Chapter 9: X

—Buenos días a quien esté del otro lado, cuéntame ¿cómo la estás pasando en esta bella mañana? —dijo Dj Patrick el “Pato” de la F.M. 105. 4.

—Te lo dije, siempre es tan positivo —se burló Adriana.

—Ahora me doy cuenta —dijo Gloria riéndose.

Adriana tapaba el micrófono del teléfono con la mano. La voz de Pato sonaba por la radio con un tema de Celia Cruz de fondo.

—No tiene nada de bueno este día Pato, las calles otra vez están bloqueadas.

—Por favor, no es razón para que se te bajen los ánimos… mmm… ¿con quién tengo el placer de hablar?

—Ana.

—Pero claro, si era de suponerse.

Ambas soltaron una carcajada. Adriana le había contado a su madre sobre las épicas batallas de Ana con el tipo de la radio como solía llamarle. “Que no viste que se está cayendo el cielo.” “De nuevo esa manifestación en la Plaza Murillo que ya lleva tantos días.” “El frio está insoportable” “¿Por qué para ti las mañanas son tan bellas?” Casi siempre, inmediatamente después de colgar, Ana salía a chapotear en la lluvia, iba a la plaza con ganas de unirse a quien este marchando por la razón que fuera, se ponía hasta tres pares de calcetines con tal de hacerle frente al frio y sonreía de tal manera, que en efecto la mañana se volvía tan bella como lo decía Dj Patrick.

Pidieron una canción de Rafael, de esas que recuerdan amores pasados y entristecen, para arruinarle la mañana no solo al hombre de la radio.

Los días pasaban entre ver cuál sería un nuevo y mejor lugar para el velador de la sala, y decidiendo que comerían a medio día. Adriana ya había perdido el miedo y tomaba a voluntad la prenda que más le gustaba del guardarropa de su hermana. Si su madre lo había notado o no, no lo sabía ni le importaba.

Al tiempo que se dedicaba a rebanar unas zanahorias, Gloria notó que su hija tenía problemas con su cabello. Mientras acomodaba unas figuras de porcelana fría en forma de hormigas de distinta profesión en el velador, unos mechones rebeldes de su cola de caballo insistían en pegársele en el rostro y meterse en su boca. Después de mucha discusión se acordó poner ese mueble en la cocina al no encontrar un mejor lugar.

—¿Has pensado en cortártelo? —le preguntó Gloria como quien no quiere la cosa.

—¿Cortarme qué? —Adriana dejó de acomodar las hormigas y se apartó varios pelitos que se le pegaban a la nariz.

—No te hagas a las locas. Sabes a lo que me refiero.

—Bueno, la verdad sí, pero… —ni loca le diría que Ana había sido la primera en sugerírselo el día anterior.

—Dijiste que querías hacer cambios. Ese sería uno importante.

—Sí, y prácticamente irreversible.

—No recuerdo la última vez que te cortaste el cabello.

Adriana tampoco lo recordaba, al menos no con exactitud. Eso sí, el día en que Ana decidió cambiar de corte fue memorable. Gloria insistió en tomarle varias fotos con una polaroid que su marido guardaba como reliquia entre otras tantas cosas. Lo hizo antes de que Ana saliera para la peluquería. Insistió en ir sola. Fueron como dos horas de suspenso en que Gloria y Adriana casi ni hablaron mientras esperaban. Una cambiaba de posición en el sofá a cada segundo, y la otra cogía todo lo que tuviera al alcance de su mano para dejarlo en un lugar distinto. Cuando llegó fue todo un suceso. En vez de su largo cabello semi ondulado hasta la cintura, tenía una melena corta que le rozaba los hombros.

—¿Te gusta? —le preguntó a su mamá.

—Perfecto —le respondió ella.

Una tras otra las fotografías iban cayendo al piso. Gloria se acabó todo el papel fotográfico y por poco deja ciega a su hija con el flash. Por primera vez Adriana no quiso imitarla. Claro, a ella le quedaba de lujo. A Ana le quedaba todo.

—Qué te parece si te quitas unos diez centímetros —le sugirió Gloria mientras echaba las zanahorias picadas a la olla con agua hirviendo.

—No, si me voy a atrever, tiene que ser un verdadero cambio.

De pronto, ambas tenían la mirada sobre una de esas fotos de aquel día, que Gloria había cubierto con plástico transparente y que estaba pegada en la puerta del refrigerador. El silencio se hizo presente en esa cocina salvo por el agua hirviendo y el sonido ronroneante del refrigerador.

—Tu padre dijo que llegaría temprano hoy.

Cambiar de tema fue necesario y oportuno, aunque Adriana siguió pensando en ello y quitándose cabello de la boca.

Gloria se transportó a la noche anterior.

—¿Te sigue doliendo el cuello? —le preguntó a Pedro luego de ver como se mordía los labios y arrugaba el rostro al quitarse la camisa.

Estaban a punto de echarse a dormir.

—Va y viene. La verdad ya no me importa —respondió y se quitó los pantalones.

Gloria habría apartado la mirada fingiendo ver el vuelo de un mosquito. Le gustaba mantener ese pudor con su marido a pesar de los años y siempre que podía. Pero en esa oportunidad no lo hizo. Él se quitó los calzoncillos dejando ver a un animal marchito, casi sin vida. Ella no podía recordar si alguna vez lo había visto así. Siempre estaba erguido y listo para clavarse en su entrepierna. Eso hace mucho tiempo. <>, recordó. Después de que Adriana naciera, poco a poco, el sexo se fue retirando de la alcoba, hasta que un día se fue por completo. <>, pensó.

—La escucho —dijo Pedro luego de ponerse el pijama.

—¿A quién? —Gloria ya se había colocado en su posición para dormir. De espaldas a su esposo y con ambas manos palma a palma entre la almohada y su mejilla.

—En su cuarto. La escucho. Es Ana.

Ella había llorado tanto en el funeral, más que cualquier otra persona de las que conocieran a su hija, que creyó por un momento que, si alguien más lloraba, no lo hacía en serio. Por un breve instante, aquel día, vio a Pedro. Estaba inmutable, frio, tallado en mármol, como si presenciara el entierro de alguien más. <>.

Pedro se masajeó el cuello otra vez.

—¿Ana? Sí, yo también la escucho de vez en cuando.

Él se metió a la cama procurando estar lo más cerca posible a la orilla, su lugar habitual. Algunas noches su pierna izquierda se le caía por el borde y lo sacaban del sueño con un despertar de pesadilla.

—¿La has visto?

—¿Qué te pasa Pedro?

—Nada.

—No has querido hablar sobre eso en más de dos meses. Y ahora me dices que la oyes en su cuarto.

—Olvídalo. Eh estado trabajando demasiado.

<>.

—Si —dijo dándose vuelta a medias y viendo a Pedro a los ojos.

—¿Si qué?

—Veo a Ana.

Pedro frunció el entrecejo. Tenía la esperanza de que fuera verdad. Tenía la esperanza de no ser el único que estuviera perdiendo el juicio.

—En la tarde vimos algunos videos en You Tube.

No era lo que esperaba. No, ni en mil años hubiera esperado una respuesta así de su mujer. Su esposa, que carecía de todo sentido del humor y que, aun así, reía cuando la ocasión lo ameritaba. La sonrisa resucitó en su rostro y desencadenó una leve risa a la que Gloria acotó.

—Buenas noches —dijo él y se acomodó un poco más al centro de la cama.

—Buenas noches —dijo ella y no se dio vuelta del todo.

En la tarde ella y Adriana habían pasado horas frente a la pantalla del ordenador.

El hervor de la sopa regresó a Gloria al presente. Adriana ya había terminado de acomodar a las hormigas y estaba en la sala buscando algo.

Después de comer charlaron sobre los dos días que le quedaban antes de volver a la escuela. Había mucho que podían hacer en esos dos días, y, sin embargo, les pareció que necesitarían más.

Subieron juntas las escaleras quedando en salir en media hora. No acordaron a donde ir. Eso era lo divertido. Adriana esperó a que su madre entrara en su habitación para meterse ella en la de Ana.

—Sabes, se me antoja… —le dijo Ana con tono juguetón— una parrillada.

Adriana estaba parada frente al espejo acariciando su largo cabello.

—¿Cómo puedes comerte a un animal? Alguna vez estuvo vivo —le respondió.

—Si yo muero, me gustaría que me coman. ¿Qué es eso que traes ahí?

De su bolsillo, Adriana sacó unas tijeras metálicas.

—Son las mejores que hay en casa. ¿Recuerdas cuando cortamos un pedazo de cada cosa que hubiera solo para ver si habría algo que no pudiera cortar?

—Cómo olvidarlo enana. Mamá casi me deja sorda con sus gritos. ¿Dónde estaban?

—En un cajón de la vitrina.

—Y ¿qué piensas hacer? —preguntó empleando un tono provocador.

Uno a uno, pequeños mechones de pelo, cada vez más largos, fueron cayendo al suelo. “Tú y yo somos una misma persona”

En su cuarto, Gloria, como si alguien encendiera un interruptor, sintió ganas de oír a Ana. <>. Él le había dicho en la mañana que había cerrado con llave esa habitación. Esa se volvió su manera de despedirse. Decir algo que hizo o que pensaba hacer. Nada de “hasta la tarde cariño”, o “que tengas un bonito día”. Nunca más esperó eso de Pedro, aunque antes lo hacía, pero se preguntaba cómo se sentiría si la frase fuera sincera. Antes también le daba un beso. <>, pensó mientras acariciaba el dorso de unos libros que estaban sobre su escritorio. Incluso estaba dispuesta a oír mensajes de voz de sus conversaciones. <> Sintió que un enorme bloque de cemento le cayera sobre la cabeza, cuando tuvo que corregirse, aunque no quisiera. Era su madre, tiempo pasado. Tenía una llave del cuarto de su hija guardada en uno de los cajones del mismo escritorio. ¿Hace cuánto que no lo uso? Se preguntó al ver el mueble cubierto de carpetas y pisapapeles. En las esquinas se habían formado nidos de arañas tejedoras que parecía que la observaban. <>. Uno a uno buscó en todas las gavetas. Estaban las llaves de toda la casa menos esa. Forzó su memoria a su máxima capacidad y aun así no recordaba si la había usado en años. Adriana, si, era la única que podría darle respuestas. Se acomodó el cabello y se puso un suéter de lana, puesto que ya había pasado media hora y tenía mucho que hacer junto a su hija. Abrió la puerta y se encontró con ella. Con Ana.

—¿Te gusta? —preguntó la muchacha acariciándose el cabello recién cortado.

—Perfecto —le respondió Gloria y volvió a entrar a su cuarto.

Una de las cosas que hace un momento había visto en uno de los cajones era una pequeña cámara fotográfica digital. Su marido ya casi no la usaba, pero todavía se salvaba de estar en el cajón de las reliquias y aun tenia batería.

—Párate ahí, junto a la ventana, ahí hay más luz —le indicó a su hija y comenzó a disparar.

Esta vez sus lágrimas fueron las que cayeron una a una hasta el suelo.