EL HIJO PRÓDIGO II

Planeta Cártagik, Sistema Sirius.

El sistema Sirius es un sistema triple, conformado por las estrellas Sirius A, Sirius B y Sirius C que los cártagik llaman Rakash, Yorthos y Nukameth. El planeta Cártagik gira en torno a una de estas estrellas (Nukameth) pero las otras dos están tan cerca que su cielo parece tener tres soles.

El planeta era un horno hirviente, o eso le pareció a Ta’mar. Aquel mundo al que fue llevado era un gran desierto arenoso con algunas áridas montañas rocallosas en el horizonte y sin ninguna fuente de agua notable salvo por ríos y lagos subterráneos. La anatomía cártagik estaba completamente adaptada a este clima inclemente; su piel era gruesa y resistente al sol, sus ojos tenían esa particular forma de la pupila oblicua para protegerse de la luz y, en la oscuridad, la pupila se expandía permitiéndoles ver bien con poca luz, nunca sudaban para ahorrar agua y requerían ingerir líquidos con menor frecuencia que otras especies.

La vestimenta cártagik era siempre la misma; largos hábitos de colores pardos con capuchas que les cubrían la cabeza casi siempre. Sus casas eran talladas directamente en la piedra y aunque la tecnología les daba todas las comodidades necesarias, seguían apegándose a la arquitectura cavernosa tradicional. Para los grandes templos, palacios y edificios públicos preferían la construcción de enormes pirámides.

—Cada cártagik pertenece a una tribu —le explicaba el comandante de la nave mientras lo llevaba camino a reencontrarse con sus familiares. —Y todas las tribus son lideradas por un prior que es líder político y religioso a la vez. Los priores tribales eligen a los obispos que gobiernan sobre extensas regiones geográficas y el Cónclave de Obispos a su vez, elige a Su Santidad el Patriarca quien es el máximo líder político y espiritual del pueblo cártagik. El Patriarca es el representante de los dioses.

—¿Dioses?

—Correcto. Los cártagik tenemos muchos dioses.

—Sólo hay un dios y es Samyasa.

Las palabras de Ta’mar parecieron enervar al comandante, pero este se recompuso.

—Disculparemos tus blasfemias por algún tiempo porque fuiste maleducado por los bárbaros brazzky, pero deberás saber que en Cártagik la herejía se castiga con la muerte.

—En Brazzky cada quien puede decir y hacer lo que quiera, e interpretar la religión a su manera…

—Sí, lo sabemos. Por algo son unos brutos salvajes.

La tribu Nukkar se había congregado para darle la bienvenida a su hijo perdido. El líder de la misma, el prior Igurith, era el hermano del padre fallecido de Ta’mar.

—Bienvenido seas, querido sobrino —dijo ofreciéndole los brazos para abrazarlo— los dioses nos bendicen con tu anhelado regreso.

El anciano lo abrazó, pero Ta’mar fue incapaz de corresponder adecuadamente el gesto.

—Salvaremos tu alma —le dijo— y te enseñaremos las buenas costumbres que han regido a tu nación por generaciones.

La vida de Ta’mar en Cártagik fue un infierno. Encontraba el clima como asfixiante aún cuando su organismo estaba adaptado a él. Extrañaba los refrescantes océanos que ahora eran reemplazados por el agreste desierto. No lograba aprender bien la lengua. Le obligaron a estudiar y aprenderse de memoria el Código de Hammur que contenía cientos de leyes interminables y aburridas, las cuales normaban hasta los aspectos más elementales de la vida diaria. La sociedad cártagik era autoritaria, patriarcal, rígida y, sobre todo, represiva.

—¡Necesito tener sexo! —le dijo a su tío Igurith interrumpiéndole sus oraciones mientras se encontraba arrodillado en una capilla ante el altar de los dioses. —¡No puedo más!

El anciano estuvo a punto de infartarse por las palabras vulgares de su sobrino. Se levantó pacientemente y lo encaró.

—Cuida tu lengua, muchacho, estás en la casa de los dioses…

—Quiero tener sexo con alguien… —insistió.

—Mira, muchacho, si quieres… sumirte en la carnalidad… deberás casarte con una mujer.

—¿Qué significa casarse?

El anciano miró hacia el cielo como si pidiera consejo a los dioses.

—Casarse es cuando una pareja se une en sagrado matrimonio y se jura lealtad eterna.

—No quiero hacer eso. Simplemente me gustaría poder tener sexo con algún hombre o mujer.

El anciano casi se desmaya. Tuvo que sostenerse del borde del altar para no desplomarse en el suelo.

—¡Por los dioses! ¡Calla! Lo que dices es fornicación y está estrictamente prohibido. Cualquier relación fuera del matrimonio es ilegal. Y si es entre… entre dos hombres —dijo tragando saliva como si la mención de tal acto le causara un sabor amargo— es aún más prohibida. Cualquiera de las dos acciones se castiga con la muerte.

—Con razón. Sólo el temor a la muerte puede hacer que la gente cumpla estas reglas tan estúpidas…

—¿Has llamado al Código de Hammur como estúpido?

—¡Sí! ¡Odio todas esas leyes tontas y represivas! ¡Escupo sobre el maldito Código de Hammur!

—¡Esto es intolerable! —dijo indignado el anciano y fue a llamar a dos guardias que aferraron a Ta’mar, lo desnudaron y le propinaron cien latigazos con una afilada varilla de madera que le dejó terriblemente marcada la piel de la espalda.

—Hemos sido condescendientes esta vez —le anunció Igurith al muchacho que lo miraba con rostro sudoroso y compungido de dolor. —La segunda vez que cometas sacrilegio te cortaremos la cabeza. ¿Has comprendido?

Ta’mar asintió.

—Será mejor que te adaptes a nuestra sociedad, Agarath. El ejército ha querido interrogarte para extraerte la información vital que puedas tener de los brazzky. Hasta ahora mi posición me ha permitido protegerte pero, si dejo de hacerlo te llevarán y te torturarán hasta que les digas todo. ¿Has comprendido?

Ta’mar asintió de nuevo.

Los violentos enfrentamientos entre brazzky y cártagik prosiguieron. Na’mu había dado por muerto a su hijo putativo lo cual enlutó sus días como los del resto de su familia. Para adicionar más problemas a su vida, la asexualidad de su hija se hizo pública y esto provocó un grave escándalo político y sus críticos abogaron porque fuera destituido. Aún así, Na’mu logró reelegirse en el cargo de procónsul gracias a sus destrezas sexuales y lideró a su pueblo una vez más.

—La guerra contra los cártagik no puede continuar —le dijo a su compañera procónsul. La guapa mujer había sido reelegida por tercera vez gracias a sus atributos físicos y su aguda inteligencia.

—¿Qué sugieres?

—Ya es hora de que negociemos la paz.

—¿Paz con esos monstruos?

—Sí. ¿Qué otra opción tenemos? Nuestros recursos y tecnologías son equivalentes. Esta conflagración se ha extendido por muchas décadas ya. Tiene que terminar alguna vez ¿no?

—Sí, supongo que sí.

Así, los brazzky enviaron comunicados oficiales pidiendo reunirse con los gobernantes cártagik en territorio neutral y negociar la paz. Los cártagik, aunque reacios al principio, accedieron y se encontraron en el Planeta Kapax, ubicado en una estrella justo en medio de las constelaciones de Escorpio y de Canis Mayor.

A la cumbre asistió el Patriarca de los cártagik acompañado de los prelados de confianza que representaban la jerarquía religiosa cártagik. Del lado brazzky acudieron los dos procónsules.

—Con todo respeto, Señor Procónsul —le dijo el Patriarca—la política es un asunto de hombres. ¿No le parece que la señorita sale sobrando?

Al escuchar esto la procónsul Mura’lin casi se pone verde de la ira, pero Na’mu intentó calmarla con algunos golpecitos de su mano en la rodilla.

—Verá, Su Santidad, entre los brazzky las mujeres y los hombres somos iguales —explicó Na’mu— y el procónsul masculino tiene exactamente el mismo poder que la procónsul femenina. Además, ambos estamos regulados por un Parlamento con igual número de hombres que de mujeres.

El Patriarca mostró una mueca de desprecio ante la descripción del sistema gubernamental brazzky pero prosiguió.

—Muy bien. Es hora de negociar un tratado de paz entre nuestros pueblos que delimite, de una vez por todas, el territorio de cada especie.

—Sólo por curiosidad —dijo Na’mu— ¿alguien sabe porque inició la guerra?

—Necesitábamos protegernos —dijo el Patriarca— porque escuchamos rumores de que los brazzky gustaban de invadir planetas y luego violaban a mujeres y… a hombres —dijo tragando saliva como incómodo.

Na’mu y Mura’lin se volvieron a ver recíprocamente y luego se carcajearon.

—¡Eso es ridículo! —dijo Na’mu. —Los brazzky nunca forzamos a nadie a hacer nada que no quiera. Eso está absolutamente prohibido en nuestra cultura. Existen individuos perturbados que cometen crímenes, pero son procesados por la ley como cualquier criminal y nuestros índices de delitos sexuales son bajísimos.

—Yo escuché —intervino Mura’lin— que la guerra había iniciado porque ustedes los cártagik nos iban a invadir para convertirnos a su religión a la fuerza y transformar a las mujeres en esclavas.

El Patriarca sonrió.

—Somos muy religiosos, pero nunca hemos tenido interés en convertir a los no cártagik a nuestra religión. No nos interesa que otras especies la practiquen.

Por unos momentos cártagik y brazzky se escrutaron mutuamente. Talvez todo había sido un malentendido.

Las negociaciones fluyeron más cordialmente. La Galaxia era muy grande como para pelear por territorio y lograron delinear bien sus fronteras. Tras una semana de diplomacia comenzaron a simpatizarse y hasta establecieron un artículo en el tratado de paz que incluía la cooperación militar en caso de que fueran atacados por un tercero.

Finalmente, el Patriarca de Cártagik y los Procónsules de Brazzky firmaron el Tratado de Kapax poniéndole término a la larga enemistad.

—¿Sabe? —le dijo el Patriarca a Na’mu— debí suponer que ustedes los brazzky no eran tan malos después de todo. Hace algunos años llegó a mi despacho un informe sobre un muchacho cártagik que fue rescatado de los brazzky y que había sido criado desde niño por ustedes. Parecía estar sano físicamente y hablaba con mucho cariño de sus padres adoptivos.

El corazón de Na’mu saltó. ¡Sólo podía ser Ta’mar!

Aprovechando las nuevas relaciones diplomáticas Na’mu partió de inmediato a Cártagik acompañado de su alma vinculada Dar’lin y su hija Ni’lin, aunque sólo pudieron salir de la nave de noche o de lo contrario el clima candente les hubiera causado daño físico. Llegaron hasta el territorio de la tribu Nukkar donde se alzaba una vieja casa de piedra.

Sentado en una mecedora en la terraza de la casa estaba Ta’mar, aunque ya no tenía el mismo espíritu vivaz y jovial de antes. Éste le había sido arrebatado, quebrado, a punta de dolor y regaño. Había aprendido a contener sus deseos, reprimir sus ansias y se había resignado a una magra existencia sin placeres ni goces. Se había casado con una mujer sumisa y sin aspiraciones mayores a ser esposa y madre, y había aprendido a vivir sin fiesta, licor o pasión.

—¿Ta’mar? —le preguntó Na’mu notando la muerta mirada en sus ojos. El muchacho no había escuchado ese nombre en mucho tiempo. Cuando alzó la vista y observó a su amada familia brazzky pensó que estaba soñando. Contemplando algún espejismo cruel y burlista. —Ta’mar, somos nosotros —insistió Na’mu.

La vida regresó brevemente al rostro del joven y la esperanza iluminó sus ojos por primera vez en largos y amargos años. Ta’mar saltó de un golpe y abrazó a Na’mu, para luego imitar el gesto con su madre y hermana.

—¡Gracias a Samyasa que vinieron por mí! —dijo Ta’mar— ¡Por favor llévenme de vuelta a Brazzky!

El gesto de Na’mu se ensombreció.

—No podemos —dijo— eres un ciudadano cártagik y llevarte pondría en riesgo nuestro tratado de paz…

Ta’mar se sintió devastado. Estaba condenado a vivir en aquel infierno por siempre…

—Un momento —intervino Ni’lin— hay una solución.

—¿Cuál? —preguntó extrañado Na’mu.

—¡Se nota que no has estudiado a fondo la cultura cártagik, papá! Entre los cártagik existe la costumbre de intercambio entre tribus para cimentar la paz. Una tribu entrega a una mujer a la otra tribu y viceversa para cerrar el pacto.

—¿Cómo sabes todo eso?

—He investigado la historia y sociedad cártagik. Esa costumbre está contenida en el Código de Hammur que es su libro más sagrado. El gobierno entenderá si toman a Ta’mar y lo intercambian.

—¿Intercambiarlo? ¿Por quien?

—¡Por mí! —reveló ella.

Na’mu y Dar’lin se vieron las caras intentando encontrarle sentido a aquello.

—¿Qué estás diciendo, Ni’lin? —preguntó Dar’lin.

—Miren… yo no soy feliz en Brazzky. Odio el sexo y las fiestas. Me encanta la cultura cártagik y su sistema de vida. Seré muy feliz aquí. Ellos tienen mujeres que se enclaustran en monasterios y pasan toda su vida en celibato dedicadas a orar. ¡Y eso suena como el paraíso para mí! Déjenme quedarme y al mismo tiempo podrán llevarse a Ta’mar que será más feliz en Brazzky.

Resultaba lógico todo aquello. Ta’mar se despidió de la esposa cártagik a la que nunca amó y con quien, afortunadamente, nunca tuvo hijos y le dejó todas sus propiedades en el planeta para que no padeciera necesidades. Ni’lin también se despidió de sus familiares y cuando estos partieron en su nave le explicó la situación al prior Igurith quien coincidió en que aquella había sido la mejor opción, y procedió a ayudar a Ni’lin a inscribirse en un convento.

—En cuanto lleguemos a Brazzky —le decía Na’mu a Ta’mar mientras piloteaba camino a su planeta— organizaremos una buena fiesta—orgía para celebrar tu regreso.

—¡Hogar, dulce hogar! —suspiró Ta’mar sonriente.