Memorias de Abril (Parte I)

Febrero de 2016

"Por si algún día pierdo la memoria, regresen a mí. Y si mañana muero, ojalá caigan en buenas manos. "

Como un día cualquiera, el día de ayer corrí hacia mi lugar favorito escondido en el Centro Histórico de San Salvador. El Café Clásico Bar que se escondía en el sótano de un viejo edificio cerca del Cine Metro. Era tan viejo que con el pasar de los años el lugar aún conservaba casi en su totalidad una infraestructura intacta. Muebles de mármol como los que se encontraban en casa de mis abuelos, réplicas de pinturas muy famosas que colgaban sobre las paredes, lámparas antiguas que pendían de los techos e iluminaban todo el bar y tocador de discos de vinil que ambientaba aquel lugar que tanto me enviciaba, pero, sobre todo, una banda de Jazz que jamás se había escuchado en el país, resguardándose en lugares muy mágicos del viejo San Salvador.

Pintoresco, alegre y cálido, así definía aquel lugar.

Le frecuentaba la mayoría del tiempo después de las clases de la universidad, tenía muchos amigos, ancianos con un buen sentido del humor y llenos de conocimientos. Me gustaba oír sus historias de cómo era la vida en sus años más jóvenes. Allá a las mil quinientas me ayudaban con alguna tarea o actividad de la carrera. Mi vida era muy solitaria ya que siempre fui selectiva. Decidí acompañarme de la soledad hasta que descubrí ese lugar.

Hace como dos semanas atrás, uno de ellos me comentó como un joven de ojos azules me observaba desde la barra mientras me enfocaba en completar una ficha bibliográfica desde mi laptop. Comentaron que no despegó sus ojos de mi hasta la hora en que me fui de aquel lugar. El joven era de un semblante muy fino, delicado, con características físicas y similares de un gran autor y escritor de la literatura: Salarrué.

Al escuchar el enorme chisme que se traían aquellos señores de la tercera edad simplemente comencé a reírme. Pues nunca imaginé que a mis tantos años un chico se fijara en esta persona. En mí.

Don Damián, quien a sus 65 años ya se erguía teniendo la necesidad de apoyarse en un bastón musitó: mi querida niña, eres muy hermosa, pero estas ciegas como para darte cuenta de que el caparazón no lo es todo. Los jóvenes de ahora son demasiados modestos como para entenderlo.

Sin darme cuenta, sus palabras rebotaron día tras día a lo que se refería, conocía la modestia, su significado, pero el mirarme en el espejo y sentir que no era suficiente me dejaba en el olvido. En el auto desprecio.

El mero 14 de febrero, corrí al café al terminar la clase de Ingles II. Aquella horrible sensación de no querer estar más en este mundo había vuelto. Desconocía su origen, sin embargo, cada día, mientras más la cubría de alguna cosa que me hiciera olvidarla crecía bajo los pensamientos enraizándose en todos los rincones de mi mente.

¿Qué era?

¿Por qué quería dejar este mundo?

¿Por qué de pronto este sentimiento?

¿A dónde fui?

Ese día no bajé al sótano del café, sino que subí a la solitaria azotea, donde nadie subía por tener mala fama. Al mirar todo lo que había bajo aquel cielo, desee ser un zanate. Capaz de adaptarse a cualquier ambiente volando de punta a punta a donde el viento le llevara. Estaban llenos de resiliencia, virtud que a mí me faltaba.

-¿Por qué de pronto deseo morir?- me preguntaba una vez en el borde aquel edificio. – Sabes Dios, soy muy débil para enfrentarme a mí misma, y muy pagana para entrar a tu reino. Solo dime que es esto que crece en mi pecho, ¿por qué siento mucha tristeza?

-Porque piensas demasiado sobre quién eres. - respondió un joven que salía de un respiradero del edificio. - Porque no mejor me platicas de ti y te desahogas conmigo. Prometo guardar silencio.

- No sé quién eres- contesté. - Y no pienso hablarle de mí a un desconocido. - agregué.

- Bien, de acuerdo, no lo hagas, pero dame tu mano para que bajes de ese lugar. - repuso. Se movía lentamente hacia mí con su brazo extendido.

-¡Ay, por favor! No voy a tirarme de aquí, al menos no por ahora. Si muero, que sea otro día por causas naturales- repuse sarcástica.

A punto de bajarme de aquel borde perdí el equilibrio y mi cuerpo se fue de lado. Estaba segura desde ese segundo que mi vida había optado por cruzar la línea de la muerte y aferrarse a ella. Me deje llevar y decidí aceptar mi destino final, sin embargo, unos brazos me atajaron antes de que todo mi cuerpo se fuera en picada y quedara como tomate podrido en plena calle.

Al abrir mis ojos, no encontré el mortal infierno que me esperaba, tampoco un cielo eterno lleno de gloria. En su lugar la tierra, el cielo y el mar se habían fusionado.

-Tus ojos- dije maravillada- son de color turquesa. - sonreí atontada.

-¿Y?- contestó.

-Que significan buena suerte. - contesté.

El chico comenzó a reír por mi burrada.

-Soy Derian. Y te agradecería mucho que te quitaras de encima y me dejarás respirar por unos segundos. – suplico con el aire atascado.

No me había percatado de que le había caído encima. Inmediatamente me levanté sacudiendo mis ropas. Sentía una vergüenza inminente creciendo a raíz de mi imprudencia.

-¿Querías suicidarte?- preguntó mientras sacudía su ropa.

No tuve valor de verle a la cara.

Sus ojos eran demasiado adictivos y atrapantes.

-Pues no iba hacerlo. Otro día, a lo mejor. Cuando no esté nadie. - respondí sarcásticamente.

Sin mirarle, sentí como penetraba hasta el fondo de mi alma.

-Deberías ser más sensata y menos sarcástica. – añadió regañadientes. - No puedes ir por ahí subiendo a los bordes de edificios viejos sin tener un buen equilibrio y sin estar segura de que quieres morir.

Levante el rostro y allí estaba. El celestial brillo en sus ojos bajo una mirada fulminante.

-No eres nadie para decirme que hacer con mi asquerosa vida. Estoy sola en este mundo. Mi padre me abandonó antes de nacer, mi madre viaja constantemente por su trabajo, mi hermano trabaja en una compañía de negocios que lo hace estar fuera de casa todo el tiempo. Y yo... simplemente existo en este mundo, deambulando solitaria. No tengo más familia y mis amigos son ancianos. ¿Cómo crees que se siente? - le pregunto en defensa propia.

-Déjame ser tu amigo entonces y háblame de ti. – respondió con firmeza.

Su mirada se había tornado suave y compareciente de quien tenía en frente.

-De acuerdo- asentí. - Soy Abril. Romina Abril Montesco. – extiendo mi mano.

- Me llamo Derian, Derian Bender- sonríe estrechando su mano contra la mía.

A partir de ese momento el flechazo fue para siempre.

Marzo de 2016

No sé en qué momento pasó, pero con los días, Derian y yo nos habíamos vueltos muy buenos amigos. Después de presentarlo a mi grupo de amigos de la tercera edad, Don Damián me confirmó que el joven que me miraba desde la barra mientras yo realizaba tareas era él.

El cosquilleo me recorría y las emociones se me disparaban mientras gozaba de su compañía.

-¿Te gustaría ir a la playa?- me preguntó.

Por vez primera en el café dejaron sonar una nueva canción, Te Regalo de Carla Morrison.

¡SONREÍ ESTUPIDAMENTE DE EMOCIÓN!

-¿Qué día?- le pregunté.

-Mañana. ¿Qué te parece?

-Perfecto. - añadí.

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Mi alma danzaba de alegría en un espacio multiversal y él con su mirada me acariciaba meticulosamente.

La noche transcurrió hasta disolverse entre las nubes blancas y un cielo azul. Al abrir los ojos no podía creer que estaba demasiado emocionada. Me sentía viva y rebosante de energía. Lo único que recuerdo de las horas antes de poder verle es como salí corriendo de casa a toda prisa con un vestido floreado.

No me sentía muy sexi que se dijera, pero la comodidad era ante todo lo más vital. Al llegar al Palacio Nacional, nuestro punto de encuentro, Derian me esperaba con una gran sonrisa en el rostro. No sé cómo interpretar lo que sentí, pero una corriente me halaba hacia él. Corrí hasta sus brazos espantando un montón de palomas que se paseaban en las aceras de aquel patrimonio histórico. Él, como si supiera lo que entre nosotros crecía extendió sus brazos y me acogió en ellos dando pequeñas vueltas. Como si llevásemos tiempo sin vernos.

En ese momento sin pensarlo, sin tener control sobre mí, robé de sus labios un beso. Al darme cuenta de mis impulsos retrocedí avergonzada con la cara más roja que un tomate.

Sin imaginarlo, el siguiente acto fue cuando sus manos sostuvieron mi rostro y sus labios robaron un sempiterno beso.

-“Ahora estamos a mano” – pensé mientras por dentro me derretía.

Abril de 2016

No tuve valor de contarte todo lo que pasó posterior al beso frente al Palacio porque todo ha sido de ensueño.

Después de ese beso nos fuimos a recorrer las playas del Puerto de la Libertad. Sin planearlo nos quedamos a acampar dentro de su Volkswagen Combi.

-Abriré la capota. - dijo mientras yo me tendía en un nudo de colchas.

Jamás imaginé que la vista al cielo sería más que perfecta esa noche pues las estrellas cubrían el firmamento en su totalidad. Mirarlas me hizo sentir libre, dichosa, complacida por la vida. Las olas del mar rompían en las orillas de manera endeble, agraciadas.

-La vista es hermosa. - dije maravillada- me da tanta tranquilidad. No siento angustia si estoy alejada de todo lo que hace ruido. Este mar se lleva arrastras mis penas.

Derian se tiende a mi lado clavando la vista al cielo. Sonrío agradecida con el de arriba por esta persona que yace echada a mi lado.

-Abril, ¿sientes lo mismo que yo? - preguntó. Su mirada estaba fija en el cielo.

-Si te refieres a sentir algo en el pecho, desde aquel día en el edificio no he dejado de sentir cosquillas cuando te veo.

Ríe.

-¿Qué pasaría si te dieras cuenta que no soy la persona que crees?- pregunta.

-Mmm- pienso. -Tu, me has aceptado de la manera en que soy. Si decidí conocerte es porque acepté los términos y condiciones que eso conlleva. Lo que quiere decir que independientemente de quien seas mis sentimientos no cambiarían. – respondo.

-¿Y si soy un patán?

-Da por hecho que lo que existe llega hasta aquí.

Me lleva a su regazo para abrazarme.

-Que bueno que no soy un patán. -dice esbozando una sonrisa.

-Si, claro. Por algo lo has dicho. Pienso que las personas jamás hablan por gusto. Siempre ocultan algo entre sus palabras, aunque esta sea una broma.

Ríe de nuevo.

-Que tal si…

Y así sin previo aviso de nuestros deseos, de la manera más sutil y lenta que conocí, nos enredamos entre besos y caricias torpes. De dos jovenes locos inexpertos arrebatados por aquello que llaman amor.

Así es, aquella noche hicimos el amor de forma tierna y sensible. Derroché todas las ganas de querer tenerlo dentro de mí. Me hizo suya sin que le dijera cuanto anhelaba que lo hiciera. Me dejé poseer en cuerpo y alma por primera vez en mi vida. Dejé ver mi desnudez imperfecta matando la vergüenza que una vez tuve de mi cuerpo, pues en sus brazos, bajo su piel, me sentía bella. Hermosa. Como una diosa que nace con tales encantos teniendo todo a su merced. Me sentí viva.

A la mitad de la noche, había perdido la cuenta de cuantas veces hicimos el amor bajo la luz de luna, envueltos en la brisa que salía del mar, dejando como únicos testigos aquella faz en cielo lleno de diminutas lumbreras.

-Te amo Abril.- dijo entre un pequeño suspiro mientras mis manos jugaban con su miembro.

Me quedé congelada. Lo juro.

En ese instante me detuve. Sin saber que responder.

“Es una palabra muy fuerte”

Me dije petrificada.

-Bien, tranquila. No pretendo asustarte Abril. Lo dije porque es lo que siento.

Me abrazó fuerte y depositó un tierno beso en mi frente.

Nos quedamos desnudos toda la noche, abrazados, haciendo el amor una y otra vez hasta agotar las energías.

Cuando el sol comenzaba a salir al siguiente día, Derian me despertó con un plácido beso. Me tenía café y un exquisito croissant. Al notar que estaba desnuda me sentí apenada lo que rápidamente se disipó cuando besó mis labios y mis pechos de forma tenue. Dejando una huella indeleble por todo el camino. Diciendo en silencio que era perfecta, devorándome con su mirada grácil. Luego colocó una camisa sobre mí salvaguardándome de los pequeños rayos de luz del día.

-¿Quieres hacerme el amor antes de desayunar?- sonreí juguetona mientras le daba un sorbo al café.

Perdí la cuenta de nuevo pues no sé cuántas veces lo hicimos, pues el olor a café y el rocío que brotaba del mar nos envolvió en esa única atmosfera. Llena de besos, sudor, gemidos y locura.

Al cabo de unas horas, cuando el sol había bajado salimos a recorrer las orillas del mar.

Para antes de que nos marcháramos de aquel lugar apartado, mágico y significativo salí corriendo como loca, extendiendo los brazos. Mi vestido floreado de hortensias se movía al son del viento al igual que mi cabello alborotado.

- ¡Atrápame! - le exclamé desde una distancia prudente.

Me sentía llena y libre. El atardecer era bellísimo.

- ¿A sí? Con que con esas estamos. ¡Ven aquí! - exclamó, decorando su rostro con una sonrisa-. Tengo que robarte muchos besos antes de irnos.

Le salpique de agua con tal de no caer entre sus brazos, pero al fin, después de unos minutos me atrapó.

-Te amo Abril.- susurró arrebatando un fugaz beso.

Al cabo de unas horas nos marchamos de aquel lugar significativo, escuchando por todo el camino a Natalia Lafourcade, Carla Morrison, Maná, Ed Sheeran, León Larregui, Zoé y otros cantantes que deleitaron el camino con sus letras.

P.D.: Tomé fotos hasta llenar la memoria de mi teléfono.

Mayo de 2016

Unos días atrás, mientras Derian y yo tomábamos frappys con paninis en el café, por accidente dejo caer su billetera desparramando papeles chicos por todo el suelo. Le ayudé a recogerlos, pero entre sus tantos papeles, encontré un documento que no debí haber visto nunca.

Era un carnet de identidad, como aquellos que se usaban en los años de 1960 para identificar a las personas; escritos a máquinas, con una foto a blanco y negro llena retoques rebuscados.

Lo más insólito no fue el carnet o la foto sino la información que contenía aquel papel.

Nombre: Derian Bender

Fecha de Nacimiento: 1954

Al devolverle el documento su rostro palideció, apagando el brillo que habitaba en sus pupilas. Esperaba a que me dijera que era padre o su abuelo ya que el joven de la foto tenía demasiado parecido con Derian.

-Vamos a la azotea. – sostuvo mi mano sin levantar el rostro. - Tengo que decirte algo.

Lo que sucedió después me dejó atónita.

-No sé por dónde empezar para no sonar loco.

Respiro profundamente.

-Cuando tenía 16 años empecé a tener sueños repetitivos con una joven. Me enamoré tanto de ella que con los años comencé a buscarla creyendo que existía. Al final no tuve éxito así que me di por vencido. Un día, por alguna extraña razón viajé en el tiempo hacia el futuro. Allí te encontré.

Tomó mis manos.

-Cuando te tuve la primera vez frente a mí anhelaba abrazarte y decirte: tú eres ese sueño, ese anhelo cumplido. -niega- pero no podía. Debía enamorarte poco a poco, dejar que me conocieras. Conquistarte.

No dije ni una palabra.

-No ha sido fácil comenzar de cero, pero- acaricia mi rostro- aunque tú no recuerdes nada, yo vuelvo a enamorarte una vez más. -sonríe.

Algo se desliza por mi rostro.

-Todo vuelve a comenzar para nosotros sin que el tiempo se altere. Mientras que aquí el tiempo continúa como si nada allá es solo una pausa.

-¿Por qué no te recuerdo?- pregunté entre lágrimas.

Tenía el alma rota por su declaración porque durante todo este tiempo lo había dejado solo.

-No lo sé. - contestó llevándome a su pecho ocultando nuestras lágrimas.

-Te he dejado solo en esto. – sollozaba.

-Claro que no. Te tengo en mis sueños Abril. No me has dejado solo.

-Pero te he olvidado.

-No lo has hecho. La tristeza de tu corazón…ya sabes su causa. – susurró.

Aquella tarde en la azotea nos abrazamos hasta mas no poder. Le prometí que no lo olvidaría y que encontraría una forma de recordarle cada vez que él se fuera.

-¿Cuándo te irás?- pregunté.

Negó con su cabeza.

-No sé con certeza como ir y venir.

Lloré durante unos segundos.

-Buscaré la manera de recordarte. ¿De acuerdo?

Tres días después desapareció, dejándome nuevamente sola. Guardé una foto suya en mi billetera y coloqué otra de nosotros de cuando fuimos al mar en este cuaderno de memorias.

Mantengo la promesa con el temor de que algún día pueda olvidarlo.

Los amigos del café no le recuerdan porque la vida continua sin él como si nada. La galería de mi teléfono tampoco evidencia su existencia al igual que las pruebas de aquel día en la playa.

Por el momento sigo esperando pacientemente, con la certeza de que pronto volverá.

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El día de ayer mientras salía de clases por la tarde, un amigo de la infancia apareció de sorpresa por el pasillo de letras. Me sentí pésima por haber olvidado que él también formaba parte de mi vida, pero al verlo como si el tiempo no hubiese existido jamás lo abracé con mucha fuerza festejando los logros que obtuvo durante este tiempo.

-Perdí los contactos cuando cambié de número. No pude pedírselos porque he tenido unos meses del demonio con una agenda apretada. La medicina es…no sé qué carajos hago allí. – dijo mi querido amigo.

Jin Laderas era muy apasionado a su carrera, a su trabajo en la medicina y a su aporte con los estudios académicos de la mejor universidad de El Salvador. Era un hecho que apenas tuviera un poco de tiempo para sí mismo, eso incluía a sus amigos.

-Estoy contenta de poder verte Jin. Lograste lo que querías y aunque estemos cerca sé que tienes una agenda apretada.

-Pero ¿No me olvidaste? ¿O sí? - preguntó entrecerrando los ojos.

Le sonreí aceptando la culpa de sus palabras porque en cierto modo era verdad.

-Vaya, me voy por unos meses y tú me olvidas. Que buena amiga eres- mencionó con sarcasmo.

Le dije que lo invitaría a un café como disculpa, así que nos fuimos al bar en donde conoció a mis amigos.

Cuando iban a ser las diez de la noche me hizo un video llamada que duró cinco horas. Platicamos de Alex, de su madre que tenía tiempo de no verla, de lo que hace mi madre en su trabajo y de mí.

Me preguntó si ya había conocido a alguien lo que afirmé. Y aunque quiso saber más sobre el tema me negué por completo a profundizar.