XXIX
El sábado llegó. Leticia se sintió culpable de dejar a Diego en la sala junto a su madre mientras ella iba a darse el último toque a su vestuario. Hacia algo de frio y parecía que la lluvia comenzaría en cualquier momento. Se puso un abrigo marrón sobre una blusa dorada y unos pantalones negros. Se calzó las botas más altas que tenía para no mojarse los pies por si las calles se inundaban. Se dejó el cabello suelto más por la prisa que por intención. Quería liberar a Diego lo más pronto posible del embarazoso momento que estaría viviendo junto a su madre. Al bajar descubrió con agradable sorpresa que Fátima y su novio discutían amenamente los sucesos de la serie de televisión de la que ambos gustaban. Diego vestía unos jeans claros camisa negra y un jersey oscuro.
–Nos vamos –sugirió Leticia después de aclararse la garganta para llamar la atención.
Diego se la comía con los ojos. Afuera, un trueno cercano les advirtió que debían darse prisa.
–Tienes hasta una hora después de la media noche ¿Entendiste? –era el tono típico de Fátima, aunque el limite habitual era seis horas más temprano.
Salieron de la casa, luego de acceder a todas las condiciones, dejando a Fátima observando desde el pórtico. Solo después de dar la vuelta por la esquina, se abrazaron tan estrechamente que sus sombras bajo los faroles eran una sola.
–Se siente raro salir con autorización –le comentó a Diego.
–¿Salías mucho? –preguntó él.
A Leticia se le acaloraron las mejillas. Buscó rápidamente un tema alternativo. No quería hablar de sus escapadas nocturnas y menos del por qué las llevaba a cabo.
–¿Te gusta la lluvia?
Al otro lado de la ciudad Karen esperaba. Tenían pactado encontrarse a las nueve cerca del puente. Pero daban las nueve con quince minutos y no había rastro alguno de Fabián. Iba cubierta con una chamarra de cuero sobre un vestido blanco de corte casual y llevaba un paraguas por si acaso. Traía zapatos de piso ya que los tacos la incomodaban al llevarlos puestos todo el día. Fabián corría aguantando el aliento. Ya no salían a trotar tan a menudo como antes, a pesar de que amanecieron juntos varias veces, pero al parecer las pocas sesiones de ejercicio habían dado frutos.
–¿No tenías que salir con tu novia? –le había preguntado Martina al tiempo que le servía la cena a Ramiro.
Fabián vio la hora en su reloj, vio la hora en el reloj de pared de la cocina y para estar completamente seguro vio la hora en el pequeño televisor que funcionaba sobre el refrigerador. Ya era muy tarde. Salió corriendo vistiendo tan solo una camiseta y pantalones de mezclilla.
Pensó en tomar un taxi, pero se movía mejor a pie. Dobló por la calle que daba hacia uno de los bares que frecuentaba. Se detuvo en seco al ver una pelea a las afueras de uno de los locales. Analizó el panorama rápidamente. Cero golpeaba a un tipo casi tan grande como él. La muchedumbre había comenzado a hacer apuestas. Pasó junto al espectáculo callejero sin llamar la atención de nadie, a pesar de que conocía algunos de los rostros. Bueno es sábado. Hoy se comienza temprano pensó y emprendió la carrera por segunda vez. Al llegar al puente y con la respiración agitada, tuvo que enfrentarse a la mirada enojada de Karen. Comenzó a llover con gruesas y pesadas gotas. Karen abrió el paraguas y se refugió bajo el mismo. Siguió apuñalando a Fabián con sus severos ojos entrecerrados dejándolo bajo la lluvia. Cuando consideró que estaba lo suficientemente mojado, le obsequió su bella sonrisa y lo invitó a cubrirse del aguacero.
–Te crees muy valiente ¿no? –le dijo Karen– Veamos qué haces contra un resfriado.
–Si quieres puedes darme tu chamarra.
Karen soltó una carcajada y puso los ojos en blanco.
–O si quieres nos turnamos –sugirió Fabián que de verdad se estaba muriendo de frio.
Cuando llegaron Leticia y Diego, el lugar estaba bastante lleno. Por suerte había una mesa al fondo. El show no había empezado. Sobre un bonito escenario adornado con motivos alusivos a la naturaleza, como árboles y hojas colgantes, estaban unos cuantos muchachos probando sus instrumentos. En la barra se ofrecía cerveza artesanal hecha con varios tipos de frutas. Las personas, que en su mayoría no pasaba de treinta años, se movían alegres y bulliciosas por todas partes. En cuestión de minutos el lugar quedo abarrotado. La primera banda se posicionó en la tarima y comenzó a tocar una música melódica con violines y percusión.
–¿Quieres ir más cerca? –preguntó Leticia– No me gusta estar atrás.
–Claro vamos –respondió Diego.
En la barra, Karen experimentaba el sabor de una cerveza de pera servida en una bonita copa de vidrio. Fabián prefería el clásico sabor de una cerveza en tarro. Necesitaba algo para calentarse los brazos. Una joven se le acercó a Karen. Era de su misma edad y al parecer tenían una amistad desde hace años. Se enfrascaron en una charla en la que mencionaron nombres y lugares que solo ellas conocían. Fabián le dio un largo trago a su cerveza y se preguntó si tenía que recordarle a su novia que había venido acompañada.
–Te presento a Fabián –le dijo Karen a su amiga acercándola a los taburetes.
–Soy su novio –dijo Fabián como recordándoselo.
La chica era bajita y delgada. Su cabello cortó con un peinado al estilo de los sesenta iban a tono con su blusa roja con puntitos blancos. Se llamaba Lilian y era compañera de estudios de Karen. Hablaba rápido y con voz aguda como en tintineo de una campanilla de comedor. Fabián comenzó a ponerse ansioso. El encuentro se extendía más de lo necesario a tal punto que cualquiera que lo viera diría que había venido solo. Las pocas ocasiones en las que le pedían su opinión acerca de un tema, él solo podía afirmar o negar con la cabeza. Sintió ganas de acercarse al escenario para ver mejor a la chica del violín que interpretaba en ese momento una bella melodía. Justo cuando se levantó del taburete y quiso decirle a Karen que volvería en unos minutos, vio en el rostro de ella un pedido de auxilio. Tampoco ella disfrutaba mucho de esa casualidad. Fabián puso a trabajar su mente de inmediato. ¿Cómo podrían zafarse de Lilian? A unos metros cerca de una de las mesas, vio a uno de los organizadores, según entendió por el logo de su camiseta, que llevaba dobladas en la mano varias prendas iguales. Al parecer las ofrecía al precio que las personas desearan pagar. Le hizo una seña para que se venga dónde estaban ellos y le habló aparte para que ellas no lo escuchen.
–Mira qué bonito –les dijo a las dos amigas mostrándole la camiseta que había escogido con la silueta de un árbol a contraluz–. ¿Les gusta? Y solo me costó veinte pesos.
–¿No quieres una Lilian? –le preguntó Karen entendiendo el plan.
El muchacho que ofrecía la mercancía se le acercó bastante. Lilian se alejó de él evadiendo las ofertas.
–No gracias creo que no tienes mi talla –se disculpó Lilian, pero la insistencia del chico se tornaba agobiante–. Bueno he venido con alguien, se debe estar preguntando donde estoy.
Se fue sin despedirse con el vendedor de camisetas pisándole los talones.
–¿Cómo lo hiciste? –le preguntó Karen terminándose su cerveza.
–La camiseta me costó veinte y su ayuda treinta.
La melodía que la joven interprete ejecutaba con su violín tenia a Leticia extasiada. Las personas a su alrededor al igual que ella se movían lentamente al compás de la música. La luz descendió en intensidad creando una atmosfera tenue y pacífica. Diego la abrazo por la espalda enlazando sus manos sobre su vientre. Leticia cerró los ojos y se dejó llevar por la emoción del momento. La pieza musical terminó seguida de un largo aplauso del público. A Leticia le dio lástima que el momento hubiera llegado a su fin.
–¿Quieres tomar algo? –le preguntó Diego sin soltarse de ella.
En ese momento la joven, a pedido de la gente que no la dejaba irse, empezó con una nueva melodía.
–Después –respondió Leticia–, quiero escucharla un poco más.
Igual de lenta y apacible que la anterior, la canción era ideal para estar muy cerca el uno del otro. Diego le dio la vuelta a Leticia con delicadeza haciendo que estén frente a frente. La poca distancia que había entre sus labios desapareció en un instante. Muchas parejas que los observaban los imitaron haciendo que el pie del escenario se convierta en una especie de película romántica. Cuando la canción se acabó, se dirigían hacia la barra para tomarse algo. No se soltaron la mano en ningún momento.
–Me pides algo por favor –le pidió Leticia–, iré un momento al baño.
–¿Qué quieres tomar?
–Lo que tú quieras.
En el escenario, unos muchachos bastante jóvenes se preparaban para tocar su música. Diego los observo un momento algo curioso al notar que discutían entre ellos. No le dio mayor importancia y se fue donde el hombre que servía los tragos. Unas cervezas de fresa le llamaron la atención y pidió dos esperando a Leticia. Bebió un sorbo de la suya. Tenía un sabor dulce que le raspo la garganta. Se arrepintió un poco de su elección con la esperanza de que a Leticia le gusten más las fresas.
Unos minutos antes, Fabián observaba lo que sucedía cerca del escenario.
–¿Quieres unirte a ellos? –le preguntó a Karen poniendo una sonrisa picarona.
–Prefiero ir a una mesa –respondió Karen–, quiero sentarme un rato. Me canse de estar parada esperándote.
Se fueron hasta el fondo. Había muchos lugares vacíos. Se sentaron cerca a la entrada del pub, donde el sonido no era tan elevado. Un bonito cuadro colgaba de la pared. Era una fotografía en blanco y negro de Paris. Se veía la ciudad y la torre Eiffel de fondo. Fabián se le quedo viendo.
–¿Te gusta la foto? –Karen sabia de la afición de su novio por la fotografía.
–Si, por supuesto es bellísima –respondió Fabián–. Pero también quiero ir allá.
–¿A Francia?
–Claro. ¿Vendrías conmigo?
–¿Me queda de otra?
Se rieron y unieron sus manos sobre la mesa. Soñaron con viajar no solo a París. Primero el largo tramo a bordo del avión. Fabián nunca se había subido a uno y tenía algo de miedo. Karen lo tranquilizó diciendo que no era nada del otro mundo. El truco es no pensar en la estadística que dice que un porcentaje considerable de aeronaves sufre algún desperfecto durante el vuelo que podría llevar a algo peor. Fabián propuso viajar en barco. Después estaban los recorridos durante el día por las calles parisinas visitando lugares históricos. Las noches en el hotel prometían bastante. Cuando todo acabe y según como les hubiera ido, considerarían volver o quedarse para siempre.
–Tenemos algo que pocas personas tienen –le dijo Fabián–, un verdadero privilegio diría.
–¿Y cuál es? –preguntó Karen intrigada.
–No hemos echado raíces. Podemos volar con libertad.
–Pero te da miedo volar.
Diego le daba vueltitas a su copa preguntándose cómo iba a terminarse su cerveza. Leticia volvió y se bebió la mitad de la suya de un solo trago. Se saboreó los labios y se acomodó el cabello. Él se tranquilizó al saber que al menos había acertado con ella. La música comenzó nuevamente.
–Qué raro –comentó Diego.
–¿Qué pasa? –preguntó Leticia que seguía concentrada en su cerveza de fresa.
–No son los mismos de hace rato.
No le dio importancia. La noche siguió con su ritmo. La banda era de un rock bastante pesado. Con sonidos estridentes y voces guturales. A Leticia le resultó agradable más por el show que por la música en sí. Dos grupos más tocaron antes de que los organizadores tomaran la palabra. Ambas bandas eran de estilo similar. Tocaban regué bastante alegre, y tenían un aspecto muy llamativo, con el cabello con rastas y la ropa multicolor. Varios jóvenes, incluido el vendedor de camisetas, se apoderaron del micrófono. El evento había sido un éxito. Llegaron a la meta esperada con su recaudación. Agradecieron al público presente, a los músicos y a sus auspiciadores. Leticia y Diego estaban cerca del escenario viendo todo de cerca. El último grupo en presentarse eran los chicos que al principio discutían en el escenario. Diego los reconoció y se llenó nuevamente de curiosidad. Tenían bastante técnica y su música era agradable. Uno de los guitarristas se acercó a la chica que tocaba el bajo. Interpretaron una especie baile junto a sus instrumentos. Leticia se preguntó si era así como se veía hace unas horas junto a Diego, no pudo evitar sonrojarse. En eso ambos muchachos se dieron un beso apasionado para disfrute de los espectadores. El otro guitarrista que era un muchacho bastante grande se salió de sus casillas. Se abalanzo sobre la pareja, separándolo a él y acertándole un puñetazo en la cara. El agredido respondió golpeándolo con un gancho al hígado sin mucho resultado. Se gritaban palabrotas y se reclamaban cosas que solo ellos entenderían. Leticia, Diego y el resto del público se hipnotizaron con lo sucedido.
–Debe ser parte de su presentación –sugirió Diego sujetando a Leticia por si las dudas, ya que estaba demasiado cerca.
El intercambio de golpes sobre la tarima continuó entre sangre y alaridos. Los demás miembros del grupo trataban inútilmente de separarlos. Los organizadores subieron para acabar de una vez con el altercado. Diego se percató de que todo iba más que enserio mientras Leticia observaba confundida. En ese instante el más grande de los contendientes recibió el impacto de una guitarra acústica que se hizo añicos contra su cuerpo. No pareció afectarle físicamente, pero encendió su rostro con rabia viendo el instrumento hecho pedazos. Se lanzó con todo su peso hacia su rival llevándoselo por delante y cayendo al fondo junto del escenario. Falto solo unos centímetros para que le cayeran encima a Leticia, si no fuera por Diego que la agarro por los hombros y logró apartarla a tiempo. Los gritos se apoderaron de todo el lugar. Todo se volvió un alboroto.
–Mejor nos vamos –dijo Leticia que estaba bastante asustada.
No hacía falta pedírselo. Diego se abría paso a empujones entre todo el gentío que se amontono alrededor del escenario. Ella iba tras de él cuidándose de no chocar con nadie. Salieron a duras penas y cruzaron la calle en el acto para estar lo más lejos posible del desorden. La lluvia había cesado, dejando un olor a humedad sobre el pavimento. Descansaron un rato viendo el lugar sin saber que estaría pasando adentro.
Karen le estaba contando a Fabián un viaje que hizo a los trece años junto a sus padres y sus hermanos, cuando notaron que la música se había detenido. Vieron como la pelea iniciaba y se ponía más y más violenta. Karen se levantó de su silla y decidida se dirigió al escenario.
–Espera, espera –le dijo Fabián sujetándola por un brazo para detenerla–. Sé que te gusta defender al débil, pero si salvas a uno de esos dos, tendrás que hacerlo tu novio.
Karen no entendió la finalidad de esa frase. Intento liberarse. Fabián apretó el agarre.
–No nos incumbe vámonos –le pidió Fabián.
–Son solo niños –dijo Karen agobiada– ¿Por qué hacen eso?
–Esperemos aquí ¿Quieres? No creo que pase a mayores.
Se quedaron cerca de la entrada. Cuando todo se salió de control se arrimaron un poco más a la pared para que la avalancha de gente, en ambas direcciones, no los atropellara. La mayoría se acercaba al lugar donde los muchachos se golpeaban sin contemplación. Otros trataban de salir del ambiente. Fabián trató de ubicar a la amiga de Karen entre el gentío. Karen no despegaba la mirada de las faldas del escenario, donde al parecer todo había terminado. Uno de los que salía mencionó que alguien había llamado a la policía. A Fabián se le erizo la piel. Al fin todo salía bien y su padre comenzaba a tenerle confianza. Todo se iría al diablo si se veía involucrado con esos tipos de uniforme.
–Salgamos de aquí ¿Quieres? –le dijo Fabián a Karen a modo de sugerencia, aunque ya le había tomado de la mano fuertemente y comenzaba a caminar hacia la salida.
Karen le hecho una última mirada al lugar donde todo había comenzado. No considero conveniente intervenir. Se adelantó a Fabián y le fue mejor abriéndose paso entre la muchedumbre. Afuera hacia mucho frio. Una ráfaga de viento los recibió apenas cruzaron la salida. Fabián resoplo tiritando un poquito.
–¿Vamos a mi casa? –le preguntó Karen.
–¿Que estamos esperando? –dijo Fabián metiéndose la mano libre en el bolsillo del pantalón luego de calentarla con su aliento.
Se posicionaron el borde de la acera para encontrar un taxi. Fue entonces que ambas miradas se encontraron. Leticia y Fabián se reconocieron al instante. Seguían siendo los mismos de hace un par de meses. La única diferencia es que cada uno tenía a una nueva persona de la mano. Los automóviles pasaban lentamente y cortaban el contacto visual a momentos, pero aun así no apartaban los ojos el uno del otro. Tenían los rostros inmutables. Ni la sombra de algún gesto se asomaba por si acaso. Casi ni parpadeaban. No querían perderse una sola fracción de segundo del momento. Era como si el tiempo se hubiera detenido y las demás personas hubieran desaparecido. Se hallaron solos en esa calle desierta, ambos inmóviles y lejanos. Si uno de ellos se atrevía a dar el primer paso el otro lo seguiría. Él tenía miedo de ser el primero en avanzar y que Leticia no haga lo mismo. Ella tenía miedo de ser quien avance y que Fabián haga lo mismo. Fue un instante con sabor a eterno. La lluvia caía otra vez en forma de delgadas gotas que cedían al capricho del viento. Volvieron a la realidad sintiendo el tacto de aquellos que tenían su lado.
–¿Te gustaría caminar bajo la lluvia? –preguntó Diego apretándole la mano a Leticia con delicadeza– Se ve divertido.
–No, ya es tarde –respondió Leticia con voz apagada.
–Este parece vacío –menciono Karen mientras trataba de parar con la señal de mano al quinto taxi consecutivo.
Al fin el taxi se detuvo y Fabián tuvo que abordarlo cuando Karen le dio un jalón. Ya dentro se acomodó mejor solo para ver Leticia alejándose de la mano de su novio. El vehículo comenzó a avanzar. Karen se le acercó más para darle calor. Fabián suspiró y rodeo con el brazo el cuerpo de su novia, quien deslizó su mano por debajo de su camiseta acariciándole el vientre subiendo hasta su pecho. Era la señal de que dormir no sería lo primero que harían. Leticia a su vez se aferró a Diego con fuerza. Se paró en frente de él para detenerlo, se acercó a su oreja y le susurro ``Esta noche quiero estar contigo´´ como si cantara. El paso se volvió más lento buscando en los anuncios de los edificios un lugar más cómodo. Al unísono ambos, Leticia y Fabián, echaron la vista hacia atrás. La distancia hacia que ninguno se diera cuenta de ese último detalle. No lo hicieron en ese momento, ni lo harían nunca.