en esta casa se dijo Leticia.
–¿Por eso buscas trabajo? –le preguntó a su madre.
–Sabes lo curioso de esto –comenzó Fátima luego de un largo suspiro–, me dieron el trabajo a la primera llamada. Es algo así como recepcionista o algo parecido, querían a una persona seria, o eso me dijeron. Y es que el primer dato que les di fue mi edad. Aun así, seguí llamando a todos los anuncios que marqué en el periódico. Es que me pareció tan fácil. Estoy harta de lo fácil, pero me da miedo ir mañana a ese lugar.
–Si no hubieras encontrado nada –dijo Leticia tomando las manos de su madre entre las suyas– ¿tendrías miedo?
–Siempre tuve miedo hija, solo que esta vez sé muy bien a qué le tengo miedo.
–Y ¿qué es?
–A que ya no me teman.