Chapter 8: IX
Fue difícil, pero logró meter todos los retazos de su ropa en tan solo dos bolsas plásticas. No sabía que día pasaban a recoger la basura, aun así, decidió llevar las bolsas hasta afuera cubriéndose con una bata. Cuando su madre llegó más tarde no reparó en ello, o eso suponía.
Que aburrido resultaba estar todo el día encerrada en su cuarto. Extrañó, sin poder creérselo ella misma, hacer los deberes del colegio. <
Desde la planta baja se escuchaban ruidos, de la cocina tal vez. De seguro era su madre preparando algo para el almuerzo. <<¿A dónde habrá ido a esta hora?>> No importaba mucho. <
—Lárgate enana —le dijo Ana desde el espejo.
Siempre le decía eso a la primera, después claro, la dejaba acurrucarse a su lado.
Adriana escogió prendas de las que Ana casi no usaba. Así su madre no se percataría. <<¿En qué momento se te ocurrió destrozar tu ropa imbécil?>> Se reprochó tratando de imitar lo mejor posible el tono de su hermana. Estaba lista. Unos vaqueros de uso diario, una camiseta sin estampas y una chaqueta para el frio. Se amarró el cabello en un moño más o menos suelto. Un último vistazo en el espejo y a bajar sin importar lo que pase.
—Estás preciosa.
Lo dijo Ana o lo dijo Adriana, o quizás las dos. No podía saberse a ciencia cierta.
—Tienes que dedicar estos días a hacer algo, como leer un libro o pintar —le sugirió Gloria mirándola de forma directa cuando ambas estaban sentadas en el comedor.
Lo pagó caro. Algunos guisantes del estofado se le escaparon el plato por no concentrarse al cortar la carne y fueron a parar a su regazo.
Adriana no supo que decir en ese momento. Esas eran palabras de Rojas. “Vea que haga algo que no tenga que ver con la escuela. Para aminorar el estrés.” <
—Excelente mi amor. Ahora dibuja un gato —le decía Gloria a Ana mientras apreciaba la obra de arte surrealista en las pequeñas manos de su hija y esbozaba una sonrisa de satisfacción que no le cabía en el rostro.
Casi al momento Adriana le traía la suya. El conejo era idéntico al de su hermana en la medida de sus posibilidades. Gloria le dedicaba una sonrisa, una breve mirada y un “Qué lindo cariño” tan frio como su cama. La cámara de video estaba llena de momentos de Ana. Bailando, nadando, cantando… y si, también de Adriana. Atrás, haciendo lo mismo que hacia la primera.
—Quiero cambiar un poco —dijo Adriana al tiempo que se acomodaba la chaqueta verde que Ana había usado tan solo una vez.
—¿Cambiar? —Gloria soltó una risita mientras hablaba.
—Sí, cosas como mi pelo o mi ropa.
—También a mí me gustaría hacerlo. Estoy harta de vestir como maestra de primaria.
Casi nunca hablaban más de lo necesario. Adriana no tenía nada que decirle y Gloria tampoco. Si tenía preguntas no se las haría a ella. Para eso estaba su hermana mayor. Pero esa tarde conversaron y rieron como jamás antes lo habían hecho. Dejaron de ser conocidas y comenzaron a conocerse en serio. Más como amigas que como madre e hija.
Hasta que Adriana lo mencionó sin querer.
—Puedo aprender a conducir.
Un silencio incomodo amenazó con apoderarse de todo. No podía permitirlo, aunque tampoco podía evitar recordar ese día; esa pequeña confusión de Gloria mientras estaba al volante del auto que no podía ni encender. Prefirió sacarle partido.
—Te enseño si quieres —dijo Gloria.
—No te ofendas mamá, pero, ni siquiera puedes meter la llave en el contacto.
Rieron juntas otra vez.
Cayó la tarde con colores tristes y hojas secas. De nuevo en la habitación de Ana. De nuevo sobre su cama. De nuevo juntas.
—Erick es solo un amigo.
—Mentirosa. Vi tu teléfono.
—Eres una metiche.
—Y tú eres una sucia.
—Y tú una envidiosa.
—Y tú… tú… eres una…
Ana ganaba siempre.
Volver a su cuarto, a ese frio cuarto, le costó más que levantarse un domingo a las seis. No bajó a cenar, la tía Irma estaba ahí otra vez. Gloria le llevó unas empanadas de calabaza que en el pasado eran sus preferidas. <
—Me encanta —le diría Ana.
—Somos un par de bichos raros —respondería Adriana.
—¿Por qué?
—¿No te das cuenta? He oído que varias de tus compañeras te detestan por tus gustos. De seguro hacen lo mismo conmigo.
—Enana, tú y yo somos la misma persona. De hecho, nuestros nombres son el mismo.
—Con tres letras de más al principio.
—Así es, ¿en que estaría pensando papá?
Una lágrima que se le escapó del ojo derecho y que terminó en su oreja la hizo estremecerse. Afuera, los pesados pasos de su padre subiendo las escaleras eran inconfundibles. <
Adriana se quedó observándolo lo mejor que podía debido a la oscuridad. Su padre vestía un saco oscuro que a ratos se mimetizaba con la penumbra. Pero ¿por qué había cerrado la puerta recién después de dos meses? ¿Por qué quería que nadie entre? De seguro había notado el desorden y que faltaban algunas cosas. Si Adriana solamente se había llevado algo de ropa y el celular. ¿Qué podía ser tan importante? Y ¿por qué estaba temblando? <